Descansa

No había bajado del coche cuando me dijeron que ya no.

Bajé corriendo la cuesta que va de mi casa a la suya. Cuántas veces había bajado esa cuesta deseando verla un verano más. Cuántas veces me caí bajando esa cuesta y volví a casa con las rodillas sangrando. ¿Cuántas veces me quedaban por bajar a su casa?

Mi abuelo abrazaba a mi abuela que intentaba no volver a llorar. Ambos me miraban bajando la cuesta sabiendo que esta vez  yo no llegaría a tiempo porque aunque allí seguía, posiblemente ya se había ido.

La pequeña barca se acercaba lentamente y yo me quedé inmóvil en el borde con las zapatillas bañadas en barro. Un escalofrío me recorrió la cabeza porque nunca antes había vivido un momento igual. Nunca había sentido algo parecido. Jamás me había parado a pensar cómo sería estar en esa situación. ¿Alguna vez te has dejado el aliento para ir a despedir a alguien que pensabas que ya estaba muerto y de repente, lo ves ahí, aún vivo, sabiendo que tendrás que despedirle… pero de verdad? Pues allí estaba ella. Despierta. Viva.

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Salió por su propio pie de la barca con un chandal viejo y la coleta floja y caída. Cabezona como yo, se empeñó en dar una vuelta tumbada mirando al cielo. De pequeñas nos tumbábamos en la barca amarrada y nos preguntábamos si detrás del cielo había algo más, si habría casas, lagos, barcas. Nos preguntábamos si al llegar al cielo hay alguien que te pide papeles o si tienes que llevar dinero en el bolsillo para poder comprarte al menos algo de cenar.

Me abrazó sin fuerzas (o sin ganas) sabiendo que yo estaba en ese lugar y en ese exacto momento porque pensaba que ya nos había dejado para siempre. Caminó arrastrando sus piernas y se metió en casa. Se tumbó en su cama y se acurrucó.

Conseguí deshelarme y fui tras ella. Me apoyé en el marco de la puerta y allí estaba. Respirando. Viva. Me acerqué despacio apretando los dientes. «Tienes que quedarte, tienes que poder quedarte» le susurré. Ella tenía los labios cortados en mil rectas paralelas y sonreír era un verdadero suplicio, aún así, lo intentó. Lo intentó negando con la cabeza. Respiré hondo para evitar empezar a discutir o al menos, para no volver a soltarle mi discurso. «Quédate, no te vayas, sé fuerte, inténtalo, vamos…»

«Tengo frío, estoy cansada». Se levantó de la cama y me acarició la cara. Hizo un intento de caminar pero no supo continuar y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Fui a buscar una manta. El comedor seguía lleno de gente que al verme salir de la habitación se paralizó y se quedó sin respiración. «Sigue aquí», les dije (incomprensiblemente molesta) dándoles la espalda.

Tapé a mi mejor amiga y ladeó la boca dándome las gracias. Buscó una posición más cómoda y cerró los ojos. Yo seguía enfadada. Mucho. «Quédate un poco más, no puedes dejarnos ahora». Ella me miraba de reojo tan relajada que me daba rabia. Me repetía que quería descansar y que tenía frío. Yo la miraba fijamente y no la entendía, de verdad que no la entendía. Ya, ya sé que ni siquiera lo intenté. Ella allí, conmigo. No pedía tanto. Estaba bien, era lo mejor. Si tenía frío, yo la taparía. Si quería descansar, yo la dejaría dormir. Volví a llorar como lloré meses atrás sabiendo lo que vendría. Ella esforzándose como nunca se hubiese imaginado que lo haría se sentó en la cama, se puso la manta sobre los hombros, me cogió de las manos, me dio un beso en la mejilla justo encima de una lágrima recién brotada y susurró: «Vamos… si yo solo quiero descansar».

Por fin lo entendí todo. Dejé mi egoísmo a un lado. Dejé de pensar en mí sin ella, en mi vida con su vacío, en la ausencia de sus respuestas a mis preguntas. Dejé de suplicarle que intentase quedarse. Asimilé que aunque podía quedarse, ya no quería. La ayudé a recostarse, la tapé bien, como a ella le gustaba, hasta los ojos, le di un beso en la frente y le susurré: «descansa».

La vi sonreír. Me fui de la habitación. Se fue de la casa.

 

La (mo)vida de una mujer

No tengo que llevar tacones para que me escuchen mejor ni mi marido “me ayuda” en las tareas domésticas. No me sienta mal que me abran la puerta para dejarme entrar primero. No me gusta que me lleven las bolsas de la compra. No me han dicho nunca no por ser mujer. Nunca he pensado que mi vida sería mejor siendo un tío.

En mi casa siempre han cocinado ellos y nosotras hemos montado los muebles de Ikea. Hemos llegado todos a la misma hora y en las mismas condiciones. No se esperaba algo distinto de mí. Me hace risa el “a mí no me preguntes, solo soy una chica”.

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El 8 de marzo tampoco me parecía tan especial. Si queremos ser iguales, pensaba que nadie debería tener un día. No quería que me hiciesen sentir especial. Todos los días quería, y quiero, que sean mis días. Que todos los días sean los días de la mujer. Siempre me ha sobrado demasiado el “felicidades por ser mujer”, el toma descuentos para gastar, aquí tienes tus promociones en droguería, aspiradoras a mitad de precio, donuts con cobertura de fresa y material de oficina color fucsia. Que ojo, cualquier otro día me parecerían bien porque aplausos a los descuentos, bienvenidas las promociones, soy fan de mi aspiradora, me flipan los donuts y el color fucsia es bien bonito.

Sin embargo, varios años de carrera en solitario por la vida, rodeada diariamente de gente poco afín a mí, me han dado la(s) suficiente(s) experiencia(s) como para sentarme en el suelo y gritar JODER, JODER, JODER. 

Para empezar, simplemente tu condición personal de ser mujer: el acecho de las pasadas de arroz, la soltería, lo rancia que eres si no das juego, lo suelta que eres si lo das. Que si dejar al novio, que si vivir sola, que si apañártelas sin nadie, que si mierdas vitales varias. La historia de la que más de una vez habrás oído hablar: Cuarentonas aburridas frente a cuarentañeros follables. 

Por no hablar de los culos talla L, de las tetas caídas, del acné por los nervios, del pelo seco, del tinte amarillo, de los labios operados. De las dietas, del gimnasio, de los batidos detox, de las cremas de día, de noche, antiojeras, del serum, del acondicionador, de la mascarilla, del aceite de argan. Del secador, la plancha, el rizador, la laca, la espuma. De enseñar, de esconder, de tapar, de aumentar, de reducir. De elegir vestirte como y con lo que te salga del coño de dentro. Pero ni es tan fácil como parece ni el movimiento curve es tan transparente como lo ponen: Mango, Zara, Nike… gracias por hacernos a las gordas felices.

Después viene el enfoque profesional: la eterna becaria o la infinita secretaria. Que te llamen peque  – chiqui en una reunión. Que pregunten siempre por tu jefe, que tengas que pensar cuándo quedarte embarazada para no joderlo todo o para que no te jodan del todo. Que te miren el escote o las piernas. Que no te llamen nunca por tu nombre. Que solo seas la rubia o la otra chica. Que eso sea de hombres, que aquello se les da mejor a las mujeres. Lo vemos a diario en cualquier telediario y nos pasa por encima. Es el aceite social sobre nosotras que somos agua. Hace un año alguien trató de insultar a una mujer diciéndole que se fuese a vender pescado: Hasta aquí hemos llegado

Del trabajo a casa pueden pasar cosas. Puede que se te haga tarde y te toque volver ya de noche. Puede que esté oscuro y no tengas batería en el móvil. Puede que haya alguien esperándote en el portal muy a tu pesar. Puede que te pongas nerviosa. Puede que intentes obviar lo que acaba de pasar. También puede que a la mañana siguiente, a plena luz del día te pase lo mismo. Puede que esa tarde vuelvas a casa con las llaves en la mano. Puede que te hayas aprendido el teléfono de la policía de memoria o incluso puede que tengas que ir a comisaría. Puede que pase. Puede que no sea tu marido, ni esté borracho, ni os acabéis de separar, ni estéis luchando por la custodia de los niños. Puede que no sepas quien. El problema puede que sea que él a ti sí te conoce bien. ¿Y sabes lo que te dirán? Buena suerte

Y esta podría ser la vida de cualquier mujer.

Pero en este caso, es mi movida.

 

¿Es lo nuestro una startup?

Tú habías dejado atrás lo tuyo y lo mío, por fin, se quedaba aparcado a un lado. Dos potencias emergentes que chocaron. Eso fuimos.

Nos apresuramos. Formamos una organización y constituimos una relación, en principio, a corto plazo. Invertimos tiempo y recursos. Nadie sabía más que nosotros dos sobre no querer dormir solo, sobre querer pasar los domingos acompañado, sobre lo de abrazarse sin tener razone para hacerlo. Dos personas con la misma idea de “éxito”.

Lo llenamos todo de plantas bien verdes y de sillas de diseño insufribles. Empezamos lo nuestro no sabiendo nada pero con mil hipótesis que resolver. Solo sabíamos que esto parecía ser la solución a nuestros problemas.

¿Será esto realmente diferente? ¿Funcionará? ¿Intentarán conquistarnos? ¿Vamos demasiado rápido? ¿Sabremos identificar el éxito? ¿Esto es lo que siempre hemos querido? ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Cómo de diferente es respecto a lo demás? ¿Somos realistas? ¿Cuál hubiese sido la opción más fácil? ¿En cuánto tiempo podrá funcionar al 100%? ¿Resuelve nuestro problema? ¿Resuelvo tu problema? ¿Resuelves mi problema?

Asumimos la incertidumbre inicial suponiendo que en algún momento esto, lo nuestro, podría transformarse en un negocio a largo plazo. Sin embargo, desde el principio intuíamos que lo nuestro tendría fecha de caducidad, aunque ninguno sabía cuándo ni quién apagaría definitivamente las luces y cerraría con llave.

Una startup solo funciona cuando existe incertidumbre. Como lo nuestro. Saltamos de coworking en coworking, de tu casa a mi casa, de mi salón lleno de gente conectada al wifi a tu cocina compartida en Ultramarina. Y lo nuestro, como cualquier startup, vivió mientras fueron necesarios todos los experimentos que nos ayudaron a conocer mejor la solución. Nuestro modelo de relación parecía funcionar hasta que nuestras pantallas se quedaron en negro. Crash.

Nos acomodamos y saltaron las alarmas. Pusimos nuestro know how en cajas de cartón húmedo y  decidimos que ese y exactamente ese y no otro, era el momento de dejarlo, de cambiar la estructura, de evolucionar cada uno por su lado. De mandarnos a la mierda. De empezar de cero. De resetear otra vez. Cada uno diseñó una nueva ruta que potenciase y mejorase los resultados de su (horripilante) histórico amoroso. Y así fue.

Nos estampamos. Lloramos. Se nos fue de la manos. Desarrollamos ideas que acababan en el mismo cubo de basura. Volvimos a llorar. Emprendimos por encima de nuestras posibilidades. Tocamos el éxito y ansiosos salimos corriendo a por más. La vida es eso que pasa mientras decides si involucrarte en otra startup más rubia aunque menos simpática.

Y sí, lo nuestro fue un caso más en la estadística de startups fallidas.

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Un monstruo viene a influenciarme

Me cago en los putos influencers. Tantos años mirando al cielo preguntándonos si las nubes huelen a algodón de azúcar o en realidad a compresa usada pensando cuándo nos atacarán seres superiores cabezones (de tamaño, sin insistencia aún demostrada científicamente) con una piel extremadamente suave y ropajes metalizados sin saber que  ya teníamos al enemigo en casa (no litermente salvo excepciones): Los malditos influencers.

PÁRRAFO EXCLUSIVO PARA MI MADRE:

Los influencers son personas. Básicamente su trabajo se resumen en: una marca deloquesea les envía un producto y ellos se esfuerzan en introducirlo con naturalidad en sus vidas para que sin vaselina ninguna entre arrebatadoramente en las nuestras. Casualmente siempre son marcas que les fascinan, les flipan, les encantan y les pagan.

(mamá si tienes alguna duda escríbeme al whatsapp)

Se han reproducido más rápido de lo esperado y de momento no existe esperanza alguna de que cuelguen el cartel de aforo completo. La plaga inunda tu móvil, tu ordenador, tu tablet… ¡tu vida! Son los nuevos cuñados que a su vez fueron los nuevos jubilados que en algún momento fueron cuñados y que como los nuevos cuñados, también acaban mutando a jubilados. Es horrible y aterrador pensar en las futuras mutaciones porque podría darse la peor tipología existente: la del influencer cuñado jubilado. Ya llegarán, tranquilos.

¿En qué se parecen los jubilados, los cuñados y los influencers? La brasa. Te brasean hasta el éxtasis. Te cuentan cosas todo el rato sin descanso y sin preguntar si te interesa al menos solamente un poquito. Mira qué cosa, mira tú que otra. MIMIMI. Pero como en toda evolución de especies, no siempre la actualización del sistema es mejor opción que lo anterior. A diferencia del jubilado y del cuñado, el influencer te cuenta cosas que ni siquiera le interesan o sobre las que no tiene un criterio. ¡Invéntatelo, hombre!

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No es demasiado evidente pero odio a los influencers y por ende, también empiezo a repudiar a las marcas que pierden el culo por conquistarlos. Mi saliva se vuelve cicuta cada vez que veo a un influencer enseñar día tras día los regalos random que ha recibido de una marca. Un día cremas, otros una pulsera, unos zapatos, un champú, unos bombones, un perfume. Me hace sentir bastante idiota ver que marcas que te caían guay cuidan más de ELLOS (cuando estás enfadado se dice illis)los recibidores de regalos, que a los clientes fans pringados como yo. Me siento muy loser, la verdad. Es como cuando te enamoras y no es correspondido porque eres un ser completamente invisible.

Es un bajón absoluto. 

Que sí, que ya sé de qué va el tema. Que la audiencia de esta gente es brutal, que sus followers les hacen más caso que a su madre y que las ventas tocan el techo cuando un influencer enseña la marca de supositorios que utiliza. YA LO SÉ. Pero no me gusta. Y como buena influencer que soy, no os debería gustar tampoco a vosotros. Borregos.

Si estás interesado/a en el marketing, en el amor o en marketing del amor: Aquí uno de mis grandes éxitos  Love Funnel©

(Título diseñado en exclusiva por el experto en títulos de diseño en exclusiva O.E.)

De quejarse también se sale

Yo estaba muy enferma. Es probable (sé) que aún no me haya curado del todo. Los síntomas siempre eran los mismos: sentía que me explotaba la cabeza, que el estómago se hacía un nudo, tenía tics en los ojos. Apretaba la mandíbula sin darme cuenta y la respiración a veces se me aceleraba y otras, la mayoría, me quedaba sin aire y tenía que respirar muy, muy hondo. Sin embargo yo me sentía bien, no me imaginaba viviendo de otra manera.

Me autodiagnostiqué, eso es cierto. Al menos no busqué en internet, no me hizo falta. Desgraciadamente todo estaba demasiado claro. Me hice una autopsia previa a la muerte para saber qué era lo que me iba a matar. Morirme de eso ya sabía que no, pero matarme por eso era lo más probable.

Pese a todos estos indicios, no me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que, como siempre pasa, vi en otra persona la misma afección mortal. Sin duda, como siempre también (crees que) pasa, esa persona estaba claramente peor. Seguramente declarada terminal. Se notaba. Sus ojos no brillaban, tenía la cara más desencajada de lo normal… pero sobre todo se notaba en cómo le miraba la persona que tenía enfrente. Y créeme, sé cómo te miran cuando estás a punto de joderla. Es una mirada sin esperanza y con pena. Un vistazo cargado de rabia. Supongo que el que te mira sabe que en algún momento pudiste salvarte pero no lo intentaste. O no lo estás intentando que es peor todavía. Es una mirada nada cómplice porque en el fondo, te alegras de no ser tú esa persona.

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Pero salí. Salí de esa mierda y todo porque empecé a verme reflejada en otra gente, cada vez en más y más gente. La epidemia se estaba expandiendo, nadie estaba a salvo. Pero salí. Salí de la mierda. Dejé la droga de la quejaína. Prometí no quejarme más tanto. Escapé del bucle quejica en el que me había metido. Dejé de quejarme. Salí. Estoy saliendo. Me costó (y me cuesta) porque no es fácil. No es lo más sencillo del mundo estar conforme con todo en un mundo en el que lo normal es no estar de acuerdo con nada.

***

El otro día llovía (no importa) pero el olor a café del bueno, a pan de cereales tostado y a naranja recién exprimida lo compensaba. El aire susurraba alguna canción sin importancia y mi perro se estiraba como si estuviese en clase de yoga. Me pregunté si existía algo más maravilloso que el silencio matutino, el no madrugar y poder desayunar (varias veces) sin prisa. Me puse a pensar en lo fácil que era ser feliz con solo un café un sábado por la mañana.

Pues por lo visto no. Para ella parecía que todo aquello no era suficiente. Todo restaba. Venía con su dosis de quejaína tomada de casa, entró y miró mal el lugar, se quejó del silencio, del café que no estaba hirviendo, del pan que no estaba tostado por igual y que el zumo llevaba demasiadas vitaminas.

En su misma mesa, justo enfrente de ella, aguardaba un apuesto hombre recién duchado con la taza de café entre las manos que la miraba como antes me habían mirado a mí: pidiendo a gritos que nos callásemos un rato. 

Quejarse es un derecho, no una obligación. 

#haysalida #sísepuede #drogasno #cállateunpoquito

 

 

Enamorarse

El amor es darse cuenta de que ya no quieres dormir solo.

Ni sólo. 

Esta no es la mejor guía de Chicago, es la única guía buena.

«De personalidad arrolladora, fría y dura como el hielo pero acogedora hasta Milwaukee y más allá…» así podría empezar mi epitafio pero también la descripción de la que ya es una de mis ciudades (mundiales y terrícolas) favoritas.

Es por eso que me salto los preliminares propagandísticos sobre que Chicago es una gran ciudad mimimi llena de lugares estupendos que visitar blablabla con muchos restaurantes ñeñeñe una gama de tiendas inabarcable tucutucu a tope de museos lololo.

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Aquí tienes los cinco sitios a los que debes ir para poder hacer check in en Chicago (el resto solo suma): Millenium Park (foto reflejo ✓), Navy Pier (foto noria y diferentes vistas a la ciudad ✓), Willis Tower Skydeck (foto al vacío  ✓), Magnificent Mile (aquí déjate de fotos y cómprate algo ✓) y United Center (para hacer las fotos mejor es aconsejable comprarse una entrada para ver a los Bulls -especial atención a las entradas de última hora-, una cerveza y un sombrero de nachos con queso ✓).

 

Y aquí, los cinco sitios donde sí o sí tienes que comer o beber o al menos entrar a hacer pis:

  • Stan’s Donuts: Lo de los donuts (necesitarás varios blueberry old fashioned).
  • Portillo’s: Lo de los perritos calientes (sé el secreto de su famosa tarta de chocolate, pregúntame después de probarla).
  • Grand Café: Lo de la tarta de queso y la de manzana (intimida que el local sea un monstruo como el Titanic pero ya verás que no).
  • Giordano: Lo de la pizza de medio kilo / porción.
  • Wildberry Pancakes & Cafe: Lo de los desayunos de gordos (especialistas en pancakes)

 

Ya tienes dos de los tres elementos básicos para hacer de Chicago tu nueva ciudad favorita del mundo [insertar hada soplando purpurina mientras gira a tu alrededor] pero habrá que dormir. ¿Dónde dormir? «En una cama». Muy buena idea y mejor respuesta. No sé cuál será tu plan de viaje pero dormir debería ser parada obligatoria. Mis dos recomendaciones:

Opción bien: Holiday Jones está en la calle Division que mola bastante porque está en pleno barrio de gente joven, moderna, elegante y saludable donde te sentirás mejor que bien. Está cerca del centro (a unas cinco o seis paradas de metro directo) pero tranquilo que las luces del Chicago Theatre no te molestarán al dormir. No te asustes si ves que hay literas como si estuvieses de campamento verano porque hay habitaciones privadas (aunque casi siempre con literas, eso sí, ENORMES) con una decoración muy cuidada y acogedora. Además, te incluye un desayuno básico, wifi y esas cosas indispensables de esta vida moderna.

Opción SUPERBIEN: Chicago Athletic Association Al entrar, el molómetro se me rompió y tuve que comprarme otro pero no había de tanta molaridad y bueno, a lo que iba. Este es EL HOTEL. El hotel con el que siempre has soñado existe y está en la puta avenida Michigan frente a Millenium Park. Te despertarás, te pondrás el precioso albornoz del hotel y verás desde la ventana a la gente que ha madrugado haciéndose fotos en la gran alubia plateada. Por si esto no fuese suficiente, tiene un lobby, una sala de juegos, un restaurante con terraza, una piscina reconvertida en salón de eventos, unos pasillos interminables de madera, un ascensor único, una tienda propia (visita obligatoria) del hotel… y todo esto, con una maravillosa decoración que te dejará en apnea todo el rato. ¿He dicho todo el rato? Quería decir TODO MALDITO EL RATO.

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Más sitios donde encontrar felicidad:

Filter café: Mi favorito. Quizás no sea el mejor (que sí lo es) pero cuando entré la primera vez supe que quería vivir ahí (no literalmentBUENO, SÍ). Café bueno a granel y acompañamientos bien dignos (si me queréis,  lemon pie) en un lugar tremendamente cálido lleno de sofás vintage con estampados florales y sillones en los que hundirte (incluso sin querer). El ambiente es muy relajado, suena música suave y a veces hasta se escucha el silencio. Te sentirás un freelance chicagoan de toda la vida.

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Alliance: Una de las mejores pastelerías de mi barrio favorito. Merece la pena ir aunque sea para poner el morro sobre las cristaleras y admirar a las azucaradas creaciones como si fuesen recién nacidos a los que te vas a comer. Por favor cualquier cosa.

Black Bull: Por extraño que parezca, no puedes irte de Chicago sin comer en el mejor restaurante español de dentro de España y de fuera de España. Yo también me pregunto por qué no existe en España un sitio típico donde comer bien sin que te quedes pegado a la barra o sin un suelo lleno de palillos y servilletas. Decid que vais de mi parte, a ver qué pasa. Por favor el arroz negro, por favor el atún, por favor las croquetas, por favor el txuletón y por favor las vieiras con ibérico. Visitad el piso de arriba, espectáculo non-stop.

 

Justo al lado tenemos The Anthem Bar, barras de bar, vertederos de amor, paredes que son pantallas, cerveza y deportes, muchos deportes. Bebe y grita hasta que consideres que ya has hecho el suficiente ridículo como buen americano.

Fulton Market, lo mejor de este sitio no es solo la comida americana con tres vueltas de campana sino el espacio: un gran local industrial reconvertido en galería de arte en la comer, tomar cócteles y bailar. El sueño de muchos (como todo) hecho realidad.

Subiendo el nivel, nos damos un capricho y cenamos en Roister. Por favor el pollo frito. Si tienes ganas de mexicano hipster, no te pierdas Mercadito. Por fin un mexicano de calité nada guarrindongo. ¿Dónde tomarte un señor cóctel? Bordel, The Aviary o Celeste

Otros sitios que si tienes tiempo y hambre pueden estar bastante bien: Bongo Room (solo brunch pero y qué brunch), Eggsperience (sin confirmar aún que José Bono sea el dueño), Cheesecake Factory (tartas de queso hasta aburrir -cosa que me parece imposible-).

OBVIAMENTE, no puedes irte de Chicago sin escuchar algo de jazz en directo en House of Blues (tipiquísimo),  Jazz Showcase (mi último descubrimiento, precio y calendarios muy interesantes), Green Mill o Andy’s Jazz Club.

No quisiera yo dejar de recomendar buenas tiendas en las que hipotecarse. Del barrio Wicker Park: ¿Te gusta la música? Sin duda, la tienda Reckless Records donde siempre pasan cosas. Quizás un disco preziosi, quizás un concierto gratuito de los Whitney, quizás yo al fondo riéndome de carátulas random. En la misma calle: Shuga Records bastante cremi también. Y es que esa calle (N Milwaukee) es bastante top. Recórretela entera desde la parada de metro Division hasta la parada de metro Damen (allí podrás coger fuerzas con un donut de Stan y seguir la marcha hasta Shinola). Tiendas favoritas de segunda mano: Buffalo o Kokorokoko.

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Si nos ponemos tontos, tenemos la avenida Michigan para desfogarnos a lo grande: Uniqlo, Dylan’s Candy Bar, Nike Town, Victoria’s Secret, Crate & Barrel etc, etc y MÁS ETC. Y por supuesto, no hay visita a Chicago en la que no haga mi compra -de carrito- en mi supermercado de confianza: Trader Joe’s

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(No te pierdas las vistas desde el acuario o el planetario)

(Usa Uber sin cortarte un pelo pero sube al metro y recórrete el Loop mirando a la gente por encima del hombro -y de más arriba-)

¡Visite nuestro b̶a̶r̶  Chicago!

Publicidad engañosa

Cada día pasaba por un centro de Oportunidades de El Corte Inglés. Siempre era lo mismo, mirando al interior de reojo. Siempre por encima del hombro. Siempre con desdén. Siempre sin querer tener nada que ver con lo que estaba viendo.

Estuve a punto de afirmar que no existía una luz más amarillenta que la de ese interior, ni moqueta más mugrienta que la de ese suelo. Lo que sí podía confirmar es que no había gente más gris que la que se movía lento por esos pasillos tan desordenados.

El lunes llovía. Caía de lado, de derecha a izquierda, lo recuerdo, pero con inexacta inclinación. Llovía como nunca y yo, como siempre, sin paraguas. Las medias caladas, los zapatos de charol negro me hacían chof chof y la capucha del abrigo era completamente insuficiente. Asustaban los truenos, iluminaban los relámpagos. Riachuelos veloces corrían por la comisura de las calles.

Aceleré el paso todo lo que esos zapatos de salón me permitían y sin dejar de mirar los adoquines, entré a cubierto. Me quité la capucha mientras levantaba la vista y allí estaba. Había entrado en el Centro de Oportunidades. Mis zapatos mojando la moqueta y la luz rancia alumbrándome. Ahora eran otros los que me miraban de reojo.

Avancé por el pasillo principal y me encontré con más gente triste que gris. Atravesé aquella jungla rancia esquivando pantalones de pana marrón y zapatillas Puma y descubrí que aquello no era lo que parecía desde fuera. Era un lugar acogedor de tan deprimente lleno de gente un tanto rara que parecía sacada de un bloque publicitario del Telecinco de 1992. Se movían lentos del cansancio, de la espera. Decenas de ojos vidriosos, cientos de manos sudadas y demasiados dientes apretados. Un tipo con un ramo de margaritas marchitas entre las manos al que le temblaba la rodilla derecha. Una bailarina que estiraba en bucle y un futbolista calentando. Un dúo musical que no paraba de hacer gorgoritos y un señor que recitaba un texto sin llegar nunca a pasar de la primera frase. Al fondo, un chico con una nota arrugada entre las manos dándole la espalda a una mujer que miraba fijamente el teléfono.

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Sonaba algo de jazz barato como en cualquier otra sala de espera pero lo que toda esa gente no sabía es que las oportunidades no se piden ni se buscan ni se esperan. La publicidad engañosa lo había vuelto a hacer.

Y tú, ¿cuánto tiempo llevas en el Centro de las Oportunidades?