Veneno de selfiente

Entro en la sala y las sillas ya están colocadas en círculo. Hay dos termos en un pupitre al lado de la puerta y una bandeja con dulces rancios. Me sirvo un café con leche en un vaso de plástico. Miro las pastas resecas (intento darles una oportunidad, no he merendado) pero no cojo ninguna. Aquí empieza la terapia.

El grupo lo formamos gente variopinta. Hay tres famosos, cinco adolescentes, una gogó de Pachá y una persona que parece normal que soy yo. Antes de sentarme en el círculo, dejo el móvil en la cesta de la entrada como ya nos indicaron que hiciéramos el primer día.

Hoy hace un día de primavera precioso pero han bajado las persianas. Luz de nevera. El sitio es deprimente. Las sillas son de plástico y los posters de las paredes de 1996. No hay nada fotografiable. Más terapia.

El maestro de ceremonia nos mira con compasión y nos agradece que no hayamos abandonado tras la primera sesión. Las cinco adolescentes están con las manos unidas y forman una trenza de espiga. La gogó me mira de reojo y me sonríe. Yo sólo veo boca. Mucha boca. Y tetas. Muchas tetas. Mogollón de tetas. Dos de los famosos siguen con las gafas de sol puestas. El otro mira el reloj como si el problema no fuera con él y perdona que revele tu identidad JUSTIN BIEBER, pero tú eres la más puta aquí.

El tipejo me mira y me invita a hablar la primera. Qué putada esto de parecer normal. Me hace una retahíla de preguntas muy intensas. Yo también me hago preguntas mientras le miro la bragueta abierta. ¿Qué hago aquí? ¿A qué coño he venido? ¿En serio tengo un problema? ¿Es usted poeta?

Me termino de un trago el café con leche, me pongo detrás del atril improvisado e imaginario y suelto un coñazo hablo para todos mis compañeros.

***

Queridos hermanos amigos desconocidos. Tenemos un problema. O eso dicen. Nos ponen etiquetas. Se ríen de nosotros. Nos juzgan por lo que hacemos. Y eso que tuiteamos menos que el resto. Ponemos muchas menos fotos en Facebook que el resto. Conseguimos menos alcaldías en Foursquare que el resto. Subimos menos pies en Instagram que el resto. ¿Por qué somos una lacra social, queridos amigos desconocidos? Yo no lo entiendo. No entiendo nada. ¿Realmente estamos tan mal de la cabeza? ¿Corremos el riesgo de sufrir problemas mentales en un futuro? ¿Los tenemos ya? ¡A tomar por culo la gente! Entiendo a los haters de los selfies. Pero, ¿qué es lo que les molesta? Los selfies son una extensión más de nuestros tweets, de los ‘Me gusta’ que regalamos a otros, de las canciones que escuchamos en Spotify en sesión no privada. Son las fotos más sinceras y transparentes que he visto nunca: estoy así, aquí y ahora. Con un poco de pose, sí, ¿y qué? Esa gente (señalo muy dramáticamente hacia la ventana) no sabe con qué meterse y lo hace con nosotros. Con los que muestran su careto y les da igual lo que la gente pueda decir de ellos. ¿ME OYE SEÑORA DOCTORA TAILANDESA?. No estamos locos hostiaya que sabemos lo que queremos. Vive la vida igual que si fuera un sueño pero que nunca terminPerdonad, se me ha ido. ¿Dónde estaba? Ah sí. QUE LA TAILANDESA ES FEA Y SU CARAPAN NO CABE EN LA PANTALLA DEL MÓVIL. ¿Pues no va y nos dice que los selfinianos podemos convertirnos en una generación “sin liderazgo”, de personas “simples” sin “capacidad creativa e innovadora”?. USTED SEÑORA, TIENE UNA HOSTIA EN ESA CARAPAN NO SABE. Hay algo que une a todos dignos de la fotografía y es defender que estas fotos son basura, que no aportan nada. Y yo me pregunto, ¿qué cojones aportan las fachadas de colores, las bicicletas apoyadas en una pared de ladrillo caravista, los platos con fruta de temporada y las dos latas de cerveza apoyadas en la arena? Digo yo. Y no es mucho peor (por no hacerse una selfie) pedir a alguien una foto mientras tú miras hacia otro lado? En plan ‘ay, que me han pillao’. Y oye, que para haberme pillao, mira que bien salgo. NAH. La gente cree que hacerse selfies es como autoinyectarse veneno con el que te vas muriendo socialmente. Pero el veneno de selfiente no mata.

***

La gogó me aplaude. O aplauden sus uñasgarra postizas, no sé. Dos adolescentes están casi llorando (pero creo que es porque Justin Bieber tiene un moco colgando y lo quieren chupar), la otra mira hacia abajo y retuerce con malestar su pulsera de gomitas de colores (quizás está embarazada). Justin Bieber asiente como diciendo ¡Amén hermana! (no descarto que vaya drogado) pero yo no me siento satisfecha.

Abandono compungida el atril imaginario, bordeo el círculo de sillas rozando con la punta de mis dedos la melenica planchada de Justin y rescato mi móvil de la cesta. Pero antes de largarme, me quito la banda de raso fucsia de Miss Selfie 2014 y se la lanzo a la gogó. ‘Por lo menos te tapará una teta en Ibiza’, pienso. Le guiño un ojo. Me lanza un beso. Le miro las tetas. Mogollón de tetas.

Abro la puerta, me giro y les digo: “FOTOOOOOOO”.

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