Yo también: HER

A mí también me gusta estar sola. Aislar por voluntad propia. Observar cómo se difuminan y entremezclan las luces. Tomar café en silencio. Sentirme ridícula enseñándole mi universo al mundo. Me gusta que gente que ni siquiera conozco me haga reír en menos de 140 caracteres, me dé los buenos días o consiga ponerme a mil. Que se ilumine el teléfono cuando más lo necesitas. Me gusta ponerme dramática mientras vuelvo a casa al salir de la oficina. Imaginar cómo sería mi vida cerca de personas que parecen solo existir en las fotos. Me gusta conectar sin tocarnos. Olvidarnos con tan solo desconectar.

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A mi abuela.

Es mucho más fácil pedir un «no me olvides» tardío que insistir y pelear juntos por un «acuérdate».

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Hace poco más de un año que empezaste a olvidar el recordar.

Yo no recuerdo en qué momento decidí empezar a recordarte todos los días que no me olvidaras. Me parecía un buen plan. El mejor de los peores. Hacernos memoria y jugar a las adivinanzas. Preguntarte por cosas que ni siquiera yo conseguía recordar. Nombres. Sitios. Fechas. Recetas. Tablas de multiplicar. Idiota y egoísta por mi parte. Eso no se me olvidará.

Te cambio un «no me olvides» por un «acuérdate de mí». Sin presiones. Acuérdate cuando quieras y de lo que quieras. En silencio, sin decir nada. Olvídate de mí pero acuérdate de ti conmigo. Y después, olvídalo si tiene que ser así.

Prometo hacerte olvidar que acordarte de mí es tu única misión. Sé que cada vez que nos miremos a los ojos nos encontraremos en algún recuerdo. Quizás, incluso, en algún olvido.

Tus lagos rebosantes se vaciarán pero nadie podrá secar los míos. Y yo llenaré otros en los que estarás. Descansaremos en tus lagunas sombrías mientras te acaricio la mano. Descansaremos en mis lagos que aún vas llenando mientras te dejas acariciar.

Acuérdate tú, que de no olvidarte ya me encargo yo. 

A mi abuela.

Te quiero como robot.

El ventilador no funciona pero si abro la ventana el calor se autoinvitará a pasar. Intento echar la siesta y me cuesta más esfuerzos que echar un polvo. Encuentro un documental sobre el futuro y pongo el iPad a funcionar (recordando lo que dice mi abuelo sobre lo de que la tele da calor).

Dicen que veremos morir a la muerte, que la telepatía le quitará el puesto al Whatsapp o que los robots se humanizarán, formarán parte de nuestras vidas y nosotros, obviamente, nos enamoraremos de ellos. Por fin nos olvidaremos de las etiquetas de heterosexual-homosexual y las sustituiremos por las de humano-robot. Resoplo. Yo así no puedo dormir. Me siento rara. Hay algo que me inquieta y me perturba y no tiene nada que ver con el horóscopo de Esperanza Gracia. Ya sé que es. Soy de esas. Yo me enamoraré de un robot, lo sé. Lo asumo, soy consciente. Siempre he sabido que podría enamorarme de un sistema operativo. Sé que estoy preparada. La vida me ha preparado para eso. Conocer gente en internet que te saca una sonrisa por la mañana, que te pone cachonda a mitad de tarde y te dice lo guapa que estás si le enseñas una foto. Esperar esa frase con el móvil encendido en la mano hasta que te duermes. Eso ya me lo sé. Next.

Cada vez estoy más egoístamente convencida de que nos enamoramos por cómo nos sentimos cuando estamos con otra persona al lado, no por lo que le hacemos sentir a la otra persona. Y eso encaja con tener a un alguien creado por la diosa tecnología que esté ahí para hacernos sentir queridos por otro, otra u otrx. Alguien o algo que nos dé conversación, que nos entienda, que nos haga reír, que sea nuestro cómplice, que nos enseñe cosas… Que nos haga sentir bien.

Me despertará con mi canción favorita de la semana a un volumen previamente establecido en ajustes para evitar mis microinfartos matutinos. Me calentará el café solamente sujetando la taza con su mano. Me tocará y podré sentir escalofríos aunque en realidad serán fruto de una descarga controlada de baja intensidad. Me podré dormir sobre su brazo de silicona-o-lo-que-sea-que-sea-eso sin que se le duerma. Me enseñará a hablar idiomas con sus múltiples opciones de conversación y siempre me dará la razón. Me querrá como me merezco. Yo le cuidaré, le tocaré los muelles sin que se lo espere, le lameré los cables porque soy una chica muy mala y le prometeré que nunca le faltará batería. Él me proporcionará wifi y placer a siete velocidades. Siempre querrá fregar los platos y recoger la ropa del tendedero.

– Gitano, ¿tú me quieres?

– 01110011 11000011 10101101

– Jeje, eres un máquina

Y así todo el rato. Hasta que le dé al off.

 

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Lo del futuro loco.

Lo del sistema operativo.

Lo de robot-persona.

Las tres (malditas) fases del amor

No sé qué me pasa… que siempre me pasa lo mismo.  No,  no son unas declaraciones de una folclórica con patillas. Es mi maldita vida. No hay historia de amor o aventura absurda de fin de semana que no pase por estas tres horripilantes y nauseabundas etapas. Tres. Ya sé que sería mucho más fácil si todo se resolviese en una escena, pero no. Yo no soy de esas.

 

Fase 1. El niño, que se ha enamorado.

Chico conoce chica que para su desgracia soy yo. Tenemos una cita. Una cita guay, desconcertante pero guay. El susodicho se engancha a mis rarezas, a mi humor inglés del norte y a mi forma de gesticular. Me invita a más vino blanco. Otra cita y otra. Me mira en silencio y sonríe. Me da los buenos días cada mañana y las buenas noches cada noche. Hace que nuestros gustos coincidan y casualmente le gustan las croquetas. Le pregunto que si se casaría conmigo por la iglesia de la cienciología con Chayanne de párroco y me dice que sí sin pensar. Alucino y él se queda parado. Me río fuerte mientras vuelve a abrocharse los botones de su corazón. Se imagina conmigo pero yo… intento seguir imaginándome sola. Hago un esfuerzo por no dejarme llevar. Me despierto y allí está mirándome. Me toca el pelo sin que se lo pida. Me dejo querer… pero de lejos. Me agobio un poco y da dolor de barriga. Me entra susto y lanzaría el móvil al váter cada vez que me llama.

Fase 2.  Me gustas mucho (tirorirorí)

Pero un día no me llama y se me cae la careta de Sirenita rancia a los pies. Que sí, que igual me he enamorado un poco. O bastante. La tortilla se ha dado la vuelta sin avisar. Quiero otra cita y no me la pide. Se la pido y me dice que no le viene bien. Me las devuelve todas con intereses y se hace el rancio con razón. Miro el móvil fijamente para ver si mi concentración hace que su neurona del amor se active y me escriba un mísero whatsapp. Miro otra vez el móvil, lo apago y lo vuelvo a encender – no vaya a ser que-. Me apetece todo con él. Le abrazo fuerte cada vez que nos vemos y me dan ganas de llorar cuando se va. Le lanzo indirectas, canciones, pinzas de tender y bolas de papel. Es perfectamente imperfecto. Pasa todos mis filtros, incluso los que no había pensado. Empieza el drama. Un día me imagino seriamente casándome por el rito de la cienciología con Chayanne moviendo el paquete en mi cara. Paso del vino, ven a mi casa a tomar zumo, a pasar la escoba… Yo qué sé. Meo rosa y sé que así no puedo vivir. Mira Mayra, yo me planto.

Fase 3. Modo-Hortelano: Ni comemos ni dejamos comer.

A chica le gusta chico y además chico está pillado por chica pero con tanta tontería ya no sabemos a quién le toca tirar. Me hago la interesante pero solo consigo parecer tonta. Tenemos ganas de vernos, de estar juntos… pero nadie se decide. Un día quedamos a tomar café como si fuésemos compañeros de trabajo y al volver nos freímos a whatsapps. Que si me hubiese encantado tal, que si podríamos haber hecho cual, que si te has ido muy pronto, que si MIERDAS. Nos damos más ‘Me gusta’ en Facebook que abrazos y lo más cerca que estamos de tocarnos es aumentar la pantalla con los dedos para hacer zoom en nuestra foto. Hablamos de amor por Twitter y hacemos FAV diciéndonos «ya… y yo». Antes de terminar la frase de «a ver si quedamos» ya he mojado las bragas y tú te has desabrochado el cinturón. Nos gustaría rodar en la cama pero nos conformamos con ver una serie cada uno en su sofá. Nos echamos de menos sin habernos perdido. Y lo peor es que pronto nos perderemos porque somos gilipollas.

*

La fase 3 es el gran bar de la sociedad. Salimos para entrarle a gente que piensa en otra gente que también está salida y no se deja entrar. La tercera fase está llena de pelusas y bombones de licor caducados. Es como un enorme Centro de Oportunidades de El Corte Inglés en el que suena todo el rato «Búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar».

 

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Fui incapaz de encender el fuego de este apartamento de Nueva York. ¿Es, quizás (y solo quizás), una metáfora de mi vida amorosa?

(Publiqué este artículo en Intersexciones antes de ir a Nueva York)

Microputada

Las relaciones con idas y venidas no van a ningún lado.

La historia de la que todos hablan

Chico conoce chica.

Chico tiene cuarenta años y está en la flor de la vida. Chica tiene cuarenta años y está como una rosa marchita. Chico es una manzana ácida y verde. Chica, una manzana Golden que ha pasado unos días fuera de la nevera. Chico es sexy, Chica no está mal para su edad. Chico es aventurero, Chica una cabra loca. Chico está soltero como premio pero lo de chica es como un castigo. A Chica ya se le pasó el arroz y Chico está en plena dieta del cucurucho.

Pobre la Chica… y maldito hijo de puta suertudo el Chico. 

El «yo a tu edad…» de ella frente al «claro que sí, ¡disfruta hombre!» de él.

 «Acéptate de una vez como eres y quiérete» para ella. «Nunca es tarde» para él.

Chico todavía es joven, Chica aún no es demasiado mayor. Chico hace running y chica sale a andar. Chico es de gintonics y Chica solo de tónica. Chico cada vez viste más ajustado y Chica busca vestidos vaporosos.

Cada sábado, Chico sale a matar mientras Chica se deja morir en el sofá.

Chico es un cuarentañero pero Chica una cuarentona. 

Chico es la alegría de la huerta y Chica, la del supermercado. Chico es la polla pero Chica un coñazo. Chico es un zorro listo, Chica una zorra muy lista. Chico decide cuando sí y Chica cuando no. Chico siempre es sí, Chica siempre no. Chico tiene éxito, a Chica le va bien. Las arrugas de Chico son experiencia, las de Chica cicatrices del tiempo. A chico le suda la polla y chica tiene el coño seco. Chico te follaba y Chica se dejaba follar. Chico es moderno pero Chica no viste acorde a su edad. Chico es un hombre que va a más, Chica una mujer venida a menos. Chico es un soltero de oro y Chica una solterona bañada en plata.

Chico puede. Chica quiere.

(En) Fin.


Pero, ¿cuál es la historia de la que todos hablan? ¿Cuántas historias hay? ¿Cuánta mierda nos queda aún por escuchar?

«Cuarentañero conoce cuarentona». PFFF POBRECÍN

«Cuarentona conoce chico». ALGO BUSCA CHICO

«Chica conoce cuarentañero». ÉL DEBE SER UN FIERA

«Cuarentañero conoce chica» QUÉ CABRÓN JEJEJE

«Cuarentón conoce chica» ALGO QUIERE CHICA

«Cuarentañera conoce chico» ¡DESESPERADA!

El amor es una mierda, pero la sociedad más.

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Siroco

No sé si me enamoré de verdad alguna vez pero que estuve muy, muy cerca sí lo sé. Creo. Siempre me eché la culpa por no insistir, por no decir que quería más, por no decir que me había enamorado fuertecito. Creo.

Pasaron los años pero él no pasó. Pasaron algunos por mi cama pero él no pasó. Intenté pasar de él pero eso no pasó. Pasaron muchas cosas pero lo que tuvo que pasar… no pasó. Aún me sigo repitiendo “ya pasó”, pero no. Pasó por mi vida y se quedó.

¿Sabes eso de… repetirte muchas veces algo mientras el eco que resuena dentro de ti repite justo lo contrario (ya no-ya no-ya no-mentira-mentira-mentira)? ¿Sabes eso de que crees que ya no pero sí, claro que sí? ¿Sabes eso de no saber si estás enamorado de alguien o de su recuerdo o de lo que coño que sea eso que te remueve?

Logré una calma ficticia. Mi vida era como lago canadiense rodeado por camino llano pero de repente llegaba él. Volvía a mí como una ventisca brusca y un oleaje congelado del norte y me lo destrozaba todo, me llenaba el camino de piedras que esquivar y con las que tropezar. Y yo por supuesto, tropezaba encantada. Su viento me empujaba y yo…  por supuesto que me dejaba.

Hace un tiempo lo decidí, quería viento y piedras. Quería su viento y sus piedras. Quería abrir las ventanas y que él pasara. Quería recorrer sus caminos irregulares. Por mucho que el viento me diese dolor de cabeza, por mucho que me doliesen los pies… Lo tenía decidido. Era eso lo que quería.

Sin embargo lo que recibí fue una masa de aire caliente de África y micropartículas de arena arrastradas desde el sur.

Un puto siroco que te aprieta por dentro, que te presiona desde fuera. Ese siroco que te impide respirar, que te quita las ganas, que te deja en el sofá mirando inmóvil a la nevera. Y allí estaba yo, masticando polvo en mitad de una tormenta de mierda. Y allí me quedé, sentada en el suelo delante del ventilador buscando aire fresco.

Aire caliente cuando yo solo quería frío polar y unas zapatillas llenas de granos de arena asquerosamente diminutos que se convertían en una molestia ridículamente insoportable.

Él sigue soplando viento fresco pero hacia otra dirección que no soy yo. Él sigue poniendo piedras en el camino mientras le da la mano a otra para que pueda caminar mejor sobre ellas.

Yo sigo reconstruyendo mi lago canadiense en el centro de Madrid mientras esquivo su polvo rojo como si esto fuese Matrix.

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Love funnel

Love funnel. ¿Suena divertido, verdad? Pues no lo es. No es tan fun como parece. El origen de todo esto es el archiconocido brand funnel (eso que parece un embudo o una pirámide alimenticia invertida). Esa cosica-bonica que utilizan los sabios-de-lo-que-sea-que-sean-sabios para explicar qué hay detrás de un proceso de compra normal y cuánta gente se va quedando por el camino porque alguien lo está haciendo malfatal. Es decir, qué pasos se siguen hasta llegar a la estantería y decir «Oh, sí. Me lo llevo. Para mí, para siempre».

Como somos de naturaleza consumista y materialista *da un sorbo a su café de Starbucks y continúa tecleando en su MacBook Air* solo lo aplicamos a cosas comprables (marcas, productos…) pero yo pienso: ¿acaso hay algo que produzca más ansiedad por encontrar y adquirir que el corazón más rojo, precioso y amoroso del mundo? Al final, buscamos el amor (ok, nadie busca porque el amor surge como la magia y los vapores de Islandia) como quien va de compras. Miramos, comparamos, probamos y si hay otro mejor, cambiamos sin remordimiento. A veces no hace falta que sea algo mucho mejor, vale con que nos dé menos problemas. De precios mejor ni hablamos.

El Love Funnel (Embudo del Amor tiene menos tirón y me recuerda al vino de brik, pero ese es otro tema) también es un proceso que va dejando cadáveres sentimentales por el camino. Un maldito proceso de cuatro o cinco fases que no me he inventado yo. Ya veréis. En el amor también hay marketing y como en el amor: todos empiezan, muchos siguen, pocos continúan y casi ninguno roza la puntita. De la pirámide, claro.

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¿Cuántas personas saben que existes?

Notoriedad. Atención. Conocer. Que sepan de ti. Atraer a seres vivos.  Hacerse notar. Holaquétal. Igual te sueno de otras redes sociales o incluso de algún bar. Es probable. Me gustan las croquetas, ya te lo habrán contado. El reto es construir algo lo suficientemente atractivo y diferente como para calar. Que se acuerden de ti. De lo personaje que eres. De que te gustan las croquetas. De que alguien alguna vez te ha visto en Tinder. Tus redes sociales hablan de ti, tus amigos hablan de ti… Y tus exs también. No lo olvides. Esta fase es mundial, cualquier persona o extraterrestre con buen wifi puede entrar en contacto contigo. Mete barriga.

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¿En cuántas mentes calenturientas estás presente?

Familiaridad. Interés. Vale, me suenas. Ya te conozco. Tienes algo diferente al resto. Cuéntame más. Cómo podemos conectar. Quédate. Esto es como una primera cita. Cuenta tus ventajas y aliña un poco tus cosillas negativas. Facilita información. No me gustan las olivas y sería mejor retirarlas de la mesa, gracias. Parece normal aunque no lo seas. En este paso es posible que haya menos gente. Toda de calidad, por supuesto.

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¿Cuántos creen que tú sí que vales?

Consideración. Deseo. Eres una de las mejores opciones. Algunos ya querrían quedarse contigo. Da razones. Beneficios funcionales (sé hacer de comer) y emocionales (te sentirás muy bien cuando te haga de comer). Te tendrán en cuenta. Para cosas. Quieren saber más de ti y tú te das a conocer a fondo. En plan bien. Pueblo de tus abuelos, horóscopo, artes culinarias y amatorias, película favorita, no a los toros, sí a la adopción de animales, instinto maternal, gran experiencia dar besos con lengua, tortilla de patata con o sin cebolla, odias a Mr.Wonderful y esos matices tan arriesgados que pueden hundirte o elevarte al cielo del amor. Di la verdad. Siempre. A menos que quieras decir mentiras. Que también es respetable.

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¿Cuántos se quedan contigo?

Acción. Te compro. Palante. Dar el paso. Decidirse. Que te lleve a casa. Con su familia. Un domingo. A comer. Sonríe. Mmmmm. Qué rico todo. No. Pero no pasa nada. Luego vais al Burger en un #pliki.

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¿Cuántos siguen junto a ti?

Loyalty. Tema serio. ¿Te quiere solo a ti? ¿Repetiría? ¿Volverá a llamarte? ¿Te recomendaría? Y lo más importante, ¿sois felices?

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Ay, el amor. Que ni se compra ni se vende pero aquí estamos…  en el mercado.