Descansa

No había bajado del coche cuando me dijeron que ya no.

Bajé corriendo la cuesta que va de mi casa a la suya. Cuántas veces había bajado esa cuesta deseando verla un verano más. Cuántas veces me caí bajando esa cuesta y volví a casa con las rodillas sangrando. ¿Cuántas veces me quedaban por bajar a su casa?

Mi abuelo abrazaba a mi abuela que intentaba no volver a llorar. Ambos me miraban bajando la cuesta sabiendo que esta vez  yo no llegaría a tiempo porque aunque allí seguía, posiblemente ya se había ido.

La pequeña barca se acercaba lentamente y yo me quedé inmóvil en el borde con las zapatillas bañadas en barro. Un escalofrío me recorrió la cabeza porque nunca antes había vivido un momento igual. Nunca había sentido algo parecido. Jamás me había parado a pensar cómo sería estar en esa situación. ¿Alguna vez te has dejado el aliento para ir a despedir a alguien que pensabas que ya estaba muerto y de repente, lo ves ahí, aún vivo, sabiendo que tendrás que despedirle… pero de verdad? Pues allí estaba ella. Despierta. Viva.

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Salió por su propio pie de la barca con un chandal viejo y la coleta floja y caída. Cabezona como yo, se empeñó en dar una vuelta tumbada mirando al cielo. De pequeñas nos tumbábamos en la barca amarrada y nos preguntábamos si detrás del cielo había algo más, si habría casas, lagos, barcas. Nos preguntábamos si al llegar al cielo hay alguien que te pide papeles o si tienes que llevar dinero en el bolsillo para poder comprarte al menos algo de cenar.

Me abrazó sin fuerzas (o sin ganas) sabiendo que yo estaba en ese lugar y en ese exacto momento porque pensaba que ya nos había dejado para siempre. Caminó arrastrando sus piernas y se metió en casa. Se tumbó en su cama y se acurrucó.

Conseguí deshelarme y fui tras ella. Me apoyé en el marco de la puerta y allí estaba. Respirando. Viva. Me acerqué despacio apretando los dientes. «Tienes que quedarte, tienes que poder quedarte» le susurré. Ella tenía los labios cortados en mil rectas paralelas y sonreír era un verdadero suplicio, aún así, lo intentó. Lo intentó negando con la cabeza. Respiré hondo para evitar empezar a discutir o al menos, para no volver a soltarle mi discurso. «Quédate, no te vayas, sé fuerte, inténtalo, vamos…»

«Tengo frío, estoy cansada». Se levantó de la cama y me acarició la cara. Hizo un intento de caminar pero no supo continuar y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Fui a buscar una manta. El comedor seguía lleno de gente que al verme salir de la habitación se paralizó y se quedó sin respiración. «Sigue aquí», les dije (incomprensiblemente molesta) dándoles la espalda.

Tapé a mi mejor amiga y ladeó la boca dándome las gracias. Buscó una posición más cómoda y cerró los ojos. Yo seguía enfadada. Mucho. «Quédate un poco más, no puedes dejarnos ahora». Ella me miraba de reojo tan relajada que me daba rabia. Me repetía que quería descansar y que tenía frío. Yo la miraba fijamente y no la entendía, de verdad que no la entendía. Ya, ya sé que ni siquiera lo intenté. Ella allí, conmigo. No pedía tanto. Estaba bien, era lo mejor. Si tenía frío, yo la taparía. Si quería descansar, yo la dejaría dormir. Volví a llorar como lloré meses atrás sabiendo lo que vendría. Ella esforzándose como nunca se hubiese imaginado que lo haría se sentó en la cama, se puso la manta sobre los hombros, me cogió de las manos, me dio un beso en la mejilla justo encima de una lágrima recién brotada y susurró: «Vamos… si yo solo quiero descansar».

Por fin lo entendí todo. Dejé mi egoísmo a un lado. Dejé de pensar en mí sin ella, en mi vida con su vacío, en la ausencia de sus respuestas a mis preguntas. Dejé de suplicarle que intentase quedarse. Asimilé que aunque podía quedarse, ya no quería. La ayudé a recostarse, la tapé bien, como a ella le gustaba, hasta los ojos, le di un beso en la frente y le susurré: «descansa».

La vi sonreír. Me fui de la habitación. Se fue de la casa.

 

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