Para.

Para de buscarte en cada palabra que escribo en broma o en serio, golpeando el teclado o deslizando el lápiz. Para de buscarte en lo que susurro o en lo que grito. Para de buscarte en lo que hago. Para de buscarte para encontrarme. Para de buscarme comiendo tortilla en la barra del bar Zabaleta de Donosti, lloriqueando en la última fila de una sala en los Cines Ideal, tomando un Toño en el sillón marrón de Cafelito o abanicándome en la puerta de La Bodeguita del Medio en La Habana.

Para de buscarte.

Para de buscarme.

O te encontrarás.

O me encontrarás.

Para de buscarme para encontrarte.

Para de lo que sea.

Para lo que sea.

Pero para.

Para.

Para de buscarte.

Estás.

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Tantas historias en un sitio tan pequeño

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Nunca pensé que fuera a sentirme parte de un lugar, de un sitio privado, de una cafetería que no es mía. Llevo cinco años en Madrid y aún sigo diciendo que «me voy a casa» cuando vuelvo a Valencia. Nunca antes había estado más cómoda en un sillón ajeno que en mi propio sofá.

Nunca.

Ese sitio no es nuestro pero dejamos allí tantas historias que podrían ilustrar todas las paredes de la calle Sombrerete. Los que cierran viajes en mesa rectangular del fondo, los que empiezan a escribir su novela en el sillón marrón que hay al entrar a la derecha, los que prueban el café por primera vez en la mesa redonda verde, los que se conocieron anoche y se atreven a desayunar juntos. El chico con sudadera gris que nos dibuja a boli desde su taburete blanco. También está el que pide que café para dos, uno descafeinado y con leche fría, para su mejor amigo de cuatro patas. Están los hijos de aquel señor que tomaba cappuccino en la misma silla como costumbre o manía y que ya no lo hará nunca más porque se fue bien lejos. Está esa pareja que no se habla pero comparten el zumo. Están los que esperan a su cita, los que van después de su cita y los que no tienen cita.

Y estoy yo. Estoy yo avanzando de mesa en mesa como si aquel lugar fuese un tablero de ajedrez hasta llegar al sillón que me hace sentir reina. Reina de nada, de mi tiempo, como mucho, que no es poco. Estoy yo decidiendo qué hacer con mi vida, con el otoño, con mi domingo. Estoy yo pensando cómo llamar a mi nuevo aloe vera, dónde cenar o con quién quiero estar. Estoy yo saliendo de un día malo o entrando en uno de los mejores. Estoy yo mirando qué pasa alrededor del sillón marrón.

Me gusta desayunar sola. Me gusta que al llegar me reciban como en casa. Que a veces me den el beso en la mejilla que no me puede dar mi padre porque está lejos. Me gusta que nunca haya malas caras. Me gusta mirar, leer y escribir. Me gusta no hacer nada. Me gusta ver si alguien dejó algún libro nuevo en la estantería. Me gusta el café. Me gusta Cafelito.

La muerte

Imagínate. Me muero en media hora. Una maceta con un aloe vera de diez años me cae desde un tercer piso. Me atropella el 148 en un paso de cebra. Que probándome un sujetador en Oysho me explota el corazón de la presión. Que me caigo en una alcantarilla abierta. Que me clavan una espada láser por Gran Vía. Que me arranca la cabeza un zombie captador de una ONG en la puerta del Fnac de Callao. Que me atraganto con una croqueta gigante de jamón. No sé. Imagínate.

Imagínate. Me iría de este mundo dejando huérfano a un perro adoptado y en plena adolescencia, con dos plantas sin regar y con el baño por recoger. Las New Balance en mitad del salón, dos bufandas encima de la silla del comedor, el cargador del móvil enchufado y un cuadro por colgar.

Me moriría teniendo una lavadora llena de ropa sucia, con media tarrina empezada de Philadelphia, con un aguacate demasiado maduro, con un brik de zumo de manzana abierto y medio paquete de galletas sin pinza. Siete rebanadas de pan de cereales. Dos vasos en el fregadero sin fregar. Un salmón descongelándose para hacer sushi.

Me moriría para siempre sin despedirme de ti. De nadie. Sin decirte nada. Ni hola ni adiós ni lo siento, ni bien ni mal, si más, si menos, si hoy no, si mañana ya te llamo yo. Me iría dejando cosas aplazadas que posiblemente nunca llegaría a hacer. Me iría como quien se va de fin de semana. Me moriría y mi último pensamiento habría sido «menuda siesta me voy a echar». Y sí, no me equivocaría.

Me moriría sin volver a mi casa. Sin decirle a mi abuela que no, que aún no tengo novio pero que tampoco tengo prisa. Sin hacerme un selfie con mi perro nuevo, sin decirle a mi madre que me coja hora en la peluquería para el sábado que viene. Sin decirle a mi padre que me hinche la rueda trasera de la bici. Me moriría sin hacer un último Skype con mi hermano mientras yo ceno y él, al otro lado del charco, almuerza.

La muerte me pillaría sin saber si sería él u otro. Si sería de Valencia o de Bilbao. Si al final tendré tres hijos o ninguno. Si me quedaré en Madrid para siempre. Me moriría sin saber cómo pasar las fotos del iPhone al ordenador, sin instalarme la nueva versión de Java, sin comprarme la botas negras que estaba buscando. Y sin tomarte el café sorpresa del viernes en Cafelito.

Imagínate, me convertiría en polvo sin conocerte. Me moriría y la cama sin hacer. Me iría a la mierda eterna sin dejar mis libros a nadie, sin escribir el mejor post de mi vida. Y lo peor, me moriría llevando una coleta y una carrera en la media.

Yo por si acaso me he venido a Cafelito a tomarte café, que nunca se sabe.

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Desayunar en la cama es de guarros

Estoy en Cafelito. Posiblemente si no tuviese la motivación de desayunar aquí y sentarme cada fin de semana en el sillón marrón, no me levantaría hasta las doce. El sillón marrón me abraza. El desayuno no me sienta igual de bien si no estoy sentada aquí. A veces, a mitad de desayuno, si se queda libre el sillón, cojo la bandeja, el café, el bolso, el abrigo, el móvil, el libro, el vaso de agua infusionada (¡infusionada! El primer día que vine, pensé que se habían dejado detergente en el vaso pero no, ¡era cardamomo!) y me cambio al sillón. Y pienso en quedarme a vivir aquí. Me encantaría llegar a las diez de la mañana, desayunar tranquilamente y empalmar con el resto del día. Ya llevo hora y media. Algún día me dirán: «Oye, que eres muy maja y tal PERO QUE TE PIRES». Mientras tanto, aquí sigo.

Hoy he llegado muy pronto. Abren a las diez y a las diez y cuarto ya estaba entrando por la puerta. Mala suerte. Dos personas dentro y las dos personas sentadas en los únicos dos sillones marrones de Cafelito. Mala suerte. Malísima. Me he pedido un completo. Café con leche, tostadas de centeno con tomate y zumo especial de la casa (manzana, mandarina y naranja). Y por si fuera poco, la bandeja de mi desayuno venía con una mandarina ecológica de Valencia y el café con una galletita de canela y jengibre que dice «cafelito». Uno de los sillones se ha quedado libre, cojo mis bártulos y me cambio. Me dejo abrazar por el sillón. Empieza a venir gente. Gente sola. Las ocho mesas se ocupan por gente que viene sola. Una putada para Julio, el dueño y señor de Cafelito. No sé, creo.

¿Nos gusta desayunar solos? ¿Seremos solteros todos los que estamos aquí? ¿Tendrán pareja pero preferirán desayunar solos? ¿Y si esta cafetería fuese solamente para solteros? ¿Y si todos nos mirásemos cómplices pensando «estamos solteros porque queremos y mira que felices somos desayunando solos»? Molaría. Bueno, no. No sé.

Nunca me ha gustado desayunar en la cama. Es una puta guarrada. Migas por las sábanas. Mermelada en el pijama. Gotas de café. No me parece de Estrella Michelín, lo siento. Y la seguridad alimentaria deja mucho que desear en esa situación. Creo que os parece romántico porque lo hacéis en el sitio donde se folla y os parece una rebeldía amorosa de la leche. En todo caso, lo romántico (y vago) del asunto es que alguien te haga el desayuno. Independientemente de todo lo demás. No me creo que romántico sea desayunar como si estuvieras en la cama de un hospital. No me lo creo, lo siento. Perdonadme pero sois unos románticos un poco raritos. Y guarros. Muy guarros. Porque desayunar en la cama es una puta guarrada.

Lo romántico es despertarse por la luz que entra por los agujeros de las persianas, es dar un par de vueltas en la cama, es desperezarse como un león, es una ducha caliente sin prisa, es abrir las ventanas para ventilar, es salir a la calle y ver a la gente sin prisa y por supuesto, es desayunar en Cafelito.

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