Tokio: el viaje de los 1000 ¥enes

Tampoco te flipes, que mil yenes japoneses son 7,53042 euros.

Si has llegado hasta aquí es porque 1) Vas a viajar a Tokio y estás buscando mandanga buena 2) No vas a viajar a Tokio a corto plazo pero me tienes aprecio 3) Ni me tienes aprecio ni piensas viajar a Tokio pero te gusta la mandanga buena.

Da igual. No importa.

Esta guía no es una guía más como esas trescientas cincuenta y dos que has podido leer antes porque si esas trescientas cincuenta y dos ya te han dicho lo mismo, ¿qué sentido tiene que yo te lo vuelva a repetir? Ninguno.

[spam] [insertar cortinilla musical] Las guías kuluskas® si por algo se caracterizan son por su frescura, su querer hacerte sentir parte de la ciudad, pero sin duda y sobre todo, por su dedicación por ofrecerte infinitos lugares donde gastarte la pasta. 

hey, que no todo va a ser consumir [insertar cosas legales]. También habrá que hacerse unas fotos reglamentarias para Instagram, no? Vamos, digo yo.

Mis cinco fotografías básicas que debes hacerte para poder confirmar que has estado en Tokio: Cruce Shibuya (foto arrastrado/a por la masa ✓) Templo Senso-ji (foto bajo el lamparón rojo ✓), Shibuya Sky (una de las no sé si mejores pero sí mayores vistas de la ciudad), Takeshita dori (foto rodeado/a de gente más guay y joven que tú ✓)  y para mí la quinta foto, da igual dónde la hagas pero tiene que ser con alguien de allí. No te cortes y pídele a una de esas mozas tan monas, vestidas con su kimono y esos zuecos imposibles que si tú y yo foto right now ✓

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No os voy a engañar. Tokio, como concepto de dimensión y abarcamiento, da fatiga. Por ejemplo, cuando coges el mapa del metro, te pones las gafas de ver bien (si no tienes, se las quitas a alguien que pase por allí) e intentas llevarte bien con él (con el mapa, no con el dueño de las gafas, que ya te digo yo que no). Y pasa el rato. Empiezas a sudar un poquitín pero lo tienes. Casi lo has entendido. Sabes dónde estás y hacia dónde quieres ir. Solo necesitas saber cómo hacerlo. O eso te crees tú… porque en realidad tienes el mapa al revés. Vuelve a la casilla de salida, querido occidental de mierda.

Si me permites un consejo, búscate un sitio donde aparcarte cerca de la línea 03 naranja (Ginza), tu vida será mucho más sencilla.

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Si en Chicago, ♡EL BARRIO♡ es Wicker Park (¿aún no has leído mi guía de Chicago?), en Tokio ♡EL BARRIO♡ es Asakusa. El destino quiso que la primera vez que fuimos a Tokio eligiésemos hotel allí y se convirtió en nuestra casa. Un barrio-barrio, en el que además de encontrarte con el templo más impresionante de Tokio (Sensoji) puedes:

  • Ir a hacer la compra en un supermercado de confianza como LIFE por aquí.
  • Desayunar en una pastelería japonesa muy prolijita (está entre mis favoritas): Yamazaki Bakery & Cafe
  • Irte de cañas y tapas por unos izakayas. Ahí está la verdadera juventud y las verdaderas croquetas de pulpo. Por aquí, más o menos.
  • Creerte reputado chef y pasear por la calle de los mayoristas: Kappabashi. Las guías sin espíritu entrepreneur dicen que esta calle no vale la pena pero no dejéis de ir, por dios. Podéis entrar al Makro japonés o visitar las tiendas de comida falsa. Cualquier cosa que necesites para abrir un bareto, ahí está. Si de repente os surge la terrible necesidad de comprar 700 platos, 87 pares de palillos y una máquina expendedora, no es mi culpa.

[Aquí os quería recomendar una tienda de decoración que vale la pena: Baise (life with white). Pero al buscar el link me salen cosas porno, así que no sé qué ha podido pasar]

  • Tenéis que ir a Marugoto Nippon, un mercado gourmet con varias plantas de artesanía pro y comercio local con un toque de premium accesible. Un gustazo de sitio. Ahí hay un puestecito de mini taiyakis muy rico.
  • En este barrio también podréis encontrar trece mil templos budistas. Os encontraríais un par hasta sin querer. No miento, aquí la prueba de tan solo unas pocas manzanas.

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  • En la calle principal (kokusai dori) hay muchísimos sitios interesantes para comer si no quieres una tabernucha: carne a la típica brasa japonesa, varios restaurantes especializados en ramen, pequeñas barras de sushi, ¡y hasta un Denny’s! [que claro, si ya hubiese terminado la guía este verano por California, entenderíais el porqué de tanto amor].
  • O también puedes comprarte un fantástico kimono de segunda mano o unas zapatillas ninja.

Pero fuera de Asakusa hay vida. Para nuestra segunda vez en Tokio elegimos el barrio de Ginza, mucho más céntrico que nos servía como punto perfecto de lanzamiento para visitar el resto de zonas.

Si te interesa esta opción, te recomiendo nuestro hotel: The Square Hotel. ¿Razones? Varias:

  • Tiene el metro a menos de 10 minutos y el autobús que te trae y te lleva al aeropuerto de Narita a 15 minutos. Mejor imposible.
  • Tiene onsen (“spa japonés” = baños compartidos de agua caliente con sus duchas, cremas, secadores, etc. para que te relajes al final de cada jornada). Y todos los días sobre la cama dispondrás de un albornoz de tela y unas zapatillas para que tu única preocupación sea bajar en el ascensor.
  • Tiene justo al lado dos de los mejores sitios de comer en los que he estado en Tokio. El primero, muy básico y también barato, ríquísimo y tipiquísimo a la vez: Nakau y, el segundo, para un homenaje carnívoro: MEAT (un restaurante moderno de carne y parrillas en un sotanillo justo al lado del hotel).

Y es que, en Japón, presta atención porque muchas veces los mejores sitios no están a la altura de los ojos: o están en un tercero o en bajo suelo.

Para mí, y seguramente hable en nombre de los 19 millones de turistas que recibe Japón al año, los barrios de visita obligada son Shinjuku (no te quedes solo con la idea de que te encontrarás tecnología porque precisamente eso será lo de menos), Harajuku (lo de molar mucho: el paraíso de los hipsters, hazte el favor de perderte por Cat Street y ya sin querer llegas a la calle Omotesando), Roppongi (lo de creerse embajador, para pasear por el día y volcar por la noche), Ginza (lo de creerse rico y chic), Akihabara (lo de las maquinitas) y Shibuya (lo de la gente, aquí bien de luces).

¿No crees que te has gastado demasiados pocos yenes?

  • #comer #comprar #beber Deus Ex Machina: Empiezo con lo menos japonés de la lista para que todo sea ir a mejor. Después de visitar la tienda-café de Los Ángeles, teníamos que ver la de Tokio porque esto ya se ha convertido en un «Hazte con todos» sin querer. Un sitio mega tranquilo, en un barrio que vale la pena, con un wifi riquísimo y unos sandwiches fenomenales. Lo podrás encontrar por Harajuku. [skip anécdota] Tengo un problema y es que desde la primera vez que leí la dirección de este sitio en Google veo CARAJAULA y claro, me da la risa todo el rato:

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  • #decomprar #decomer En la estación de Shinjuku podrías vivir, hazme caso. Ahí encontré mi supermercado favorito (estilo Corte Inglés Gourmet) con un mercado con puestos de comida para llevar y con una pastelería increíble.
  • #comprar En este mismo centro comercial / estación de Shinjuku está Tokyu Hands. Una conocidísima influencer valenciana me dijo “nah, una tienda de manualidades y cosas”. CINCO PISOS, SEÑORAS. Tienen más de lo que te imaginas porque no puedes imaginar tantas cosas. El primer piso todo maletas, bolsos, mochilas… de cualquier tipo y de cualquier marca. Que dices bah. Subes al segundo piso, se abre la puerta del ascensor y dices ohvayaestovaenserio: un par de hectáreas de cosmética y belleza. Te das una vuelta de unas tres horas y subes al tercer piso. Todo cocina. TO-DO-CO-CI-NA. Preparas la billetera y vuelves a repetirte «¿pero cuánto eran mil yenes?». Subes otro piso y papelería, juguetes y manualidades. Y así todo el rato. [insertar gif de la Kardashian repartiendo panoja]
  • #comprar Esta es MI TIENDA: Akomeya Tokio. Lo querrás todo, papi. Es todo taaaaaaaan bonito y está taaaaaaan bien empaquetado y toooooodo tiene taaaaan buena pinta y te quedaría taaaaaaan bien en casa… Total, que acabas como nosotros saliendo con una carretilla cargada de souvenirs para consumo propio. Hay una de estas en Shinjuku Station y otra en Ginza.
  • #comprar Chicago: Me encantan las tiendas de ropa de segunda mano y estaba convencida de que allí encontraría lo que buscaba: un haori tradicional (la chaquetilla del kimono, vaya) y así fue. Esta tienda tiene una zona de ropajes tradicionales con amplia variedad de precios y formatos. Además, también compramos doce kilos de parches para la ropa y cuarta y media de pañuelos de tela. Lo encontrarás por Harajuku, hay una en la calle Omotesando.

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  • #comprar El paraíso papelero: LOFT. Kilómetros de material de primera categoría. Cualquier cosa que quieras, la tienen. Haz la prueba. Puede que te explote la cabeza. ¿Se os ocurre mejor sitio para morir que en un pasillo de cartas perfumadas (porque las hay)? También Otoya.

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  • #comprar DAISO, los veinte duros por excelencia. Todo a 100 yenes, así como concepto. El mejor lugar para comprar(te) souvenirs. Y de este rollo os podéis encontrar con los famosos DON QUIJOTE /donki/. Una maldita locura drogainómana.
  • #comprar Vamos a lo serio: librerías DE CULTO. La primera para el público en general y amantes de las revistas decualquiercosa en particular: Books Kinokuniya (por Shinjuku) aquí compramos revistas (en japonés, por supuesto) de cocina, de decoración, de baloncesto, golf… La segunda, por si también vas buscando secsi-manga: BOOK-OFF (por Akihabara). Y la tercera (por Shibuya), solo para pro-designers: TOTODO (de nombre vulgar pero de contenido orgásmico).
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No, este libro no va sobre diseño. Creo.
  • #comprar Ah! Y la librería SHELF (cerca del metro Gaiemmae), muy chiquitita pero en la que puedes llevar una sorpresa entre sus saldos. También en esta calle hay dos cosas interesantes: Watarium, un museo de arte moderno con su respectiva tienda cremi y Ratio&C , preciosa cafetería + tienda de bicis. Por esa zona / parada de metro hay un cementerio en el morirte ya no te parece tan mal.
  • #comprar #comer Podéis pasar de todo lo anterior pero aquí tenéis que ir: TSUTAYA TOKYO (en Roppongi Hills). Varios pisos donde se entremezcla el café, un piano disponible para tocar, muchos discos, muchas películas, muchos libros, muchas revistas. Buena terraza y espacio muy especial en una zona que te hace sentir un poco en Los Ángeles (¿?).
  • #comer #ver A 10 minutos puedes ir a merendar a  Matsunosuke y luego visitar el museo (¡por fin algo de cultura, señora!) Snoopy Museum (que vaya tienda guapa tiene, por cierto). Suele cambiar de ubicación, chiquéalo!

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  • #comprar #comer Niko and…, Una tienda de ropa, complementos, decoración, café… que vale la pena visitar. En serio, ¿cuánto eran 1000¥?
  • #comprar Tower Records, sí amigos. Muchos pisos de música. Ve con calma y sobre todo, repítete todo el rato: «VAMOH A CALMARNOH».
  • #comprar Dos tiendas de zapatillas por excelencia: ABC-Mart (los Calzados Riquelme de allí) y Sports Lab by Atmos. Pero recuerda una cosa, un pequeño detalle: No se cambia ni se devuelve nada. Está prohibido, es una norma. Lo que compras, te lo comes con patatas (japonesas).
  • #comer #beber A ver, cafeterías. Cafeterías buenas hay muchísimas, de hecho me ha sorprendido el nivel cafetero que tienen. Algunas en las que he estado: Reism-stand (al lado de la librería para diseñadores, ya os advierto del tema) o Verve (aunque nada que ver con su hermana mayor en Los Ángeles).
  • #comer Hamburgueserías también hay un rato. Para mí la mejor fue: the 3rd Burger.
  • #comprar ¿Te gusta el mundo MOTOS? Pues bien. Te va a gustar más si vas a esta tienda. Está por Ueno, que supuestamente es el barrio motero pero mentira. La única tienda buena es esta: Kadoya.

Guárdate algo para comprar cosmética seas él, ella, elle o ello.

[Voy a ponerme muy rubia ahora, lo siento] Yo soy soporiferamente fan de los inventos cosméticos japoneses pero nunca lo fui tanto hasta llegar allí. Aquí mis básicos para consumo propio o para que hagas un regalo de los buenos. Así, en general, te diría que al menos compres cinco cosas de estas diez:

  1. Un champú Tsubaki
  2. Un protector solar (de Anessa, por ejemplo)
  3. Mascarillas para la cara (da igual si individuales, en cajas o DIY)
  4. Un limpiador facial (el archiconocido Perfect Whip, por ejemplo)
  5. Un eyeliner /de la niña que llora/.
  6. Un aceite limpiador DHL
  7. Unos parches de calor (para el cuello, los ovarios o las sienes)
  8. Unas papelinas antibrillos
  9. Unas toallitas freshcas  
  10. Alguna crema de Elixir / Shisheido

Al menos. También puedes comprártelas todas como hice yo.

¿Dónde?

  • Por Tokio hay muchas tiendas para guiris ansias como nosotras de esas de tax free y tal. También puedes comprar estas cosas en supermercados corrientes, en droguerías…
  • Etude. Tienda de maquillaje coreana que encontrarás por Tokio. Cualquier cosa será un acierto.

¡BOLA EXTRA!: Hakone

Pese a ser un viaje 100% Tokio, nos escapamos un día a Hakone y de paso vimos el monte Fuji y pasamos por Gotemba (el paraíso outlet, por cierto). Fuimos en autobús por no muchos euros y la experiencia fue digna de mención. Estuvimos en Mount View, uno de los mejores ryokan de la zona. Con tu habitación tradicional, tu suelo de tatami, tus futones para volcar por la noche… ¡todo lo que una joven princesa occidental como yo podría necesitar!

52511A23-4B4E-4581-B7A4-759FBC5FDD6CAl llegar, una amable señorita nos acompañó a la habitación, nos dijo con acento zamorano que hacedme el favor que quitarsen las bambas y nos invitó a que tomásemos el té hasta que llegase nuestra hora. Que dicho así suena a drama pero se refería a la hora en la que teníamos reservado el onsen privado. Que sí, que onsen (baños compartidos de agua hirviendo termal) y privado a priori no encajan pero este sitio es de los pocos que lo ofrecen y vale la pena reservarlo (cosa que solo podrás hacer una vez estés allí). Te acicalas con el pack de «estar por casa» que te dejan en la habitación: yukata, cinturón, calcetines, chaquetilla… y al lío.

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No puedo compartir fotos personales porque inexplicablemente siempre sale alguien semidesnudo en ellas, pero os hacéis una idea.

La experiencia es increíble /una vez ya te has desmayado las dos veces correspondientes y tienes los testículos por el ombligo/ porque estás en medio de un bosque de bambú y unos pajaritos que cantan en un japonés muy digno. Espectacular, en serio.

Pero la experiencia de inmersión no acaba aquí. Un rato después tuvimos la cena: uno de los mejores menú degustación a los que me he enfrentado.

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No se aprecia nada bien la cantidad y la calidad de los platillos.

Y cuando después del baño, de la cena, de dormir en un futón, de andar todo el día con los calcetines de dos dedos, de tomar té como si fuese gratis crees que ya… No, llega la hora del desayuno. A las 7:00 suena la campana y te vuelves a enfrentar a una mesa repleta de platos que meterías en una mochila y te llevarías a casa para mirarlos cada día con ojos brillantes.

¿Y qué mejor momento que este con los ojos empañados para dar por terminada mi guía de Tokio? 

No, espera. Que hay más. No me puedo quedar con estas inquietudes dentro.

  • ¿Sabías que en Tokio no hay papeleras?
  • ¿Te explicas que esté prohibido fumar por la calle pero en algunos restaurantes sí se pueda fumar?
  • ¿Sabías que los cambios y devoluciones de ropa o zapatos no se contemplan?
  • ¿Pensabas que los empujones sin piedad en el metro eran de mentira? JA!
  • ¿Sabías que por cada compra que hagas superior a los 5000¥ puedes pedir taxfree y presentando tu pasaporte te descuentan impuestos y te grapan el ticket en el pasaporte?
  • ¿Qué hacer si no saben decir que no y cuando te lo dicen para que te están echando maldisiones (te cruzan los brazos en la cara, básicamente)? Pues nada, ya te lo digo yo.

Y nada. Ahora sí.

Agito sin ganas mi pañuelo blanco. 

Un saludo a todas aquellas chicas japonesas que nos ofrecieron su ayuda sin pedir nada a cambio, ni siquiera un mechón rubio de mi pelazo. Se os quiere ♥

[ Si probáis un sandwich de crema de cacahuete japonesa (en los supermercados están regalados) acordaos de mí ].

Yo también: LOST IN TRANSLATION

No sé si podría vivir en un hotel pero me encanta imaginarme que vivo allí aunque sea durante semana; no sé cómo, pero el primer día ya termino llamándolos ‘casa’. Lo que sí sé es que me encanta vivir pegada a una ventana. Notar esa sensación de agitación exterior desde tu superioridad estática protegida por un cristal. Esa posibilidad de estar en la calle estando en la cama o en bragas. Si no existiesen los karaokes, yo los habría inventado. Me encanta cambiarme la identidad con solo ponerme una peluca de otro color y corte que no es el mío. Me encanta dormir acurrucada de lado sabiendo que hay alguien ahí. O por lo menos imaginándomelo. Me gusta el silencio infinito hasta llegar a lo incómodo sin estar enfadada. A veces me lleno la bañera y lloro. Me gusta no notar las lágrimas bajo el agua. Odio despedirme pero más odio no vivir cada despedida como si no te fuese a volver a ver. Yo también miro a través del cristal y me pregunto casi cada día qué hago aquí. Aún no sé si creo en el destino pero sí confío en los encuentros entre personas predestinadas que solo tienen en común que están solas. Yo también me suelo sentir desorientada aún teniéndolo todo y yo también, me enamoro sin querer de los ojos cansados. Odio esperar enjaulada a que los demás terminen de hacer su vida. Y yo, que prefiero vivir con calcetines, también me colapso como una niña pequeña ante las luces de colores en mitad de la noche.

Por las noches en las que no pasa nada y sientes de todo. Por todos los momentos de intimidad totalmente vestida. Por los abrazos que al mismo tiempo te tocan, te acurrucan, te calientan, te mojan, te dicen lo siento, te dicen te quiero y te echan en cara que ya te vale, tronca. Por las despedidas de verdad, las de hasta nunca.

Por todas las veces que he sido y soy la Charlotte de alguien y por todas las veces que los bares nos unieron.

Ayer comprobé que todo esto pasó en 2003 y que yo, quince años después, sigo siendo casi la misma que entonces.

Yo también exagero

p1El 5 de enero de 2016 salí del juicio y de vuelta a casa me compré un roscón de reyes tan pequeño que me sentí todavía más sola. Llegué a casa, le hice un par de fotos al Roscón y subí una foto a Instagram quitándole drama al asunto. Le quité la fruta escarchada, le di un bocado y cerré la caja. Hasta aquí mi fiesta.

Era mi primer día de Reyes sola, totalmente sola. Nadie sabía que estaba en Madrid y nadie se imaginaba por qué estaba en Madrid. Me sentí mal, triste. Me sentí mala persona, fea. Me sentí sola.

 

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Doblé en dos las cinco denuncias y las escondí donde pude, ni siquiera yo quería volver a encontrarlas. Me dejé caer en el sofá, me agarré a Max y no lo recuerdo nítidamente, pero me seguro que lloré un poco. Y mientras tanto, nadie sabía que estaba sola en Madrid y nadie se imaginaba por qué lloraba sola.

No podía contar nada pero la rabia de escuchar una y otra vez esto pudo conmigo: «Buena suerte»

Durante más de un año sufrí el acoso de un tío (un vecino, para mayor tranquilidad) y durante más de dos años he guardado todo esto en el mismo cajón: las denuncias, las pruebas que me dejó en la puerta de casa, los comentarios machistas de mis caseras o la indiferencia de algunos conocidos.

Llegué a creer que estaba exagerando, de verdad. Que si me seguían a la estación, al Retiro o al supermercado no era para tanto; que si me esperaban por las mañanas a que saliera y por las tardes a que volviera a casa que no había que darle tanta importancia.

«Le has hecho gracia», «se habrá enamorado», «pobre, dale una oportunidad», «bueno tampoco exageres»

Sin duda, me creí que estaba exagerando. Los días que llamaba a mi puerta y me gritaba que quería follarme, seguramente exageraba. Cuando seguía a gente conocida mía para decirles que yo al final iba a ser para él, era una maldita exageración. Lo siento si cuando me gritaba que le daba igual que yo llamase a la policía, que le compensaba morirse o ir a la cárcel parecía una puta exagerada. Perdón si exageré cada vez que tenía notas suyas debajo de la puerta. Siento haber sido una exagerada todas las veces que me hacía fotos a escondidas.

Viví muchos días con las persianas bajadas pareciendo todavía más exagerada y dejé de hacer cosas sola cuando se iba el sol pero sin duda, posiblemente exageraba. Me culpé hasta de ser una maldita soltera exigente. 

Todo me parecía una exageración hasta que un día me siguió a la oficina sin darse por vencido. Esa mañana decidí denunciar, sin embargo en las palabras de la policía intuí que ¡sopresa! de nuevo, quizás estaba exagerando un poco. Y allí me quedé, sola y fría en mitad de la Gran Vía, sin saber muy bien qué hacer con mi vida (a la que obviamente había empezado a odiar).

Denuncié eso y denuncié todas las cosas que vinieron después. Acumulé denuncias y horas en comisaría, aguanté los consejos de mierda de la gente (policías hombres principalmente), soporté la culpa de no haber hecho nada antes y el 5 de enero de 2015 fue el juicio y finalmente, vino la orden de alejamiento. Una orden de alejamiento que solo sirve para detectar cuando se la saltan, cuando algo ha pasado. Una orden de alejamiento que no es más que un quitamiedos de mierda para exageradas como yo.

El día que conseguí volver sola al cine de noche sin mirar atrás ni una sola vez supe que hasta aquí, que ya había pasado todo. Empezó a darme igual ser el chisme del barrio y entendí que estar sola no era sinónimo de soledad y debilidad.

Nadie tiene derecho a invadirme y a la vez, yo tengo la obligación de patalear si lo hacen. Porque la violencia machista no solo es entre parejas o ex parejas. Violencia machista no solo es una paliza en casa. Violencia machista no es solo una violación, es lo de antes y lo de después. Violencia machista es cualquier acto que ofenda y perjudique física y/o psicológicamente a una mujer.

Y es por esto que 2018 quiero empezarlo abriendo el cajón y contando todo esto, arriesgándome a parecer exagerada de nuevo. Porque yo también me he avergonzado. Yo también intenté hacer vida normal sin poder vivir con normalidad. Yo también esperé ser comprendida. Yo también busqué inútilmente apoyo. Yo también siento miedo al volver sola a casa. Yo también me sentí sola.

En 2018 hazte fuerte, denuncia, no te escondas, cuéntalo, pelea, lucha. Desgraciadamente (aún) todas somos un triste titular en potencia. 

Capítulo 37: El olor a gamba y la muerte

K. siempre pensó que con las manos oliéndote a gamba no se puede hablar en serio. Esa noche, lejos de pretenderlo, S. le hizo ver lo equivocada que estaba. Juntos comprobaron que los crustáceos congelados sí entienden de dramas.

No se había ido aún del salón el humo que deja el mar a la plancha cuando S. puso sobre la mesa que un día quiso dejarlo todo.

S. era demasiado joven para una enfermedad de viejo y demasiado mayor para uno de esos sustos de jóvenes. Pero le llegó. Por primera vez en la historia, un avión se estrellaba contra alguien a los pocos días de regresar de Nueva York. Porque así fue. Un golpe compacto en el pecho, un susto que no se queda solo es eso, un choque de trenes en la garganta, una sensación de desmayo estando totalmente inmóvil, un impacto brutal sin opción de rebobinar.

Inmediatamente K. se acordó de su amiga, que poco antes de marcharse definitivamente le pidió por favor que le dejará ir, que solo quería descansar. Pero esto era diferente, él era distinto a eso. Él no era de abandonar pero tenía que hacerlo porque no se reconocía frente al espejo, frente a la gente, frente a la almohada. Estaba cansado sí, K. sabía que durante mucho tiempo a S. le pesó todo cuerpo, los huesos, las ojeras. La pequeña cuchara de café medio llena de leche templada también le pesaba en los dedos. La bufanda y el gorro de lana, todo le pesaba. Le pesaban las ganas de llorar, el no poder gritar. Las horas de camino al hospital mientras en Madrid tímidamente nevaba pesaban. Le pesaban los abrazos que esperaba y no llegaban. Las llamadas vacías, los emails frustrados, las miradas huecas.

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K. desvió la mirada a la servilleta mugrienta y acarició los bordes con sus aromáticas yemas. No lloró, como tampoco lloró las otras treinta y seis veces que habían hablado del tema. Esta era la trigésima séptima vez que charlaban sobre lo mismo pero no de las mismas cosas. En realidad, S. era el que siempre hablaba y ella la que siempre preguntaba. Ya eran treinta y siete las veces que él narraba la peor historia de su vida y treinta y siete las veces que ella escuchaba la historia con el mejor final del mundo.

Ella, como las otras treinta y seis veces, después de escuchar a S. solo quería abrazarle, agarrarse a su cuello, recorrer su espalda, acariciarle los brazos, besarle las manos. Pero sobre todo, está vez, solo quería darle las gracias por seguir ese maldito camino de baldosas hijoputescas que al final, pues oye, le llevaron hasta ella.

Desde Madrid, con amor.

Cuando salgo del tren, la humedad que tantas veces he maldecido me acaricia la cara y yo cierro los ojos y me dejo sobar. Huelo a mar desde Cuenca y para mí, sigue haciendo tiempo de fallas aunque esté en el barrio más castizo de Madrid.

Echo de menos el mar de una forma tan romántica que me da vergüenza hasta reconocer. Echo de menos el agua rebelde y acabo llenando mis paredes de fotos en orillas más sucias de lo que me gustaría. En realidad no echo en falta nadar ni siquiera mojarme los pies. Suena muy flipado isleño pero lo que yo realmente echo de menos es saber que ahí está. Que podría ir pero no quiero. Que existe un sitio por el que escapar, que hay un precipicio disponible por el que saltar y gritar.

Valenciana de primera generación, nací en el levante como bien podría haber visto la luz en una relajada y tímida Ciudad Real o en una calurosa y simpaticona Córdoba. Pero alguien eligió Valencia. Resultona e intensita a partes iguales. Una ciudad extrovertida pero de voz suave.

Nunca me sentí más valenciana que española ni más española que torrentina. Nunca me sentí representativa de ninguna terreta. Nunca hablé valenciano ni tampoco me esforcé. Nunca sentí recompensado el esfuerzo de llevar tres moños y trece mil horquillas en el pelo durante seis días seguidos.

A veces envidiaba el sentimiento profundo de amigos gallegos, vascos o catalanes. Orgullosos de lo bueno y lo malo, fieles embajadores de su terreta, influencers no patrocinados aferrados a un sentimiento profundo que parecía venir en un libro de instrucciones que yo no tenía. Que por no tener, yo no tenía ni siquiera un acento sexy residual.

Buscaba y buscaba esa empatía, esa sensación… pero no llegué a encontrarla. Lo dejé estar, me volví neutral. Cualquier sitio me parecía mejor y durante mucho tiempo quise huir de una ciudad que se me quedaba pequeña, que me parecía pegajosa y que nunca, nunca, nunca me decía nada.

Hasta que me fui de allí… Y ella, sin pedir permiso, se vino conmigo. 

Me quiso cuando más lo necesitaba. Cuando llegué a Madrid en pleno febrero a una habitación sin ventanas. Cuando toda mi decoración se basaba en un bote con arena y conchas de playa. Cuando solo tenía macarrones, atún y rosquilletas en la despensa, cuando le daba un sorbito al vaso de mistela un domingo por la tarde después de comer mientras lloriqueaba un poquito.

Desde entonces, cada vez que salgo por la puerta del tren o bajo del coche siento el abrazo cálido y húmedo. Paseo por Ruzafa con ganas de llorar por no poder quedarme a vivir allí. Recorro la Patacona con el corazón encogido y sin prestar atención a la conversación. Me pierdo por el Carmen y vuelvo sin querer a la estación del Norte. Peregrino por los mejores mercados de mi ciudad y compro el pescado y los quesos en el del Cabanyal y la fruta en el Central. Mi pueblo ya no me parece tan suburbio y siempre que vuelvo redescubro ese bosque a cinco minutos de casa en el que todavía no me sé ubicar. Respiro hondo viendo al fondo (muy al fondo) el mar y vuelvo a sentirme en casa.

Desde entonces soy más de Valencia que nunca y mejor valenciana por siempre. Desde entonces, pido bravas y horchata fuera de temporada y a deshora. Desde entonces, defiendo la paella a leña con romero recién cogido del campo y siempre tengo mistela (mucha) en la nevera.

Desde entonces, no me hace falta ninguna bandera* para sentir los colores.

*Porque si lo único que os representa es una bandera, algo está fallando.

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Feliç 9 d’octubre 🙂

Mr.Wonderful Presidente

Si hay algo que me hace empatizar con el resto de españoles es una cosa (solo una): no nos gusta nunca nada. Me declaro seguidora fiel de la queja diaria y si puede ser, de la sonora. Que si no se entera nadie, no luce igual.

Últimamente nos noto tristes. La gente llega a su trabajo con los ojos hinchados y sin ganas de soltar un chiste. Todo el café nos está malo y ya no hacemos hueco para irnos a tomar unas croquetas. El verano está al caer pero la vida es una mierda. No sentimos ni frío ni calor (metafóricamente hablando). Nos molestan los que llevan chaquetas y los que van en tirantes; los que llevan chanclas y los que aún piensan que las botas militares siguen de moda.

Los plátanos pochos con las últimas fresas negruzcas en la nevera y los primeros gazpachos que saben demasiado a pepino. La operación bikini sin anestesia y una desesperación veraniega que no cabe en el bañador. Esa sensación de tener que fregar siempre los cacharros que no has ensuciado. Esa maldita sensación de que estarías mejor metido en un cajón.

¡Hey, un momento! De repente, coges una taza al azar y sonríes. JEJEJE. #BUENOSDÍASCONALEGRÍA ¿Qué cohoneh está pasando? ¿Qué tiene esa taza de especial? ¿Por qué te hace sentir mejor?

Hemos inundado nuestras vidas con cachivaches random llenos de positivismo, buenrollismo, amorcismo y  repelentismo. La felicidad no estaba en el dinero hasta que una taza de doce euros te hace más feliz.

Compramos cosas que nos den un empujón, que sean algodón de azúcar para nuestros ojos y que encima te digan cosas bonicas justo cuando las necesitas escuchar. Necesitamos ser felices y nos esforzamos en serlo. Sin embargo esta moda se nos ha ido de las manos. ¡Mensajes bonitos hasta en los preservativos! ¿Por qué? ¿En qué momento alguien decidió que era buena idea diseñar una caja de condones que llamase la atención de mi prima de 6 años?

Con tanto bonitismo empiezo a tener escalofríos y pesadillas: ¿y si tuviésemos un presidente del gobierno llamado Mr. Wonderful? ¿Es eso lo que queréis?

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El drama no sería pequeño. Pensadlo bien. Un ente excesivamente amable de sonrisa forzada que caería bien a ancianos consumidores de la COPE, niños enganchados a la Play, señoras fieles a Bertín Osborne, adolescentes fans de Justin Bieber, buenorros marcapaquetes en la playa, a tu madre, a tu novio e incluso a ti. Llamaría a su partido político “Fábrica de ideas” y andaría todo el rato con el buen rollo de ese que da rabia y es de unfollow vitalicio. Sus intervenciones siempre empezarían con un «Vamos a hablar de cosas molonas», calificaría las ideas de Trump como «ideas originales para cuando menos te lo esperas», en las manifestaciones gritarían compulsivamente «¡no somos aburridos!» y nuestro ejército estaría formado por dependientas de El Corte Inglés (guerras no harían, caso tampoco).

Piénsalo. La gente pagaría (algunos ya nos llevan ventaja) por llevar merchandising del partido. Las ciudades se llenarían de banderolas color pastel y de alimentos que hablan y que te dan ganas de estampar contra la pared. Habría un canal de televisión en el que darían las noticias haciendo pareados: ¡La última ley como mola se merece una ola! ¡Suben los impuestos pero sonríe, ya puestos! ¡Sin democracia: juntos hasta el fin del mundo! 

Alístate en la Mr.Wonderfulmarina.

La vida puede ser maravillosa, jeje.

La vida no es así

El martes aposté un par de euros en la oficina al número 48. El miércoles mi madre terminó de coser el número 48 en cada una de las prendas de ropa que te llevarías. El jueves nos dijeron que en menos de 48 horas todo iría mejor. El viernes que raro sería que pasaras de las 48 horas. El sábado se esfumaron las 48 horas de esperanza que nos quedaban. El domingo no me pude creer que no llegarías a las 48 horas.

El lunes gané la apuesta. El lunes te perdí.

Nunca pensé que formarías parte del peor día de mi vida y eso que estuviste en muchos momentos que a punto estuvieron de serlo pero sé que no te mereces pasar a la historia como la protagonista del peor día de mi vida, así que prometo hacer el esfuerzo de pensar en ti solamente como la protagonista de los mejores días de mi vida. Todos.

Hace un par de años empezaste a olvidar el recordar y yo solo pensaba en que tarde o temprano te olvidarías de mí, de lo nuestro. Solo eso había escuchado por ahí. Que el recuerdo se iría apagando, que te irías desorientando. Te suplicaba en silencio que recordases los veintinueve años juntas, los cumpleaños con ramos de margaritas blancas, de rosas rojas. Mis primeras veces contigo, los sábados viendo Cine de Barrio, Bonanza o la Ruleta de la Suerte. Te preguntaba callada cómo sería posible que te acabases olvidando de cómo convertiste tu pueblo en el mío, de los veranos echando la siesta obligatoria con las persianas bajadas. De las navidades comiendo Ferrero Rocher a escondidas.

Yo solo pensaba que no me importaría que hicieses como que no había pasado nada pero que en el fondo, si nos mirábamos a los ojos sabrías por qué estaba frente a ti. Ahora, con el tiempo, me siento bastante idiota por pensar que uno de mis principales (sino el más importante) miedos era que te olvidaras de nosotros, de mí, de lo nuestro… Sin saber (o sin querer saberlo del todo) que lo peor es que te olvidarías de ti, de vivir. 

Aún me cuesta dormir porque en mi cabeza siguen retumbando mis gritos que suenan a dolor incrédulo o a una incredulidad que duele. Cierro los ojos por las noches y como un mantra empiezo a repetirme que no puede ser, que tarde o temprano despertaré… pero no, no me despertaré porque sigo sin poder dormir.

No puedo recordarte porque me quema. Lo siento, me quemo. Me encantaría sonreír viendo tus fotos, escuchando tus videos pero ardo al verte o al imaginarte sentada en tu sillón. Te prometo que hago el esfuerzo por acercarme al fuego y tiendo las manos pero las aparto con un golpe seco. No puedo. No puede ser…

Ahora entiendo ese vacío que dejan algunas personas. Ahora siento ese vacío del que alguna vez oí hablar en algún punto exacto que me cuesta concretar. Ese vacío es más grande que un océano. Un océano que quema.

Resulta curioso pero cuatro días antes del peor día fue uno de los mejores días. Nos volvimos a ver, me conociste y sonreíste con esos mofletes rosas que tanta rabia te daban. Me diste muchos besos y te reíste como pudiste de las bromas. Me dijiste que estaba guapa y como siempre, me miraste como solo tú lo hacías. Eras mi casa, abuela. Una casa pequeñita y cálida que siempre olía a cocido reconfortante. Una casa luminosa y acogedora. Siempre eras un sí. Siempre.


 

Mi abuela tenía alzheimer, sus hijas tenían una madre con alzheimer y su marido tenía una mujer con alzheimer. Eso es la única punta del iceberg que veía todo el mundo, incluso los médicos. Mi abuela era para los médicos un desahucio vital seguido de una cara de circunstancia y un escalofriante: «La enfermedad es así».

No digo que las cosas hubiesen sido diferentes pero todas las personas tienen derecho a una atención mínima tengan alzheimer o 103 años. Seamos más conscientes de que aún queda vida, qué importa cuánta. El jueves una doctora de urgencias fue a su casa, le tomó la fiebre con la mano y se fue, no sin antes decir, por supuesto, que la enfermedad era así. El viernes mi abuela ingresaba con una infección grave, una subida de azúcar y fiebre, mucha fiebre. El lunes estaba rodeaba de esas rosas rojas frescas que tanto le gustaban en un sitio tan frío como escalofriante.

El alzheimer es una enfermedad que ataca cuándo, dónde y a quién quiere. Que a veces va más lento y otras veces más rápido. Dura para el que olvida y durísima para los que ven cómo se olvida… pero desgraciadamente es una enfermedad que no exime de ser compatible con otras dolencias. Una enfermedad dura como una roca que todos los días te hace tropezar. Pero pelea. Pelea hasta el final y desde el principio. 

Escribo esto porque intento deshacer el nudo…

Escribo esto por mi abuela.

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(Te seguiré escribiendo)

 

Descansa

No había bajado del coche cuando me dijeron que ya no.

Bajé corriendo la cuesta que va de mi casa a la suya. Cuántas veces había bajado esa cuesta deseando verla un verano más. Cuántas veces me caí bajando esa cuesta y volví a casa con las rodillas sangrando. ¿Cuántas veces me quedaban por bajar a su casa?

Mi abuelo abrazaba a mi abuela que intentaba no volver a llorar. Ambos me miraban bajando la cuesta sabiendo que esta vez  yo no llegaría a tiempo porque aunque allí seguía, posiblemente ya se había ido.

La pequeña barca se acercaba lentamente y yo me quedé inmóvil en el borde con las zapatillas bañadas en barro. Un escalofrío me recorrió la cabeza porque nunca antes había vivido un momento igual. Nunca había sentido algo parecido. Jamás me había parado a pensar cómo sería estar en esa situación. ¿Alguna vez te has dejado el aliento para ir a despedir a alguien que pensabas que ya estaba muerto y de repente, lo ves ahí, aún vivo, sabiendo que tendrás que despedirle… pero de verdad? Pues allí estaba ella. Despierta. Viva.

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Salió por su propio pie de la barca con un chandal viejo y la coleta floja y caída. Cabezona como yo, se empeñó en dar una vuelta tumbada mirando al cielo. De pequeñas nos tumbábamos en la barca amarrada y nos preguntábamos si detrás del cielo había algo más, si habría casas, lagos, barcas. Nos preguntábamos si al llegar al cielo hay alguien que te pide papeles o si tienes que llevar dinero en el bolsillo para poder comprarte al menos algo de cenar.

Me abrazó sin fuerzas (o sin ganas) sabiendo que yo estaba en ese lugar y en ese exacto momento porque pensaba que ya nos había dejado para siempre. Caminó arrastrando sus piernas y se metió en casa. Se tumbó en su cama y se acurrucó.

Conseguí deshelarme y fui tras ella. Me apoyé en el marco de la puerta y allí estaba. Respirando. Viva. Me acerqué despacio apretando los dientes. «Tienes que quedarte, tienes que poder quedarte» le susurré. Ella tenía los labios cortados en mil rectas paralelas y sonreír era un verdadero suplicio, aún así, lo intentó. Lo intentó negando con la cabeza. Respiré hondo para evitar empezar a discutir o al menos, para no volver a soltarle mi discurso. «Quédate, no te vayas, sé fuerte, inténtalo, vamos…»

«Tengo frío, estoy cansada». Se levantó de la cama y me acarició la cara. Hizo un intento de caminar pero no supo continuar y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Fui a buscar una manta. El comedor seguía lleno de gente que al verme salir de la habitación se paralizó y se quedó sin respiración. «Sigue aquí», les dije (incomprensiblemente molesta) dándoles la espalda.

Tapé a mi mejor amiga y ladeó la boca dándome las gracias. Buscó una posición más cómoda y cerró los ojos. Yo seguía enfadada. Mucho. «Quédate un poco más, no puedes dejarnos ahora». Ella me miraba de reojo tan relajada que me daba rabia. Me repetía que quería descansar y que tenía frío. Yo la miraba fijamente y no la entendía, de verdad que no la entendía. Ya, ya sé que ni siquiera lo intenté. Ella allí, conmigo. No pedía tanto. Estaba bien, era lo mejor. Si tenía frío, yo la taparía. Si quería descansar, yo la dejaría dormir. Volví a llorar como lloré meses atrás sabiendo lo que vendría. Ella esforzándose como nunca se hubiese imaginado que lo haría se sentó en la cama, se puso la manta sobre los hombros, me cogió de las manos, me dio un beso en la mejilla justo encima de una lágrima recién brotada y susurró: «Vamos… si yo solo quiero descansar».

Por fin lo entendí todo. Dejé mi egoísmo a un lado. Dejé de pensar en mí sin ella, en mi vida con su vacío, en la ausencia de sus respuestas a mis preguntas. Dejé de suplicarle que intentase quedarse. Asimilé que aunque podía quedarse, ya no quería. La ayudé a recostarse, la tapé bien, como a ella le gustaba, hasta los ojos, le di un beso en la frente y le susurré: «descansa».

La vi sonreír. Me fui de la habitación. Se fue de la casa.