Amanece en Chile

Amanece en Santiago de Chile cumpliendo treinta.

Siempre que digo su nombre a otra persona, tengo que repetirlo porque no lo entiende. Yo creo que tampoco lo entendí ni siquiera a la tercera. Pensaba que era un alias o su nombre artístico. No recuerdo el momento en el que fuimos oficial y oficiosamente amigas. No formo parte de ninguno de sus grupos ni ocupo el primer lugar. Hay un vacío histórico entre nosotras. Tiene el pelo más bonito que yo, es más alta que yo… Todo lo que te imagines, ella más. Me dice que me quiere casi todos los días. Me dice que sonría mucho. Me dice que estoy guapa, que coma sopa, que lo haga si me apetece, que no me enfade, que le prepare magdalenas cuando vuelva.

Antes de que se fuera, nos despedimos dos o tres veces. En una de esas, le regalé las dos pinturas más feas que creo haber hecho jamás. No sé. Le podría haber regalado una pulsera, una foto, un libro para el avión, un bote de mermelada casera, yo qué sé… cualquier cosa menos esos dibujos de niño de 3 años. Pero lo hice. Y aún me sigue queriendo.

Me llevó a Brasil sin rechistar, me hizo fotos, me puso a bailar, me enseñó las mejores playas, me subió a lo más alto, a lo más verde y lo mejor, es que siempre podré decir: yo estuve allí. Con ella.

Casi todos los días me pregunto qué hace ella conmigo y por qué me quiere así. Casi todos los días la quiero pero no se lo digo.

Felicidades V.

Hoy sí te lo digo bien fuerte. Que se despierten en Chile aplaudiéndote. Que te den muchos abrazos. Y que nunca te falte vino. Nunca, nunca, nunca.

Que te quiero weona.

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