La muerte y otros dramas

Si algo he aprendido en este último año es que el drama vital no se acaba cuando te mueres.

Mi abuela murió por la noche, serían casi las once. Me ahorro lo que pasa cuando tienes que despedirte para siempre de alguien, cuando sientes que esos besos y esas últimas caricias son las más inútiles de tu vida: primero porque te hacen más daño de lo que necesitas y segundo, porque el cuerpo ya está frío/lejos/fuera por pocos minutos que tardes en llegar. En ese momento cada uno adquiere un papel, cada uno se deja caer al suelo de una manera u otra y cada uno se desgarra como puede. Free style en caída libre.

En esos dos o tres días de dolor que se estiran como un chicle, sientes que se esa persona se va o se la llevan muchas veces. Es curioso. Empieza a contar. Cuando ya no respira, sabes que se ha ido para siempre. Uno. Cuando se llevan a esa persona de la habitación y sabes que ahora sí, se ha ido de verdad. Dos. Cuando se la llevan del tanatorio y sientes que ahora sí es el fin. Tres. Cuando se la llevan de la iglesia para ahora sí que sí que sí. Cuatro. Y por último, cuando lanzas las cenizas o tapas el boquete. Cinco. Cinco despedidas en frío más todas aquellas veces que te despediste por si acaso.

Todo esto es horrible. Era mi primera muerte y la primera vez que sentía que me moría o que me había muerto ya un poco. Sin embargo, durante esos dos o tres días atravesando nubes negras, pasas por momentos que nadie te cuenta y que con el tiempo, pasan a tu propio anecdotario.

Ponte en situación: alguien al que quieres con todo tu corazón, con la fuerza de los mares se va (por segunda vez, aún quedarán otras tres veces), se acaba de ir. Y tú te quedas sola, en silencio, sentada en el suelo del pasillo mientras el resto duerme, mientras el resto vive. Te tocas la cara empapada y compruebas que no estás soñando. A tu alrededor solo hay pedazos de gente rota o a medio romperse. Y al fondo aparece, como un mago desfasado, un señor con un maletín, con una camisa de outlet y con la corbata mal puesta. Es la una de la mañana y tenemos que hablar.

Dice que lo siente bla bla mientras acomoda a la familia en su despacho de alquiler. Solo hay silla para dos, el resto nos quedamos de pie apoyados sobre el gotelé color crema. La bombilla del techo parece temblar un poco. Huele a cerrado, porque estaría feo decir que a muerto. Saca papeles, folletos y muestras. Revisa el contrato y lo pagado. Nos mira a los ojos y empieza diciendo con el corazón en el frigorífico: «Su madre tenía contratadas tres coronas de flores, dos grandes y una mediana; cincuenta recordatorios impresos, traslados y coche de alta gama con chófer para los familiares…». Joder abuela, gracias.

Vuelve a ponerte en situación. Han pasado no más de 47 minutos desde que te despediste por segunda vez y estás en una sala decidiendo el copy que tienen que llevar las tarjetas que estarán en la puerta del tanatorio. Pero y qué tarjetas. ¿La virgen, el ángel, el cielo? ¿Con o sin calendario? Se crean las primeras confusiones, los primeros rifirrafes familiares, las primeras sensaciones de por favor que salga ya Juan y Medio con unas flores y vayámonos a casa que me quiero acostar. Esto no puede estar pasando. Todos me miran a mí. Soy la que “escribe”. Pero yo solo quiero morirme. Piensa algo, me dicen. Y yo, insisto, solo pienso en morirme.

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Vayamos a las flores, pero a ver qué flores. Porque las rosas rojas no son rosas blancas. ¿Qué hacemos si a mi abuela le gustaban las rojas pero el resto de los que quedamos solo queremos blancas? ¿Le ponemos algo de verde? PARA QUÉ, pregunto. Qué pena de flores, pienso para mí. Menos mal que esta ronda la pagaba mi abuela.

Y el texto. Porque las banditas de papel brillante con bordes dorados tiene que ir con texto. A ver qué ponéis. Que todo no cabe. ¿«Tu marido y tus hijas», «Tus nietos», «Resto»? ¿«Tu marido», «tus hijas», «tus nietos y el resto de gente»? Volvieron a mirarme con ojos de «tú que has estudiado» pero recuerdo estar tan aturdida que el señor de marrón de los  muertos empezó a decir «la gente suele poner…». UN MOMENTO. Guárdate tu porfolio que ya saco el mío.

Estábamos sentados en la mesa redonda de la mafia de la muerte decidiendo cuál sería la frase que mejor definiese la muerte de mi abuela. O a ella o a mí pensando en ella, o a nosotros sin ella. No lo sé. Nunca había pensado en algo así. Era muy tarde y yo solo quería irme a dormir para despertar de esa pesadilla. Pero allí estaba yo, escribiendo en un folio sucio, a boli, la frase que lo cerraría todo.

Escribí este texto a los pocos meses de que mi abuela falleciera, hace casi 4 años. Cuando me creía que yo ya estaba bien (y ya te digo yo que no). Hoy, 12 de mayo de 2021, lo he encontrado a medias entre los borradores de este blog más muerto que vivo.

Entonces no me imaginaba que a los dos años volvería a ese cuartito frío con menos sillas que personas. No me imaginaba que en tan poco tiempo tendríamos que enfrentarnos, de nuevo, ya entrada la noche, a esas muestras de estampitas, a elegir el color de un ataúd, la combinación de flores, el libro de visitas, los recordatorios absurdos, la foto, el marco, su ropa…

Lo que sí me imaginaba es que yo tendría que volver a escribir una frase. Esa frase.

Que por supuesto luego escribieron mal 🙂

Escena 2: interior, día.

Ayer volví a la floristería. Teníamos que hablar.

Abrí la puerta y dije un «hola» tan alto que me retumbó en la mascarilla FFP2. Se asomó ilusionado pero al verme a mí creo sufrió una pequeña desilusión. Pero pronto rectificó y mostró cierto interés, bueno en mí no… en lo que yo le podría contar. Sin dejar de hacer lo que sea que estuviera haciendo y como si un eco viniese del fondo de la trastienda, me pareció oír: «¿qué tal?».

«Estoy bien, bueno, estamos genial, bueno, ella está genial… Estamos muy felices. Creo que ya ha encontrado su sitio, su espacio en casa… en su casa [me cuesta un poco decirlo todavía]. Todas mis amigas ya han visto su foto [aunque algunas dudan si esto funcionará] y mi familia me ha felicitado por la decisión. Intento no hacerle mucho caso para que no se agobie pero me paso la mañana delante del ordenador mirándola de reojo por encima del hombro. Le encanta que le pille desprevenida y deja de golpe todo lo que esté haciendo para simular una estatua, una falla antes de arder. Le susurro buenos días cada mañana. No se puede quejar. Está feliz, hazme caso. Deberías verla».

Intentaba mostrarme cero interés pero bajo sus gafas empañadas seguía pidiéndome más información mientras cortaba los tallos de un ramo de lirios rosas.

Yo me acercaba a ese cubo con ramas de eucalipto y rozaba las hojas duras con la esperanza de llevarme ese olor en las manos a casa.

«¿Sabes? A veces me tumbo en el sofá y ella, impasible como siempre, me mira desde su rincón. Cierro los ojos, sabiendo que nunca deja de observarme, y me imagino cómo seremos y dónde estaremos dentro de 3 o 5 años. Porque supongo que seguiremos juntas. Me la imagino en la cocina observándome mientras me pongo hasta arriba de harina, ralladura de lima o leche condensada. Tendremos un gran ventanal que será como una pantalla de cine en la que veremos relámpagos los días de tormenta. Veo una barra de mármol negro. No le he preguntado pero estoy segura de que le encantará ponerse encima de la fría piedra. Conmigo cerca, siempre. Y la música alta. Y el delantal manchado y mi pelo mal recogido. Te mandaré fotos. Verás que sigue preciosa».

Terminó de anudar los tallos de los cuatro lirios rosas con cuerda de sisal y me miró. Respiraba fuerte y su mascarilla palpitaba. Supo que había hecho bien dejándola marchar conmigo. Yo ya no tenía dudas y algo me dice que él… ya no dudaba de mí.

«Te regalo una flor, para que os alegre la casa».

Basado en hechos casi reales.

Escena 1: interior, día.

«Si quieres cuidarla, olvídate de ella».

No estoy segura pero juraría que ya había escuchado esta frase antes. Puede que incluso yo misma se la hubiese dicho a alguien sin mucha esperanza. La mía, no la suya. La pequeña diferencia, el sutil matiz era que en esta ocasión era yo la que debía obedecer.

Me quedé quieta frente de su padre. Las gafas se le empeñaban cada tres palabras por culpa de la mascarilla y a mí se me ladeaba la sonrisa sin querer.

«Olvídala, no es tan difícil de entender».

Y dale. Con mi mano derecha la agarraba y con mi brazo izquierdo sujetaba una pequeña bolsa con sus cosas. Estaba empezando a sudar. Ríos por mis manos, escote, bigote y espalda. «Nos vamos», le dije. Pero él seguía mirándonos queriendo retenernos como si de un truco de magia se tratase. La miraba a ella, me miraba a mí. La miraba a ella, me odiaba a mí. La odiaba a ella, me miraba a mí.

No fue fácil decidirme. Me gustan todas, bueno, muchas. Vivo sola y puedo permitírmelo. Pero estoy aquí. Comprometiéndome con una de sus hijas. No en plan casarnos pero sí cediéndole mi amor (una parte). Hace un tiempo, entraban y salían de casa antes de que cambiásemos de estación. Últimamente ya ni siquiera me las traía a casa. ¿Y si esto es un error? ¿Y si me agobio? ¿Y si ella quiere más conmigo y yo quiero más… pero con otras? ¿Y si no le gusta mi casa? ¿Y si lo nuestro no es más que un flechazo de Instagram?

Pero ahora no tenía escapatoria. Allí estábamos delante de su padre mirándonos por encima de las gafas y respirando fuerte.

– Mira, hagamos una cosa. Si algo pasa, ella volverá contigo. Si no pasa nada… seguiremos juntas, en mi casa. Mi piso es pequeño y apenas entra luz pero necesito tenerla conmigo. Desde la primera vez que la vi lo supe. No se preocupe. Voy a cuidarla bien. ¡Mejor que bien! Voy a acariciarle todas las mañanas, voy a susurrarle todas las noches. Voy a pensar en ella cuando antes solo pensaba en mí. Joder, voy a dejar que viva conmigo, que respire mi aire, que huela mis pretenciosas velas, que me vea bailando en bragas. Estará bien en casa. Nunca le faltará de nada. Prometo no atosigarle. Le daré su espacio.

– Pero…

– Entiéndalo, usted ya no es su dueño. Se viene conmigo.

Salí de la floristería de su padre eufórica aunque llena de miedos, dudando de si realmente cumpliría lo prometido. La miré de reojo y sonreí, aunque la mascarilla solo dejó ver unos ojos brillantes achinados.

Y la otra inmóvil, callada.

Normal, solo era una planta.

Bienvenida a casa.

Me estoy muriendo.

Siento cualquier error o incoherencia del texto pero por mi salud mental no voy a releer todo esto o volveré a llorar.

Todo empezó en 2018. Cumplí los 30 y mi abuela ya no estaba. Cumplí los 31 y perdí a mi abuelo. Nunca antes había me había despedido así de nadie ni había tenido esa sensación de estar marchitándome lentamente. Nunca antes había visto enfriarse a una persona ni había besado un cuerpo frío e inerte.

Paralelamente, no-sé-cómo-ni-cuándo, empecé a entender a toda esa gente que tuerce el morro cuando se acerca su cumpleaños y, desde entonces, vivo con el miedo (y la tristeza) de convertirme en uno de ellos. Claro que quiero cumplir años (y hacerlo de una forma sana y feliz) pero no puedo evitar pensar que cumplir años es como aplaudirte en la cara sabiendo que estás caducando, acercándote al abismo. Es como celebrar que estás muriéndote un poco más.

Llevo un tiempo sufriendo (cada vez más) ataques de ansiedad por esto e infinitos momentos de angustia que estoy aprendiendo a controlar poco a poco. Respiro, intento reconducir mis pensamientos hacia algo lo más banal posible y me repito “no, no, no, no, no” (los «por ahí no» más rotundos de la historia, os lo juro). Y es que, lo que antes era simplemente un tema a esquivar ahora se ha convertido en fobia.

He pasado del miedo a la muerte al pánico a morirme.

No quiero morirme (ni siquiera me estoy muriendo, bueno, un poco sí, pero como todos). De verdad que lo mío no va de ponerse intensa subiendo fotos de atardecer a Instagram con un texto que diga «vivir es empezar a morirse» y esas mierdas. No. Aunque ojalá.

Ojalá tantas cosas, la verdad. Ojalá viese la muerte como muchos de vosotros, me riese y pudiese decir con tanta facilidad «Ay, tía. No quedan edamames en Mercadona. ¡Me quiero morir!». Ojalá pensase que es el principio de algo nuevo. Ojalá creyese que realmente no voy a sentir nada. Ojalá jamás se me hubiese ocurrido la brillante idea de pensar en la muerte mi muerte.

Pero solo sé que cada vez que pienso en esto una bola de fuego arranca del estómago, se hace grande en el pecho y se ancla en mi garganta. Me empiezo a ahogar. Siento que me sangran los ojos. Mi tórax se hace pequeño y el corazón acelera y frena en seco. Las piernas flojean, me sudan las manos, me pesan los brazos. Se me hiela la espalda y me arde el cerebro. Me ahoga respirar tan deprisa. Empiezo a llorar sin querer. Siento que rozo el desmayo. Me revienta la cabeza. Y todo esto con tan solo venirme a la cabeza el «Te vas a morir».

Y es que no quiero morirme.

Mientras cocino, de camino a una reunión, de paseo, mientras leo, trabajo o me seco el pelo. Es como un humo tóxico que invade mi espacio personal sin avisar. Pero lo peor viene después, cuando me imagino un vacío enorme, una oscuridad infinita. Me imagino sola, sin poder hablar, abrazar, sin poder sentir el aire en la cara. Y así eternamente, esperando. Esperando volver a estar viva, supongo. Me veo queriendo llorar sin poder hacerlo. No tengo cuerpo, solo soy un pensamiento. No puedo hablar pero tampoco hay nadie que me pueda escuchar. Me persigue el pensamiento obsesivo de que estaré consciente y desesperaré de esperar.

Y empiezo a sentir que me muero. Otra vez.

No sé en qué momento he decidido escribir esto. Supongo que buscando cómplices o palabras amigas. Supongo que para salir del convencimiento de que nada de lo que lea o me digan me va a convencer o hacer cambiar.

Toda esta movida tiene un nombre (o eso he encontrado en Google), se le llama tanatofobia y es una p*** mierda.

El atardecer de mi abuelo Juan

Recuerdo el amanecer de mi abuelo cuando se jubiló. Antes solo atravesaba el pasillo a oscuras mientras mi abuela me daba la cena. Se quitaba las botas marrones, se duchaba y yo para entonces ya me había dormido en el sofá esperando a que mis padres volviesen del trabajo y me recogieran.

Luego todo cambió. Empecé a conocer a mi abuelo y mi abuelo empezó a dejarse conocer. Se fue con mi abuela a recorrer España, cogió aviones, paseó por la playa en invierno y le daba besos a mi abuela en esas mejillas rositas que tenía. Diría que empezó a sonreír, a reírse. Casi que empezó a vivir de verdad. Eso fue como un gran amanecer. Lo admiras como quién ve algo por primera vez. Te embobas tanto disfrutando que no puedes pensar más allá. Le prestas atención a los detalles, te cargas de energía y la sonrisa de la cara ya no te la quita nadie. Respiras hondo y sabes que todo seguirá saliendo bien.

Pero el amanecer se acaba, el día pasa y el atardecer llega.

La luz se va escondiendo y sin motivo alguno ni quererlo, la gente de tu alrededor empieza a bajar la voz, a reclamar silencio. A contemplar desde el respeto. Los atardeceres son un momento especial y mágico pero yo siempre tengo un pequeño nudo en el estómago que me recuerda que son segundos que pasan rápido. Miro tan fuerte al frente que me hago daño, me molesta, me hace llorar… pero quiero retenerlo, quedarme con el último matiz, apreciar cómo lo irradia todo. ¿Podría volver a recordarlo sin equivocarme ni tener que imaginarme ni un solo ápice? Tengo dudas. Siempre dudo.

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El atardecer de mi abuelo ha llegado y así me siento yo mirando a mi abuelo. Está aquí, le tengo delante pero se está apagando, se va apagando… y yo solo puedo pensar que tengo que aprenderme todos y cada uno de sus destellos.

Supongo que lo mejor de ver un atardecer es no encontrarte la oscuridad de repente.

Mientras tanto, quedémonos con lo que tenemos enfrente.

Ya no quedan millennials como los de antes.

Hubo una época en la que los millennials eran considerados como caballeros del zodíaco, eran el anillo de El señor de los Anillos, la piedra filosofal de Harry Potter, el tronquito sabroso de la bolsa de pipas, la patata Deluxe en el paquete de las normopatatas, el dragón del horóscopo chino. Éramos lo mejor de lo peor.

Sin embargo, desde hace un tiempo miro a mi alrededor (donde ya solo hay señoras y señoros) y repasando el horizonte con el dedo índice cual Bustamante en un videoclip me digo «antes todos éstos éramos millennials».

Éramos el centro de atención, el foco de las marcas, el deseo de los viejales. Pero ya no. Todos querían ser millennials pero como ya sabréis: millennial se nace y no se hace. Algo bueno tenía que tener haberse perdido la locura drogainópata de los 80 y llegar -afortunadamente – tarde a la ruta del bakalao de los 90. Bastante lastre tengo yo personalmente por no recordar la participación de Azúcar Moreno en Eurovisión.

Nuestra vida como millennials no ha sido fácil. Hemos tenido que hacernos hueco en el sofá moviendo enérgicamente el culo entre los «efectiviwonder, yo es que soy de los benditos e irrepetibles 80» y los «a mí no me rayes en plan flamer que nací en plena crisis económica lol». De hecho, ya en el lejano pasado (2015) podías ver cómo se cruzaban titulares que decían «¿Pero quiénes son los millennials?» y al mismo tiempo «Olvidad a los millennials: 2015 es el año de la Generación Z» /o más conocidos como “esos niñatos de mierda”/. La cosa empezaba a pintar mal.

Los millennials somos la receta mejorada de los chiquillos de los 80 pero claro, seguíamos llevando aceite de palma, conteníamos trazas de frutos secos y obviamente teníamos gluten y lactosa. Los millennials hemos tenido siempre la mochilita de ser unos flipados pero creedme si os digo que no es fácil crecer leyendo la Súper Pop o la Bravo -por ti-. Cuenta la leyenda que algunos millennials se conectaban a internet en un locutorio pagando 6€ la hora. ¿Os imagináis la tara que eso conlleva? No tenéis ni idea.

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Yo evolucionando como millennial

La cuestión es que los millennials siempre hemos sido los guays de la pirámide demográfica, teníamos un noséqué que atraía a todo el mundo. Todos hablaban de nosotros y los rumores no paraban de circular. ¿Sabías que los millennials acabarán con las servilletas porque solo gastan papel de cocina? ¿Sabías que los millennials beben más manzanilla que los jubiletas? ¿Sabías que los millennials mucho hablar pero poco tiki-tiki? ¿Sabías que les encanta viajar como si fuesen ricos? …que si tienen dinero se lo gastan? …que prefieren no tener trabajo que estar en un trabajo que odian … que se enamoran por Instagram? …que se gastan 2000 euros al año en café? …que a veces se hacen pasar por personas normales?

Esta era la imagen que solía acompañar a los artículos, informes y explayaciones varias:

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Pero la realidad ahora es más bien esta:

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Hemos cambiado el quedar a las 00:00 por vernos a las 12:00, el botellón patrocinado por Knebep® y los hielos de la gasolinera por una tabla de quesos y un vino del Penedès. El Red Bull por una manzanilla con lavanda. Ya no compartimos casa por necesidad sino por gusto. Nos hemos enamorado vía app o red social pero, esta vez, de verdad.

La realidad es que el tiempo pasa: de todo ya empieza a hacer 10 años y todo empieza a estar cerca de los 40. Ya hay millennials que tienen un par de retoños, que están metidos en una hipoteca. Siguen con mayor o menor dignidad una rutina. Usan crema antiarrugas. Se pasan el domingo cocinando cremas con unas verduras que antes solo te planteabas tatuarte. Hacen cursos de pan. Ya no compran velas de Ikea. Han empezado a limpiar con amoniaco. Ordenan los cajones de calcetines. Compran comida para el perro mejor que la que comían ellos cuando estaban en su mayor esplendor. Se compran la Conga y ya piensan en el robot de cocina. Se alegran si los conciertos son en sitios con sillas. Lloran cuando recuerdan que los del 2000 ya andan por ahí follando. Han cambiado los tuppers reciclados de los chinos por tuppers de cristal. Ven por Twitter lo que pasa en la tele. Escriben quejas cuando no les tratan bien y vuelven al supermercado si se han equivocado en la cuenta. Han pasado de tener cactus a tener un tronco de Brasil. Compran zumo recién exprimido en Mercadona. Comen algas como snack. Si nadie les amenaza, agrede o insulta prefieren Uber o Cabify que ir en taxi.

Lo que no ha cambiado es que todavía usan filtros de animales y siguen teniendo una hostia. Seguimos, porque ser millennial ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

¿Por qué me siento una albóndiga rebotando en un tupper cada San Valentín?

Donuts con forma de corazón con sabor a fresa. Ramos de flores sin una filosofía cromática correcta que me distorsiona la vista. Peluches rellenos de soledad. Bombones con licor del Polo. Tangas que no son de algodón y joder, yo así no puedo. Una taza personalizada con una foto pixelada. Un desayuno romántico sin gluten.  Un pack de colonia y desodorante envuelto en un papel bonito. Unas entradas para ver el musical de su ex novia. Unos calcetines de rebajas. Una sesión de spa en el gimnasio de la esquina. La mejor pulsera de plata de Wallapop. Un libro de Marie Kondo de segunda mano.

A mí San Valentín, meh. Nunca he dado ni recibido, ni siquiera regalos. Prefiero los sobres sorpresa un lunes de mierda cualquiera, las escapadas a Guadalajara sin razón alguna, desayunar con champán por no llorar. Vamos, que si puedo elegir, me gusta la tontería repartida en los trescientos y pico días que ofrece el año. Habló la lista, ¿y a quién no? 

San Valentín ni me pica ni me da gusto. Quicir, si la gente quiere regalarse PRECISAMENTE HOY cualquier gilipollez, ¿quién soy yo para decir / proclamar / gritar / tuitear que ese gesto es de losers? Porque-vamos-a-ver, me irrita mucho ese sector (y no pequeño) sectario de la población que se cree superior al resto por el mero hecho de no celebrar nada el 14 de febrero. Y A MI QUÉ. Esa festividad que te pierdes, ese consumismo gratuito y nada culpabilizante que no disfrutas, esa excusa perfecta para hacer del jueves otro sá-ba-do.

Solemos (gente haciendo gestos de comillas con los dedos) suponer (gente haciendo gestos de comillas con los dedos) que los que celebran o se regalan alguna parida en San Valentín se quieren menos. Y nos quedamos tan panchos, prima. PORQUECLARO, A MÍ NO ME HACE FALTA UN DÍA PARA CELEBRAR ESTO TAN GRANDE QUE SIENTO. Olrait. La paz del mundo pa’ ti.

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Reconozco que yo estoy un poco en medio y me siento como una albóndiga rebotando de lado a lado dentro de un tupper, pero si tengo que elegir, me quedo con celebrar el amor y sobre todo, respetar a los que así lo desean. ¿Que se quieren menos? Peor para ellos. ¿Que hoy es su día favorito del año? Mejor para El Corte Inglés.

Así que amigos, comprad con el corazón pero sobre todo con conocimiento. No hagáis de este San Valentín un día horribilis. Yo a muerte con vosotros.

El maravilloso sonido de los macarrones mezclándose con el tomate

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Yo mezclando macarrones con tomate.

Hay gente a la que quiero mucho que come aceitunas delante de mí. Elige a su candidata entre otras tantas y al cogerla con las manos se humedece las yemas de los dedos porque alguien pensó que era buena idea que siempre estuviesen a remojo en un líquido impuro y por qué no decirlo, repugnante. Da vueltas en su boca como si la estuviese centrifugando, despoja la carne del hueso en una batalla lengua contra fruto y vuelve a mancharse las manos de drama dejando el hueso muerto, derrotado, chupado y mordido demasiado cerca. Pero eso no es todo.

Puede parecer que tengo un problema pero te equivocas, tengo más de uno.

Creo que contengo trazas de misofonía. Mi caso no es preocupante ni grave ni tampoco tiene el romanticismo esquizofrénico con el que Amelie rompe el caramelo cristalizado de cada Créme Brulée que se interpone en su camino.

Siempre supe que algo raro pasaba pero sincera y obviamente, siempre pensé que eran ellos los raros. ¿Por qué la gente de mi alrededor no se retorcía cada vez que un cuchillo hacía tope con un plato? Ñiqui, ñiqui. ¿Por qué el sonido de mi padre sorbiendo sopa solo retumbaba en mi cabeza? Surrrrrrrup. ¿Por qué la gente no se suena la nariz y se sorbe los mocos como si le fuesen a llegar a cerebro? Sniffgghh. ¿Por qué los cortauñas no vienen con silenciador? Ni que yo sola pensase que es un sonido tremebundo. ¿Acaso no lo es?

Hasta hace poco tiempo no conocía ese ¿trastorno? ¿tarita? ¿algo que me hace especial? llamado misofonía pero algo más tenía que haber porque no solo era un tema de que no me gustasen ciertos sonidos, iba más allá.

Me irritan, me enfadan y son segundos de profunda agresividad reprimida. Es una mezcla agitada de rabia, ira y terror. No te deja pensar en otra cosa, no puedes concentrarte. Es una sensación horrible, como un dolor mental, un cosquilleo molesto.  Como si mi cerebro tuviese arcadas intentando vomitar. Son ganas de llorar desconsoladamente durante tres segundos.

«La vida entera me da dentera» siempre ha sido mi leitmotiv.

Afortunadamente, esta moneda tiene otra cara. Exactamente la cara de gilipollas que se te queda cuando escuchas otros sonidos (indiferentes para buena parte de la gente), que al contrario de los que te provocan ira, estos te relajan, te calman. Pausados y excitantes. Habituales, absurdos, ridículos. Son como una caricia en la cara, un tirón suave de pelo. Un gustico. Como las burbujitas que te salpican en la cara al poner la cara cerca de un vaso con una Coca Cola recién abierta. Te hacen sentir maravillosamente bien. Son drogaína pura.

El crujido al morder una manzana, ese sonido de la tecla del piano que emerge después de la música, el celo despegándose del rollo, los rotuladores en contacto con el papel, las tijeras cortando despacio, el ruido de la sal al agitar el bote, el sonido que surge al acariciar el pelo, la lluvia chocando contra el cristal, el sonido de las sábanas al agitarlas o al meterse en la cama, las lentejas cayendo en tropa a la olla, el gusto de oír cómo cae el agua a cholón.

Gracias al internet supe que, no solo esta movida tenía nombre (ASMR) sino que además, Youtube estaba lleno de contenido para nosotros, los fucking elegidos. Aquello fue como obtener una tarjeta Luxury Premium Gold en mi videoclub favorito.

Suena a secta pero no, o tal vez sí, la verdad es que no lo sé. Pero yo me quedo.

Ya solo me queda compartir mis hallazgos para intentar convenceros o al menos, poder explicarme. Si buscáis ASMR en Youtube veréis una masa de chicas rubias susurrando a un micrófono pero mamá, eso no es lo mío. Bajad a las profundidades y disfrutad de ese sonido que hay cuando buceas más profundo de lo normal. Ese no-sonido que te abruma al principio y te relaja profundamente después, sabiendo que te quedarías allí abajo eternamente si no fuera porque hay que seguir viviendo y disfrutando de la extraordinaria música que crean los macarrones al mezclarse con el tomate frito templado.

Bon profit.