Al pan, pan. Y Alpino, vino.

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Cuenta mi madre la leyenda que este niño rubio con #pelazo fue mi primer amor.

Íbamos juntos a la guardería y eso une mucho. Las siestas semi abrazados en la penumbra sobre aquellas colchonetas duras pero confortables (¿a qué edad aprendería yo la palabra ‘confortable’?), el mismo odio a las verduras verdes, nuestras manos chocando al intentar coger el mismo color de Alpino del bote…

Mi madre cuenta que un día él me regaló una pulsera de oro y yo obviamente faltaría más por supuestísimo que la acepté. ¿Quién iba a pensar que se la había cogido prestada a su hermana mayor? Nadie. Tuve que devolvérsela. Aunque yo no quería. Ni yo quería devolvérsela ni él quería que yo se la devolviera. Pero nuestras familias se interpusieron entre nosotros. ¡Cuánto daño le hicieron a nuestra relación!

Cuando mi madre le dio a su madre mi la pulsera, él me pintó una pulsera con un rotulador. ¡Y sin salirse del brazo! Todo un detalle.

Supongo que estábamos enamorados. O algo. No sé cómo lo llamábamos por aquel entonces. Y es una pena porque ya no habrá otro amor así. Ya no podré decirle a un tío “qué infantil eres” sin insultar. Ahora no encuentras a nadie que te pinte cosas en el cuerpo sin salirse. SIN SALIRSE, eh? Salidos, que sois unos salidos. Pero ya no.  Ya nadie me cederá la mejor colchoneta (señoras del yoga no cuentan aunque bien es cierto que ellas nunca lo harían). Y nadie me robará los Alpino.

Lo mejor de aquellos amores es que no tienes ningún referente anterior. Te gusta y punto. No como ahora… REDIÓS.

 

Lo que antes unía Alpino, ahora lo hace el vino

Me quedo con eso. 

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