Yo también: LOST IN TRANSLATION

No sé si podría vivir en un hotel pero me encanta imaginarme que vivo allí aunque sea durante semana; no sé cómo, pero el primer día ya termino llamándolos ‘casa’. Lo que sí sé es que me encanta vivir pegada a una ventana. Notar esa sensación de agitación exterior desde tu superioridad estática protegida por un cristal. Esa posibilidad de estar en la calle estando en la cama o en bragas. Si no existiesen los karaokes, yo los habría inventado. Me encanta cambiarme la identidad con solo ponerme una peluca de otro color y corte que no es el mío. Me encanta dormir acurrucada de lado sabiendo que hay alguien ahí. O por lo menos imaginándomelo. Me gusta el silencio infinito hasta llegar a lo incómodo sin estar enfadada. A veces me lleno la bañera y lloro. Me gusta no notar las lágrimas bajo el agua. Odio despedirme pero más odio no vivir cada despedida como si no te fuese a volver a ver. Yo también miro a través del cristal y me pregunto casi cada día qué hago aquí. Aún no sé si creo en el destino pero sí confío en los encuentros entre personas predestinadas que solo tienen en común que están solas. Yo también me suelo sentir desorientada aún teniéndolo todo y yo también, me enamoro sin querer de los ojos cansados. Odio esperar enjaulada a que los demás terminen de hacer su vida. Y yo, que prefiero vivir con calcetines, también me colapso como una niña pequeña ante las luces de colores en mitad de la noche.

Por las noches en las que no pasa nada y sientes de todo. Por todos los momentos de intimidad totalmente vestida. Por los abrazos que al mismo tiempo te tocan, te acurrucan, te calientan, te mojan, te dicen lo siento, te dicen te quiero y te echan en cara que ya te vale, tronca. Por las despedidas de verdad, las de hasta nunca.

Por todas las veces que he sido y soy la Charlotte de alguien y por todas las veces que los bares nos unieron.

Ayer comprobé que todo esto pasó en 2003 y que yo, quince años después, sigo siendo casi la misma que entonces.

Yo también: HER

A mí también me gusta estar sola. Aislar por voluntad propia. Observar cómo se difuminan y entremezclan las luces. Tomar café en silencio. Sentirme ridícula enseñándole mi universo al mundo. Me gusta que gente que ni siquiera conozco me haga reír en menos de 140 caracteres, me dé los buenos días o consiga ponerme a mil. Que se ilumine el teléfono cuando más lo necesitas. Me gusta ponerme dramática mientras vuelvo a casa al salir de la oficina. Imaginar cómo sería mi vida cerca de personas que parecen solo existir en las fotos. Me gusta conectar sin tocarnos. Olvidarnos con tan solo desconectar.

Cítrica (1)

A veces disfruto de mi ignorancia y no sólo eso, también me regodeo en ella. Esto por un lado. Por otro, me gusta el cine pero no veo tantas películas como me gustaría. Suelo ir al cine solo para ver apuestas seguras o semiseguras, grandes éxitos que te hacen sentir bellísima persona. O para ver Ocho Apellidos Vascos.

Todo esto viene a cuento porque desde ayer hace tiempo me apetecía hablar sobre cine sin tener ni puta remota idea. Gente que habla de cosas haciendo como que sabe, hay mucha. Pero gente hablando de cosas sabiendo que sabe… bueno, también. Vamos, que yo digo sí. A lo que sea. Sí a todo. Todo el rato. Y muy fuerte.

Retomemos la seriedad. Ignorancia + Sueños incumplidos + odio genérico:

  1. No me gusta nada comentar la película saliendo de la sala de cine en plan ansias. Hay gente que ya pide opinión cuando me estoy quitándome el abrigo o incluso a los diez minutos de peli. Si me preguntas qué me ha parecido, te diré “me ha molado” o “menuda castaña”. Puede que también suelte algún ruidito tipo MEH o BUEH. Pero ya está. No me veo con fuerzas para destripar la sensibilidad emocional tan poco convencional en este mundo cruel pero armónico  del autor. Y porque normalmente tengo pis / hambre / sed / sueño al salir.
  1. No me gustan las críticas. A ver, no sobre mí. Que tampoco. Las de cine o las gastronómicas, por ejemplo. Prefiero no fiarme de un tipejo o de una señorita que se dedican a decir MEH o BUEH todo el rato y muy fuerte. Lo siento NO ME GUSTÁIS. Ni a mi madre tampoco. No sé. Quizás es que soy una crítica de críticos. Entonces tendría que odiarme. Ok. Challenge accepted.

 

Mi idea es la siguiente: Voy a escribir cosas movidas sobre una película solo viendo el título y/o el cartel o como muchísimo (tampoco quisiera que esto afectase a mi intensa vida personal y social) ver el tráiler. Hablar por hablar, vaya. Lo que hacéis vosotros pero en plan serio. Bueno, no. Justo lo que hacéis vosotros. Pero al revés. No sé si me explico.

(Esta toma no vale porque he visto la película)

Ayer fui a ver “Una pastelería en Tokio”. Ya, ya lo sé. Pudiendo ver Ocho Apellidos Catalanes, ¿qué mierda hacía yo un domingo lluvioso de invierno viendo esa película? Pues mira, no sé. Me gusta la repostería y Tokio. Y sí, sinceramente eso fue lo que pensé delante de la cartelera. Cerezos en flor, ollas llenas de judías rojas haciendo chup-chup, niñas disfrazadas vestidas de colegialas cual Seilor Moon, una abuelita que parece saber mucho de cocidos cocinar, miradas al infinito, street food… yo qué sé. Eso era lo que yo iba a ver.

Y bien. Efectivamente había cerezos en flor (SPOILER: en un momento dado de la película dejan de estar en flor), cacerolas haciendo chup-chup, colegialas que tienen una hostia con tanto gritito, etc, etc. Pero yo (viendo el cartel y el trailer) pensaba que la peli iría de una pastelería japonesa en la que un señor viudo, su hija lesbiana y una jubilada (que al final resulta ser la hermana de la madre del señor) hacen dorayakis felizmente, bueno, no tan felizmente. Hacen dorayakis. Punto. Pero un día se quedan sin dorayakis y la viejecita se saca un tupper del bolso con masa de croquetas de cocido japonés. El tipo la prueba y dice: «a tomar por culo los dorayakis y la tienducha esta de mala muerte, apostemos todo nuestro dinero y vendamos croquetas en un food truck». Pero claro, no tienen dinero y nada, tienen que seguir vendiendo putos dorayakis. Hasta que un día aparece el Juan Roig japonés y les dice que donde está su corner van a poner un Mercadona japonés y que les han estado vigilando y el Hacendado japonés tiene la receta y mañana mismo ofrecerá dorayakis marca blanca. Justo en ese instante echaron la foto del cartel.

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Esto que acabo de hacer es justamente lo que no haría, ¿vale? Ver la peli, digo. Imaginarme movidas sin ver la película sí, desde luego.

Quería llamar a esta nueva sección «Cuñada de cine» pero prefiero guardar este título para una posible comedia romántica. De momento, lo dejamos en «Cítrica». Es un homenaje a la crítica cinematogrA QUIÉN PRETENDO ENGAÑAR. Básicamente es porque al leer esto te quedas con cara de haber chupado un limón.

Yo también me pregunto qué hacéis aún aquí. 

Qué cítrica soy, joder.

 

M E C A N S O

Estoy cansada. Cansada de ver las cosas pasar, de mirar sin reaccionar, de esperar. Me canso de ver mi vida como si fuese una película asumiendo que los trozos malos son culpa de los guionistas o del presupuesto. Me canso. Me canso sin darme cuenta y no hago nada. Me quejo y me canso. Me canso de quejarme. Me quejo por no cansarme más. Ay, no sé.

Mi vida se convierte en un lunes•martes•miércoles•jueves•viernes•sábado•domingo en bucle. Días que pasan. Rutinas por las que pasas. Gente de la que pasas. Momentos que no pasas. ¿A qué espero? ¿A que el guionista de guardia me mate? ¿Dónde está el maldito giro de guión? ¿Dónde? ¿Cuánto falta? ¿Con quién tengo que hablar?

Me canso de esperar al guionista de mi vida, al gran presupuesto de la historia, al mejor reparto que no sé si llegará. Me canso de ser espectadora. Me canso de ser crítica. Me canso de los borradores, de las tomas falsas, de los planos desenfocados, de las malas localizaciones. Me canso de pensar que van a pasar cosas, que están a punto de pasar, que van a pasar seguro. Me canso de que pasen cosas sin sentido. Me canso de pensar en los diálogos que tuve, en los que hubiera tenido de haberlo sabido y en los que nunca tendré. No sé, me canso.

Me canso de pensar en el final, en cómo acabará, en qué será de mí, quién me matará o a cuántos mataré yo. Me canso de pensar que mi vida es una película y no de película. Me canso de no saber si esto es comedia, drama o un documental de mierda.

Me canso de pensar así. Me canso de quejarme pero sobre todo, me canso de esperar.

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Citas de primera

Las primeras citas son una movida.  Pueden ser la mejor actuación de tu vida o el peor chiste de la historia. La risa se afloja y con suerte (aplausos – ovación) los pantalones.  Yo siempre llevo en el bolso tres cosas imprescindibles: el móvil con batería como comodín de disimulo, un libro por si me quedo sin batería y una caja de condones para leer el reverso por si el libro que he cogido de la estantería al azar ya me lo he leído.

He buscado en Google cosas sobre este apasionante tema y como ha debido detectar que soy una soltera exigente me ha propuesto como primerísima opción “¿Qué hacer en la primera cita?” de eDarling. Y como no podía ser de otra forma, lo estoy haciendo todo mal. Toda mi vida sentimental mal hecha. Mal gestionada. Así nos va.

Nuestros amigos de eDarling proponen algunos consejos para que el nerviosismo no nos atormente.

1. Cita rápida

Le recomendamos que el primer encuentro no le lleve mucho tiempo. Es una primera toma de contacto y, a veces, las primeras impresiones pueden jugar malas pasadas. El tiempo ideal de una primera cita no sobrepasa los 65 minutos. Si se están divirtiendo, es el mejor momento para acabar la cita. De esta forma, mantendrá el interés de la otra persona y ésta estará más dispuesta a acceder a una segunda cita.

Sí. SESENTA Y CINCO MINUTOS. La primera en la frente. Lo llevo haciendo muy mal toda la vida. ¿Cómo he podido ir a tantas citas sin cronómetro? ¿Cuánto tiempo habré perdido con esa gente? ¿Debí casarme con aquel chico con el que estuve TODA LA TARDE? Siguiente punto. No espera. ¿Cómo que si nos estamos divirtiendo hay que terminar con la cita? ¿Estamos locos? Vale que somos solteros exigentes pero… no. Que la vida está fatal. Nunca hay que irse a casa hasta que te das un beso o hasta que te das cuenta de que no habrá beso NUNCA. He visto muchas películas, lo sé. Pero esto es cinturón rojo de calientabraguetismo. 

2. ¿Dónde? En lugares públicos

El primer encuentro es recomendable hacerlo en un lugar neutro y tranquilo, como una cafetería. Es importante que los dos se sientan cómodos. «Cuando la invite a salir, debe tener un sitio pensado. Compruebe que ella conoce el lugar donde se encontrarán o dele las indicaciones que haga falta». Cuando piense en qué hacer en la primera cita, deseche planes como ir a cenar o al cine, lo cual hará que la otra persona no esté tan centrada en usted. Evite también lugares muy íntimos, como su casa, ya que esto puede intimidar a la otra persona y hacer que rechace el encuentro.

2 de 2 cosas mal. De joven el plan de siempre era el cine. ¿Acaso hay mejor cita que entrar a un sitio oscuro nada más verse y ver una peli sin tener que mirar a nadie a los ojos? A mí me parece perfecto. Y si él invitaba, imagínate el planazo. Luego salías del cine, te ibas a un McDonald’s y eras feliz. Tenías tema de conversación (la película) y con suerte ya te había rozado la mano. ¡La mano! Lo de evitar llenarse la boca de alimentos, discrepo. ¿Quién no ha comido croquetas en una primera cita? ¡En esos sitios hay vino! ¡VINO! Nada más que añadir.

3. Acudir sin un propósito claro

No vaya a pasar el rato o charlar sin ningún propósito, esto puede dar lugar a que su cita piense que usted no está lo suficientemente interesado en una relación. Intente enamorar y seducir.

Intenta enamorar y seducir, que para pasar el rato o charlar te vas a tomar café con tu madre. Di que sí. Totalmente de acuer¿UNA RELACIÓN? ¿Estamos locos?

4. Prepárese para su encuentro

Es importante que piense sobre algunas cuestiones previas antes de responderse a la pregunta de qué hacer en la primera cita. En primer lugar, reflexione sobre el tipo de persona con la que va a quedar. Si tiene en cuenta sus gustos y aficiones, le será más fácil conversar una vez esté allí. Por ejemplo, si sabe que es una persona deportista, puede interesarse por ese tema.

Prepárese mentalmente por si acaso se enfrenta a un plantón y llévese algo que le entretenga, como un libro. En el caso de que el encuentro sea fallido, usted tendrá algo con lo que pasar el rato y no estará sin hacer nada esperando. «Es humillante y le hará sentirse resentido», señalan Ron Louis y David Copeland en su libro.

Al leer el título, pensaba que este consejo era un “dúchate”, pero no.  Va más allá. Trata de hacer un benchmark del susodicho. Redes sociales, buscadores de internet, una llamadita a su madre… no sé, lo típico. Dedícale sin miedo dos semanas. Más vale que sobre. Pero ¿y dónde queda esa sensación de sorpresa al preguntar sobre sus favoritos? Ese escuchar “Antonio Orozco” en mitad de la conversación, “yo, el perrito” (AL HABLAR DE ANIMALES) o “¿Te gustan las croquetas? Póngame doce”. Ay…

Ah! Y lo del libro. Lo que yo decía. Condones y libro. Finales (más o menos humillantes) para todos los gustos.

5. Qué hacer en la primera cita

Louis y Copeland proponen una serie de tácticas que pueden contribuir a que su cita sea un éxito rotundo. Entre ellas, se encuentran algunas interesantes como mantener una conversación romántica, mirar a los ojos durante un tiempo prolongado, hacer reír a la otra persona, obtener información sobre ella o hacer algún cumplido.

Conversación romántica. Entiendo. ¿ENTONCES PARA QUÉ COJONES ME HAS HECHO BUSCAR LAS AFICIONES DEL SUSODICHO, VER SUS PELÍCULAS FAVORITAS O PASARME LA TARDE HACIENDO CROQUETAS? El amor así es imposible. Y si me miras a los ojos durante un tiempo prolongado no olvides los 65 minutos, que mi tiempo es oro chaval. Y cuidadito con hacerme reír porque igual me piro, no vaya a ser que… me lo pase bien y te proponga ir al cine.

6. La despedida, un momento mágico

Llega el momento de decirse adiós, ya sabe qué hacer en la primera cita, pero si usted está interesado en una segunda, es mejor que piense en un plan y se lo proponga al despedirse. Si acepta, fijen una fecha y quede en llamar otro día para concretar los detalles del encuentro.

«Es mejor quedar con ella, cuando la tiene enfrente, sintiendo la alegría que ha creado la cita», aconsejan Louis y Copeland. Recuerde que esto es aplicable tanto a hombres como a mujeres, así que procure aprovechar la magia del momento para concertar un segundo encuentro.

A mí si un tío al despedirse me dice “¿Concertamos una segunda cita?” me marcho caminando hacia atrás, intentando no caerme y sin dejar de mirarle a los ojos durante un tiempo prolongado…

Si eDarling y yo no te hemos servido de ayuda, no te preocupes, relájate. Mírate al espejo y repite tres veces: A TOMAR POR CULO, NO VOY.

Malditos solteros exigentes… ¡Nunca lo conseguiremos!

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