Zanahoria, huevo o café

Domingo en La Latina. Hace sol. No espero nada.

“¿Y tú qué eres: zanahoria, huevo o café?” No entendí nada. Pensé en el truco y no en la respuesta. Siempre lo hago. Y me pierdo cosas. Pero sobre todo, me pierdo yo. No sé. Me gustan las tres cosas. Sospeché que la pregunta tenía que ver con ser vegetariana, comedora de huevos o cafeinómana. O con qué cosa me quedaría si sólo pudiese comer de una. Y yo qué sé.  Y efectivamente, no sabía nada.

Agua hirviendo. Un contexto líquido que parece que no puede ir a más pero lo hace. Parece que siempre está rozando el límite pero lo supera. Y en el fondo no nos sorprende. Eso es lo peor. Vemos el agua hirviendo y nos da igual. Si pasas de lejos sólo te llegará el vapor, algo de calor. Como te toque de cerca, te quemas. Ardes. Te duele. Como ahora. Como pasa ahora. El agua hirviendo es nuestro presente. Nuestro terrero de juego. Nuestro ring. Nuestra olla a presión.

Y ahora es cuando tienes que elegir.

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La zanahoria llega fuerte, rígida, dura pero al ponerse en contacto con el agua hirviendo se ablanda. No se hace pequeña pero sí débil. Se ablanda. La tocas y se rompe. La recuerdas mucho mejor antes. En parte te decepciona. Y en parte, se veía venir.

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El huevo llega aparentemente protegido pero su interior está nervioso. Tiembla. Sin embargo, cuando cae en el agua hirviendo, se va moldeando dentro de su fino caparazón. Se hace robusto. Podría estar en esa agua hirviendo toda la vida. Sabe que puede. No pasará nada.

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El café llega irreconocible. No se puede hacer nada con esos granos de café. No parecen ser muy útiles. Podrían ser piedrecitas marrones en mitad de un camino. Y lo son. Son las piedras del camino. Las que hacen el camino. De hecho, los granos de café son los que cambian el agua al mezclarse. No se someten. Mejoran el sabor y el olor del agua. Cambian. Y hacen que algo cambie. Lo hacen.

 

El agua hirviendo lo puede transformar todo. Y así lo hará.

El agua hirviendo está aquí. Y la ebullición acaba de empezar.

¿Y tú qué eres? O mejor, ¿en qué te quieres convertir?

 

Domingo en La Latina. Hacía sol. No esperaba nada. Pero llegó.

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