Se va. Se fue. Se ha ido.

Se va. Se fue, aunque con puntos suspensivos. Se ha ido.

Mañana vuelvo a casa. Después de dos meses.

Me imagino llegando a casa, recordando lo que escribí sobre si él ya no me esperaría en la puerta. Y me imagino que no está. Que no me espera. Que lo que escribí está ahí. Está sin estar. Curioso.

Me imagino llegando a casa y cumpliendo mi rutina. Abrimos la puerta de la entrada y yo dejo la maleta en mitad del pasillo. Le busco en la cocina y allí está. Sorprendido. Se alegra de verme, lo sé. Me recuerda. Le digo cosas que posiblemente no entienda pero le gustan. Cojo la maleta y me sigue hasta la habitación. Jugamos en la cama. Nos dejamos querer. No hay prisa. Salimos a pasear como lo hacíamos antes de huir a Madrid. Respiro y noto la sal del mar en el aire. Miro la luz encendida de mi casa entre los arbustos.

Me imagino volver a casa después del paseo. Mi madre me cuenta alguna anécdota para justificar que él sabía que yo vendría. Que se pasó toda la tarde en mi cuarto. Que durmió la siesta sobre algún suéter mío. Que le decía mi nombre y se iba a la puerta. Mil cosas. Ya os lo dije. No mentí. Él me espera sin saber que llegaba. Me esperaba.

Pero sólo me lo imagino porque prefiero no pensarlo.

Me escuecen los ojos.

sultan

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