Capítulo 37: El olor a gamba y la muerte

K. siempre pensó que con las manos oliéndote a gamba no se puede hablar en serio. Esa noche, lejos de pretenderlo, S. le hizo ver lo equivocada que estaba. Juntos comprobaron que los crustáceos congelados sí entienden de dramas.

No se había ido aún del salón el humo que deja el mar a la plancha cuando S. puso sobre la mesa que un día quiso dejarlo todo.

S. era demasiado joven para una enfermedad de viejo y demasiado mayor para uno de esos sustos de jóvenes. Pero le llegó. Por primera vez en la historia, un avión se estrellaba contra alguien a los pocos días de regresar de Nueva York. Porque así fue. Un golpe compacto en el pecho, un susto que no se queda solo es eso, un choque de trenes en la garganta, una sensación de desmayo estando totalmente inmóvil, un impacto brutal sin opción de rebobinar.

Inmediatamente K. se acordó de su amiga, que poco antes de marcharse definitivamente le pidió por favor que le dejará ir, que solo quería descansar. Pero esto era diferente, él era distinto a eso. Él no era de abandonar pero tenía que hacerlo porque no se reconocía frente al espejo, frente a la gente, frente a la almohada. Estaba cansado sí, K. sabía que durante mucho tiempo a S. le pesó todo cuerpo, los huesos, las ojeras. La pequeña cuchara de café medio llena de leche templada también le pesaba en los dedos. La bufanda y el gorro de lana, todo le pesaba. Le pesaban las ganas de llorar, el no poder gritar. Las horas de camino al hospital mientras en Madrid tímidamente nevaba pesaban. Le pesaban los abrazos que esperaba y no llegaban. Las llamadas vacías, los emails frustrados, las miradas huecas.

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K. desvió la mirada a la servilleta mugrienta y acarició los bordes con sus aromáticas yemas. No lloró, como tampoco lloró las otras treinta y seis veces que habían hablado del tema. Esta era la trigésima séptima vez que charlaban sobre lo mismo pero no de las mismas cosas. En realidad, S. era el que siempre hablaba y ella la que siempre preguntaba. Ya eran treinta y siete las veces que él narraba la peor historia de su vida y treinta y siete las veces que ella escuchaba la historia con el mejor final del mundo.

Ella, como las otras treinta y seis veces, después de escuchar a S. solo quería abrazarle, agarrarse a su cuello, recorrer su espalda, acariciarle los brazos, besarle las manos. Pero sobre todo, está vez, solo quería darle las gracias por seguir ese maldito camino de baldosas hijoputescas que al final, pues oye, le llevaron hasta ella.

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Desde Madrid, con amor.

Cuando salgo del tren, la humedad que tantas veces he maldecido me acaricia la cara y yo cierro los ojos y me dejo sobar. Huelo a mar desde Cuenca y para mí, sigue haciendo tiempo de fallas aunque esté en el barrio más castizo de Madrid.

Echo de menos el mar de una forma tan romántica que me da vergüenza hasta reconocer. Echo de menos el agua rebelde y acabo llenando mis paredes de fotos en orillas más sucias de lo que me gustaría. En realidad no echo en falta nadar ni siquiera mojarme los pies. Suena muy flipado isleño pero lo que yo realmente echo de menos es saber que ahí está. Que podría ir pero no quiero. Que existe un sitio por el que escapar, que hay un precipicio disponible por el que saltar y gritar.

Valenciana de primera generación, nací en el levante como bien podría haber visto la luz en una relajada y tímida Ciudad Real o en una calurosa y simpaticona Córdoba. Pero alguien eligió Valencia. Resultona e intensita a partes iguales. Una ciudad extrovertida pero de voz suave.

Nunca me sentí más valenciana que española ni más española que torrentina. Nunca me sentí representativa de ninguna terreta. Nunca hablé valenciano ni tampoco me esforcé. Nunca sentí recompensado el esfuerzo de llevar tres moños y trece mil horquillas en el pelo durante seis días seguidos.

A veces envidiaba el sentimiento profundo de amigos gallegos, vascos o catalanes. Orgullosos de lo bueno y lo malo, fieles embajadores de su terreta, influencers no patrocinados aferrados a un sentimiento profundo que parecía venir en un libro de instrucciones que yo no tenía. Que por no tener, yo no tenía ni siquiera un acento sexy residual.

Buscaba y buscaba esa empatía, esa sensación… pero no llegué a encontrarla. Lo dejé estar, me volví neutral. Cualquier sitio me parecía mejor y durante mucho tiempo quise huir de una ciudad que se me quedaba pequeña, que me parecía pegajosa y que nunca, nunca, nunca me decía nada.

Hasta que me fui de allí… Y ella, sin pedir permiso, se vino conmigo. 

Me quiso cuando más lo necesitaba. Cuando llegué a Madrid en pleno febrero a una habitación sin ventanas. Cuando toda mi decoración se basaba en un bote con arena y conchas de playa. Cuando solo tenía macarrones, atún y rosquilletas en la despensa, cuando le daba un sorbito al vaso de mistela un domingo por la tarde después de comer mientras lloriqueaba un poquito.

Desde entonces, cada vez que salgo por la puerta del tren o bajo del coche siento el abrazo cálido y húmedo. Paseo por Ruzafa con ganas de llorar por no poder quedarme a vivir allí. Recorro la Patacona con el corazón encogido y sin prestar atención a la conversación. Me pierdo por el Carmen y vuelvo sin querer a la estación del Norte. Peregrino por los mejores mercados de mi ciudad y compro el pescado y los quesos en el del Cabanyal y la fruta en el Central. Mi pueblo ya no me parece tan suburbio y siempre que vuelvo redescubro ese bosque a cinco minutos de casa en el que todavía no me sé ubicar. Respiro hondo viendo al fondo (muy al fondo) el mar y vuelvo a sentirme en casa.

Desde entonces soy más de Valencia que nunca y mejor valenciana por siempre. Desde entonces, pido bravas y horchata fuera de temporada y a deshora. Desde entonces, defiendo la paella a leña con romero recién cogido del campo y siempre tengo mistela (mucha) en la nevera.

Desde entonces, no me hace falta ninguna bandera* para sentir los colores.

*Porque si lo único que os representa es una bandera, algo está fallando.

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Feliç 9 d’octubre 🙂

Mr.Wonderful Presidente

Si hay algo que me hace empatizar con el resto de españoles es una cosa (solo una): no nos gusta nunca nada. Me declaro seguidora fiel de la queja diaria y si puede ser, de la sonora. Que si no se entera nadie, no luce igual.

Últimamente nos noto tristes. La gente llega a su trabajo con los ojos hinchados y sin ganas de soltar un chiste. Todo el café nos está malo y ya no hacemos hueco para irnos a tomar unas croquetas. El verano está al caer pero la vida es una mierda. No sentimos ni frío ni calor (metafóricamente hablando). Nos molestan los que llevan chaquetas y los que van en tirantes; los que llevan chanclas y los que aún piensan que las botas militares siguen de moda.

Los plátanos pochos con las últimas fresas negruzcas en la nevera y los primeros gazpachos que saben demasiado a pepino. La operación bikini sin anestesia y una desesperación veraniega que no cabe en el bañador. Esa sensación de tener que fregar siempre los cacharros que no has ensuciado. Esa maldita sensación de que estarías mejor metido en un cajón.

¡Hey, un momento! De repente, coges una taza al azar y sonríes. JEJEJE. #BUENOSDÍASCONALEGRÍA ¿Qué cohoneh está pasando? ¿Qué tiene esa taza de especial? ¿Por qué te hace sentir mejor?

Hemos inundado nuestras vidas con cachivaches random llenos de positivismo, buenrollismo, amorcismo y  repelentismo. La felicidad no estaba en el dinero hasta que una taza de doce euros te hace más feliz.

Compramos cosas que nos den un empujón, que sean algodón de azúcar para nuestros ojos y que encima te digan cosas bonicas justo cuando las necesitas escuchar. Necesitamos ser felices y nos esforzamos en serlo. Sin embargo esta moda se nos ha ido de las manos. ¡Mensajes bonitos hasta en los preservativos! ¿Por qué? ¿En qué momento alguien decidió que era buena idea diseñar una caja de condones que llamase la atención de mi prima de 6 años?

Con tanto bonitismo empiezo a tener escalofríos y pesadillas: ¿y si tuviésemos un presidente del gobierno llamado Mr. Wonderful? ¿Es eso lo que queréis?

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El drama no sería pequeño. Pensadlo bien. Un ente excesivamente amable de sonrisa forzada que caería bien a ancianos consumidores de la COPE, niños enganchados a la Play, señoras fieles a Bertín Osborne, adolescentes fans de Justin Bieber, buenorros marcapaquetes en la playa, a tu madre, a tu novio e incluso a ti. Llamaría a su partido político “Fábrica de ideas” y andaría todo el rato con el buen rollo de ese que da rabia y es de unfollow vitalicio. Sus intervenciones siempre empezarían con un «Vamos a hablar de cosas molonas», calificaría las ideas de Trump como «ideas originales para cuando menos te lo esperas», en las manifestaciones gritarían compulsivamente «¡no somos aburridos!» y nuestro ejército estaría formado por dependientas de El Corte Inglés (guerras no harían, caso tampoco).

Piénsalo. La gente pagaría (algunos ya nos llevan ventaja) por llevar merchandising del partido. Las ciudades se llenarían de banderolas color pastel y de alimentos que hablan y que te dan ganas de estampar contra la pared. Habría un canal de televisión en el que darían las noticias haciendo pareados: ¡La última ley como mola se merece una ola! ¡Suben los impuestos pero sonríe, ya puestos! ¡Sin democracia: juntos hasta el fin del mundo! 

Alístate en la Mr.Wonderfulmarina.

La vida puede ser maravillosa, jeje.

La vida no es así

El martes aposté un par de euros en la oficina al número 48. El miércoles mi madre terminó de coser el número 48 en cada una de las prendas de ropa que te llevarías. El jueves nos dijeron que en menos de 48 horas todo iría mejor. El viernes que raro sería que pasaras de las 48 horas. El sábado se esfumaron las 48 horas de esperanza que nos quedaban. El domingo no me pude creer que no llegarías a las 48 horas.

El lunes gané la apuesta. El lunes te perdí.

Nunca pensé que formarías parte del peor día de mi vida y eso que estuviste en muchos momentos que a punto estuvieron de serlo pero sé que no te mereces pasar a la historia como la protagonista del peor día de mi vida, así que prometo hacer el esfuerzo de pensar en ti solamente como la protagonista de los mejores días de mi vida. Todos.

Hace un par de años empezaste a olvidar el recordar y yo solo pensaba en que tarde o temprano te olvidarías de mí, de lo nuestro. Solo eso había escuchado por ahí. Que el recuerdo se iría apagando, que te irías desorientando. Te suplicaba en silencio que recordases los veintinueve años juntas, los cumpleaños con ramos de margaritas blancas, de rosas rojas. Mis primeras veces contigo, los sábados viendo Cine de Barrio, Bonanza o la Ruleta de la Suerte. Te preguntaba callada cómo sería posible que te acabases olvidando de cómo convertiste tu pueblo en el mío, de los veranos echando la siesta obligatoria con las persianas bajadas. De las navidades comiendo Ferrero Rocher a escondidas.

Yo solo pensaba que no me importaría que hicieses como que no había pasado nada pero que en el fondo, si nos mirábamos a los ojos sabrías por qué estaba frente a ti. Ahora, con el tiempo, me siento bastante idiota por pensar que uno de mis principales (sino el más importante) miedos era que te olvidaras de nosotros, de mí, de lo nuestro… Sin saber (o sin querer saberlo del todo) que lo peor es que te olvidarías de ti, de vivir. 

Aún me cuesta dormir porque en mi cabeza siguen retumbando mis gritos que suenan a dolor incrédulo o a una incredulidad que duele. Cierro los ojos por las noches y como un mantra empiezo a repetirme que no puede ser, que tarde o temprano despertaré… pero no, no me despertaré porque sigo sin poder dormir.

No puedo recordarte porque me quema. Lo siento, me quemo. Me encantaría sonreír viendo tus fotos, escuchando tus videos pero ardo al verte o al imaginarte sentada en tu sillón. Te prometo que hago el esfuerzo por acercarme al fuego y tiendo las manos pero las aparto con un golpe seco. No puedo. No puede ser…

Ahora entiendo ese vacío que dejan algunas personas. Ahora siento ese vacío del que alguna vez oí hablar en algún punto exacto que me cuesta concretar. Ese vacío es más grande que un océano. Un océano que quema.

Resulta curioso pero cuatro días antes del peor día fue uno de los mejores días. Nos volvimos a ver, me conociste y sonreíste con esos mofletes rosas que tanta rabia te daban. Me diste muchos besos y te reíste como pudiste de las bromas. Me dijiste que estaba guapa y como siempre, me miraste como solo tú lo hacías. Eras mi casa, abuela. Una casa pequeñita y cálida que siempre olía a cocido reconfortante. Una casa luminosa y acogedora. Siempre eras un sí. Siempre.


 

Mi abuela tenía alzheimer, sus hijas tenían una madre con alzheimer y su marido tenía una mujer con alzheimer. Eso es la única punta del iceberg que veía todo el mundo, incluso los médicos. Mi abuela era para los médicos un desahucio vital seguido de una cara de circunstancia y un escalofriante: «La enfermedad es así».

No digo que las cosas hubiesen sido diferentes pero todas las personas tienen derecho a una atención mínima tengan alzheimer o 103 años. Seamos más conscientes de que aún queda vida, qué importa cuánta. El jueves una doctora de urgencias fue a su casa, le tomó la fiebre con la mano y se fue, no sin antes decir, por supuesto, que la enfermedad era así. El viernes mi abuela ingresaba con una infección grave, una subida de azúcar y fiebre, mucha fiebre. El lunes estaba rodeaba de esas rosas rojas frescas que tanto le gustaban en un sitio tan frío como escalofriante.

El alzheimer es una enfermedad que ataca cuándo, dónde y a quién quiere. Que a veces va más lento y otras veces más rápido. Dura para el que olvida y durísima para los que ven cómo se olvida… pero desgraciadamente es una enfermedad que no exime de ser compatible con otras dolencias. Una enfermedad dura como una roca que todos los días te hace tropezar. Pero pelea. Pelea hasta el final y desde el principio. 

Escribo esto porque intento deshacer el nudo…

Escribo esto por mi abuela.

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(Te seguiré escribiendo)

 

Descansa

No había bajado del coche cuando me dijeron que ya no.

Bajé corriendo la cuesta que va de mi casa a la suya. Cuántas veces había bajado esa cuesta deseando verla un verano más. Cuántas veces me caí bajando esa cuesta y volví a casa con las rodillas sangrando. ¿Cuántas veces me quedaban por bajar a su casa?

Mi abuelo abrazaba a mi abuela que intentaba no volver a llorar. Ambos me miraban bajando la cuesta sabiendo que esta vez  yo no llegaría a tiempo porque aunque allí seguía, posiblemente ya se había ido.

La pequeña barca se acercaba lentamente y yo me quedé inmóvil en el borde con las zapatillas bañadas en barro. Un escalofrío me recorrió la cabeza porque nunca antes había vivido un momento igual. Nunca había sentido algo parecido. Jamás me había parado a pensar cómo sería estar en esa situación. ¿Alguna vez te has dejado el aliento para ir a despedir a alguien que pensabas que ya estaba muerto y de repente, lo ves ahí, aún vivo, sabiendo que tendrás que despedirle… pero de verdad? Pues allí estaba ella. Despierta. Viva.

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Salió por su propio pie de la barca con un chandal viejo y la coleta floja y caída. Cabezona como yo, se empeñó en dar una vuelta tumbada mirando al cielo. De pequeñas nos tumbábamos en la barca amarrada y nos preguntábamos si detrás del cielo había algo más, si habría casas, lagos, barcas. Nos preguntábamos si al llegar al cielo hay alguien que te pide papeles o si tienes que llevar dinero en el bolsillo para poder comprarte al menos algo de cenar.

Me abrazó sin fuerzas (o sin ganas) sabiendo que yo estaba en ese lugar y en ese exacto momento porque pensaba que ya nos había dejado para siempre. Caminó arrastrando sus piernas y se metió en casa. Se tumbó en su cama y se acurrucó.

Conseguí deshelarme y fui tras ella. Me apoyé en el marco de la puerta y allí estaba. Respirando. Viva. Me acerqué despacio apretando los dientes. «Tienes que quedarte, tienes que poder quedarte» le susurré. Ella tenía los labios cortados en mil rectas paralelas y sonreír era un verdadero suplicio, aún así, lo intentó. Lo intentó negando con la cabeza. Respiré hondo para evitar empezar a discutir o al menos, para no volver a soltarle mi discurso. «Quédate, no te vayas, sé fuerte, inténtalo, vamos…»

«Tengo frío, estoy cansada». Se levantó de la cama y me acarició la cara. Hizo un intento de caminar pero no supo continuar y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Fui a buscar una manta. El comedor seguía lleno de gente que al verme salir de la habitación se paralizó y se quedó sin respiración. «Sigue aquí», les dije (incomprensiblemente molesta) dándoles la espalda.

Tapé a mi mejor amiga y ladeó la boca dándome las gracias. Buscó una posición más cómoda y cerró los ojos. Yo seguía enfadada. Mucho. «Quédate un poco más, no puedes dejarnos ahora». Ella me miraba de reojo tan relajada que me daba rabia. Me repetía que quería descansar y que tenía frío. Yo la miraba fijamente y no la entendía, de verdad que no la entendía. Ya, ya sé que ni siquiera lo intenté. Ella allí, conmigo. No pedía tanto. Estaba bien, era lo mejor. Si tenía frío, yo la taparía. Si quería descansar, yo la dejaría dormir. Volví a llorar como lloré meses atrás sabiendo lo que vendría. Ella esforzándose como nunca se hubiese imaginado que lo haría se sentó en la cama, se puso la manta sobre los hombros, me cogió de las manos, me dio un beso en la mejilla justo encima de una lágrima recién brotada y susurró: «Vamos… si yo solo quiero descansar».

Por fin lo entendí todo. Dejé mi egoísmo a un lado. Dejé de pensar en mí sin ella, en mi vida con su vacío, en la ausencia de sus respuestas a mis preguntas. Dejé de suplicarle que intentase quedarse. Asimilé que aunque podía quedarse, ya no quería. La ayudé a recostarse, la tapé bien, como a ella le gustaba, hasta los ojos, le di un beso en la frente y le susurré: «descansa».

La vi sonreír. Me fui de la habitación. Se fue de la casa.

 

La (mo)vida de una mujer

No tengo que llevar tacones para que me escuchen mejor ni mi marido “me ayuda” en las tareas domésticas. No me sienta mal que me abran la puerta para dejarme entrar primero. No me gusta que me lleven las bolsas de la compra. No me han dicho nunca no por ser mujer. Nunca he pensado que mi vida sería mejor siendo un tío.

En mi casa siempre han cocinado ellos y nosotras hemos montado los muebles de Ikea. Hemos llegado todos a la misma hora y en las mismas condiciones. No se esperaba algo distinto de mí. Me hace risa el “a mí no me preguntes, solo soy una chica”.

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El 8 de marzo tampoco me parecía tan especial. Si queremos ser iguales, pensaba que nadie debería tener un día. No quería que me hiciesen sentir especial. Todos los días quería, y quiero, que sean mis días. Que todos los días sean los días de la mujer. Siempre me ha sobrado demasiado el “felicidades por ser mujer”, el toma descuentos para gastar, aquí tienes tus promociones en droguería, aspiradoras a mitad de precio, donuts con cobertura de fresa y material de oficina color fucsia. Que ojo, cualquier otro día me parecerían bien porque aplausos a los descuentos, bienvenidas las promociones, soy fan de mi aspiradora, me flipan los donuts y el color fucsia es bien bonito.

Sin embargo, varios años de carrera en solitario por la vida, rodeada diariamente de gente poco afín a mí, me han dado la(s) suficiente(s) experiencia(s) como para sentarme en el suelo y gritar JODER, JODER, JODER. 

Para empezar, simplemente tu condición personal de ser mujer: el acecho de las pasadas de arroz, la soltería, lo rancia que eres si no das juego, lo suelta que eres si lo das. Que si dejar al novio, que si vivir sola, que si apañártelas sin nadie, que si mierdas vitales varias. La historia de la que más de una vez habrás oído hablar: Cuarentonas aburridas frente a cuarentañeros follables. 

Por no hablar de los culos talla L, de las tetas caídas, del acné por los nervios, del pelo seco, del tinte amarillo, de los labios operados. De las dietas, del gimnasio, de los batidos detox, de las cremas de día, de noche, antiojeras, del serum, del acondicionador, de la mascarilla, del aceite de argan. Del secador, la plancha, el rizador, la laca, la espuma. De enseñar, de esconder, de tapar, de aumentar, de reducir. De elegir vestirte como y con lo que te salga del coño de dentro. Pero ni es tan fácil como parece ni el movimiento curve es tan transparente como lo ponen: Mango, Zara, Nike… gracias por hacernos a las gordas felices.

Después viene el enfoque profesional: la eterna becaria o la infinita secretaria. Que te llamen peque  – chiqui en una reunión. Que pregunten siempre por tu jefe, que tengas que pensar cuándo quedarte embarazada para no joderlo todo o para que no te jodan del todo. Que te miren el escote o las piernas. Que no te llamen nunca por tu nombre. Que solo seas la rubia o la otra chica. Que eso sea de hombres, que aquello se les da mejor a las mujeres. Lo vemos a diario en cualquier telediario y nos pasa por encima. Es el aceite social sobre nosotras que somos agua. Hace un año alguien trató de insultar a una mujer diciéndole que se fuese a vender pescado: Hasta aquí hemos llegado

Del trabajo a casa pueden pasar cosas. Puede que se te haga tarde y te toque volver ya de noche. Puede que esté oscuro y no tengas batería en el móvil. Puede que haya alguien esperándote en el portal muy a tu pesar. Puede que te pongas nerviosa. Puede que intentes obviar lo que acaba de pasar. También puede que a la mañana siguiente, a plena luz del día te pase lo mismo. Puede que esa tarde vuelvas a casa con las llaves en la mano. Puede que te hayas aprendido el teléfono de la policía de memoria o incluso puede que tengas que ir a comisaría. Puede que pase. Puede que no sea tu marido, ni esté borracho, ni os acabéis de separar, ni estéis luchando por la custodia de los niños. Puede que no sepas quien. El problema puede que sea que él a ti sí te conoce bien. ¿Y sabes lo que te dirán? Buena suerte

Y esta podría ser la vida de cualquier mujer.

Pero en este caso, es mi movida.

 

¿Es lo nuestro una startup?

Tú habías dejado atrás lo tuyo y lo mío, por fin, se quedaba aparcado a un lado. Dos potencias emergentes que chocaron. Eso fuimos.

Nos apresuramos. Formamos una organización y constituimos una relación, en principio, a corto plazo. Invertimos tiempo y recursos. Nadie sabía más que nosotros dos sobre no querer dormir solo, sobre querer pasar los domingos acompañado, sobre lo de abrazarse sin tener razone para hacerlo. Dos personas con la misma idea de “éxito”.

Lo llenamos todo de plantas bien verdes y de sillas de diseño insufribles. Empezamos lo nuestro no sabiendo nada pero con mil hipótesis que resolver. Solo sabíamos que esto parecía ser la solución a nuestros problemas.

¿Será esto realmente diferente? ¿Funcionará? ¿Intentarán conquistarnos? ¿Vamos demasiado rápido? ¿Sabremos identificar el éxito? ¿Esto es lo que siempre hemos querido? ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Cómo de diferente es respecto a lo demás? ¿Somos realistas? ¿Cuál hubiese sido la opción más fácil? ¿En cuánto tiempo podrá funcionar al 100%? ¿Resuelve nuestro problema? ¿Resuelvo tu problema? ¿Resuelves mi problema?

Asumimos la incertidumbre inicial suponiendo que en algún momento esto, lo nuestro, podría transformarse en un negocio a largo plazo. Sin embargo, desde el principio intuíamos que lo nuestro tendría fecha de caducidad, aunque ninguno sabía cuándo ni quién apagaría definitivamente las luces y cerraría con llave.

Una startup solo funciona cuando existe incertidumbre. Como lo nuestro. Saltamos de coworking en coworking, de tu casa a mi casa, de mi salón lleno de gente conectada al wifi a tu cocina compartida en Ultramarina. Y lo nuestro, como cualquier startup, vivió mientras fueron necesarios todos los experimentos que nos ayudaron a conocer mejor la solución. Nuestro modelo de relación parecía funcionar hasta que nuestras pantallas se quedaron en negro. Crash.

Nos acomodamos y saltaron las alarmas. Pusimos nuestro know how en cajas de cartón húmedo y  decidimos que ese y exactamente ese y no otro, era el momento de dejarlo, de cambiar la estructura, de evolucionar cada uno por su lado. De mandarnos a la mierda. De empezar de cero. De resetear otra vez. Cada uno diseñó una nueva ruta que potenciase y mejorase los resultados de su (horripilante) histórico amoroso. Y así fue.

Nos estampamos. Lloramos. Se nos fue de la manos. Desarrollamos ideas que acababan en el mismo cubo de basura. Volvimos a llorar. Emprendimos por encima de nuestras posibilidades. Tocamos el éxito y ansiosos salimos corriendo a por más. La vida es eso que pasa mientras decides si involucrarte en otra startup más rubia aunque menos simpática.

Y sí, lo nuestro fue un caso más en la estadística de startups fallidas.

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Un monstruo viene a influenciarme

Me cago en los putos influencers. Tantos años mirando al cielo preguntándonos si las nubes huelen a algodón de azúcar o en realidad a compresa usada pensando cuándo nos atacarán seres superiores cabezones (de tamaño, sin insistencia aún demostrada científicamente) con una piel extremadamente suave y ropajes metalizados sin saber que  ya teníamos al enemigo en casa (no literalmente salvo excepciones): Los malditos influencers.

PÁRRAFO EXCLUSIVO PARA MI MADRE:

Los influencers son personas. Básicamente su trabajo se resumen en: una marca deloquesea les envía un producto y ellos se esfuerzan en introducirlo con naturalidad en sus vidas para que sin vaselina ninguna entre arrebatadoramente en las nuestras. Casualmente siempre son marcas que les fascinan, les flipan, les encantan y les pagan.

(mamá si tienes alguna duda escríbeme al whatsapp)

Se han reproducido más rápido de lo esperado y de momento no existe esperanza alguna de que cuelguen el cartel de aforo completo. La plaga inunda tu móvil, tu ordenador, tu tablet… ¡tu vida! Son los nuevos cuñados que a su vez fueron los nuevos jubilados que en algún momento fueron cuñados y que como los nuevos cuñados, también acaban mutando a jubilados. Es horrible y aterrador pensar en las futuras mutaciones porque podría darse la peor tipología existente: la del influencer cuñado jubilado. Ya llegarán, tranquilos.

¿En qué se parecen los jubilados, los cuñados y los influencers? La brasa. Te brasean hasta el éxtasis. Te cuentan cosas todo el rato sin descanso y sin preguntar si te interesa al menos solamente un poquito. Mira qué cosa, mira tú que otra. MIMIMI. Pero como en toda evolución de especies, no siempre la actualización del sistema es mejor opción que lo anterior. A diferencia del jubilado y del cuñado, el influencer te cuenta cosas que ni siquiera le interesan o sobre las que no tiene un criterio. ¡Invéntatelo, hombre!

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No es demasiado evidente pero odio a los influencers y por ende, también empiezo a repudiar a las marcas que pierden el culo por conquistarlos. Mi saliva se vuelve cicuta cada vez que veo a un influencer enseñar día tras día los regalos random que ha recibido de una marca. Un día cremas, otros una pulsera, unos zapatos, un champú, unos bombones, un perfume. Me hace sentir bastante idiota ver que marcas que te caían guay cuidan más de ELLOS (cuando estás enfadado se dice illis)los recibidores de regalos, que a los clientes fans pringados como yo. Me siento muy loser, la verdad. Es como cuando te enamoras y no es correspondido porque eres un ser completamente invisible.

Es un bajón absoluto. 

Que sí, que ya sé de qué va el tema. Que la audiencia de esta gente es brutal, que sus followers les hacen más caso que a su madre y que las ventas tocan el techo cuando un influencer enseña la marca de supositorios que utiliza. YA LO SÉ. Pero no me gusta. Y como buena influencer que soy, no os debería gustar tampoco a vosotros. Borregos.

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