Boda para uno. Vino para dieciocho(mil)

Me han invitado a una boda. A mí sola. Bueno, a mí sola no. Hay doscientos invitados más. Pero en el sobre de invitación sólo ponía mi nombre. Única y tristemente. Nunca había visto mi nombre de forma tan desoladora. Ni siquiera cuando aparecía al lado de un “no aprobado”.

He recibido ánimos de varias fuentes, pero no. Esto no se soluciona con ánimos. Esto sólo lo soluciona el vino. El vino desde la mañana de la boda, mientras me hago los tirabuzones, mientras me calzo unas medias cristal, mientras se dan las hostias (cristianas). O desde la noche de antes. Nunca es pronto. Ni suficiente.

Las parejas de mi mesa ya están empezando a conjuntarse el vestuario. Y a mí me está entrando la conjuntivitis de verme allí. SOLA. Sola con una permanente copa de vino. ¡Qué digo copa! Con una BOTELLA. O varias. Me imagino allí, con la cabeza apoyada en uno de esos microbolsos duros como un ladrillo que están rebozados en purpurina, destellos brillantes y lentejuelas mientras todos a mi alrededor se lían y follan en la mesa entre la carne y pescado. Me los imagino haciéndose manitas, piececitos y esas cositas. Y yo, mientras, esperando a que mi mano izquierda se duerma lo suficiente para acariciarme el muslo sin sentir lástima.

Ya sé que esto no pasará. Lo del bolso, claro. ¿Purpurina yo? Lo otro no lo descarto. Yo lo haría.

Es mi primera vez y esta puntita ya me está doliendo. Pasé muy dignamente de la mesa de los niños a la de los mayores y casi sin darme cuenta casi caigo de rebote en la de los solteros. Qué horror. El primo friki, el amigo salido, la vecina lesbiana y yo.  Odio la mesa de los solteros porque parecemos calcetines sin pareja, piezas de puzzle que sobran, somos como la primera rebanada del pan de molde siempre descartada, el medio limón reseco en la nevera. Animalicos.

No sé. Yo he visto muchas películas románticas (MUCHAS) en las que ellas contratan un maromo y al final se enamoran. O se lo contratan otros y se enamoran igualmente aunque ella descubra el engaño. O se enamora del novio. Pero nunca, NUNCA he visto una película de amor que surja en el convite de una boda mientras se baila el Sarandonga por tercera vez.

Mi madre me diría “mejor sola que mal acompañada”.

Mi amiga que “si vas sola es porque quieres”.

Mi abuela eso de “a ver cuando te casas tú porque a este ritmo no llego”.

Y yo me digo “PAULA: barra libre”. Porque la situación me hará beber como un hombre para no sentir la ausencia de uno.

Celebremos el amor.

Y bebamos para olvidarlo.

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Chin, chin.

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