Siroco

No sé si me enamoré de verdad alguna vez pero que estuve muy, muy cerca sí lo sé. Creo. Siempre me eché la culpa por no insistir, por no decir que quería más, por no decir que me había enamorado fuertecito. Creo.

Pasaron los años pero él no pasó. Pasaron algunos por mi cama pero él no pasó. Intenté pasar de él pero eso no pasó. Pasaron muchas cosas pero lo que tuvo que pasar… no pasó. Aún me sigo repitiendo «ya pasó», pero no. Pasó por mi vida y se quedó.

¿Sabes eso de… repetirte muchas veces algo mientras el eco que resuena dentro de ti repite justo lo contrario (ya no-ya no-ya no-mentira-mentira-mentira)? ¿Sabes eso de que crees que ya no pero sí, claro que sí? ¿Sabes eso de no saber si estás enamorado de alguien o de su recuerdo o de lo que coño que sea eso que te remueve?

Logré una calma ficticia. Mi vida era como lago canadiense rodeado por camino llano pero de repente llegaba él. Volvía a mí como una ventisca brusca y un oleaje congelado del norte y me lo destrozaba todo, me llenaba el camino de piedras que esquivar y con las que tropezar. Y yo por supuesto, tropezaba encantada. Su viento me empujaba y yo…  por supuesto que me dejaba.

Hace un tiempo lo decidí, quería viento y piedras. Quería su viento y sus piedras. Quería abrir las ventanas y que él pasara. Quería recorrer sus caminos irregulares. Por mucho que el viento me diese dolor de cabeza, por mucho que me doliesen los pies… Lo tenía decidido. Era eso lo que quería.

Sin embargo lo que recibí fue una masa de aire caliente de África y micropartículas de arena arrastradas desde el sur.

Un puto siroco que te aprieta por dentro, que te presiona desde fuera. Ese siroco que te impide respirar, que te quita las ganas, que te deja en el sofá mirando inmóvil a la nevera. Y allí estaba yo, masticando polvo en mitad de una tormenta de mierda. Y allí me quedé, sentada en el suelo delante del ventilador buscando aire fresco.

Aire caliente cuando yo solo quería frío polar y unas zapatillas llenas de granos de arena asquerosamente diminutos que se convertían en una molestia ridículamente insoportable.

Él sigue soplando viento fresco pero hacia otra dirección que no soy yo. Él sigue poniendo piedras en el camino mientras le da la mano a otra para que pueda caminar mejor sobre ellas.

Yo sigo reconstruyendo mi lago canadiense en el centro de Madrid mientras esquivo su polvo rojo como si esto fuese Matrix.

siroco

 

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