La luz al final del túnel

Esta noche me he despertado de golpe como solo lo hacen en las películas cuando salen del coma. Los ojos se abren tanto y de forma tan coreografiada, con tanta fuerza y exactitud, que ese momento parece parte de una exposición de natación sincronizada o de gimnasia rítmica. El globo ocular podría empezar a girar si no estuviese bien sujeto. Las pestañas tiemblan y se preguntan qué hacer.

Yo quizás estaba en coma. No recuerdo nada. Estaba todo muy oscuro y me costaba ubicarme y entender si estaba mirando al techo o al suelo. Sonaba una gota cayendo en bucle que intuí que venía del gotero de Nolotil y una micro ventisca repetitiva que asocié rápidamente a la máquina de oxígeno. Sin querer y sin ni siquiera poder, salí de la cama. No recuerdo destaparme o apoyar los pies. No recuerdo moverme. No recuerdo caminar. Ni siquiera recuerdo estar viva, muerta, despierta o dormida. Estaba todo muy oscuro.

Juraría que tenía los ojos cerrados pero tampoco lo recuerdo. Avanzaba suave por la habitación e inexplicablemente ningún objeto se interponía en mi camino. Me sentía bastante débil, eso sí lo recuerdo. Y la boca muy seca, mucho. Me sentía vacía por dentro como si me hubiesen preparado para disecarme. Los brazos parecían extenderse hasta el suelo y las piernas cada vez se me doblaban más. Pero yo seguía.

No tenía ruta ni itinerario pero sabía muy bien cuál era mi destino. Algo resplandecía allí al fondo aunque yo seguía sin poder abrir bien los ojos. Ya no escuchaba el goteo ni el acordeón oxigenante. Ya no recordaba qué hacía allí. Extendí el brazo derecho y toqué fondo. O fin. O frente. No sé. ¿Y si aún seguía tumbada y en coma en aquel colchón? Abrí un poco los ojos, guiñé primero el izquierdo y luego achiné los dos. Todo era negro con pequeños reflejos como destellos. Aquello parecía una galaxia. Definitivamente estaba muerta. O con suerte, muriéndome.

Cada vez la luz era más fría y el resplandor disminuía cuanto más me acercaba. El reflejo directo ya no me dejaba ver y volví a cerrar los ojos. Alargué casi sin querer el brazo izquierdo sin saber muy bien qué pretendía alcanzar. Algo me rozó los dedos. Por un momento pensé que sería San Pedro el Guardián de las Puertas del Cielo. Pero yo. En el cielo. No.

Abrí la mano, intenté palpar y encontrar algo de realidad en todo aquello. Toqué. Toqué algo duro. Volví a pensar en San Pedro pero sabía que no podría ser. ¿San Pedro es un ángel (con lo que eso conlleva)? ¿Los santos se empalman? ¿Se alegraba de verme? Estaba muerta. Tenía mucho tiempo para reflexionar. Qué más da.

Toqué duro. Agarré con fuerza y me lo llevé a la boca. No sabía si estaba en el cielo pero aquel trozo de queso me supo a gloria.

Estaba muerta, pero de hambre. Encendí la luz de la cocina, bajé más las persianas para que no entrasen más circulitos de luz por sus rendijas, cerré la ventana para no escuchar como goteaban los restos de lluvia y silenciar el poco viento que manoseaba a los árboles. Volví a la cama. Volví a cerrar los ojos. Ahora sí, por fin estaba en paz.

¿Y si esa luz al final del túnel es en realidad una nevera abierta?

Mario-1978

Un comentario en “La luz al final del túnel

  1. Qué susto Kuluska, al principio pensé que habías tenido un accidente! Como hace tiempo que no escribes… Me alegra que esa luz al final del túnel fuera sólo la de la nevera.

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