La historia de dos chinos y una diosa (que no soy yo)

Ayer por la tarde de camino a la feria del libro (no, no iba a firmar nada YA LO SÉ) me atracaron por la calle dos jóvenes chinorris. Bueno, gente amarilla genérica, yo qué sé. Me dijeron que eran estudiantes de “tecnología” y que si por favor les podía dar mi opinión sobre un vídeo. Me vine arriba porque me habían considerado una moderna entendida por llevar unas New Balance. O eso creía.

Acepté amablemente y esperé a que se cargase el vídeo de presentación del nuevo iPhone 15. ¿Qué pasa? Me sentí muy especial por un momento. Ya lo he dicho, me vine arriba. Mazo de arriba. 

De repente, un vídeo de calidad media tirando a floja. UY, pensé. El inicio de aquel vídeo me recordó al típico Power Point que recibías por Hotmail y tenía cosas con mucha purpurina. Pues eso. Mucha purpurina. Muchos pajaritos, mucho verde saturado y brillante, muchos atardeceres, mucha palabra DIOS. 

Cuando conté 10 veces la palabra “Dios” les pregunté si quedaba mucho. Me dijeron que eran tres minutos. Y yo me veía ahí, en Atocha, con dos chinos enseñándome un vídeo con su móvil. Qué pringada, señor mío. Me agarré el bolso y pregunté de qué iba esa movida. “Defendemos que Dios es una mujer”. Hala. Con dos cojones. A los pocos segundos del vídeo yo ya les miraba suplicando libertad pero la china seguía aupando su móvil sin quitarlo de la altura de mis ojos. Sentí flojear mi moral y me vi firmando cosas y aceptándolo todo. 

“¿Te interesaría creer en un dios que es mujer?”. TE INTERESARÍA CREER, OJO. Les dije que no, que me daba igual si era hombre o mujer. Aquí me asusté un poco por si aparecían las de Femen. Intenté irme educadamente pero el chino me lanzaba preguntas de una pereza inimaginable que de hecho no he podido ni retener. Que si no se qué de Darwin y las especies, que Dios es una mujer porque la creación de tal, que si el machismo en las religiones…

Imaginaos. Si estos temas ya son difíciles de soportar, que te lo cuente un chino con sonrisa nerviosa y ojos sospechantes… No ayuda. 

Después de varias cobras, pude irme aunque los chinos se quedaron muy tristes. En ese momento, yo me empecé a hacer preguntas. No sobre aquel tema del dios femenino sino sobre cosas todavía más fundamentales. ¿En qué momento entendí estudiantes de tecnología y no de teología? ¿Por qué no llevan una tablet para que la purpurina lo inunde todo? ¿Por qué mis New Balance no detectaron a esta gente uncool? ¿Por qué no les pedí la receta del pollo con almendras?

 

Días raros

Esta Semana Santa he vivido como Dios. Sin móvil. A pelo. Y en consecuencia, sin reloj, sin despertador, sin gps ni cámara de fotos. Muy prehistóricamente. Ha sido todo muy raro. He quedado con gente por la mañana sin saber qué pasará, si llegará, si llegaré, si cambiamos la hora, el lugar o si no quedamos. He tenido que pedir la hora en la calle. He tenido que preguntar cómo llegar a una calle. No he podido hacer fotos a las gilipolleces diarias. Ni una selfie ni media. No he podido buscar la palabra que no me salía, tampoco la foto del tipo del que me estaban hablando. No he podido tuitear lo que decían las señoras en el autobús. No he podido compartir que comí una galette. Ni decir que me regalaron un libro que sólo son mensajes de texto. No sabéis dónde he estado ni a quién he conocido. No he sacado el móvil en las comidas ni en las cenas. No he podido disimular mirando el móvil mientras esperaba. He usado una libreta para apuntar cosas. He sobrevivido.

 

Igual los días raros eran los de antes. 

La historia de una palestina rubia y un hipster de casi Chamberí

“Una maravillosa historia de amor”, “Amor en estado puro”, “Te atrapa y te deja llevar al mismo tiempo”, “Nostalgia y comedia a partes iguales”, “Algo magnífico”, “Sorprendentemente inquietante”, “La historia que hizo llorar al Papa Francisco”.

Eso dirían las críticas de esta (y otras) películas hechas y por hacer.

***

José fue uno de los primeros hipsters de Madrid. Se acercaba peligrosamente a los 45 y había encontrado la paz en la restauración de muebles viejos. Tenía la casa algo desordenada. Mucho. Muebles bonitos, feos, a medio pintar, vacíos y llenos. Arte y basura en 63 metros cuadrados. Aparentemente descuidado pero consciente del atractivo que desprendía. Descuido consciente, dicen los entendidos. Barba de muchos días, camisetas con algunos agujeros (ya compradas así) y zapatillas que parecían haber pasado una guerra. Él decía que estaba viudo pero sólo había perdido una guitarra. Su primera-preciosa-amiga y compañera guitarra. Estaba cansado de Madrid. Tenía ojeras desde los 33.

María era rubia. Y lista. Pero extremadamente joven para José. Decía que era palestina porque tomaba la lucha como propia. Siempre que llegaba al orgasmo gritaba ¡Palestina Libre! Una locura. La revolución hasta en el colchón. Ella contaba que sus padres (Joaquín y Ana) la concibieron allí, en uno de esos viajes. Cosa fea. Porque en esos viajes no se debería follar. Allí se va a repartir amor. A otros.

María y José se conocieron en un bar. Como todos los buenos amores. Ella una jovenzuela y él un madurito. La típica historia que un italiano cuenta pidiendo perdón de antemano y se convierte en best seller. Pero fue raro. Estaban bien juntos pero cuando se iba a luz no sabían qué hacer. Él sacaba a pasear a la perra ‘Mula’ mientras María encendía algunas velas.

La cosa no funcionaba. María no estaba enamorada de él pero le gustaba pasar los domingos en la casa de José. Él se volvía loco y tuvo que ir al psicólogo. Felipe Sacerdote, se llama aquel sacacuartos. José le contaba lo de María. Y el Sacerdote le decía a José: «Tú estás destinado por la suerte para tomar bajo tu protección a María» y José contestaba: «Soy un hombre viejo; ella en cambio es joven, tengo miedo de parecer ridículo ante los hijos de Israel».

Israel era su hermano mayor. Nada hipster. Funcionario. Y sus hijos, unos sobrinos muy hijos de puta. Eran como los moderners de ahora. De los que se ponen pilas colgando de la barba por las noches para que les crezca antes. De los de comprarse pantalones pitillo de mujer. De los de reírse de su tío porque su novia no llevaba bambas con alzas y los labios russian red.

La locura de José era razonable. Nunca habían follado. Juntos. Por separado, mogollón. Ella le llamaba ancianito y eso a él no le ayudaba nada. Pero una noche impar lo hicieron después de haberse bebido hasta el agua de los floreros (de ahí surgió el milagro del agua y del vino. Para qué beberse el agua de los floreros pudiendo convertirla en vino… con lo malo que es mezclar). Contaba María que… «Yo me senté a sus pies y le contemplaba. Tuve sus manos entre las mías durante toda una hora. Dirigió hacia mi su rostro y me indicó que no le abandonara. Acto seguido puse mi mano sobre su pecho y me di cuenta de que su alma iba en seguida a dejar su morada…» 

Por lo visto, también se fumaron un par de santos porros.

Entonces, el alma de José dejó su morada en formato líquido de sabor poco agradecido.

Y llegó el día. Se fueron a vivir juntos. «José pudo aportar sus dos manos jóvenes y, tal vez como máximo, sus aperos de trabajo. María -aparte de su pureza y su alegría- pondría, como máximo, algunas ropas y muebles o útiles domésticos». Un viaje al Ikea de entonces hizo el resto.

Duró muy poco el amor y la hierba y todo fue a peor. José pasó de dejar secos todos los floreros por María a ser un hombre florero. María sólo quería capullos. Prefería chicos que volaban de cama en cama, que comían poco como pajarillos para mantener esas patitas de alambre como los canarios. Y sí, un viernes muy loco, se tiró a Palomo Linares Danko.

María y Palomo tuvieron un hijo. Jesús. Salió en todas las revistas, incluso en todos los libros de religión. Se hizo un hippie-hipster. Llevaba sandalias compradas en mercadillo, su pelo era largo y atractivamente descuidado. Una inconfundible barba le representaba y vestía con camisas de lino desgastado COMO SU VERDADERO PADRE, José.

María mintió a Palomo, a José y a su propio hijo que bastante tenía con ser cuentacuentos de profesión. Nos mintió a todos. Claro.. qué esperar de alguien que después de tener un hijo, andaba diciendo que era virgen.

Jesús, con esa cara de abatido que tan bien ponía, se instaló en Malasaña. Pero José ya no seguía allí. Ahora cultivaba tomates cherry en una caseta de la sierra. Nunca supo de la existencia de Jesús y desde hacía muchos años, tenía alergia a las palomas.

Jesús era feliz en Malasaña. Consideraba llegar a fin de mes un milagro y lo de multiplicar facturas… una putada. Nunca se le conoció novia pero andaba pillado por una chica que tenía una tienda de cupcakes en la calle Espíritu Santo. Él la llamaba cariñosamente Magdalenita. Se dice, se comenta que era un poco fresca.

Una noche de pasión, tras muchos un par de chupitos de algo que haría resucitar a los muertos, Magda le dejó casi desnudo. Ató sus pies con un pañuelo de estampado floral y cada muñeca a un lateral del cabezal de la cama. Mientras Magda lloraba de la risa, Jesús gritó demasiado fuerte:

¡¡¡¡¡¡¡DIOS!!!!!! ¡HAZME LO QUE QUIERAS!

Y así fue.

***

José y María en los carnavales de Cádiz
José y María en los carnavales de Cádiz

(Desmontando a José desde 1987)

Cartas a Noizbait (V)

E.

Entonces el amor no existe, ¿VERDAD? Yo creo que no. Aunque no estoy del todo segura. Creer en el amor es como creer en Dios pero con más vino en las celebraciones. El amor sí existe. Aunque no creamos en él. De momento. Porque bien sabemos que está en algunos rincones, en algunos abrazos. En los besos. En las risas. Que sí. Que el amor existe. Pero a su manera. Tú puedes encontrar tu manera. 

 

Imagen

Gracias mamá.

A mi madre le debo muchas cosas, pero hay una especialmente importante y la que más me ha hecho ser quien soy:

Gracias por obligarme a no entregarle una carta de amor pasional a mi catequista.

Eran otros tiempos, yo era joven, era una romántica incomprendida y estaba empanada. Creía que el amor no tenía edad, que no entendía de naciones ni religiones. Y aquí es donde la matan.

Estaba en primero de catecismo en la iglesia del barrio – que por cierto ahora es una bendita óptica. Algún día hablaré sobre esta extraña mutación-. Iba con mis amigas de clase, se nos ponían los mofletes rojos de tanta intensidad emocional y pintábamos jesucristos sin salirnos de la línea. ¡Qué diablos, éramos muy felices!

Yo especialmente. Por suerte o por desgracia, me tocó un jovenzuelo muy “atractivo” (entrecomillo porque la sensación de atractividad es muy relativa a los 8 años). Le recuerdo con jerséis rancios (en aquella época adorables, mátame camión), vaqueros desgastados y juraría (mi mente no quiere recordarlo) que llevaba mocasines o en su defecto Paredes. Efectivamente, era un Nuevas Generaciones con vocación de Juventudes del Papa. Pero yo me enamoré porque el amor no entiende de nada y yo no entendía de amor. Y no sólo me enamoré, también le compré una pulsera (una pulsera del amor, se entiende) y le escribí una carta.

Recuerdo muy tenso el momento de escribir la carta. Estaba en casa de mi abuela merendando un zumo de naranja y una torta de manteca (¡benditas tortas de manteca de la pastelería de Pili!). Gasté muchas hojas de libreta. No atinaba con las palabras. Yo quería expresar más amor del que sabía expresar. En la carta también le dejaba claro que quería que lo nuestro siguiese como antes, que por favor de los por favores no hiciera nada que pudiera hacer sospechar a mis compañeras y a la vez, sus alumnas. Estaba muy nerviosa, pensaba que si la carta estaba bien escrita podría estar a dos horas de tener un novio mucho mayor que yo y que además era mi catequista, MI JESÚS. Literalmente.

A lo que iba. Gracias mamá por insistir en que nos conociéramos más. En hacerme ver (sin hacerme daño) que estaba flipando en colores y que eso era de vergüenza ajena y de exilio, que él no estaba hecho para mí (mi madre ya empezaba a tener razón por aquel entonces) y que focalizase mi pasión en otro chico más acorde a mí. ¿Y yo qué hice? Estaba claro. Me fijé en Chayanne. Morenazo, madurín, me hacía mojar las bragas de Hello Kitty, pero sobre todo sabía que yo no existía y por lo tanto, nunca leería una carta mía de vergüenza ajena.

Desde entonces no escribo cartas de amor ni voy a catecismo.

A todas las niñas de entre 7 y 9 años que sé que me estáis leyendo, nunca os enamoréis de vuestro catequista ni de nadie que se llame Jesús, José o Dios, por si acaso.

Y a ti, Jesús, si me estás leyendo, no me busques. Hace tiempo que dejé de quererte.

Sin título