La muerte

Imagínate. Me muero en media hora. Una maceta con un aloe vera de diez años me cae desde un tercer piso. Me atropella el 148 en un paso de cebra. Que probándome un sujetador en Oysho me explota el corazón de la presión. Que me caigo en una alcantarilla abierta. Que me clavan una espada láser por Gran Vía. Que me arranca la cabeza un zombie captador de una ONG en la puerta del Fnac de Callao. Que me atraganto con una croqueta gigante de jamón. No sé. Imagínate.

Imagínate. Me iría de este mundo dejando huérfano a un perro adoptado y en plena adolescencia, con dos plantas sin regar y con el baño por recoger. Las New Balance en mitad del salón, dos bufandas encima de la silla del comedor, el cargador del móvil enchufado y un cuadro por colgar.

Me moriría teniendo una lavadora llena de ropa sucia, con media tarrina empezada de Philadelphia, con un aguacate demasiado maduro, con un brik de zumo de manzana abierto y medio paquete de galletas sin pinza. Siete rebanadas de pan de cereales. Dos vasos en el fregadero sin fregar. Un salmón descongelándose para hacer sushi.

Me moriría para siempre sin despedirme de ti. De nadie. Sin decirte nada. Ni hola ni adiós ni lo siento, ni bien ni mal, si más, si menos, si hoy no, si mañana ya te llamo yo. Me iría dejando cosas aplazadas que posiblemente nunca llegaría a hacer. Me iría como quien se va de fin de semana. Me moriría y mi último pensamiento habría sido «menuda siesta me voy a echar». Y sí, no me equivocaría.

Me moriría sin volver a mi casa. Sin decirle a mi abuela que no, que aún no tengo novio pero que tampoco tengo prisa. Sin hacerme un selfie con mi perro nuevo, sin decirle a mi madre que me coja hora en la peluquería para el sábado que viene. Sin decirle a mi padre que me hinche la rueda trasera de la bici. Me moriría sin hacer un último Skype con mi hermano mientras yo ceno y él, al otro lado del charco, almuerza.

La muerte me pillaría sin saber si sería él u otro. Si sería de Valencia o de Bilbao. Si al final tendré tres hijos o ninguno. Si me quedaré en Madrid para siempre. Me moriría sin saber cómo pasar las fotos del iPhone al ordenador, sin instalarme la nueva versión de Java, sin comprarme la botas negras que estaba buscando. Y sin tomarte el café sorpresa del viernes en Cafelito.

Imagínate, me convertiría en polvo sin conocerte. Me moriría y la cama sin hacer. Me iría a la mierda eterna sin dejar mis libros a nadie, sin escribir el mejor post de mi vida. Y lo peor, me moriría llevando una coleta y una carrera en la media.

Yo por si acaso me he venido a Cafelito a tomarte café, que nunca se sabe.

cafe

7 comentarios en “La muerte

  1. Que sepas que fui a Cafelito por leer tu blog y pregunté a esos dos tipos locos 😉 por ti. Eres tan lista y ocurrente como una amiga mía que murió, así como cuentas aquí, de repente, dejándonos a todos con la palabra en la boca. A ella le hubiera encantado leerte.

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      1. A mi me ha dado por ordenar y revisar todas mis carpetas de papeles, fotos y recuerdos. Será para no dejarles a los que vengan tanto lío…. y total, si lo van a tirar todo… Malditos!!!!

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