Victoria

«Llego en 15 minutos». La odié. Me acababa de enroscar en el sofá, había conseguido crear un microclima perfecto bajo la manta. Maldita sea. Y yo con las medias bajadas. Resoplé y me odié. Me envió otro whatsapp. Ya estaba en la puerta. Murmuraba enfadada  mientras me subía las medias. Con las prisas, intenté meterme las zapatillas con los cordones sin desabrochar y me puse de peor humor. Otro whatsapp. Que si subía otro piso. Esta chica es tonta. Salí al patio despeinada y pisándome los cordones de las zapatillas. La vi llegar cargando con la maleta en lugar de llevarla arrastrando. Caminaba rápido. Demasiado rápido. Era brusca. Es del norte, pensé. Y llevaba un sombrero. Me rasqué la barbilla para que no se me notase que la estaba juzgando y de pronto, como de una zancada ya estaba a siete centímetros de mí. ¿Pau, no? Sí. Yo. Me puso nerviosa. No nos dimos dos besos al saludarnos. Solo nos miramos. Era una mezcla entre quererla matar y … algo extraño. «Caerás», me dijo mirándome las zapatillas. Ahá. Me saqué del bolsillo de la sudadera un juego de llaves y como en las películas, me cogió la mano para cogerlas. Y yo sin poder dejar de mirar ese maldito sombrero negro de amazona. Ese momento fue terriblemente lento.

Esa es mi habitación y aquí duermes tú, el baño está allá. Te he dejado unas toallas grises en la estantería. Aquí está la cocina, si te apetece puedes coger cualquier cosa de la nevera. Hay zumo y… bueno, mierdas. Yo estaré por aquí pero si necesitas cualquier cosa, escríbeme un whatsapp. 

Mientras le daba las instrucciones, se sentó en el suelo de la habitación y empezó a sacar cosas de la maleta como si acabase de llegar a casa. Y ahí seguía con el puto sombrero negro puesto. Salí de la habitación y me tumbé en el sofá. Me quité las zapatillas sin desabrochármelas, intenté cerrar la manta herméticamente y le di al play. No había leído la primera línea de subtítulos cuando apareció ella preguntándome cosas. Dios. Con el maldito sombrero aún. Airbnb nunca más. Intenté hacerme la simpática pero ¡sorpresa! no me salió. Debió darse cuenta porque caminó hacia atrás y desapareció. Miré de reojo aliviada. Puto Airbnb…

Me levanté a beber agua. Debían ser las tres de la mañana y ella intentaba abrir la puerta. Mierda. Nos teníamos que cruzar. Apagué la luz de la cocina y me quedé allí haciéndome la invisible. Mierda, mierda. ¿Pero esta tía no estaba durmiendo? Debí asegurarme antes de ir a la cocina en bragas y calcetines.

Yo seguía apoyada en el fregadero de espaldas a la puerta. La única luz que entraba por la persiana formaba lunares en mi espalda. Tragué el agua que aún aguantaba en la boca por miedo a hacer ruido y escuché la ducha. Corrí por el pasillo como una adolescente en celo. O algo así. No, en realidad no corrí por el pasillo. Me quedé en la cocina. De pie. Con las manos sobre el fregadero viendo la silueta de Victoria por la pequeña ventana. Los brazos en triángulo masajeándose la cabeza, haciéndose espuma, escurriéndose el pelo. Mojadísima. Los codos como flechas. La boca entreabierta. La suya. Y la mía.

Apagón. La luz residual que entraba de las farolas desapareció. La lucecita roja del horno desapareció. La bombilla verde parpadeante de la lavadora sin tender desapareció. La silueta desapareció. El agua caliente desapareció. Ella desapareció.

Y apareció en la cocina.

ducha

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