Escena 2: interior, día.

Ayer volví a la floristería. Teníamos que hablar.

Abrí la puerta y dije un «hola» tan alto que me retumbó en la mascarilla FFP2. Se asomó ilusionado pero al verme a mí creo sufrió una pequeña desilusión. Pero pronto rectificó y mostró cierto interés, bueno en mí no… en lo que yo le podría contar. Sin dejar de hacer lo que sea que estuviera haciendo y como si un eco viniese del fondo de la trastienda, me pareció oír: «¿qué tal?».

«Estoy bien, bueno, estamos genial, bueno, ella está genial… Estamos muy felices. Creo que ya ha encontrado su sitio, su espacio en casa… en su casa [me cuesta un poco decirlo todavía]. Todas mis amigas ya han visto su foto [aunque algunas dudan si esto funcionará] y mi familia me ha felicitado por la decisión. Intento no hacerle mucho caso para que no se agobie pero me paso la mañana delante del ordenador mirándola de reojo por encima del hombro. Le encanta que le pille desprevenida y deja de golpe todo lo que esté haciendo para simular una estatua, una falla antes de arder. Le susurro buenos días cada mañana. No se puede quejar. Está feliz, hazme caso. Deberías verla».

Intentaba mostrarme cero interés pero bajo sus gafas empañadas seguía pidiéndome más información mientras cortaba los tallos de un ramo de lirios rosas.

Yo me acercaba a ese cubo con ramas de eucalipto y rozaba las hojas duras con la esperanza de llevarme ese olor en las manos a casa.

«¿Sabes? A veces me tumbo en el sofá y ella, impasible como siempre, me mira desde su rincón. Cierro los ojos, sabiendo que nunca deja de observarme, y me imagino cómo seremos y dónde estaremos dentro de 3 o 5 años. Porque supongo que seguiremos juntas. Me la imagino en la cocina observándome mientras me pongo hasta arriba de harina, ralladura de lima o leche condensada. Tendremos un gran ventanal que será como una pantalla de cine en la que veremos relámpagos los días de tormenta. Veo una barra de mármol negro. No le he preguntado pero estoy segura de que le encantará ponerse encima de la fría piedra. Conmigo cerca, siempre. Y la música alta. Y el delantal manchado y mi pelo mal recogido. Te mandaré fotos. Verás que sigue preciosa».

Terminó de anudar los tallos de los cuatro lirios rosas con cuerda de sisal y me miró. Respiraba fuerte y su mascarilla palpitaba. Supo que había hecho bien dejándola marchar conmigo. Yo ya no tenía dudas y algo me dice que él… ya no dudaba de mí.

«Te regalo una flor, para que os alegre la casa».

Basado en hechos casi reales.

Escena 1: interior, día.

«Si quieres cuidarla, olvídate de ella».

No estoy segura pero juraría que ya había escuchado esta frase antes. Puede que incluso yo misma se la hubiese dicho a alguien sin mucha esperanza. La mía, no la suya. La pequeña diferencia, el sutil matiz era que en esta ocasión era yo la que debía obedecer.

Me quedé quieta frente de su padre. Las gafas se le empeñaban cada tres palabras por culpa de la mascarilla y a mí se me ladeaba la sonrisa sin querer.

«Olvídala, no es tan difícil de entender».

Y dale. Con mi mano derecha la agarraba y con mi brazo izquierdo sujetaba una pequeña bolsa con sus cosas. Estaba empezando a sudar. Ríos por mis manos, escote, bigote y espalda. «Nos vamos», le dije. Pero él seguía mirándonos queriendo retenernos como si de un truco de magia se tratase. La miraba a ella, me miraba a mí. La miraba a ella, me odiaba a mí. La odiaba a ella, me miraba a mí.

No fue fácil decidirme. Me gustan todas, bueno, muchas. Vivo sola y puedo permitírmelo. Pero estoy aquí. Comprometiéndome con una de sus hijas. No en plan casarnos pero sí cediéndole mi amor (una parte). Hace un tiempo, entraban y salían de casa antes de que cambiásemos de estación. Últimamente ya ni siquiera me las traía a casa. ¿Y si esto es un error? ¿Y si me agobio? ¿Y si ella quiere más conmigo y yo quiero más… pero con otras? ¿Y si no le gusta mi casa? ¿Y si lo nuestro no es más que un flechazo de Instagram?

Pero ahora no tenía escapatoria. Allí estábamos delante de su padre mirándonos por encima de las gafas y respirando fuerte.

– Mira, hagamos una cosa. Si algo pasa, ella volverá contigo. Si no pasa nada… seguiremos juntas, en mi casa. Mi piso es pequeño y apenas entra luz pero necesito tenerla conmigo. Desde la primera vez que la vi lo supe. No se preocupe. Voy a cuidarla bien. ¡Mejor que bien! Voy a acariciarle todas las mañanas, voy a susurrarle todas las noches. Voy a pensar en ella cuando antes solo pensaba en mí. Joder, voy a dejar que viva conmigo, que respire mi aire, que huela mis pretenciosas velas, que me vea bailando en bragas. Estará bien en casa. Nunca le faltará de nada. Prometo no atosigarle. Le daré su espacio.

– Pero…

– Entiéndalo, usted ya no es su dueño. Se viene conmigo.

Salí de la floristería de su padre eufórica aunque llena de miedos, dudando de si realmente cumpliría lo prometido. La miré de reojo y sonreí, aunque la mascarilla solo dejó ver unos ojos brillantes achinados.

Y la otra inmóvil, callada.

Normal, solo era una planta.

Bienvenida a casa.

Desde Madrid, con amor.

Cuando salgo del tren, la humedad que tantas veces he maldecido me acaricia la cara y yo cierro los ojos y me dejo sobar. Huelo a mar desde Cuenca y para mí, sigue haciendo tiempo de fallas aunque esté en el barrio más castizo de Madrid.

Echo de menos el mar de una forma tan romántica que me da vergüenza hasta reconocer. Echo de menos el agua rebelde y acabo llenando mis paredes de fotos en orillas más sucias de lo que me gustaría. En realidad no echo en falta nadar ni siquiera mojarme los pies. Suena muy flipado isleño pero lo que yo realmente echo de menos es saber que ahí está. Que podría ir pero no quiero. Que existe un sitio por el que escapar, que hay un precipicio disponible por el que saltar y gritar.

Valenciana de primera generación, nací en el levante como bien podría haber visto la luz en una relajada y tímida Ciudad Real o en una calurosa y simpaticona Córdoba. Pero alguien eligió Valencia. Resultona e intensita a partes iguales. Una ciudad extrovertida pero de voz suave.

Nunca me sentí más valenciana que española ni más española que torrentina. Nunca me sentí representativa de ninguna terreta. Nunca hablé valenciano ni tampoco me esforcé. Nunca sentí recompensado el esfuerzo de llevar tres moños y trece mil horquillas en el pelo durante seis días seguidos.

A veces envidiaba el sentimiento profundo de amigos gallegos, vascos o catalanes. Orgullosos de lo bueno y lo malo, fieles embajadores de su terreta, influencers no patrocinados aferrados a un sentimiento profundo que parecía venir en un libro de instrucciones que yo no tenía. Que por no tener, yo no tenía ni siquiera un acento sexy residual.

Buscaba y buscaba esa empatía, esa sensación… pero no llegué a encontrarla. Lo dejé estar, me volví neutral. Cualquier sitio me parecía mejor y durante mucho tiempo quise huir de una ciudad que se me quedaba pequeña, que me parecía pegajosa y que nunca, nunca, nunca me decía nada.

Hasta que me fui de allí… Y ella, sin pedir permiso, se vino conmigo. 

Me quiso cuando más lo necesitaba. Cuando llegué a Madrid en pleno febrero a una habitación sin ventanas. Cuando toda mi decoración se basaba en un bote con arena y conchas de playa. Cuando solo tenía macarrones, atún y rosquilletas en la despensa, cuando le daba un sorbito al vaso de mistela un domingo por la tarde después de comer mientras lloriqueaba un poquito.

Desde entonces, cada vez que salgo por la puerta del tren o bajo del coche siento el abrazo cálido y húmedo. Paseo por Ruzafa con ganas de llorar por no poder quedarme a vivir allí. Recorro la Patacona con el corazón encogido y sin prestar atención a la conversación. Me pierdo por el Carmen y vuelvo sin querer a la estación del Norte. Peregrino por los mejores mercados de mi ciudad y compro el pescado y los quesos en el del Cabanyal y la fruta en el Central. Mi pueblo ya no me parece tan suburbio y siempre que vuelvo redescubro ese bosque a cinco minutos de casa en el que todavía no me sé ubicar. Respiro hondo viendo al fondo (muy al fondo) el mar y vuelvo a sentirme en casa.

Desde entonces soy más de Valencia que nunca y mejor valenciana por siempre. Desde entonces, pido bravas y horchata fuera de temporada y a deshora. Desde entonces, defiendo la paella a leña con romero recién cogido del campo y siempre tengo mistela (mucha) en la nevera.

Desde entonces, no me hace falta ninguna bandera* para sentir los colores.

*Porque si lo único que os representa es una bandera, algo está fallando.

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Feliç 9 d’octubre 🙂

Siroco

No sé si me enamoré de verdad alguna vez pero que estuve muy, muy cerca sí lo sé. Creo. Siempre me eché la culpa por no insistir, por no decir que quería más, por no decir que me había enamorado fuertecito. Creo.

Pasaron los años pero él no pasó. Pasaron algunos por mi cama pero él no pasó. Intenté pasar de él pero eso no pasó. Pasaron muchas cosas pero lo que tuvo que pasar… no pasó. Aún me sigo repitiendo “ya pasó”, pero no. Pasó por mi vida y se quedó.

¿Sabes eso de… repetirte muchas veces algo mientras el eco que resuena dentro de ti repite justo lo contrario (ya no-ya no-ya no-mentira-mentira-mentira)? ¿Sabes eso de que crees que ya no pero sí, claro que sí? ¿Sabes eso de no saber si estás enamorado de alguien o de su recuerdo o de lo que coño que sea eso que te remueve?

Logré una calma ficticia. Mi vida era como lago canadiense rodeado por camino llano pero de repente llegaba él. Volvía a mí como una ventisca brusca y un oleaje congelado del norte y me lo destrozaba todo, me llenaba el camino de piedras que esquivar y con las que tropezar. Y yo por supuesto, tropezaba encantada. Su viento me empujaba y yo…  por supuesto que me dejaba.

Hace un tiempo lo decidí, quería viento y piedras. Quería su viento y sus piedras. Quería abrir las ventanas y que él pasara. Quería recorrer sus caminos irregulares. Por mucho que el viento me diese dolor de cabeza, por mucho que me doliesen los pies… Lo tenía decidido. Era eso lo que quería.

Sin embargo lo que recibí fue una masa de aire caliente de África y micropartículas de arena arrastradas desde el sur.

Un puto siroco que te aprieta por dentro, que te presiona desde fuera. Ese siroco que te impide respirar, que te quita las ganas, que te deja en el sofá mirando inmóvil a la nevera. Y allí estaba yo, masticando polvo en mitad de una tormenta de mierda. Y allí me quedé, sentada en el suelo delante del ventilador buscando aire fresco.

Aire caliente cuando yo solo quería frío polar y unas zapatillas llenas de granos de arena asquerosamente diminutos que se convertían en una molestia ridículamente insoportable.

Él sigue soplando viento fresco pero hacia otra dirección que no soy yo. Él sigue poniendo piedras en el camino mientras le da la mano a otra para que pueda caminar mejor sobre ellas.

Yo sigo reconstruyendo mi lago canadiense en el centro de Madrid mientras esquivo su polvo rojo como si esto fuese Matrix.

siroco

 

No quiero saberlo.

Miro de reojo mientras mastico lento una cucharada de arroz basmati y se cruza en mi camino esa ventana. Segunda fila de ventanales empezando por arriba y la quinta desde abajo, la tercera cristalera desde la izquierda y la cuarta de la derecha. Cortina retirada a un lado y montón enmarañado de sábanas, manta y colcha apilado malamente en los pies de la cama. La tele encendida. No quiero mirar.

Me lleno la boca de arroz basmati y giro sin querer la cara. Me da el sol en los ojos y los achino para prestar más atención. La madeja de textiles parece moverse. Un movimiento repetitivo, suave y lento. Pim-pam, pero flojito. Un grano de arroz alargado se me queda en la comisura de los labios pero estoy demasiado ocupada como para quitármelo. Debo parecer del PP subnormal.

Mastico despacio y sigo con la cabeza ligeramente girada. Rescato con la punta de la lengua el grano de arroz que estaba a la deriva casi por casualidad porque yo lo que quería era mojarme los labios. Cada vez el montón de ropa de cama se agita con menos frecuencia, como contracciones. Como sacudidas.

Pim.

Pam.

Creo que veo una espalda y una mano que no sé si la acaricia pero al menos la repasa. Memoriza la curvas, las subidas y las bajadas. Retiene la temperatura. Se aprende los puntos exactos para rozar el espasmo y aprueba con nota este pre-test.

Ya no distingo si el movimiento lo estoy creando yo en mi cabeza al ritmo de las pulsaciones o es de verdad. Ya no sé si es una ilusión óptica o una realidad sexual. No quiero saberlo. Me gusta así. Solo sé que quiero más y que los que están ahí me caen fatal. Un hotel, la hora de la siesta, sin prisa, sin frío ni calor y sin la preocupación de que algún cotilla depravado les esté mirando desde el edificio de enfrente.

Tengo hambre. Abro la boca y me meto más arroz.

Tengo sueño. Abro la puerta y me meto entre los dos.

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Para.

Para de buscarte en cada palabra que escribo en broma o en serio, golpeando el teclado o deslizando el lápiz. Para de buscarte en lo que susurro o en lo que grito. Para de buscarte en lo que hago. Para de buscarte para encontrarme. Para de buscarme comiendo tortilla en la barra del bar Zabaleta de Donosti, lloriqueando en la última fila de una sala en los Cines Ideal, tomando un Toño en el sillón marrón de Cafelito o abanicándome en la puerta de La Bodeguita del Medio en La Habana.

Para de buscarte.

Para de buscarme.

O te encontrarás.

O me encontrarás.

Para de buscarme para encontrarte.

Para de lo que sea.

Para lo que sea.

Pero para.

Para.

Para de buscarte.

Estás.

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Gris

Gris es mi color favorito. Grises son los elefantes que tanto me gustan. Gris es mi juego de sábanas preferido. Gris es mi sofá donde me tumbo, me acurruco, me estiro, me lanzo, me enrollo, leo, escucho música, veo la tele y mimo a mi perro. Gris es mi ordenador con el que hablo por Skype con mi hermano, compro mis escapadas de fin de semana y escribo mis movidas. Gris es la mochila de los grandes viajes. Gris es la manta que me tejió mi madre. Gris es el suelo de mi casa. Gris es la bufanda kilométrica que más uso en invierno. Gris es mi cortina de baño. Gris es el molde para hacer los bizcochos. La última foto que he subido a Instagram es gris. Gris es la chaqueta que llevo, las bragas y las zapatillas. Gris es hoy Madrid con un cielo mayormente soleado a 16 grados.

Soy una chica gris vestida de gris pasando unos días grises.

Supongo que todo encaja.

 

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Tantas historias en un sitio tan pequeño

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Nunca pensé que fuera a sentirme parte de un lugar, de un sitio privado, de una cafetería que no es mía. Llevo cinco años en Madrid y aún sigo diciendo que «me voy a casa» cuando vuelvo a Valencia. Nunca antes había estado más cómoda en un sillón ajeno que en mi propio sofá.

Nunca.

Ese sitio no es nuestro pero dejamos allí tantas historias que podrían ilustrar todas las paredes de la calle Sombrerete. Los que cierran viajes en mesa rectangular del fondo, los que empiezan a escribir su novela en el sillón marrón que hay al entrar a la derecha, los que prueban el café por primera vez en la mesa redonda verde, los que se conocieron anoche y se atreven a desayunar juntos. El chico con sudadera gris que nos dibuja a boli desde su taburete blanco. También está el que pide que café para dos, uno descafeinado y con leche fría, para su mejor amigo de cuatro patas. Están los hijos de aquel señor que tomaba cappuccino en la misma silla como costumbre o manía y que ya no lo hará nunca más porque se fue bien lejos. Está esa pareja que no se habla pero comparten el zumo. Están los que esperan a su cita, los que van después de su cita y los que no tienen cita.

Y estoy yo. Estoy yo avanzando de mesa en mesa como si aquel lugar fuese un tablero de ajedrez hasta llegar al sillón que me hace sentir reina. Reina de nada, de mi tiempo, como mucho, que no es poco. Estoy yo decidiendo qué hacer con mi vida, con el otoño, con mi domingo. Estoy yo pensando cómo llamar a mi nuevo aloe vera, dónde cenar o con quién quiero estar. Estoy yo saliendo de un día malo o entrando en uno de los mejores. Estoy yo mirando qué pasa alrededor del sillón marrón.

Me gusta desayunar sola. Me gusta que al llegar me reciban como en casa. Que a veces me den el beso en la mejilla que no me puede dar mi padre porque está lejos. Me gusta que nunca haya malas caras. Me gusta mirar, leer y escribir. Me gusta no hacer nada. Me gusta ver si alguien dejó algún libro nuevo en la estantería. Me gusta el café. Me gusta Cafelito.