Escena 1: interior, día.

«Si quieres cuidarla, olvídate de ella».

No estoy segura pero juraría que ya había escuchado esta frase antes. Puede que incluso yo misma se la hubiese dicho a alguien sin mucha esperanza. La mía, no la suya. La pequeña diferencia, el sutil matiz era que en esta ocasión era yo la que debía obedecer.

Me quedé quieta frente de su padre. Las gafas se le empeñaban cada tres palabras por culpa de la mascarilla y a mí se me ladeaba la sonrisa sin querer.

«Olvídala, no es tan difícil de entender».

Y dale. Con mi mano derecha la agarraba y con mi brazo izquierdo sujetaba una pequeña bolsa con sus cosas. Estaba empezando a sudar. Ríos por mis manos, escote, bigote y espalda. «Nos vamos», le dije. Pero él seguía mirándonos queriendo retenernos como si de un truco de magia se tratase. La miraba a ella, me miraba a mí. La miraba a ella, me odiaba a mí. La odiaba a ella, me miraba a mí.

No fue fácil decidirme. Me gustan todas, bueno, muchas. Vivo sola y puedo permitírmelo. Pero estoy aquí. Comprometiéndome con una de sus hijas. No en plan casarnos pero sí cediéndole mi amor (una parte). Hace un tiempo, entraban y salían de casa antes de que cambiásemos de estación. Últimamente ya ni siquiera me las traía a casa. ¿Y si esto es un error? ¿Y si me agobio? ¿Y si ella quiere más conmigo y yo quiero más… pero con otras? ¿Y si no le gusta mi casa? ¿Y si lo nuestro no es más que un flechazo de Instagram?

Pero ahora no tenía escapatoria. Allí estábamos delante de su padre mirándonos por encima de las gafas y respirando fuerte.

– Mira, hagamos una cosa. Si algo pasa, ella volverá contigo. Si no pasa nada… seguiremos juntas, en mi casa. Mi piso es pequeño y apenas entra luz pero necesito tenerla conmigo. Desde la primera vez que la vi lo supe. No se preocupe. Voy a cuidarla bien. ¡Mejor que bien! Voy a acariciarle todas las mañanas, voy a susurrarle todas las noches. Voy a pensar en ella cuando antes solo pensaba en mí. Joder, voy a dejar que viva conmigo, que respire mi aire, que huela mis pretenciosas velas, que me vea bailando en bragas. Estará bien en casa. Nunca le faltará de nada. Prometo no atosigarle. Le daré su espacio.

– Pero…

– Entiéndalo, usted ya no es su dueño. Se viene conmigo.

Salí de la floristería de su padre eufórica aunque llena de miedos, dudando de si realmente cumpliría lo prometido. La miré de reojo y sonreí, aunque la mascarilla solo dejó ver unos ojos brillantes achinados.

Y la otra inmóvil, callada.

Normal, solo era una planta.

Bienvenida a casa.

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