De quejarse también se sale

Yo estaba muy enferma. Es probable (sé) que aún no me haya curado del todo. Los síntomas siempre eran los mismos: sentía que me explotaba la cabeza, que el estómago se hacía un nudo, tenía tics en los ojos. Apretaba la mandíbula sin darme cuenta y la respiración a veces se me aceleraba y otras, la mayoría, me quedaba sin aire y tenía que respirar muy, muy hondo. Sin embargo yo me sentía bien, no me imaginaba viviendo de otra manera.

Me autodiagnostiqué, eso es cierto. Al menos no busqué en internet, no me hizo falta. Desgraciadamente todo estaba demasiado claro. Me hice una autopsia previa a la muerte para saber qué era lo que me iba a matar. Morirme de eso ya sabía que no, pero matarme por eso era lo más probable.

Pese a todos estos indicios, no me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que, como siempre pasa, vi en otra persona la misma afección mortal. Sin duda, como siempre también (crees que) pasa, esa persona estaba claramente peor. Seguramente declarada terminal. Se notaba. Sus ojos no brillaban, tenía la cara más desencajada de lo normal… pero sobre todo se notaba en cómo le miraba la persona que tenía enfrente. Y créeme, sé cómo te miran cuando estás a punto de joderla. Es una mirada sin esperanza y con pena. Un vistazo cargado de rabia. Supongo que el que te mira sabe que en algún momento pudiste salvarte pero no lo intentaste. O no lo estás intentando que es peor todavía. Es una mirada nada cómplice porque en el fondo, te alegras de no ser tú esa persona.

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Pero salí. Salí de esa mierda y todo porque empecé a verme reflejada en otra gente, cada vez en más y más gente. La epidemia se estaba expandiendo, nadie estaba a salvo. Pero salí. Salí de la mierda. Dejé la droga de la quejaína. Prometí no quejarme más tanto. Escapé del bucle quejica en el que me había metido. Dejé de quejarme. Salí. Estoy saliendo. Me costó (y me cuesta) porque no es fácil. No es lo más sencillo del mundo estar conforme con todo en un mundo en el que lo normal es no estar de acuerdo con nada.

***

El otro día llovía (no importa) pero el olor a café del bueno, a pan de cereales tostado y a naranja recién exprimida lo compensaba. El aire susurraba alguna canción sin importancia y mi perro se estiraba como si estuviese en clase de yoga. Me pregunté si existía algo más maravilloso que el silencio matutino, el no madrugar y poder desayunar (varias veces) sin prisa. Me puse a pensar en lo fácil que era ser feliz con solo un café un sábado por la mañana.

Pues por lo visto no. Para ella parecía que todo aquello no era suficiente. Todo restaba. Venía con su dosis de quejaína tomada de casa, entró y miró mal el lugar, se quejó del silencio, del café que no estaba hirviendo, del pan que no estaba tostado por igual y que el zumo llevaba demasiadas vitaminas.

En su misma mesa, justo enfrente de ella, aguardaba un apuesto hombre recién duchado con la taza de café entre las manos que la miraba como antes me habían mirado a mí: pidiendo a gritos que nos callásemos un rato. 

Quejarse es un derecho, no una obligación. 

#haysalida #sísepuede #drogasno #cállateunpoquito

 

 

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