Ya no quedan millennials como los de antes.

Hubo una época en la que los millennials eran considerados como caballeros del zodíaco, eran el anillo de El señor de los Anillos, la piedra filosofal de Harry Potter, el tronquito sabroso de la bolsa de pipas, la patata Deluxe en el paquete de las normopatatas, el dragón del horóscopo chino. Éramos lo mejor de lo peor.

Sin embargo, desde hace un tiempo miro a mi alrededor (donde ya solo hay señoras y señoros) y repasando el horizonte con el dedo índice cual Bustamante en un videoclip me digo «antes todos éstos éramos millennials».

Éramos el centro de atención, el foco de las marcas, el deseo de los viejales. Pero ya no. Todos querían ser millennials pero como ya sabréis: millennial se nace y no se hace. Algo bueno tenía que tener haberse perdido la locura drogainópata de los 80 y llegar -afortunadamente – tarde a la ruta del bakalao de los 90. Bastante lastre tengo yo personalmente por no recordar la participación de Azúcar Moreno en Eurovisión.

Nuestra vida como millennials no ha sido fácil. Hemos tenido que hacernos hueco en el sofá moviendo enérgicamente el culo entre los «efectiviwonder, yo es que soy de los benditos e irrepetibles 80» y los «a mí no me rayes en plan flamer que nací en plena crisis económica lol». De hecho, ya en el lejano pasado (2015) podías ver cómo se cruzaban titulares que decían «¿Pero quiénes son los millennials?» y al mismo tiempo «Olvidad a los millennials: 2015 es el año de la Generación Z» /o más conocidos como “esos niñatos de mierda”/. La cosa empezaba a pintar mal.

Los millennials somos la receta mejorada de los chiquillos de los 80 pero claro, seguíamos llevando aceite de palma, conteníamos trazas de frutos secos y obviamente teníamos gluten y lactosa. Los millennials hemos tenido siempre la mochilita de ser unos flipados pero creedme si os digo que no es fácil crecer leyendo la Súper Pop o la Bravo -por ti-. Cuenta la leyenda que algunos millennials se conectaban a internet en un locutorio pagando 6€ la hora. ¿Os imagináis la tara que eso conlleva? No tenéis ni idea.

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Yo evolucionando como millennial

La cuestión es que los millennials siempre hemos sido los guays de la pirámide demográfica, teníamos un noséqué que atraía a todo el mundo. Todos hablaban de nosotros y los rumores no paraban de circular. ¿Sabías que los millennials acabarán con las servilletas porque solo gastan papel de cocina? ¿Sabías que los millennials beben más manzanilla que los jubiletas? ¿Sabías que los millennials mucho hablar pero poco tiki-tiki? ¿Sabías que les encanta viajar como si fuesen ricos? …que si tienen dinero se lo gastan? …que prefieren no tener trabajo que estar en un trabajo que odian … que se enamoran por Instagram? …que se gastan 2000 euros al año en café? …que a veces se hacen pasar por personas normales?

Esta era la imagen que solía acompañar a los artículos, informes y explayaciones varias:

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Pero la realidad ahora es más bien esta:

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Hemos cambiado el quedar a las 00:00 por vernos a las 12:00, el botellón patrocinado por Knebep® y los hielos de la gasolinera por una tabla de quesos y un vino del Penedès. El Red Bull por una manzanilla con lavanda. Ya no compartimos casa por necesidad sino por gusto. Nos hemos enamorado vía app o red social pero, esta vez, de verdad.

La realidad es que el tiempo pasa: de todo ya empieza a hacer 10 años y todo empieza a estar cerca de los 40. Ya hay millennials que tienen un par de retoños, que están metidos en una hipoteca. Siguen con mayor o menor dignidad una rutina. Usan crema antiarrugas. Se pasan el domingo cocinando cremas con unas verduras que antes solo te planteabas tatuarte. Hacen cursos de pan. Ya no compran velas de Ikea. Han empezado a limpiar con amoniaco. Ordenan los cajones de calcetines. Compran comida para el perro mejor que la que comían ellos cuando estaban en su mayor esplendor. Se compran la Conga y ya piensan en el robot de cocina. Se alegran si los conciertos son en sitios con sillas. Lloran cuando recuerdan que los del 2000 ya andan por ahí follando. Han cambiado los tuppers reciclados de los chinos por tuppers de cristal. Ven por Twitter lo que pasa en la tele. Escriben quejas cuando no les tratan bien y vuelven al supermercado si se han equivocado en la cuenta. Han pasado de tener cactus a tener un tronco de Brasil. Compran zumo recién exprimido en Mercadona. Comen algas como snack. Si nadie les amenaza, agrede o insulta prefieren Uber o Cabify que ir en taxi.

Lo que no ha cambiado es que todavía usan filtros de animales y siguen teniendo una hostia. Seguimos, porque ser millennial ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

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¿Por qué me siento una albóndiga rebotando en un tupper cada San Valentín?

Donuts con forma de corazón con sabor a fresa. Ramos de flores sin una filosofía cromática correcta que me distorsiona la vista. Peluches rellenos de soledad. Bombones con licor del Polo. Tangas que no son de algodón y joder, yo así no puedo. Una taza personalizada con una foto pixelada. Un desayuno romántico sin gluten.  Un pack de colonia y desodorante envuelto en un papel bonito. Unas entradas para ver el musical de su ex novia. Unos calcetines de rebajas. Una sesión de spa en el gimnasio de la esquina. La mejor pulsera de plata de Wallapop. Un libro de Marie Kondo de segunda mano.

A mí San Valentín, meh. Nunca he dado ni recibido, ni siquiera regalos. Prefiero los sobres sorpresa un lunes de mierda cualquiera, las escapadas a Guadalajara sin razón alguna, desayunar con champán por no llorar. Vamos, que si puedo elegir, me gusta la tontería repartida en los trescientos y pico días que ofrece el año. Habló la lista, ¿y a quién no? 

San Valentín ni me pica ni me da gusto. Quicir, si la gente quiere regalarse PRECISAMENTE HOY cualquier gilipollez, ¿quién soy yo para decir / proclamar / gritar / tuitear que ese gesto es de losers? Porque-vamos-a-ver, me irrita mucho ese sector (y no pequeño) sectario de la población que se cree superior al resto por el mero hecho de no celebrar nada el 14 de febrero. Y A MI QUÉ. Esa festividad que te pierdes, ese consumismo gratuito y nada culpabilizante que no disfrutas, esa excusa perfecta para hacer del jueves otro sá-ba-do.

Solemos (gente haciendo gestos de comillas con los dedos) suponer (gente haciendo gestos de comillas con los dedos) que los que celebran o se regalan alguna parida en San Valentín se quieren menos. Y nos quedamos tan panchos, prima. PORQUECLARO, A MÍ NO ME HACE FALTA UN DÍA PARA CELEBRAR ESTO TAN GRANDE QUE SIENTO. Olrait. La paz del mundo pa’ ti.

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Reconozco que yo estoy un poco en medio y me siento como una albóndiga rebotando de lado a lado dentro de un tupper, pero si tengo que elegir, me quedo con celebrar el amor y sobre todo, respetar a los que así lo desean. ¿Que se quieren menos? Peor para ellos. ¿Que hoy es su día favorito del año? Mejor para El Corte Inglés.

Así que amigos, comprad con el corazón pero sobre todo con conocimiento. No hagáis de este San Valentín un día horribilis. Yo a muerte con vosotros.

El maravilloso sonido de los macarrones mezclándose con el tomate

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Yo mezclando macarrones con tomate.

Hay gente a la que quiero mucho que come aceitunas delante de mí. Elige a su candidata entre otras tantas y al cogerla con las manos se humedece las yemas de los dedos porque alguien pensó que era buena idea que siempre estuviesen a remojo en un líquido impuro y por qué no decirlo, repugnante. Da vueltas en su boca como si la estuviese centrifugando, despoja la carne del hueso en una batalla lengua contra fruto y vuelve a mancharse las manos de drama dejando el hueso muerto, derrotado, chupado y mordido demasiado cerca. Pero eso no es todo.

Puede parecer que tengo un problema pero te equivocas, tengo más de uno.

Creo que contengo trazas de misofonía. Mi caso no es preocupante ni grave ni tampoco tiene el romanticismo esquizofrénico con el que Amelie rompe el caramelo cristalizado de cada Créme Brulée que se interpone en su camino.

Siempre supe que algo raro pasaba pero sincera y obviamente, siempre pensé que eran ellos los raros. ¿Por qué la gente de mi alrededor no se retorcía cada vez que un cuchillo hacía tope con un plato? Ñiqui, ñiqui. ¿Por qué el sonido de mi padre sorbiendo sopa solo retumbaba en mi cabeza? Surrrrrrrup. ¿Por qué la gente no se suena la nariz y se sorbe los mocos como si le fuesen a llegar a cerebro? Sniffgghh. ¿Por qué los cortauñas no vienen con silenciador? Ni que yo sola pensase que es un sonido tremebundo. ¿Acaso no lo es?

Hasta hace poco tiempo no conocía ese ¿trastorno? ¿tarita? ¿algo que me hace especial? llamado misofonía pero algo más tenía que haber porque no solo era un tema de que no me gustasen ciertos sonidos, iba más allá.

Me irritan, me enfadan y son segundos de profunda agresividad reprimida. Es una mezcla agitada de rabia, ira y terror. No te deja pensar en otra cosa, no puedes concentrarte. Es una sensación horrible, como un dolor mental, un cosquilleo molesto.  Como si mi cerebro tuviese arcadas intentando vomitar. Son ganas de llorar desconsoladamente durante tres segundos.

«La vida entera me da dentera» siempre ha sido mi leitmotiv.

Afortunadamente, esta moneda tiene otra cara. Exactamente la cara de gilipollas que se te queda cuando escuchas otros sonidos (indiferentes para buena parte de la gente), que al contrario de los que te provocan ira, estos te relajan, te calman. Pausados y excitantes. Habituales, absurdos, ridículos. Son como una caricia en la cara, un tirón suave de pelo. Un gustico. Como las burbujitas que te salpican en la cara al poner la cara cerca de un vaso con una Coca Cola recién abierta. Te hacen sentir maravillosamente bien. Son drogaína pura.

El crujido al morder una manzana, ese sonido de la tecla del piano que emerge después de la música, el celo despegándose del rollo, los rotuladores en contacto con el papel, las tijeras cortando despacio, el ruido de la sal al agitar el bote, el sonido que surge al acariciar el pelo, la lluvia chocando contra el cristal, el sonido de las sábanas al agitarlas o al meterse en la cama, las lentejas cayendo en tropa a la olla, el gusto de oír cómo cae el agua a cholón.

Gracias al internet supe que, no solo esta movida tenía nombre (ASMR) sino que además, Youtube estaba lleno de contenido para nosotros, los fucking elegidos. Aquello fue como obtener una tarjeta Luxury Premium Gold en mi videoclub favorito.

Suena a secta pero no, o tal vez sí, la verdad es que no lo sé. Pero yo me quedo.

Ya solo me queda compartir mis hallazgos para intentar convenceros o al menos, poder explicarme. Si buscáis ASMR en Youtube veréis una masa de chicas rubias susurrando a un micrófono pero mamá, eso no es lo mío. Bajad a las profundidades y disfrutad de ese sonido que hay cuando buceas más profundo de lo normal. Ese no-sonido que te abruma al principio y te relaja profundamente después, sabiendo que te quedarías allí abajo eternamente si no fuera porque hay que seguir viviendo y disfrutando de la extraordinaria música que crean los macarrones al mezclarse con el tomate frito templado.

Bon profit.

 

 

 

El viaje de las 2,800 millas

Veintidós días. Cuatro estados (California, Arizona, Nevada e Illinois). Más de diecinueve paradas. Nueve camas diferentes. Más de quince grados de diferencia en un solo día. Desierto y bosque. Lago y mar. Túneles y puentes. Un precioso Camaro negro descapotable. Dos almas errantes. Y un total de 2,800 millas.

Meses antes de subirnos al avión destino VACACIONES Los Ángeles, leímos (aprox) siete millones de artículos y blogs que hablaban sobre ese mítico viaje en coche por la costa oeste. Por lo visto, no éramos los primeros en tener esta gran idea…

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Buscamos, leímos, preguntamos, comparamos y después, lo hicimos todo al revés. La ruta «típica» que te encontrarás posiblemente sea esta:

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La cual respetamos pero no compartimos. No fue nuestra elección. ¿Desde cuándo las costas se bajan? ¡Las costas de toda la vida se recorren subiendo! (esa es mi teoría, tengo otras pero son de pago) Y así fue como todo lo que buscamos, leímos y comparamos no sirvió para nada. Por eso esta guía es única y sobre todo, indiscutible. 

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[ Si eres de esos viajeros pro que con su calendario, sus horarios y sus paradas previamente configuradadas, definitivamente esta no es tu guía. Sorry. PORQUE ESTA ES UNA GUÍA PARA ALMAS LIBRES. Not sorry]
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La aventura empezó en Los Ángeles y subió hasta el fondo (San Francisco) a la derecha (Lago Tahoe) para luego bajar todo recto (Vegas) y volantazo a la izquierda (Los Ángeles). Básicamente. 

Como Estados Unidos es re-infinito y tan solo deambular por la costa californiana te llevaría más de un mes, deberás priorizar si lo que tienes son dos/tres semanas para hacerte una gira de rockstar en condiciones. Y como es difícil priorizar cosas de las que no tienes feeling o no has visto: TIP#1 estructura el viaje en grandes bloques.

Nuestro viaje lo organizamos en dos grandes etapas tan básicas que dan risa y por las que me podrían quitar el carnet no homologado de guía turística: (1) subir de Los Ángeles a San Francisco y (2) bajar de San Francisco a Las Vegas, para volver y terminar en Los Ángeles. Nosotros además tuvimos bonus track y volamos de Los Ángeles a Chicago, pero ese es otro tema porque Chicago de costa oeste tiene lo mismo que Ciudad Real.

Dentro de cada bloque, está bien establecer varios «campamentos base» y (aquí TIP#2) reservar lo antes posible (sobre todo si viajas en verano) todo aquel alojamiento que será parada obligatoria. Ir sin ningún alojamiento puede ser una aventura inolvidable por molona o porque te sale una maldita úlcera si vas a sitios con un solo motel en 200 kilómetros. TIP#3 Si vas a alquilar coche, hazlo también al menos un mes antes, no por falta de coches sino por posible falta de billet€s si te esperas a última hora.

Por lo demás, para donde la cabeza, el corazón, el estómago, el olfato o incluso el gps te diga. Lo bonito de un viaje así es poder hacer lo que te da la gana cuando y donde te da la gana (siempre y cuando esté dentro de la legalidad).

 

1/3 De Los Ángeles a San Francisco

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Los Ángeles < Palm Springs < Santa Mónica < Malibú < Santa Bárbara < Morro Bay < Carmel by the Sea < Monterey < Palo Alto < Cupertino < Stanford

Los Ángeles

Esta ciudad da para una vida así que cualquier número aleatorio de días que te plantees estar allí siempre será insuficiente. Pero qué menos que tres o cuatro días para aclimatarte antes de tirarte a la carretera.

CAMA: Teníamos ganas de Freehand y allá que fuimos. Está en Downtown y vale 100% la pena. Ve rápido porque la decadencia característica del centro de la ciudad está en obras y ya nada volverá a ser como antes (creo). Comparte estilo con mi archiamado Chicago Athletic o ACE Hotel NY.

CAFÉ: Philz Coffee (y si sigues recto en esa misma calle y te compras alguno-de-estos-bollos en esta pastelería asiática -todo a 85c- ya flipas). Aunque nuestro favorito fue Verve Coffee (el de la 833 S Spring St).

EL SITIO: Si tuvieseis que estar en Los Ángeles tan solo un día, deberíais ir a la tienda-terraza-cafetería-saloncito-taller de Deus en Venice. Está en un rinconcito que os dejará muy buen sabor de boca en el que querréis quedaros a vivir pero lo siento mi amor.

DE COMER: Yo volvería casi todos los días sin duda al Grand Central Market porque tienen para darte todo lo que tú quieras papi. Y el resto de días iría a The Original Farmers Market (menos hipster pero más profundo) perfecto para tomarte una limonada, pollo frito y un helado de postre en Bennett’s Ice Cream. Si lo que quieres es desayunos 24h en mesas pegajosas servidas por señores de 97 años, este es tu sitio: The Original Pantry Café. De restaurante en plan bien, The Exchange (en el mismo Hotel Freehand): comida estilo mediterráneo con toques de Israel. Loco, loco.

HELADOS: Mucho antes en España y por casualidad empecé a seguir en Instagram a dos heladerías losangelinas. La primera y mi favorita: Salt & Straw, natural y con unos sabores loquísimos (mi favorito el de lavanda y miel). El segundo, en el centro, Little Damage famoso por su helado negro.

5 CHECKS OBLIGATORIOS:

  1. Venice (ya sea en la beach o en el boulevard).
  2. Observatorio Griffith. Sube al atardecer, y digo sube y no “ve” porque posiblemente te toque caminar colina arriba de la gente que hay. Allí tendrás la gran ciudad a tus pies. Por tu Instagram que vale la pena.
  3. En el Paseo de la Fama. No es de mis sitios favoritos pero.
  4. Beverly Hills, especialmente la calle Rodeo Drive donde todas, TODAS, todas las marcas de lujo del mundo están ahí. Pongo este punto en check y no en shopping principalmente porque no puedes comprar nada pero sí verlo todo.
  5. Malibú o Santa Mónica.

 

ATENCIÓN, ATENCIÓN:

  1. Sigue de cerca la agenda de Los Ángeles porque todos los días pasan cosas. Esto fue lo que nos encontramos, envidia: aquí.
  2. En esta página web podrás encontrar tickets gratuitos para asistir de público a diferentes shows, envidia también aquí.

Palm Springs

Hay que ir a Palm Springs. Sé que suena muy a sacrificio lo de invertir uno de los días en LA para ir a un oasis en pleno desierto. En menos de dos horas, sube la temperatura más de 15 grados y menos de tres horas te preguntarás qué hago yo aquí. Es un pueblucho artificial metido en una olla exprés con montañas que agobian mazo un poco. Hasta las ocho de la tarde no verás a nadie por la calle porque o se está muriendo o está en la piscina (muriéndose de calor).

Palm Springs surgió como refugio calentito para jubilados y diversos adinerados. Pues bien, sobre qué hacer en Palm Springs: lo mismo que un jubilado. Bañarse en la piscina a temperatura primer-vuelco-de-cocido-madrileño, quedarse pajarito a la sombra o debajo del chorro de aire acondicionado, salir a dar un paseo con los brazos en la espalda por los campos de cactus, tomarse una copichuela, cenar a las siete de la tarde, bañito en la piscina y al sobre. ¡Aunque! Si además tienes la suerte de que sea jueves probablemente podrás disfrutar del “Villagefest” (el típico mercadillo de feria con artesanía, limonada y berenjenas de Almagro).

CAMA: Persiguiendo los tópicos, fuimos a The Saguaro y sí, es como en las fotos. Color y piscina con flotadores gigantes. ¡Mola mucho!

 

CAFÉ: Es inquietante pero en este precioso infierno hay cafeterías que ya quisiera Madrid, por ejemplo: Ernest Coffee Koffi Coffee. Y hablando de cafeterías, en Palm Springs fue donde conocimos a nuestro fiel amigo Denny’s: Si no sabes dónde ir, ve a Denny’s (merecida TIP#3). Te quiero.

BEBER: El calor te llevará sin que te des cuenta a TIKI, un sitio de handcrafted drinks.

EL SITIO: Vale la pena coger el coche al atardecer y conducir hasta Mirror House.

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Santa Bárbara + Morro Bay

Salimos bien temprano de Los Ángeles y desayunamos por Malibú, donde muy sabiamente, los famosos tienen una casa de las de porsiaca. Disfruta de la carretera y de los surferos que se quitan el neopreno en la cuneta.

Nuestra primera parada fue Santa Bárbara, un mix de estilo colonial, surf y pescaíto frito. ¿Qué se hace? Visitar tiendas de surf como Surf -n-Wear, pasear por el embarcadero, comer un plato de cosas-de-mar-fritas en FisHouse y por supuesto, un café en Santa Bárbara Roasting Company.

Rumbo a nuestra segunda parada del día y el que sería nuestro dormitorio, llegamos a Morro Bay: una de las sorpresas del viaje. Turismo 100% local, una minicosta, focas gritonas, unas torres ¿nucleares? y algo parecido a un islote salvaje (Morro Rock).

La decisión de ir a Morro Bay (the Gibraltar of the Pacific, como se autodenominan ellos mismos) fue totalmente aleatoria porque en el resto de pueblos de alrededor (Pismo Beach o San Luis Obispo) no quedaba ni una sola cama (remember TIP#2).

¿Qué hacer en Morro Bay? Pasar el rato, básicamente. Pasear por la zona del embarcadero. Tomarse una cerveza. Entrar a esas tiendas de souvenirs que aún tienen recuerdos de conchas o cualquier otro residuo marino. Tomarse una cerveza. Pasar a unos recreativos de hace setenta y tres años. Tomarse una cerveza. Visitar la panadería del pueblo. Tomarse una cerveza. Y por último, ver el atardecer con las focas gritándote “LLÉVAME CONTIGO” y obviamente, te tomas otra cerveza. Ah, y enterarse de dónde hay música en directo para tomarte la última cerveza.

 

DORMIR: Tampoco vayas a ponerte exquisito. Cualquiera de las opciones cerca de la gran avenida del paseo te va a parecer bien: Bayfront Inn, Seaside Inn

COMER: El desayuno intermitente (ojo a los huevos benedict) obligatoriamente en Carla’s Country Kitchen. Uno de mis sitios favoritos (diría que casi de todo el viaje) fue este descubrimiento: The Libertine Pub. Una taberna casi sobre el agua donde la luz del atardecer choca contra los vasos de cerveza (que por cierto, tienen más de 40 variedades) mientras suena una bandurria un banyo de algún grupo de la zona. Increíble, palabrita. Y siguiendo con el tema comida con espectáculo, nos tomamos una última en el bar de al lado con las mismas vistas y con más música en directo: Otter Rock Cafe.

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Carmel + Monterey 

Ponte la chaquetilla que refresca, Maricarmen. Deja atrás aquellos días con el sol quemándote los hombros y cierra compuertas del descapotable porque la ruta por la Pacific Coast Highway es más fría de lo esperado. Carmel by the Sea (es que con ese nombre cómo no ser bonito) es un museo en sí mismo. La calle principal (Ocean Av.) está llena de inaccesibles tiendas y galerías de arte que podrás ver (desde fuera) con un café en mano, el nuestro fue de Carmel Valley Coffee Roasting Co.. Esto y Carmel Bakery, es de la poca gastronomía que puedo recomendar del lugar. De Carmel a Monterey, el ojo no descansa y tu calculadora mental tampoco, verás más y más mansiones, ranchos, coches de lujo… pero todo dentro de la dignidad, la elegancia y el saber estar. Y más allá de eso, estos acantilados posiblemente serán de las vistas más espectaculares del viaje.

Nosotros pasamos el día el Carmel y fuimos a dormir a Monterey (tampoco tuvimos muchas opciones donde elegir) y acabamos en Arbor Inn, que no estuvo nada mal. ¿Qué hacer en Monterey? La gente te dirá: ¡ver ballenas! Seh, bueno. Nosotros no hicimos esa excursión y tampoco es algo de lo que nos arrepintamos. Eso sí, paseamos por el antiguo muelle: Old Fisherman’s Wharf, por el centro más típico: Cannery Row y nos hubiese encantado haber entrado a la famosa Pebble Beach Golf, a pie de costa.

Por no hablar del Big Sur, imprescindible e impresionante lo mires por donde lo mires.

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Stanford, Palo Alto y Cupertino

La mañana antes de llegar a San Francisco nos desviamos para visitar la universidad de Stanford, Palo Alto y la sede de Apple en Cupertino. El recorrido por la universidad es gratuito pero el gran problema monetario llega cuando entras por la puerta de la tienda propia. Sin darte cuenta, necesitas la equipación del equipo de esgrima femenino, una falda de animadora, unos calcetines corporativos y hasta la cabeza de la mascota.

Nosotros no pudimos visitarla pero dicen que vale la pena visitar The Hannah House (la casa de unos profesores diseñada por  Frank Lloyd Wright en la que se puede observar la tarita que tenía con los hexágonos). Una vez allí, vale la pena visitar el downtown de Palo Alto y tomarse algo en Blue Bottle.

En Cupertino tuvimos la inmensa suerte de poder visitar las oficinas de Apple e incluso almorzar en su -maravilloso- comedor rodeados de gente inteligente de verdad. Antes, ya habíamos besado el suelo de uno de los sitios favoritos de Steve Jobs: Bagel Street Café y razón no le faltaba, allí probé el mejor bagel que he comido hasta la fecha: salmón con queso crema en un precioso bagel de espinacas. Posiblemente el sitio menos tecnológico y avanzado del lugar, de ahí, supongo, su éxito.

2/3 De San Francisco a Las Vegas

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San Francisco < San Rafael < Napa Valley < Lago Tahoe < Bodie < Mono Lake (Lee Vining) < Las Vegas < Grand Canyon

San Francisco

San Francisco es un tema. Por lo estrafalario, por sus empinamientos y por la sensación polar en pleno agosto.

5 CHECKS OBLIGATORIOS:

  1. The Painted Ladies (Álamo Square)
  2. Castro (nuestro Chueca pero a lo grande, hay un buen rollo que lo inunda todo)
  3. Fisherman’s Wharf
  4. Haight – Ashbury (este barrio es San Francisco, alerta especial con las tiendas de ropa de segunda mano)
  5. Mirador Golden Gate. Hay como millones de perspectivas y de sitios desde los que mirar.

Otros checks (esto es inabarcable, tendremos que volver):

  • Lombard Street (esa calle imposible tanto si la subes como si la bajas)
  • Twin Peaks (vistas desde bien arriba)
  • Union Square (cuenta la leyenda que una atractiva pareja de españoles buscando parking con su descapotable Camaro negro encontraron aparcamiento en la misma plaza justo en la puerta de la tienda Apple).
  • Chinatown (disfruta de los graffitis!)

TIP: El olor a barbacoa nos llevó hacia esta esquina de San Francisco. Un patio donde solo había hamburguesa, costillas o pollo a la brasa, bebida y patatas. Un gran acierto si te quieres sentir parte del ritmo de la ciudad y no un maldito visitante. Anota: 4505 Burgers & BBQ 

Napa

El valle de Napa, como excursión está muy bien pero tampoco te esperes encontrar con la revelación de tu vida. Si solo pudiese ir a dos sitios, iría (1) a la bodega de Francis Ford Coppola  aunque si no puedes comprar en la gran sede un par de botellas, no es demasiado difícil encontrar alguna variedad por los supermercados de por allí (“de por allí” ¡así jamás lograré la medalla de oro a la mejor guía turística! Vamos que no hace falta que vayas a Napa a-por-eso). Y también iría (2) a Oxbow Public Market, un mercado gourmet donde ver y probar lo mejor de la zona.  Aunque lo que no os he contado es que acabamos comiendo en un sitio que nos conquistó ofreciendo rare wine y smokin’ BBQ: Bounty Hunter Wine Bar. La lista de vinos es abrumadoramente abrumadora. AH! Por cierto, hartita de vino y con un viaje de vuelta (como copilota) por delante, busqué la mejor cafetería de la zona y acabé aquí: Napa Valley Coffee Roasting. Recuerdo con un cariño especial ese café con leche aromatizada con lavanda, el especial de la semana.

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Tahoe 

Yo le tenía muchísimas ganas al Lago Tahoe. Quizás lo tenía idealizadísimo pero cumplió sobradamente mis expectativas. La ruta de llegada al lago es fantástica, el verde se va haciendo más verde y de repente, sin saber cómo, quieres hacer kayak, tirolina y comprarte una cabaña de madera. La pena es que nuestra visita solo era parte del camino que cambiamos y rediseñamos la noche de antes sobre un mapa de carreteras extendido en la mesa

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y que nos llevaba de San Francisco a Las Vegas, por lo que no pudimos hacer kayak ni tirolina ni comprarnos una cabaña. Pero sin embargo, como la chispa de un viaje así es poder dar volantazo cuando te lo pide el cuerpo, el cuerpo nos pidió jugar una partida de minigolf en la orilla del lago. Yo hacía décadas años que no jugaba a tan respetable deporte y él tenía un swing que demostrar. Así que sí, volvería a señalar en el mapa Tahoe y sí, volvería a dar volantazo y jugaría una partida en el Magic Carpet Golf. 

Ese día salimos de San Francisco tempranísimo, paramos a desayunar en un local de desayunos para camioneros random, continuamos hasta el lago Tahoe y después, seguimos conduciendo por el frondoso, fresco y apetitoso bosque hasta que la tierra seca y abrasadora te da un guantazo* en la cara. En ese preciso momento, en el que en una hora escasa el bosque se convierte en desierto, aparece un In-N-Out como si de una revelación se tratase y te salva la vida. Recomendación: vuelve siempre que puedas a un In-N-Out.

*No miento. Atención a la gracia imperfecta del destino:

 

Bodie

Tras esta resurrección gastronómica continuamos hasta nuestra siguiente parada (ese día nos vinimos muy arriba y fue un lo quiero todo papi). Este punto posiblemente sea el diamante en bruto, la pepita de oro entre las piedras mojadas, el trozo de palo en la bolsa de pipas, la patata deluxe entre las patatas normales. Queremos pensar que hemos sido los primeros españoles que pusieron pie en esas tierras y hasta que alguien diga lo contrario y lo demuestre ante el juez , así lo seguiré creyendo: BODIE, el pueblo fantasma. 

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El desvío para llegar hasta este pueblo minero abandonado es importante pero vale la pena, de nuevo, dar volantazo (volantazo de más de 45 minutos, todo sea dicho). El precio de entrada son como unos ocho dólares y tienes tiempo ilimitado para visitar las no-tan-ruinas de este pueblo (en verano, cierra a las 18h). Es bastante impresionante ver como muchos de los elementos de un pueblo de ¿1870? siguen en pie, los puedas tocar, puedas comprobar que eso existió y que hubo gente tomando zarzaparrilla es esos kilómetros de aire espeso y caliente. Para que os hagáis una idea, todo está como si alguien hubiese gritado ¡CORRED! y nadie hubiese vuelto a cerrar con llave. Libros, vasos, coches, espejos, sábanas… todo sigue ahí lleno de polvo y en parte, de vida. Es como la zona de indios y vaqueros de Port Aventura pero en plan bien.

Mono Lake (Lee Vining)

Si unís los puntos de lo que ya os he contado: (1) hay que reservar con moderada antelación y (2) la noche de antes, la última en San Francisco, habíamos cambiado de planes y de ruta, os podréis imaginar que en este preciso momento, encontrar alojamiento fue imposible al 97% salvo por ese 3% que nos llevó a un lugar inhóspito: Tioga Loge frente a Mono Lake y antes de llegar a la civilización Lee Vining (que tampoco os quiero abrumar con datos científicos pero esto es todo amigos):

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Sobre el alojamiento que encontramos, pues bueno, teniendo en cuenta que 700 kilómetros a la redonda no había ni una sola cama / colchoneta, pues no está mal. Son una especie de diminutas cabañas con encanto pues han sido la localización de asesinatos múltiples  y muy acogedoras pues esa ropa de cama ha acogido ya a miles de personas.  Eso sí, el amanecer es una locura. El wifi también es una locura puesto que solo hay conexión en el mostrador del dueño. Entra el desayuno, el parking y tiene una terraza con mecedoras mirando al lago en las que procrastinar muy ricamente. Ya os digo, lo único malo es que temes por tu vida, pero todo lo demás genial.

Tampoco había muchas opciones para cenar por lo que acabamos (y acertamos) en Bodie Mike’s (BAR-B-Q). Hamburguesa chorretosa en un ambiente de domingueros eternos. Fan total de la vida.

Las Vegas

El día comienza pronto y de forma muy agradable ya que te sorprendes aún estando vivo en aquel motel con vistas al agua. Disfruta de esas vistas porque no verás agua natural en mucho rato. Bebe mucha agua y haz mucho pis, ¡nos vamos a Las Vegas! En realidad nadie gritó eso, es ficción. Tan solo estábamos a 105 horas a pie o, la que fue nuestra opción personal, 5 horas en coche. Al poco de dejar Lee Vining supimos que esto iba en serio.

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Kilómetros y kilómetros y kilómetros y kilómetros de carrera en línea recta en completa soledad. Y por supuesto, volantazo. Paramos en coche en el lateral de la carretera  y solo entonces supimos lo que era el silencio. No se escuchaba nada, ni a nadie, ni animales, ni viento, ni eco, ni ruidos lejanos. Nada. Sientes de verdad que te has quedado sordo porque hasta incluso hablando entre nosotros, la sensación era extremadamente extraña. Recuerda que durante muchas horas no habrá gasolineras ni tiendas ni gente ni internet y también recuerda que los grados van subiendo con la facilidad de una vitrocerámica de inducción. Esta será durante un buen rato tu carretera, tan preciosa como interminable: Tras más de 5 horas de carretera ver civilización a lo lejos es lo más grande, de repente tienes ganas de saludar y abrazar a todo el mundo, de hacerle luces a los coches… de hacer pis. Llegar a Las Vegas es como llegar a un Benidorm prefabricado en Marte, no lo entiendes pero te parece bien. Ya te visualizas en la piscina del hotel y echando monedas a máquinas varias. Todos los hoteles en Las Vegas son más o menos lo mismo, nosotros encontramos ofertaza y elegimos Treasure Island y claro, viniendo de las cabañas del lejano desierto, esto nos pareció gloriabendita. De Las Vegas, poco más decir más allá de lo que todos ya saben: pasear por LA calle, ir a un outlet, ¿visitar la tienda Coca Cola con todas las variedades del mundo? ¿tirar el dinero en alguna máquina del casino? ¿comer en el buffet de algún hotel? ¿hacerse una foto en el cartel “Welcome to Fabulous Las Vegas”? ¿creerse guay comiendo en Heart Attack? ¿Hacer una excursión al Gran Cañón? La única cosa que no está en las guías y que puedo recomendar es: Cómete un donut en Donut Bar.

 

 

 

Y nada, vuelta a Los Ángeles en coche (parando en un sitio mágico: el casino Gold Strike en Jean) y dos noches allí. Tiempo insuficiente, como siempre, para darle otro repaso a la ciudad, devolver el coche y gastarte los pocos dólares que te quedaban o te has encontrado bajo el asiento.

3/3 Chicago (bonus track)

Poco más tengo que añadir a la ya mundialmente conocida guía de Chicago, que recordemos que no es la mejor guía de Chicago porque es la única guía buena / SUELTO EL MICRÓFONO/ 

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aplausos.

Tokio: el viaje de los 1000 ¥enes

Tampoco te flipes, que mil yenes japoneses son 7,53042 euros.

Si has llegado hasta aquí es porque 1) Vas a viajar a Tokio y estás buscando mandanga buena 2) No vas a viajar a Tokio a corto plazo pero me tienes aprecio 3) Ni me tienes aprecio ni piensas viajar a Tokio pero te gusta la mandanga buena.

Da igual. No importa.

Esta guía no es una guía más como esas trescientas cincuenta y dos que has podido leer antes porque si esas trescientas cincuenta y dos ya te han dicho lo mismo, ¿qué sentido tiene que yo te lo vuelva a repetir? Ninguno.

[spam] [insertar cortinilla musical] Las guías kuluskas® si por algo se caracterizan son por su frescura, su querer hacerte sentir parte de la ciudad, pero sin duda y sobre todo, por su dedicación por ofrecerte infinitos lugares donde gastarte la pasta. 

hey, que no todo va a ser consumir [insertar cosas legales]. También habrá que hacerse unas fotos reglamentarias para Instagram, no? Vamos, digo yo.

Mis cinco fotografías básicas que debes hacerte para poder confirmar que has estado en Tokio: Cruce Shibuya (foto arrastrado/a por la masa ✓) Templo Senso-ji (foto bajo el lamparón rojo ✓), lonja de pescado Tsukiji (foto haciendo que regateas tres yenes en un puesto de algas ✓), Takeshita dori (foto rodeado/a de gente más guay y joven que tú ✓)  y para mí la quinta foto, da igual dónde la hagas pero tiene que ser con un indígena. No te cortes y pídele a una de esas mozas tan monas, vestidas con su kimono y esos zuecos imposibles que si tú y yo foto right now ✓

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No os voy a engañar. Tokio, como concepto de dimensión y abarcamiento, da fatiga. Por ejemplo, cuando coges el mapa del metro, te pones las gafas de ver bien (si no tienes, se las quitas a alguien que pase por allí) e intentas llevarte bien con él (con el mapa, no con el dueño de las gafas, que ya te digo yo que no). Y pasa el rato. Empiezas a sudar un poquitín pero lo tienes. Casi lo has entendido. Sabes dónde estás y hacia dónde quieres ir. Solo necesitas saber cómo hacerlo. O eso te crees tú… porque en realidad tienes el mapa al revés. Vuelve a la casilla de salida, querido occidental de mierda.

Si me permites un consejo, búscate un sitio donde aparcarte cerca de la línea 03 naranja (Ginza), tu vida será mucho más sencilla.

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Si en Chicago, ♡EL BARRIO♡ es Wicker Park (¿aún no has leído mi guía de Chicago?), en Tokio ♡EL BARRIO♡ es Asakusa. El destino quiso que eligiésemos hotel allí y se convirtió en nuestra casa. Un barrio-barrio, en el que además de encontrarte con el templo más impresionante de Tokio (Sensoji) puedes:

  • Ir a hacer la compra en un supermercado de confianza como LIFE por aquí.
  • Desayunar en una pastelería japonesa muy prolijita (está entre mis favoritas): Yamazaki Bakery & Cafe
  • Irte de cañas y tapas por unos izakayas. Ahí está la verdadera juventud y las verdaderas croquetas de pulpo. Por aquí, más o menos.
  • Creerte reputado chef y pasear por la calle de los mayoristas: Kappabashi. Las guías sin espíritu entrepreneur dicen que esta calle no vale la pena pero no dejéis de ir, por dios. Podéis entrar al Makro japonés o visitar las tiendas de comida falsa. Cualquier cosa que necesites para abrir un bareto, ahí está. Si de repente os surge la terrible necesidad de comprar 700 platos, 87 pares de palillos y una máquina expendedora, no es mi culpa.

[Aquí os quería recomendar una tienda de decoración que vale la pena: Baise (life with white). Pero al buscar el link me salen cosas porno, así que no sé qué ha podido pasar]

  • Tenéis que ir a Marugoto Nippon, un mercado gourmet con varias plantas de artesanía pro y comercio local con un toque de premium accesible. Un gustazo de sitio. Ahí hay un puestecito de mini taiyakis muy rico.
  • En este barrio también podréis encontrar trece mil templos budistas. Os encontraríais un par hasta sin querer. No miento, aquí la prueba de tan solo unas pocas manzanas.

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  • En la calle principal (kokusai dori) hay muchísimos sitios interesantes para comer si no quieres una tabernucha: carne a la típica brasa japonesa, varios restaurantes especializados en ramen, pequeñas barras de sushi, ¡y hasta un Denny’s! [que claro, si ya hubiese terminado la guía este verano por California, entenderíais el porqué de tanto amor].

Pero fuera de Asakusa hay vida. Para mí, y seguramente hable en nombre de los 19 millones de turistas que recibe Japón al año, los barrios de visita obligada son Shinjuku (no te quedes solo con la idea de que te encontrarás tecnología porque precisamente eso será lo de menos), Harajuku (lo de molar mucho: el paraíso de los hipsters, hazte el favor de perderte por Cat Street y ya sin querer llegas a la calle Omotesando), Roppongi (lo de creerse embajador, para pasear por el día y volcar por la noche), Ginza (lo de creerse rico, no es la repera pero vale la pena darse una vuelta), Akihabara (lo de las maquinitas) y Shibuya (lo de la gente, aquí bien de luces).

¿No crees que te has gastado demasiados pocos yenes?

  • #comer #comprar #beber Deus Ex Machina: Empiezo con lo menos japonés de la lista para que todo sea ir a mejor. Después de visitar la tienda-café de Los Ángeles, teníamos que ver la de Tokio porque esto ya se ha convertido en un «Hazte con todos» sin querer. Un sitio mega tranquilo, en un barrio que vale la pena, con un wifi riquísimo y unos sandwiches fenomenales. Lo podrás encontrar por Harajuku. [skip anécdota] Tengo un problema y es que desde la primera vez que leí la dirección de este sitio en Google veo CARAJAULA y claro, me da la risa todo el rato:

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  • #decomprar #decomer En la estación de Shinjuku podrías vivir, hazme caso. Ahí encontré mi supermercado favorito (estilo Corte Inglés Gourmet) con un mercado con puestos de comida para llevar y con una pastelería increíble.
  • #comprar En este mismo centro comercial / estación de Shinjuku está Tokyu Hands. Una conocidísima influencer valenciana me dijo “nah, una tienda de manualidades y cosas”. CINCO PISOS, SEÑORAS. Tienen más de lo que te imaginas porque no puedes imaginar tantas cosas. El primer piso todo maletas, bolsos, mochilas… de cualquier tipo y de cualquier marca. Que dices bah. Subes al segundo piso, se abre la puerta del ascensor y dices ohvayaestovaenserio: un par de hectáreas de cosmética y belleza. Te das una vuelta de unas tres horas y subes al tercer piso. Todo cocina. TO-DO-CO-CI-NA. Preparas la billetera y vuelves a repetirte «¿pero cuánto eran mil yenes?». Subes otro piso y papelería, juguetes y manualidades. Y así todo el rato. [insertar gif de la Kardashian repartiendo panoja]
  • #comprar Esta es LA TIENDA DE SOUVENIRS: Akomeya Tokio. Lo querrás todo, papi. Es todo taaaaaaaan bonito y está taaaaaaan bien empaquetado y toooooodo tiene taaaaan buena pinta y te quedaría taaaaaaan bien en casa… Total, que acabas como nosotros saliendo con una carretilla cargada de souvenirs para consumo propio. Hay una de estas en Shinjuku Station.
  • #comprar Chicago: Me encantan las tiendas de ropa de segunda mano y estaba convencida de que allí encontraría lo que buscaba: un haori tradicional (la chaquetilla del kimono, vaya) y así fue. Esta tienda tiene una zona de ropajes tradicionales con amplia variedad de precios y formatos. Además, también compramos doce kilos de parches para la ropa y cuarta y media de pañuelos de tela. Lo encontrarás por Harajuku, hay una en la calle Omotesando.

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  • #comprar El paraíso papelero: LOFT. Kilómetros de material de primera categoría. Cualquier cosa que quieras, la tienen. Haz la prueba. Puede que te explote la cabeza. ¿Se os ocurre mejor sitio para morir que en un pasillo de cartas perfumadas (porque las hay)?

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  • #comprar DAISO, los veinte duros por excelencia. Todo a 100 yenes, así como concepto. El mejor lugar para comprar(te) souvenirs. Y de este rollo os podéis encontrar con los famosos DON QUIJOTE /donki/. Una maldita locura drogainómana.
  • #comprar Vamos a lo serio: librerías DE CULTO. La primera para el público en general y amantes de las revistas decualquiercosa en particular: Books Kinokuniya (por Shinjuku) aquí compramos revistas (en japonés, por supuesto) de cocina, de decoración, de baloncesto, golf… La segunda, por si también vas buscando secsi-manga: BOOK-OFF (por Akihabara). Y la tercera (por Shibuya), solo para pro-designers: TOTODO (de nombre vulgar pero de contenido orgásmico).
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No, este libro no va sobre diseño. Creo.
  • #comprar Ah! Y la librería SHELF (cerca del metro Gaiemmae), muy chiquitita pero en la que puedes llevar una sorpresa entre sus saldos. También en esta calle hay dos cosas interesantes: Watarium, un museo de arte moderno con su respectiva tienda cremi y Ratio&C , preciosa cafetería + tienda de bicis. Por esa zona / parada de metro hay un cementerio en el morirte ya no te parece tan mal.
  • #comprar #comer Podéis pasar de todo lo anterior pero aquí tenéis que ir: TSUTAYA TOKYO (en Roppongi Hills). Varios pisos donde se entremezcla el café, un piano disponible para tocar, muchos discos, muchas películas, muchos libros, muchas revistas. Buena terraza y espacio muy especial en una zona que te hace sentir un poco en Los Ángeles (¿?).
  • #comer #ver A 10 minutos puedes ir a merendar a  Matsunosuke y luego visitar el museo (¡por fin algo de cultura, señora!) Snoopy Museum (que vaya tienda guapa tiene, por cierto).

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  • #comprar #comer Niko and…, Una tienda de ropa, complementos, decoración, café… que vale la pena visitar. En serio, ¿cuánto eran 1000¥?
  • #comprar Tower Records, sí amigos. Muchos pisos de música. Ve con calma y sobre todo, repítete todo el rato: «VAMOH A CALMARNOH».
  • #comprar Dos tiendas de zapatillas por excelencia: ABC-Mart (los Calzados Riquelme de allí) y Sports Lab by Atmos. Pero recuerda una cosa, un pequeño detalle: No se cambia ni se devuelve nada. Está prohibido, es una norma. Lo que compras, te lo comes con patatas (japonesas).
  • #comer #beber A ver, cafeterías. Cafeterías buenas hay muchísimas, de hecho me ha sorprendido el nivel cafetero que tienen. Algunas en las que he estado: Reism-stand (al lado de la librería para diseñadores, ya os advierto del tema) o Verve (aunque nada que ver con su hermana mayor en Los Ángeles).
  • #comer Hamburgueserías también hay un rato. Para mí la mejor fue: the 3rd Burger.
  • #comprar ¿Te gusta el mundo MOTOS? Pues bien. Te va a gustar más si vas a esta tienda. Está por Ueno, que supuestamente es el barrio motero pero mentira. La única tienda buena es esta: Kadoya.

Guárdate algo para comprar cosmética seas él, ella, elle o ello.

[Voy a ponerme muy rubia ahora, lo siento] Yo soy soporiferamente fan de los inventos cosméticos japoneses pero nunca lo fui tanto hasta llegar allí. Aquí mis básicos para consumo propio o para que hagas un regalo de los buenos. Así, en general, te diría que al menos compres cinco cosas de estas diez:

  1. Un champú Tsubaki
  2. Un protector solar (de Anessa, por ejemplo)
  3. Mascarillas para la cara (da igual si individuales, en cajas o DIY)
  4. Un limpiador facial (el archiconocido Perfect Whip, por ejemplo)
  5. Una máscara de pestañas /de la niña que llora/.
  6. Un aceite limpiador DHL
  7. Unos parches de calor (para el cuello, los ovarios o las sienes)
  8. Unas papelinas antibrillos
  9. Unas toallitas freshcas  
  10. Alguna crema de Elixir / Shisheido

Al menos. También puedes comprártelas todas como hice yo.

¿Dónde?

  • Por Tokio hay muchas tiendas para guiris ansias como nosotras de esas de tax free y tal. También puedes comprar estas cosas en supermercados corrientes, en droguerías…
  • Etude. Tienda de maquillaje coreana que encontrarás por Tokio. Cualquier cosa será un acierto.

 

¡BOLA EXTRA!: Hakone

Pese a ser un viaje 100% Tokio, nos escapamos un día a Hakone y de paso vimos el monte Fuji y pasamos por Gotemba (el paraíso outlet, por cierto). Fuimos en autobús por no muchos euros y la experiencia fue digna de mención. Estuvimos en Mount View, uno de los mejores ryokan de la zona. Con tu habitación tradicional, tu suelo de tatami, tus futones para volcar por la noche… ¡todo lo que una joven princesa occidental como yo podría necesitar!

52511A23-4B4E-4581-B7A4-759FBC5FDD6CAl llegar, una amable señorita nos acompañó a la habitación, nos dijo con acento zamorano que hacedme el favor que quitarsen las bambas y nos invitó a que tomásemos el té hasta que llegase nuestra hora. Que dicho así suena a drama pero se refería a la hora en la que teníamos reservado el onsen privado. Que sí, que onsen (baños compartidos de agua hirviendo termal) y privado a priori no encajan pero este sitio es de los pocos que lo ofrecen y vale la pena reservarlo (cosa que solo podrás hacer una vez estés allí). Te acicalas con el pack de «estar por casa» que te dejan en la habitación: yukata, cinturón, calcetines, chaquetilla… y al lío.

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No puedo compartir fotos personales porque inexplicablemente siempre sale alguien semidesnudo en ellas, pero os hacéis una idea.

La experiencia es increíble /una vez ya te has desmayado las dos veces correspondientes y tienes los testículos por el ombligo/ porque estás en medio de un bosque de bambú y unos pajaritos que cantan en un japonés muy digno. Espectacular, en serio.

Pero la experiencia de inmersión no acaba aquí. Un rato después tuvimos la cena: uno de los mejores menú degustación a los que me he enfrentado.

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No se aprecia nada bien la cantidad y la calidad de los platillos.

Y cuando después del baño, de la cena, de dormir en un futón, de andar todo el día con los calcetines de dos dedos, de tomar té como si fuese gratis crees que ya… No, llega la hora del desayuno. A las 7:00 suena la campana y te vuelves a enfrentar a una mesa repleta de platos que meterías en una mochila y te llevarías a casa para mirarlos cada día con ojos brillantes.

¿Y qué mejor momento que este con los ojos empañados para dar por terminada mi guía de Tokio? 

No, espera. Que hay más. No me puedo quedar con estas inquietudes dentro.

  • ¿Sabías que en Tokio no hay papeleras?
  • ¿Te explicas que esté prohibido fumar por la calle pero en algunos restaurantes sí se pueda fumar?
  • ¿Sabías que los cambios y devoluciones de ropa o zapatos no se contemplan?
  • ¿Pensabas que los empujones sin piedad en el metro eran de mentira? JA!
  • ¿Sabías que por cada compra que hagas superior a los 5000¥ puedes pedir taxfree y presentando tu pasaporte te descuentan impuestos y te grapan el ticket en el pasaporte?

Y nada. Ahora sí.

Agito sin ganas mi pañuelo blanco. 

Un saludo a todas aquellas chicas japonesas que nos ofrecieron su ayuda sin pedir nada a cambio, ni siquiera un mechón rubio de mi pelazo. Se os quiere ♥

[ Si probáis un sandwich de crema de cacahuete japonesa (en los supermercados están regalados) acordaos de mí ].

Yo también: LOST IN TRANSLATION

No sé si podría vivir en un hotel pero me encanta imaginarme que vivo allí aunque sea durante semana; no sé cómo, pero el primer día ya termino llamándolos ‘casa’. Lo que sí sé es que me encanta vivir pegada a una ventana. Notar esa sensación de agitación exterior desde tu superioridad estática protegida por un cristal. Esa posibilidad de estar en la calle estando en la cama o en bragas. Si no existiesen los karaokes, yo los habría inventado. Me encanta cambiarme la identidad con solo ponerme una peluca de otro color y corte que no es el mío. Me encanta dormir acurrucada de lado sabiendo que hay alguien ahí. O por lo menos imaginándomelo. Me gusta el silencio infinito hasta llegar a lo incómodo sin estar enfadada. A veces me lleno la bañera y lloro. Me gusta no notar las lágrimas bajo el agua. Odio despedirme pero más odio no vivir cada despedida como si no te fuese a volver a ver. Yo también miro a través del cristal y me pregunto casi cada día qué hago aquí. Aún no sé si creo en el destino pero sí confío en los encuentros entre personas predestinadas que solo tienen en común que están solas. Yo también me suelo sentir desorientada aún teniéndolo todo y yo también, me enamoro sin querer de los ojos cansados. Odio esperar enjaulada a que los demás terminen de hacer su vida. Y yo, que prefiero vivir con calcetines, también me colapso como una niña pequeña ante las luces de colores en mitad de la noche.

Por las noches en las que no pasa nada y sientes de todo. Por todos los momentos de intimidad totalmente vestida. Por los abrazos que al mismo tiempo te tocan, te acurrucan, te calientan, te mojan, te dicen lo siento, te dicen te quiero y te echan en cara que ya te vale, tronca. Por las despedidas de verdad, las de hasta nunca.

Por todas las veces que he sido y soy la Charlotte de alguien y por todas las veces que los bares nos unieron.

Ayer comprobé que todo esto pasó en 2003 y que yo, quince años después, sigo siendo casi la misma que entonces.

Yo también exagero

p1El 5 de enero de 2016 salí del juicio y de vuelta a casa me compré un roscón de reyes tan pequeño que me sentí todavía más sola. Llegué a casa, le hice un par de fotos al Roscón y subí una foto a Instagram quitándole drama al asunto. Le quité la fruta escarchada, le di un bocado y cerré la caja. Hasta aquí mi fiesta.

Era mi primer día de Reyes sola, totalmente sola. Nadie sabía que estaba en Madrid y nadie se imaginaba por qué estaba en Madrid. Me sentí mal, triste. Me sentí mala persona, fea. Me sentí sola.

 

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Doblé en dos las cinco denuncias y las escondí donde pude, ni siquiera yo quería volver a encontrarlas. Me dejé caer en el sofá, me agarré a Max y no lo recuerdo nítidamente, pero me seguro que lloré un poco. Y mientras tanto, nadie sabía que estaba sola en Madrid y nadie se imaginaba por qué lloraba sola.

No podía contar nada pero la rabia de escuchar una y otra vez esto pudo conmigo: «Buena suerte»

Durante más de un año sufrí el acoso de un tío (un vecino, para mayor tranquilidad) y durante más de dos años he guardado todo esto en el mismo cajón: las denuncias, las pruebas que me dejó en la puerta de casa, los comentarios machistas de mis caseras o la indiferencia de algunos conocidos.

Llegué a creer que estaba exagerando, de verdad. Que si me seguían a la estación, al Retiro o al supermercado no era para tanto; que si me esperaban por las mañanas a que saliera y por las tardes a que volviera a casa que no había que darle tanta importancia.

«Le has hecho gracia», «se habrá enamorado», «pobre, dale una oportunidad», «bueno tampoco exageres»

Sin duda, me creí que estaba exagerando. Los días que llamaba a mi puerta y me gritaba que quería follarme, seguramente exageraba. Cuando seguía a gente conocida mía para decirles que yo al final iba a ser para él, era una maldita exageración. Lo siento si cuando me gritaba que le daba igual que yo llamase a la policía, que le compensaba morirse o ir a la cárcel parecía una puta exagerada. Perdón si exageré cada vez que tenía notas suyas debajo de la puerta. Siento haber sido una exagerada todas las veces que me hacía fotos a escondidas.

Viví muchos días con las persianas bajadas pareciendo todavía más exagerada y dejé de hacer cosas sola cuando se iba el sol pero sin duda, posiblemente exageraba. Me culpé hasta de ser una maldita soltera exigente. 

Todo me parecía una exageración hasta que un día me siguió a la oficina sin darse por vencido. Esa mañana decidí denunciar, sin embargo en las palabras de la policía intuí que ¡sopresa! de nuevo, quizás estaba exagerando un poco. Y allí me quedé, sola y fría en mitad de la Gran Vía, sin saber muy bien qué hacer con mi vida (a la que obviamente había empezado a odiar).

Denuncié eso y denuncié todas las cosas que vinieron después. Acumulé denuncias y horas en comisaría, aguanté los consejos de mierda de la gente (policías hombres principalmente), soporté la culpa de no haber hecho nada antes y el 5 de enero de 2015 fue el juicio y finalmente, vino la orden de alejamiento. Una orden de alejamiento que solo sirve para detectar cuando se la saltan, cuando algo ha pasado. Una orden de alejamiento que no es más que un quitamiedos de mierda para exageradas como yo.

El día que conseguí volver sola al cine de noche sin mirar atrás ni una sola vez supe que hasta aquí, que ya había pasado todo. Empezó a darme igual ser el chisme del barrio y entendí que estar sola no era sinónimo de soledad y debilidad.

Nadie tiene derecho a invadirme y a la vez, yo tengo la obligación de patalear si lo hacen. Porque la violencia machista no solo es entre parejas o ex parejas. Violencia machista no solo es una paliza en casa. Violencia machista no es solo una violación, es lo de antes y lo de después. Violencia machista es cualquier acto que ofenda y perjudique física y/o psicológicamente a una mujer.

Y es por esto que 2018 quiero empezarlo abriendo el cajón y contando todo esto, arriesgándome a parecer exagerada de nuevo. Porque yo también me he avergonzado. Yo también intenté hacer vida normal sin poder vivir con normalidad. Yo también esperé ser comprendida. Yo también busqué inútilmente apoyo. Yo también siento miedo al volver sola a casa. Yo también me sentí sola.

En 2018 hazte fuerte, denuncia, no te escondas, cuéntalo, pelea, lucha. Desgraciadamente (aún) todas somos un triste titular en potencia. 

Capítulo 37: El olor a gamba y la muerte

K. siempre pensó que con las manos oliéndote a gamba no se puede hablar en serio. Esa noche, lejos de pretenderlo, S. le hizo ver lo equivocada que estaba. Juntos comprobaron que los crustáceos congelados sí entienden de dramas.

No se había ido aún del salón el humo que deja el mar a la plancha cuando S. puso sobre la mesa que un día quiso dejarlo todo.

S. era demasiado joven para una enfermedad de viejo y demasiado mayor para uno de esos sustos de jóvenes. Pero le llegó. Por primera vez en la historia, un avión se estrellaba contra alguien a los pocos días de regresar de Nueva York. Porque así fue. Un golpe compacto en el pecho, un susto que no se queda solo es eso, un choque de trenes en la garganta, una sensación de desmayo estando totalmente inmóvil, un impacto brutal sin opción de rebobinar.

Inmediatamente K. se acordó de su amiga, que poco antes de marcharse definitivamente le pidió por favor que le dejará ir, que solo quería descansar. Pero esto era diferente, él era distinto a eso. Él no era de abandonar pero tenía que hacerlo porque no se reconocía frente al espejo, frente a la gente, frente a la almohada. Estaba cansado sí, K. sabía que durante mucho tiempo a S. le pesó todo cuerpo, los huesos, las ojeras. La pequeña cuchara de café medio llena de leche templada también le pesaba en los dedos. La bufanda y el gorro de lana, todo le pesaba. Le pesaban las ganas de llorar, el no poder gritar. Las horas de camino al hospital mientras en Madrid tímidamente nevaba pesaban. Le pesaban los abrazos que esperaba y no llegaban. Las llamadas vacías, los emails frustrados, las miradas huecas.

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K. desvió la mirada a la servilleta mugrienta y acarició los bordes con sus aromáticas yemas. No lloró, como tampoco lloró las otras treinta y seis veces que habían hablado del tema. Esta era la trigésima séptima vez que charlaban sobre lo mismo pero no de las mismas cosas. En realidad, S. era el que siempre hablaba y ella la que siempre preguntaba. Ya eran treinta y siete las veces que él narraba la peor historia de su vida y treinta y siete las veces que ella escuchaba la historia con el mejor final del mundo.

Ella, como las otras treinta y seis veces, después de escuchar a S. solo quería abrazarle, agarrarse a su cuello, recorrer su espalda, acariciarle los brazos, besarle las manos. Pero sobre todo, está vez, solo quería darle las gracias por seguir ese maldito camino de baldosas hijoputescas que al final, pues oye, le llevaron hasta ella.