Cítrica (1)

A veces disfruto de mi ignorancia y no sólo eso, también me regodeo en ella. Esto por un lado. Por otro, me gusta el cine pero no veo tantas películas como me gustaría. Suelo ir al cine solo para ver apuestas seguras o semiseguras, grandes éxitos que te hacen sentir bellísima persona. O para ver Ocho Apellidos Vascos.

Todo esto viene a cuento porque desde ayer hace tiempo me apetecía hablar sobre cine sin tener ni puta remota idea. Gente que habla de cosas haciendo como que sabe, hay mucha. Pero gente hablando de cosas sabiendo que sabe… bueno, también. Vamos, que yo digo sí. A lo que sea. Sí a todo. Todo el rato. Y muy fuerte.

Retomemos la seriedad. Ignorancia + Sueños incumplidos + odio genérico:

  1. No me gusta nada comentar la película saliendo de la sala de cine en plan ansias. Hay gente que ya pide opinión cuando me estoy quitándome el abrigo o incluso a los diez minutos de peli. Si me preguntas qué me ha parecido, te diré “me ha molado” o “menuda castaña”. Puede que también suelte algún ruidito tipo MEH o BUEH. Pero ya está. No me veo con fuerzas para destripar la sensibilidad emocional tan poco convencional en este mundo cruel pero armónico  del autor. Y porque normalmente tengo pis / hambre / sed / sueño al salir.
  1. No me gustan las críticas. A ver, no sobre mí. Que tampoco. Las de cine o las gastronómicas, por ejemplo. Prefiero no fiarme de un tipejo o de una señorita que se dedican a decir MEH o BUEH todo el rato y muy fuerte. Lo siento NO ME GUSTÁIS. Ni a mi madre tampoco. No sé. Quizás es que soy una crítica de críticos. Entonces tendría que odiarme. Ok. Challenge accepted.

 

Mi idea es la siguiente: Voy a escribir cosas movidas sobre una película solo viendo el título y/o el cartel o como muchísimo (tampoco quisiera que esto afectase a mi intensa vida personal y social) ver el tráiler. Hablar por hablar, vaya. Lo que hacéis vosotros pero en plan serio. Bueno, no. Justo lo que hacéis vosotros. Pero al revés. No sé si me explico.

(Esta toma no vale porque he visto la película)

Ayer fui a ver “Una pastelería en Tokio”. Ya, ya lo sé. Pudiendo ver Ocho Apellidos Catalanes, ¿qué mierda hacía yo un domingo lluvioso de invierno viendo esa película? Pues mira, no sé. Me gusta la repostería y Tokio. Y sí, sinceramente eso fue lo que pensé delante de la cartelera. Cerezos en flor, ollas llenas de judías rojas haciendo chup-chup, niñas disfrazadas vestidas de colegialas cual Seilor Moon, una abuelita que parece saber mucho de cocidos cocinar, miradas al infinito, street food… yo qué sé. Eso era lo que yo iba a ver.

Y bien. Efectivamente había cerezos en flor (SPOILER: en un momento dado de la película dejan de estar en flor), cacerolas haciendo chup-chup, colegialas que tienen una hostia con tanto gritito, etc, etc. Pero yo (viendo el cartel y el trailer) pensaba que la peli iría de una pastelería japonesa en la que un señor viudo, su hija lesbiana y una jubilada (que al final resulta ser la hermana de la madre del señor) hacen dorayakis felizmente, bueno, no tan felizmente. Hacen dorayakis. Punto. Pero un día se quedan sin dorayakis y la viejecita se saca un tupper del bolso con masa de croquetas de cocido japonés. El tipo la prueba y dice: «a tomar por culo los dorayakis y la tienducha esta de mala muerte, apostemos todo nuestro dinero y vendamos croquetas en un food truck». Pero claro, no tienen dinero y nada, tienen que seguir vendiendo putos dorayakis. Hasta que un día aparece el Juan Roig japonés y les dice que donde está su corner van a poner un Mercadona japonés y que les han estado vigilando y el Hacendado japonés tiene la receta y mañana mismo ofrecerá dorayakis marca blanca. Justo en ese instante echaron la foto del cartel.

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Esto que acabo de hacer es justamente lo que no haría, ¿vale? Ver la peli, digo. Imaginarme movidas sin ver la película sí, desde luego.

Quería llamar a esta nueva sección «Cuñada de cine» pero prefiero guardar este título para una posible comedia romántica. De momento, lo dejamos en «Cítrica». Es un homenaje a la crítica cinematogrA QUIÉN PRETENDO ENGAÑAR. Básicamente es porque al leer esto te quedas con cara de haber chupado un limón.

Yo también me pregunto qué hacéis aún aquí. 

Qué cítrica soy, joder.