El viaje de las 2,800 millas

Veintidós días. Cuatro estados (California, Arizona, Nevada e Illinois). Más de diecinueve paradas. Nueve camas diferentes. Más de quince grados de diferencia en un solo día. Desierto y bosque. Lago y mar. Túneles y puentes. Un precioso Camaro negro descapotable. Dos almas errantes. Y un total de 2,800 millas.

Meses antes de subirnos al avión destino VACACIONES Los Ángeles, leímos (aprox) siete millones de artículos y blogs que hablaban sobre ese mítico viaje en coche por la costa oeste. Por lo visto, no éramos los primeros en tener esta gran idea…

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Buscamos, leímos, preguntamos, comparamos y después, lo hicimos todo al revés. La ruta «típica» que te encontrarás posiblemente sea esta:

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La cual respetamos pero no compartimos. No fue nuestra elección. ¿Desde cuándo las costas se bajan? ¡Las costas de toda la vida se recorren subiendo! (esa es mi teoría, tengo otras pero son de pago) Y así fue como todo lo que buscamos, leímos y comparamos no sirvió para nada. Por eso esta guía es única y sobre todo, indiscutible. 

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[ Si eres de esos viajeros pro que con su calendario, sus horarios y sus paradas previamente configuradadas, definitivamente esta no es tu guía. Sorry. PORQUE ESTA ES UNA GUÍA PARA ALMAS LIBRES. Not sorry]
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La aventura empezó en Los Ángeles y subió hasta el fondo (San Francisco) a la derecha (Lago Tahoe) para luego bajar todo recto (Vegas) y volantazo a la izquierda (Los Ángeles). Básicamente. 

Como Estados Unidos es re-infinito y tan solo deambular por la costa californiana te llevaría más de un mes, deberás priorizar si lo que tienes son dos/tres semanas para hacerte una gira de rockstar en condiciones. Y como es difícil priorizar cosas de las que no tienes feeling o no has visto: TIP#1 estructura el viaje en grandes bloques.

Nuestro viaje lo organizamos en dos grandes etapas tan básicas que dan risa y por las que me podrían quitar el carnet no homologado de guía turística: (1) subir de Los Ángeles a San Francisco y (2) bajar de San Francisco a Las Vegas, para volver y terminar en Los Ángeles. Nosotros además tuvimos bonus track y volamos de Los Ángeles a Chicago, pero ese es otro tema porque Chicago de costa oeste tiene lo mismo que Ciudad Real.

Dentro de cada bloque, está bien establecer varios «campamentos base» y (aquí TIP#2) reservar lo antes posible (sobre todo si viajas en verano) todo aquel alojamiento que será parada obligatoria. Ir sin ningún alojamiento puede ser una aventura inolvidable por molona o porque te sale una maldita úlcera si vas a sitios con un solo motel en 200 kilómetros. TIP#3 Si vas a alquilar coche, hazlo también al menos un mes antes, no por falta de coches sino por posible falta de billet€s si te esperas a última hora.

Por lo demás, para donde la cabeza, el corazón, el estómago, el olfato o incluso el gps te diga. Lo bonito de un viaje así es poder hacer lo que te da la gana cuando y donde te da la gana (siempre y cuando esté dentro de la legalidad).

 

1/3 De Los Ángeles a San Francisco

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Los Ángeles < Palm Springs < Santa Mónica < Malibú < Santa Bárbara < Morro Bay < Carmel by the Sea < Monterey < Palo Alto < Cupertino < Stanford

Los Ángeles

Esta ciudad da para una vida así que cualquier número aleatorio de días que te plantees estar allí siempre será insuficiente. Pero qué menos que tres o cuatro días para aclimatarte antes de tirarte a la carretera.

CAMA: Teníamos ganas de Freehand y allá que fuimos. Está en Downtown y vale 100% la pena. Ve rápido porque la decadencia característica del centro de la ciudad está en obras y ya nada volverá a ser como antes (creo). Comparte estilo con mi archiamado Chicago Athletic o ACE Hotel NY.

CAFÉ: Philz Coffee (y si sigues recto en esa misma calle y te compras alguno-de-estos-bollos en esta pastelería asiática -todo a 85c- ya flipas). Aunque nuestro favorito fue Verve Coffee (el de la 833 S Spring St).

EL SITIO: Si tuvieseis que estar en Los Ángeles tan solo un día, deberíais ir a la tienda-terraza-cafetería-saloncito-taller de Deus en Venice. Está en un rinconcito que os dejará muy buen sabor de boca en el que querréis quedaros a vivir pero lo siento mi amor.

DE COMER: Yo volvería casi todos los días sin duda al Grand Central Market porque tienen para darte todo lo que tú quieras papi. Y el resto de días iría a The Original Farmers Market (menos hipster pero más profundo) perfecto para tomarte una limonada, pollo frito y un helado de postre en Bennett’s Ice Cream. Si lo que quieres es desayunos 24h en mesas pegajosas servidas por señores de 97 años, este es tu sitio: The Original Pantry Café. De restaurante en plan bien, The Exchange (en el mismo Hotel Freehand): comida estilo mediterráneo con toques de Israel. Loco, loco.

HELADOS: Mucho antes en España y por casualidad empecé a seguir en Instagram a dos heladerías losangelinas. La primera y mi favorita: Salt & Straw, natural y con unos sabores loquísimos (mi favorito el de lavanda y miel). El segundo, en el centro, Little Damage famoso por su helado negro.

5 CHECKS OBLIGATORIOS:

  1. Venice (ya sea en la beach o en el boulevard).
  2. Observatorio Griffith. Sube al atardecer, y digo sube y no «ve» porque posiblemente te toque caminar colina arriba de la gente que hay. Allí tendrás la gran ciudad a tus pies. Por tu Instagram que vale la pena.
  3. En el Paseo de la Fama. No es de mis sitios favoritos pero.
  4. Beverly Hills, especialmente la calle Rodeo Drive donde todas, TODAS, todas las marcas de lujo del mundo están ahí. Pongo este punto en check y no en shopping principalmente porque no puedes comprar nada pero sí verlo todo.
  5. Malibú o Santa Mónica.

 

ATENCIÓN, ATENCIÓN:

  1. Sigue de cerca la agenda de Los Ángeles porque todos los días pasan cosas. Esto fue lo que nos encontramos, envidia: aquí.
  2. En esta página web podrás encontrar tickets gratuitos para asistir de público a diferentes shows, envidia también aquí.

Palm Springs

Hay que ir a Palm Springs. Sé que suena muy a sacrificio lo de invertir uno de los días en LA para ir a un oasis en pleno desierto. En menos de dos horas, sube la temperatura más de 15 grados y menos de tres horas te preguntarás qué hago yo aquí. Es un pueblucho artificial metido en una olla exprés con montañas que agobian mazo un poco. Hasta las ocho de la tarde no verás a nadie por la calle porque o se está muriendo o está en la piscina (muriéndose de calor).

Palm Springs surgió como refugio calentito para jubilados y diversos adinerados. Pues bien, sobre qué hacer en Palm Springs: lo mismo que un jubilado. Bañarse en la piscina a temperatura primer-vuelco-de-cocido-madrileño, quedarse pajarito a la sombra o debajo del chorro de aire acondicionado, salir a dar un paseo con los brazos en la espalda por los campos de cactus, tomarse una copichuela, cenar a las siete de la tarde, bañito en la piscina y al sobre. ¡Aunque! Si además tienes la suerte de que sea jueves probablemente podrás disfrutar del «Villagefest» (el típico mercadillo de feria con artesanía, limonada y berenjenas de Almagro).

CAMA: Persiguiendo los tópicos, fuimos a The Saguaro y sí, es como en las fotos. Color y piscina con flotadores gigantes. ¡Mola mucho!

 

CAFÉ: Es inquietante pero en este precioso infierno hay cafeterías que ya quisiera Madrid, por ejemplo: Ernest Coffee Koffi Coffee. Y hablando de cafeterías, en Palm Springs fue donde conocimos a nuestro fiel amigo Denny’s: Si no sabes dónde ir, ve a Denny’s (merecida TIP#3). Te quiero.

BEBER: El calor te llevará sin que te des cuenta a TIKI, un sitio de handcrafted drinks.

EL SITIO: Vale la pena coger el coche al atardecer y conducir hasta Mirror House.

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Santa Bárbara + Morro Bay

Salimos bien temprano de Los Ángeles y desayunamos por Malibú, donde muy sabiamente, los famosos tienen una casa de las de porsiaca. Disfruta de la carretera y de los surferos que se quitan el neopreno en la cuneta.

Nuestra primera parada fue Santa Bárbara, un mix de estilo colonial, surf y pescaíto frito. ¿Qué se hace? Visitar tiendas de surf como Surf -n-Wear, pasear por el embarcadero, comer un plato de cosas-de-mar-fritas en FisHouse y por supuesto, un café en Santa Bárbara Roasting Company.

Rumbo a nuestra segunda parada del día y el que sería nuestro dormitorio, llegamos a Morro Bay: una de las sorpresas del viaje. Turismo 100% local, una minicosta, focas gritonas, unas torres ¿nucleares? y algo parecido a un islote salvaje (Morro Rock).

La decisión de ir a Morro Bay (the Gibraltar of the Pacific, como se autodenominan ellos mismos) fue totalmente aleatoria porque en el resto de pueblos de alrededor (Pismo Beach o San Luis Obispo) no quedaba ni una sola cama (remember TIP#2).

¿Qué hacer en Morro Bay? Pasar el rato, básicamente. Pasear por la zona del embarcadero. Tomarse una cerveza. Entrar a esas tiendas de souvenirs que aún tienen recuerdos de conchas o cualquier otro residuo marino. Tomarse una cerveza. Pasar a unos recreativos de hace setenta y tres años. Tomarse una cerveza. Visitar la panadería del pueblo. Tomarse una cerveza. Y por último, ver el atardecer con las focas gritándote «LLÉVAME CONTIGO» y obviamente, te tomas otra cerveza. Ah, y enterarse de dónde hay música en directo para tomarte la última cerveza.

 

DORMIR: Tampoco vayas a ponerte exquisito. Cualquiera de las opciones cerca de la gran avenida del paseo te va a parecer bien: Bayfront Inn, Seaside Inn

COMER: El desayuno intermitente (ojo a los huevos benedict) obligatoriamente en Carla’s Country Kitchen. Uno de mis sitios favoritos (diría que casi de todo el viaje) fue este descubrimiento: The Libertine Pub. Una taberna casi sobre el agua donde la luz del atardecer choca contra los vasos de cerveza (que por cierto, tienen más de 40 variedades) mientras suena una bandurria un banyo de algún grupo de la zona. Increíble, palabrita. Y siguiendo con el tema comida con espectáculo, nos tomamos una última en el bar de al lado con las mismas vistas y con más música en directo: Otter Rock Cafe.

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Carmel + Monterey 

Ponte la chaquetilla que refresca, Maricarmen. Deja atrás aquellos días con el sol quemándote los hombros y cierra compuertas del descapotable porque la ruta por la Pacific Coast Highway es más fría de lo esperado. Carmel by the Sea (es que con ese nombre cómo no ser bonito) es un museo en sí mismo. La calle principal (Ocean Av.) está llena de inaccesibles tiendas y galerías de arte que podrás ver (desde fuera) con un café en mano, el nuestro fue de Carmel Valley Coffee Roasting Co.. Esto y Carmel Bakery, es de la poca gastronomía que puedo recomendar del lugar. De Carmel a Monterey, el ojo no descansa y tu calculadora mental tampoco, verás más y más mansiones, ranchos, coches de lujo… pero todo dentro de la dignidad, la elegancia y el saber estar. Y más allá de eso, estos acantilados posiblemente serán de las vistas más espectaculares del viaje.

Nosotros pasamos el día el Carmel y fuimos a dormir a Monterey (tampoco tuvimos muchas opciones donde elegir) y acabamos en Arbor Inn, que no estuvo nada mal. ¿Qué hacer en Monterey? La gente te dirá: ¡ver ballenas! Seh, bueno. Nosotros no hicimos esa excursión y tampoco es algo de lo que nos arrepintamos. Eso sí, paseamos por el antiguo muelle: Old Fisherman’s Wharf, por el centro más típico: Cannery Row y nos hubiese encantado haber entrado a la famosa Pebble Beach Golf, a pie de costa.

Por no hablar del Big Sur, imprescindible e impresionante lo mires por donde lo mires.

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Stanford, Palo Alto y Cupertino

La mañana antes de llegar a San Francisco nos desviamos para visitar la universidad de Stanford, Palo Alto y la sede de Apple en Cupertino. El recorrido por la universidad es gratuito pero el gran problema monetario llega cuando entras por la puerta de la tienda propia. Sin darte cuenta, necesitas la equipación del equipo de esgrima femenino, una falda de animadora, unos calcetines corporativos y hasta la cabeza de la mascota.

Nosotros no pudimos visitarla pero dicen que vale la pena visitar The Hannah House (la casa de unos profesores diseñada por  Frank Lloyd Wright en la que se puede observar la tarita que tenía con los hexágonos). Una vez allí, vale la pena visitar el downtown de Palo Alto y tomarse algo en Blue Bottle.

En Cupertino tuvimos la inmensa suerte de poder visitar las oficinas de Apple e incluso almorzar en su -maravilloso- comedor rodeados de gente inteligente de verdad. Antes, ya habíamos besado el suelo de uno de los sitios favoritos de Steve Jobs: Bagel Street Café y razón no le faltaba, allí probé el mejor bagel que he comido hasta la fecha: salmón con queso crema en un precioso bagel de espinacas. Posiblemente el sitio menos tecnológico y avanzado del lugar, de ahí, supongo, su éxito.

2/3 De San Francisco a Las Vegas

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San Francisco < San Rafael < Napa Valley < Lago Tahoe < Bodie < Mono Lake (Lee Vining) < Las Vegas < Grand Canyon

San Francisco

San Francisco es un tema. Por lo estrafalario, por sus empinamientos y por la sensación polar en pleno agosto.

5 CHECKS OBLIGATORIOS:

  1. The Painted Ladies (Álamo Square)
  2. Castro (nuestro Chueca pero a lo grande, hay un buen rollo que lo inunda todo)
  3. Fisherman’s Wharf
  4. Haight – Ashbury (este barrio es San Francisco, alerta especial con las tiendas de ropa de segunda mano)
  5. Mirador Golden Gate. Hay como millones de perspectivas y de sitios desde los que mirar.

Otros checks (esto es inabarcable, tendremos que volver):

  • Lombard Street (esa calle imposible tanto si la subes como si la bajas)
  • Twin Peaks (vistas desde bien arriba)
  • Union Square (cuenta la leyenda que una atractiva pareja de españoles buscando parking con su descapotable Camaro negro encontraron aparcamiento en la misma plaza justo en la puerta de la tienda Apple).
  • Chinatown (disfruta de los graffitis!)

TIP: El olor a barbacoa nos llevó hacia esta esquina de San Francisco. Un patio donde solo había hamburguesa, costillas o pollo a la brasa, bebida y patatas. Un gran acierto si te quieres sentir parte del ritmo de la ciudad y no un maldito visitante. Anota: 4505 Burgers & BBQ 

Napa

El valle de Napa, como excursión está muy bien pero tampoco te esperes encontrar con la revelación de tu vida. Si solo pudiese ir a dos sitios, iría (1) a la bodega de Francis Ford Coppola  aunque si no puedes comprar en la gran sede un par de botellas, no es demasiado difícil encontrar alguna variedad por los supermercados de por allí («de por allí» ¡así jamás lograré la medalla de oro a la mejor guía turística! Vamos que no hace falta que vayas a Napa a-por-eso). Y también iría (2) a Oxbow Public Market, un mercado gourmet donde ver y probar lo mejor de la zona.  Aunque lo que no os he contado es que acabamos comiendo en un sitio que nos conquistó ofreciendo rare wine y smokin’ BBQ: Bounty Hunter Wine Bar. La lista de vinos es abrumadoramente abrumadora. AH! Por cierto, hartita de vino y con un viaje de vuelta (como copilota) por delante, busqué la mejor cafetería de la zona y acabé aquí: Napa Valley Coffee Roasting. Recuerdo con un cariño especial ese café con leche aromatizada con lavanda, el especial de la semana.

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Tahoe 

Yo le tenía muchísimas ganas al Lago Tahoe. Quizás lo tenía idealizadísimo pero cumplió sobradamente mis expectativas. La ruta de llegada al lago es fantástica, el verde se va haciendo más verde y de repente, sin saber cómo, quieres hacer kayak, tirolina y comprarte una cabaña de madera. La pena es que nuestra visita solo era parte del camino que cambiamos y rediseñamos la noche de antes sobre un mapa de carreteras extendido en la mesa

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y que nos llevaba de San Francisco a Las Vegas, por lo que no pudimos hacer kayak ni tirolina ni comprarnos una cabaña. Pero sin embargo, como la chispa de un viaje así es poder dar volantazo cuando te lo pide el cuerpo, el cuerpo nos pidió jugar una partida de minigolf en la orilla del lago. Yo hacía décadas años que no jugaba a tan respetable deporte y él tenía un swing que demostrar. Así que sí, volvería a señalar en el mapa Tahoe y sí, volvería a dar volantazo y jugaría una partida en el Magic Carpet Golf. 

Ese día salimos de San Francisco tempranísimo, paramos a desayunar en un local de desayunos para camioneros random, continuamos hasta el lago Tahoe y después, seguimos conduciendo por el frondoso, fresco y apetitoso bosque hasta que la tierra seca y abrasadora te da un guantazo* en la cara. En ese preciso momento, en el que en una hora escasa el bosque se convierte en desierto, aparece un In-N-Out como si de una revelación se tratase y te salva la vida. Recomendación: vuelve siempre que puedas a un In-N-Out.

*No miento. Atención a la gracia imperfecta del destino:

 

Bodie

Tras esta resurrección gastronómica continuamos hasta nuestra siguiente parada (ese día nos vinimos muy arriba y fue un lo quiero todo papi). Este punto posiblemente sea el diamante en bruto, la pepita de oro entre las piedras mojadas, el trozo de palo en la bolsa de pipas, la patata deluxe entre las patatas normales. Queremos pensar que hemos sido los primeros españoles que pusieron pie en esas tierras y hasta que alguien diga lo contrario y lo demuestre ante el juez , así lo seguiré creyendo: BODIE, el pueblo fantasma. 

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El desvío para llegar hasta este pueblo minero abandonado es importante pero vale la pena, de nuevo, dar volantazo (volantazo de más de 45 minutos, todo sea dicho). El precio de entrada son como unos ocho dólares y tienes tiempo ilimitado para visitar las no-tan-ruinas de este pueblo (en verano, cierra a las 18h). Es bastante impresionante ver como muchos de los elementos de un pueblo de ¿1870? siguen en pie, los puedas tocar, puedas comprobar que eso existió y que hubo gente tomando zarzaparrilla es esos kilómetros de aire espeso y caliente. Para que os hagáis una idea, todo está como si alguien hubiese gritado ¡CORRED! y nadie hubiese vuelto a cerrar con llave. Libros, vasos, coches, espejos, sábanas… todo sigue ahí lleno de polvo y en parte, de vida. Es como la zona de indios y vaqueros de Port Aventura pero en plan bien.

Mono Lake (Lee Vining)

Si unís los puntos de lo que ya os he contado: (1) hay que reservar con moderada antelación y (2) la noche de antes, la última en San Francisco, habíamos cambiado de planes y de ruta, os podréis imaginar que en este preciso momento, encontrar alojamiento fue imposible al 97% salvo por ese 3% que nos llevó a un lugar inhóspito: Tioga Loge frente a Mono Lake y antes de llegar a la civilización Lee Vining (que tampoco os quiero abrumar con datos científicos pero esto es todo amigos):

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Sobre el alojamiento que encontramos, pues bueno, teniendo en cuenta que 700 kilómetros a la redonda no había ni una sola cama / colchoneta, pues no está mal. Son una especie de diminutas cabañas con encanto pues han sido la localización de asesinatos múltiples  y muy acogedoras pues esa ropa de cama ha acogido ya a miles de personas.  Eso sí, el amanecer es una locura. El wifi también es una locura puesto que solo hay conexión en el mostrador del dueño. Entra el desayuno, el parking y tiene una terraza con mecedoras mirando al lago en las que procrastinar muy ricamente. Ya os digo, lo único malo es que temes por tu vida, pero todo lo demás genial.

Tampoco había muchas opciones para cenar por lo que acabamos (y acertamos) en Bodie Mike’s (BAR-B-Q). Hamburguesa chorretosa en un ambiente de domingueros eternos. Fan total de la vida.

Las Vegas

El día comienza pronto y de forma muy agradable ya que te sorprendes aún estando vivo en aquel motel con vistas al agua. Disfruta de esas vistas porque no verás agua natural en mucho rato. Bebe mucha agua y haz mucho pis, ¡nos vamos a Las Vegas! En realidad nadie gritó eso, es ficción. Tan solo estábamos a 105 horas a pie o, la que fue nuestra opción personal, 5 horas en coche. Al poco de dejar Lee Vining supimos que esto iba en serio.

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Kilómetros y kilómetros y kilómetros y kilómetros de carrera en línea recta en completa soledad. Y por supuesto, volantazo. Paramos en coche en el lateral de la carretera  y solo entonces supimos lo que era el silencio. No se escuchaba nada, ni a nadie, ni animales, ni viento, ni eco, ni ruidos lejanos. Nada. Sientes de verdad que te has quedado sordo porque hasta incluso hablando entre nosotros, la sensación era extremadamente extraña. Recuerda que durante muchas horas no habrá gasolineras ni tiendas ni gente ni internet y también recuerda que los grados van subiendo con la facilidad de una vitrocerámica de inducción. Esta será durante un buen rato tu carretera, tan preciosa como interminable: Tras más de 5 horas de carretera ver civilización a lo lejos es lo más grande, de repente tienes ganas de saludar y abrazar a todo el mundo, de hacerle luces a los coches… de hacer pis. Llegar a Las Vegas es como llegar a un Benidorm prefabricado en Marte, no lo entiendes pero te parece bien. Ya te visualizas en la piscina del hotel y echando monedas a máquinas varias. Todos los hoteles en Las Vegas son más o menos lo mismo, nosotros encontramos ofertaza y elegimos Treasure Island y claro, viniendo de las cabañas del lejano desierto, esto nos pareció gloriabendita. De Las Vegas, poco más decir más allá de lo que todos ya saben: pasear por LA calle, ir a un outlet, ¿visitar la tienda Coca Cola con todas las variedades del mundo? ¿tirar el dinero en alguna máquina del casino? ¿comer en el buffet de algún hotel? ¿hacerse una foto en el cartel «Welcome to Fabulous Las Vegas»? ¿creerse guay comiendo en Heart Attack? ¿Hacer una excursión al Gran Cañón? La única cosa que no está en las guías y que puedo recomendar es: Cómete un donut en Donut Bar.

 

 

 

Y nada, vuelta a Los Ángeles en coche (parando en un sitio mágico: el casino Gold Strike en Jean) y dos noches allí. Tiempo insuficiente, como siempre, para darle otro repaso a la ciudad, devolver el coche y gastarte los pocos dólares que te quedaban o te has encontrado bajo el asiento.

3/3 Chicago (bonus track)

Poco más tengo que añadir a la ya mundialmente conocida guía de Chicago, que recordemos que no es la mejor guía de Chicago porque es la única guía buena / SUELTO EL MICRÓFONO/ 

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aplausos.

Yo también: LOST IN TRANSLATION

No sé si podría vivir en un hotel pero me encanta imaginarme que vivo allí aunque sea durante semana; no sé cómo, pero el primer día ya termino llamándolos ‘casa’. Lo que sí sé es que me encanta vivir pegada a una ventana. Notar esa sensación de agitación exterior desde tu superioridad estática protegida por un cristal. Esa posibilidad de estar en la calle estando en la cama o en bragas. Si no existiesen los karaokes, yo los habría inventado. Me encanta cambiarme la identidad con solo ponerme una peluca de otro color y corte que no es el mío. Me encanta dormir acurrucada de lado sabiendo que hay alguien ahí. O por lo menos imaginándomelo. Me gusta el silencio infinito hasta llegar a lo incómodo sin estar enfadada. A veces me lleno la bañera y lloro. Me gusta no notar las lágrimas bajo el agua. Odio despedirme pero más odio no vivir cada despedida como si no te fuese a volver a ver. Yo también miro a través del cristal y me pregunto casi cada día qué hago aquí. Aún no sé si creo en el destino pero sí confío en los encuentros entre personas predestinadas que solo tienen en común que están solas. Yo también me suelo sentir desorientada aún teniéndolo todo y yo también, me enamoro sin querer de los ojos cansados. Odio esperar enjaulada a que los demás terminen de hacer su vida. Y yo, que prefiero vivir con calcetines, también me colapso como una niña pequeña ante las luces de colores en mitad de la noche.

Por las noches en las que no pasa nada y sientes de todo. Por todos los momentos de intimidad totalmente vestida. Por los abrazos que al mismo tiempo te tocan, te acurrucan, te calientan, te mojan, te dicen lo siento, te dicen te quiero y te echan en cara que ya te vale, tronca. Por las despedidas de verdad, las de hasta nunca.

Por todas las veces que he sido y soy la Charlotte de alguien y por todas las veces que los bares nos unieron.

Ayer comprobé que todo esto pasó en 2003 y que yo, quince años después, sigo siendo casi la misma que entonces.

Yo también exagero

p1El 5 de enero de 2016 salí del juicio y de vuelta a casa me compré un roscón de reyes tan pequeño que me sentí todavía más sola. Llegué a casa, le hice un par de fotos al Roscón y subí una foto a Instagram quitándole drama al asunto. Le quité la fruta escarchada, le di un bocado y cerré la caja. Hasta aquí mi fiesta.

Era mi primer día de Reyes sola, totalmente sola. Nadie sabía que estaba en Madrid y nadie se imaginaba por qué estaba en Madrid. Me sentí mal, triste. Me sentí mala persona, fea. Me sentí sola.

 

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Doblé en dos las cinco denuncias y las escondí donde pude, ni siquiera yo quería volver a encontrarlas. Me dejé caer en el sofá, me agarré a Max y no lo recuerdo nítidamente, pero me seguro que lloré un poco. Y mientras tanto, nadie sabía que estaba sola en Madrid y nadie se imaginaba por qué lloraba sola.

No podía contar nada pero la rabia de escuchar una y otra vez esto pudo conmigo: «Buena suerte»

Durante más de un año sufrí el acoso de un tío (un vecino, para mayor tranquilidad) y durante más de dos años he guardado todo esto en el mismo cajón: las denuncias, las pruebas que me dejó en la puerta de casa, los comentarios machistas de mis caseras o la indiferencia de algunos conocidos.

Llegué a creer que estaba exagerando, de verdad. Que si me seguían a la estación, al Retiro o al supermercado no era para tanto; que si me esperaban por las mañanas a que saliera y por las tardes a que volviera a casa que no había que darle tanta importancia.

«Le has hecho gracia», «se habrá enamorado», «pobre, dale una oportunidad», «bueno tampoco exageres»

Sin duda, me creí que estaba exagerando. Los días que llamaba a mi puerta y me gritaba que quería follarme, seguramente exageraba. Cuando seguía a gente conocida mía para decirles que yo al final iba a ser para él, era una maldita exageración. Lo siento si cuando me gritaba que le daba igual que yo llamase a la policía, que le compensaba morirse o ir a la cárcel parecía una puta exagerada. Perdón si exageré cada vez que tenía notas suyas debajo de la puerta. Siento haber sido una exagerada todas las veces que me hacía fotos a escondidas.

Viví muchos días con las persianas bajadas pareciendo todavía más exagerada y dejé de hacer cosas sola cuando se iba el sol pero sin duda, posiblemente exageraba. Me culpé hasta de ser una maldita soltera exigente. 

Todo me parecía una exageración hasta que un día me siguió a la oficina sin darse por vencido. Esa mañana decidí denunciar, sin embargo en las palabras de la policía intuí que ¡sopresa! de nuevo, quizás estaba exagerando un poco. Y allí me quedé, sola y fría en mitad de la Gran Vía, sin saber muy bien qué hacer con mi vida (a la que obviamente había empezado a odiar).

Denuncié eso y denuncié todas las cosas que vinieron después. Acumulé denuncias y horas en comisaría, aguanté los consejos de mierda de la gente (policías hombres principalmente), soporté la culpa de no haber hecho nada antes y el 5 de enero de 2015 fue el juicio y finalmente, vino la orden de alejamiento. Una orden de alejamiento que solo sirve para detectar cuando se la saltan, cuando algo ha pasado. Una orden de alejamiento que no es más que un quitamiedos de mierda para exageradas como yo.

El día que conseguí volver sola al cine de noche sin mirar atrás ni una sola vez supe que hasta aquí, que ya había pasado todo. Empezó a darme igual ser el chisme del barrio y entendí que estar sola no era sinónimo de soledad y debilidad.

Nadie tiene derecho a invadirme y a la vez, yo tengo la obligación de patalear si lo hacen. Porque la violencia machista no solo es entre parejas o ex parejas. Violencia machista no solo es una paliza en casa. Violencia machista no es solo una violación, es lo de antes y lo de después. Violencia machista es cualquier acto que ofenda y perjudique física y/o psicológicamente a una mujer.

Y es por esto que 2018 quiero empezarlo abriendo el cajón y contando todo esto, arriesgándome a parecer exagerada de nuevo. Porque yo también me he avergonzado. Yo también intenté hacer vida normal sin poder vivir con normalidad. Yo también esperé ser comprendida. Yo también busqué inútilmente apoyo. Yo también siento miedo al volver sola a casa. Yo también me sentí sola.

En 2018 hazte fuerte, denuncia, no te escondas, cuéntalo, pelea, lucha. Desgraciadamente (aún) todas somos un triste titular en potencia. 

Capítulo 37: El olor a gamba y la muerte

K. siempre pensó que con las manos oliéndote a gamba no se puede hablar en serio. Esa noche, lejos de pretenderlo, S. le hizo ver lo equivocada que estaba. Juntos comprobaron que los crustáceos congelados sí entienden de dramas.

No se había ido aún del salón el humo que deja el mar a la plancha cuando S. puso sobre la mesa que un día quiso dejarlo todo.

S. era demasiado joven para una enfermedad de viejo y demasiado mayor para uno de esos sustos de jóvenes. Pero le llegó. Por primera vez en la historia, un avión se estrellaba contra alguien a los pocos días de regresar de Nueva York. Porque así fue. Un golpe compacto en el pecho, un susto que no se queda solo es eso, un choque de trenes en la garganta, una sensación de desmayo estando totalmente inmóvil, un impacto brutal sin opción de rebobinar.

Inmediatamente K. se acordó de su amiga, que poco antes de marcharse definitivamente le pidió por favor que le dejará ir, que solo quería descansar. Pero esto era diferente, él era distinto a eso. Él no era de abandonar pero tenía que hacerlo porque no se reconocía frente al espejo, frente a la gente, frente a la almohada. Estaba cansado sí, K. sabía que durante mucho tiempo a S. le pesó todo cuerpo, los huesos, las ojeras. La pequeña cuchara de café medio llena de leche templada también le pesaba en los dedos. La bufanda y el gorro de lana, todo le pesaba. Le pesaban las ganas de llorar, el no poder gritar. Las horas de camino al hospital mientras en Madrid tímidamente nevaba pesaban. Le pesaban los abrazos que esperaba y no llegaban. Las llamadas vacías, los emails frustrados, las miradas huecas.

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K. desvió la mirada a la servilleta mugrienta y acarició los bordes con sus aromáticas yemas. No lloró, como tampoco lloró las otras treinta y seis veces que habían hablado del tema. Esta era la trigésima séptima vez que charlaban sobre lo mismo pero no de las mismas cosas. En realidad, S. era el que siempre hablaba y ella la que siempre preguntaba. Ya eran treinta y siete las veces que él narraba la peor historia de su vida y treinta y siete las veces que ella escuchaba la historia con el mejor final del mundo.

Ella, como las otras treinta y seis veces, después de escuchar a S. solo quería abrazarle, agarrarse a su cuello, recorrer su espalda, acariciarle los brazos, besarle las manos. Pero sobre todo, está vez, solo quería darle las gracias por seguir ese maldito camino de baldosas hijoputescas que al final, pues oye, le llevaron hasta ella.

Desde Madrid, con amor.

Cuando salgo del tren, la humedad que tantas veces he maldecido me acaricia la cara y yo cierro los ojos y me dejo sobar. Huelo a mar desde Cuenca y para mí, sigue haciendo tiempo de fallas aunque esté en el barrio más castizo de Madrid.

Echo de menos el mar de una forma tan romántica que me da vergüenza hasta reconocer. Echo de menos el agua rebelde y acabo llenando mis paredes de fotos en orillas más sucias de lo que me gustaría. En realidad no echo en falta nadar ni siquiera mojarme los pies. Suena muy flipado isleño pero lo que yo realmente echo de menos es saber que ahí está. Que podría ir pero no quiero. Que existe un sitio por el que escapar, que hay un precipicio disponible por el que saltar y gritar.

Valenciana de primera generación, nací en el levante como bien podría haber visto la luz en una relajada y tímida Ciudad Real o en una calurosa y simpaticona Córdoba. Pero alguien eligió Valencia. Resultona e intensita a partes iguales. Una ciudad extrovertida pero de voz suave.

Nunca me sentí más valenciana que española ni más española que torrentina. Nunca me sentí representativa de ninguna terreta. Nunca hablé valenciano ni tampoco me esforcé. Nunca sentí recompensado el esfuerzo de llevar tres moños y trece mil horquillas en el pelo durante seis días seguidos.

A veces envidiaba el sentimiento profundo de amigos gallegos, vascos o catalanes. Orgullosos de lo bueno y lo malo, fieles embajadores de su terreta, influencers no patrocinados aferrados a un sentimiento profundo que parecía venir en un libro de instrucciones que yo no tenía. Que por no tener, yo no tenía ni siquiera un acento sexy residual.

Buscaba y buscaba esa empatía, esa sensación… pero no llegué a encontrarla. Lo dejé estar, me volví neutral. Cualquier sitio me parecía mejor y durante mucho tiempo quise huir de una ciudad que se me quedaba pequeña, que me parecía pegajosa y que nunca, nunca, nunca me decía nada.

Hasta que me fui de allí… Y ella, sin pedir permiso, se vino conmigo. 

Me quiso cuando más lo necesitaba. Cuando llegué a Madrid en pleno febrero a una habitación sin ventanas. Cuando toda mi decoración se basaba en un bote con arena y conchas de playa. Cuando solo tenía macarrones, atún y rosquilletas en la despensa, cuando le daba un sorbito al vaso de mistela un domingo por la tarde después de comer mientras lloriqueaba un poquito.

Desde entonces, cada vez que salgo por la puerta del tren o bajo del coche siento el abrazo cálido y húmedo. Paseo por Ruzafa con ganas de llorar por no poder quedarme a vivir allí. Recorro la Patacona con el corazón encogido y sin prestar atención a la conversación. Me pierdo por el Carmen y vuelvo sin querer a la estación del Norte. Peregrino por los mejores mercados de mi ciudad y compro el pescado y los quesos en el del Cabanyal y la fruta en el Central. Mi pueblo ya no me parece tan suburbio y siempre que vuelvo redescubro ese bosque a cinco minutos de casa en el que todavía no me sé ubicar. Respiro hondo viendo al fondo (muy al fondo) el mar y vuelvo a sentirme en casa.

Desde entonces soy más de Valencia que nunca y mejor valenciana por siempre. Desde entonces, pido bravas y horchata fuera de temporada y a deshora. Desde entonces, defiendo la paella a leña con romero recién cogido del campo y siempre tengo mistela (mucha) en la nevera.

Desde entonces, no me hace falta ninguna bandera* para sentir los colores.

*Porque si lo único que os representa es una bandera, algo está fallando.

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Feliç 9 d’octubre 🙂

Mr.Wonderful Presidente

Si hay algo que me hace empatizar con el resto de españoles es una cosa (solo una): no nos gusta nunca nada. Me declaro seguidora fiel de la queja diaria y si puede ser, de la sonora. Que si no se entera nadie, no luce igual.

Últimamente nos noto tristes. La gente llega a su trabajo con los ojos hinchados y sin ganas de soltar un chiste. Todo el café nos está malo y ya no hacemos hueco para irnos a tomar unas croquetas. El verano está al caer pero la vida es una mierda. No sentimos ni frío ni calor (metafóricamente hablando). Nos molestan los que llevan chaquetas y los que van en tirantes; los que llevan chanclas y los que aún piensan que las botas militares siguen de moda.

Los plátanos pochos con las últimas fresas negruzcas en la nevera y los primeros gazpachos que saben demasiado a pepino. La operación bikini sin anestesia y una desesperación veraniega que no cabe en el bañador. Esa sensación de tener que fregar siempre los cacharros que no has ensuciado. Esa maldita sensación de que estarías mejor metido en un cajón.

¡Hey, un momento! De repente, coges una taza al azar y sonríes. JEJEJE. #BUENOSDÍASCONALEGRÍA ¿Qué cohoneh está pasando? ¿Qué tiene esa taza de especial? ¿Por qué te hace sentir mejor?

Hemos inundado nuestras vidas con cachivaches random llenos de positivismo, buenrollismo, amorcismo y  repelentismo. La felicidad no estaba en el dinero hasta que una taza de doce euros te hace más feliz.

Compramos cosas que nos den un empujón, que sean algodón de azúcar para nuestros ojos y que encima te digan cosas bonicas justo cuando las necesitas escuchar. Necesitamos ser felices y nos esforzamos en serlo. Sin embargo esta moda se nos ha ido de las manos. ¡Mensajes bonitos hasta en los preservativos! ¿Por qué? ¿En qué momento alguien decidió que era buena idea diseñar una caja de condones que llamase la atención de mi prima de 6 años?

Con tanto bonitismo empiezo a tener escalofríos y pesadillas: ¿y si tuviésemos un presidente del gobierno llamado Mr. Wonderful? ¿Es eso lo que queréis?

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El drama no sería pequeño. Pensadlo bien. Un ente excesivamente amable de sonrisa forzada que caería bien a ancianos consumidores de la COPE, niños enganchados a la Play, señoras fieles a Bertín Osborne, adolescentes fans de Justin Bieber, buenorros marcapaquetes en la playa, a tu madre, a tu novio e incluso a ti. Llamaría a su partido político “Fábrica de ideas” y andaría todo el rato con el buen rollo de ese que da rabia y es de unfollow vitalicio. Sus intervenciones siempre empezarían con un «Vamos a hablar de cosas molonas», calificaría las ideas de Trump como «ideas originales para cuando menos te lo esperas», en las manifestaciones gritarían compulsivamente «¡no somos aburridos!» y nuestro ejército estaría formado por dependientas de El Corte Inglés (guerras no harían, caso tampoco).

Piénsalo. La gente pagaría (algunos ya nos llevan ventaja) por llevar merchandising del partido. Las ciudades se llenarían de banderolas color pastel y de alimentos que hablan y que te dan ganas de estampar contra la pared. Habría un canal de televisión en el que darían las noticias haciendo pareados: ¡La última ley como mola se merece una ola! ¡Suben los impuestos pero sonríe, ya puestos! ¡Sin democracia: juntos hasta el fin del mundo! 

Alístate en la Mr.Wonderfulmarina.

La vida puede ser maravillosa, jeje.

La vida no es así

El martes aposté un par de euros en la oficina al número 48. El miércoles mi madre terminó de coser el número 48 en cada una de las prendas de ropa que te llevarías. El jueves nos dijeron que en menos de 48 horas todo iría mejor. El viernes que raro sería que pasaras de las 48 horas. El sábado se esfumaron las 48 horas de esperanza que nos quedaban. El domingo no me pude creer que no llegarías a las 48 horas.

El lunes gané la apuesta. El lunes te perdí.

Nunca pensé que formarías parte del peor día de mi vida y eso que estuviste en muchos momentos que a punto estuvieron de serlo pero sé que no te mereces pasar a la historia como la protagonista del peor día de mi vida, así que prometo hacer el esfuerzo de pensar en ti solamente como la protagonista de los mejores días de mi vida. Todos.

Hace un par de años empezaste a olvidar el recordar y yo solo pensaba en que tarde o temprano te olvidarías de mí, de lo nuestro. Solo eso había escuchado por ahí. Que el recuerdo se iría apagando, que te irías desorientando. Te suplicaba en silencio que recordases los veintinueve años juntas, los cumpleaños con ramos de margaritas blancas, de rosas rojas. Mis primeras veces contigo, los sábados viendo Cine de Barrio, Bonanza o la Ruleta de la Suerte. Te preguntaba callada cómo sería posible que te acabases olvidando de cómo convertiste tu pueblo en el mío, de los veranos echando la siesta obligatoria con las persianas bajadas. De las navidades comiendo Ferrero Rocher a escondidas.

Yo solo pensaba que no me importaría que hicieses como que no había pasado nada pero que en el fondo, si nos mirábamos a los ojos sabrías por qué estaba frente a ti. Ahora, con el tiempo, me siento bastante idiota por pensar que uno de mis principales (sino el más importante) miedos era que te olvidaras de nosotros, de mí, de lo nuestro… Sin saber (o sin querer saberlo del todo) que lo peor es que te olvidarías de ti, de vivir. 

Aún me cuesta dormir porque en mi cabeza siguen retumbando mis gritos que suenan a dolor incrédulo o a una incredulidad que duele. Cierro los ojos por las noches y como un mantra empiezo a repetirme que no puede ser, que tarde o temprano despertaré… pero no, no me despertaré porque sigo sin poder dormir.

No puedo recordarte porque me quema. Lo siento, me quemo. Me encantaría sonreír viendo tus fotos, escuchando tus videos pero ardo al verte o al imaginarte sentada en tu sillón. Te prometo que hago el esfuerzo por acercarme al fuego y tiendo las manos pero las aparto con un golpe seco. No puedo. No puede ser…

Ahora entiendo ese vacío que dejan algunas personas. Ahora siento ese vacío del que alguna vez oí hablar en algún punto exacto que me cuesta concretar. Ese vacío es más grande que un océano. Un océano que quema.

Resulta curioso pero cuatro días antes del peor día fue uno de los mejores días. Nos volvimos a ver, me conociste y sonreíste con esos mofletes rosas que tanta rabia te daban. Me diste muchos besos y te reíste como pudiste de las bromas. Me dijiste que estaba guapa y como siempre, me miraste como solo tú lo hacías. Eras mi casa, abuela. Una casa pequeñita y cálida que siempre olía a cocido reconfortante. Una casa luminosa y acogedora. Siempre eras un sí. Siempre.


 

Mi abuela tenía alzheimer, sus hijas tenían una madre con alzheimer y su marido tenía una mujer con alzheimer. Eso es la única punta del iceberg que veía todo el mundo, incluso los médicos. Mi abuela era para los médicos un desahucio vital seguido de una cara de circunstancia y un escalofriante: «La enfermedad es así».

No digo que las cosas hubiesen sido diferentes pero todas las personas tienen derecho a una atención mínima tengan alzheimer o 103 años. Seamos más conscientes de que aún queda vida, qué importa cuánta. El jueves una doctora de urgencias fue a su casa, le tomó la fiebre con la mano y se fue, no sin antes decir, por supuesto, que la enfermedad era así. El viernes mi abuela ingresaba con una infección grave, una subida de azúcar y fiebre, mucha fiebre. El lunes estaba rodeaba de esas rosas rojas frescas que tanto le gustaban en un sitio tan frío como escalofriante.

El alzheimer es una enfermedad que ataca cuándo, dónde y a quién quiere. Que a veces va más lento y otras veces más rápido. Dura para el que olvida y durísima para los que ven cómo se olvida… pero desgraciadamente es una enfermedad que no exime de ser compatible con otras dolencias. Una enfermedad dura como una roca que todos los días te hace tropezar. Pero pelea. Pelea hasta el final y desde el principio. 

Escribo esto porque intento deshacer el nudo…

Escribo esto por mi abuela.

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(Te seguiré escribiendo)

 

Descansa

No había bajado del coche cuando me dijeron que ya no.

Bajé corriendo la cuesta que va de mi casa a la suya. Cuántas veces había bajado esa cuesta deseando verla un verano más. Cuántas veces me caí bajando esa cuesta y volví a casa con las rodillas sangrando. ¿Cuántas veces me quedaban por bajar a su casa?

Mi abuelo abrazaba a mi abuela que intentaba no volver a llorar. Ambos me miraban bajando la cuesta sabiendo que esta vez  yo no llegaría a tiempo porque aunque allí seguía, posiblemente ya se había ido.

La pequeña barca se acercaba lentamente y yo me quedé inmóvil en el borde con las zapatillas bañadas en barro. Un escalofrío me recorrió la cabeza porque nunca antes había vivido un momento igual. Nunca había sentido algo parecido. Jamás me había parado a pensar cómo sería estar en esa situación. ¿Alguna vez te has dejado el aliento para ir a despedir a alguien que pensabas que ya estaba muerto y de repente, lo ves ahí, aún vivo, sabiendo que tendrás que despedirle… pero de verdad? Pues allí estaba ella. Despierta. Viva.

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Salió por su propio pie de la barca con un chandal viejo y la coleta floja y caída. Cabezona como yo, se empeñó en dar una vuelta tumbada mirando al cielo. De pequeñas nos tumbábamos en la barca amarrada y nos preguntábamos si detrás del cielo había algo más, si habría casas, lagos, barcas. Nos preguntábamos si al llegar al cielo hay alguien que te pide papeles o si tienes que llevar dinero en el bolsillo para poder comprarte al menos algo de cenar.

Me abrazó sin fuerzas (o sin ganas) sabiendo que yo estaba en ese lugar y en ese exacto momento porque pensaba que ya nos había dejado para siempre. Caminó arrastrando sus piernas y se metió en casa. Se tumbó en su cama y se acurrucó.

Conseguí deshelarme y fui tras ella. Me apoyé en el marco de la puerta y allí estaba. Respirando. Viva. Me acerqué despacio apretando los dientes. «Tienes que quedarte, tienes que poder quedarte» le susurré. Ella tenía los labios cortados en mil rectas paralelas y sonreír era un verdadero suplicio, aún así, lo intentó. Lo intentó negando con la cabeza. Respiré hondo para evitar empezar a discutir o al menos, para no volver a soltarle mi discurso. «Quédate, no te vayas, sé fuerte, inténtalo, vamos…»

«Tengo frío, estoy cansada». Se levantó de la cama y me acarició la cara. Hizo un intento de caminar pero no supo continuar y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Fui a buscar una manta. El comedor seguía lleno de gente que al verme salir de la habitación se paralizó y se quedó sin respiración. «Sigue aquí», les dije (incomprensiblemente molesta) dándoles la espalda.

Tapé a mi mejor amiga y ladeó la boca dándome las gracias. Buscó una posición más cómoda y cerró los ojos. Yo seguía enfadada. Mucho. «Quédate un poco más, no puedes dejarnos ahora». Ella me miraba de reojo tan relajada que me daba rabia. Me repetía que quería descansar y que tenía frío. Yo la miraba fijamente y no la entendía, de verdad que no la entendía. Ya, ya sé que ni siquiera lo intenté. Ella allí, conmigo. No pedía tanto. Estaba bien, era lo mejor. Si tenía frío, yo la taparía. Si quería descansar, yo la dejaría dormir. Volví a llorar como lloré meses atrás sabiendo lo que vendría. Ella esforzándose como nunca se hubiese imaginado que lo haría se sentó en la cama, se puso la manta sobre los hombros, me cogió de las manos, me dio un beso en la mejilla justo encima de una lágrima recién brotada y susurró: «Vamos… si yo solo quiero descansar».

Por fin lo entendí todo. Dejé mi egoísmo a un lado. Dejé de pensar en mí sin ella, en mi vida con su vacío, en la ausencia de sus respuestas a mis preguntas. Dejé de suplicarle que intentase quedarse. Asimilé que aunque podía quedarse, ya no quería. La ayudé a recostarse, la tapé bien, como a ella le gustaba, hasta los ojos, le di un beso en la frente y le susurré: «descansa».

La vi sonreír. Me fui de la habitación. Se fue de la casa.