Dime qué café tomas y te diré cuánto te quiero

1

Algo había          El café con leche nos permitía estar juntos más tiempo, teníamos una excusa real para quedarnos allí y hablar sin tener de qué hablar. Para ti, un sobre entero de azúcar que terminabas esparciendo por toda la mesa. Mientras caía en cascada toda esa arenilla blanca te preguntabas por qué era tan difícil endulzar el resto de tu vida. Para mí, su galleta de caramelo. El café con leche se nos enfriaba de tanto mirarnos a los ojos. Yo le tocaba el pelo, le apartaba esa cortinilla despuntada de los ojos y él me tocaba el brazo como si tuviese bajo sus órdenes a un ejército de hormigas que avanzaban en espiral.

2

Algo estaba pasando          Cada vez teníamos más prisa. Estábamos bien allí pero ya no teníamos ganas de hablar por hablar. Éramos breves. Tu medio sobre de azúcar blanco y mi medio sobre de azúcar moreno se tocaban en la mesa y nos miraban preguntando por qué nosotros no. A veces nos quemábamos la boca por querer huir de allí. Era lo único que nos quemaba. Apretábamos los labios sin llegar a sonreír, casi como una mueca de circunstancia. Queríamos algo más… o mejor.

3

Algo iba mal          Yo solo quería dormir. Él tenía los ojos muy rojos y muy abiertos y no paraba de pensar. Movía las rodillas sin ningún ritmo. Ya casi ni hablábamos y yo detrás de esa taza con manzanilla solo quería llorar. Dormir y llorar. Llorar hasta dormirme o dormirme por no llorar. Un sobre entero de azúcar moreno en la manzanilla que contrastaba con lo salado del mar que teníamos detrás de la cristalera. El camarero nos miraba y echaba de menos a los dos de antes. Pero nosotros ya no.

4

Algo no iba          Él con un café solo ya frío dibujando espirales en una servilleta mientras el flequillo le tapaba los ojos. Una galleta de caramelo sin empezar y un sobre de azúcar sin abrir. Yo pasaba cada tarde por delante de la cristalera y miraba de reojo hasta que alguien me empujaba tocándome el culo y me invitaba a una cerveza.

5

Algo pasó          Nos cruzamos una mañana en aquella cafetería, me preguntó cómo me iba y yo solo atiné a decir «un café con leche para llevar». «Dos», dijo él. «Tres», dijo alguien más a su lado. Me ofreció un sobre de azúcar con la intención de rozarme los dedos pero negué con la cabeza. Una espiral tatuada en su muñeca y el pelo más corto que nunca, sin flequillo que apartar. No pude mirarle a los ojos por si se me enfriaba el café.

6

Algo y nada          Me compré la primera cafetera italiana que vi en la estantería. Tendrás café para tres, me dijo el señor. También me compré un termo y café de Kenia. Ahora cada mañana pongo la cafetera y lleno el termo con café para tres, me bebo lo mío, lo tuyo y lo nuestro.

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