Mi Máximo

Mi Máximo

Hace un año estábamos así.
Se juntaron sus ganas de tener casa y mis ganas sentirme en casa.
Yo cuidando de él y él cuidando de mí.

Cuando adoptas un perro, sin querer… el perro te adopta a ti.

La del 2ºA

Esta mañana me he cruzado con una vecina en el ascensor y me ha dicho:«Qué guapa eres. ¿Vives aquí? Yo vivo en el segundo. Si necesitas cualquier cosa…» Todo sería chachi si no fuera porque hace dos semanas le ayudé a subir la compra, me enseñó su casa, me invitó a un café, me enseñó su colección de películas, subimos a mi casa, le presenté a Max y estuvo viendo mi colección de postales.

Me he quedado un poco parada. Le he dicho un ‘gracias’ seco. Hace dos semanas también me dijo que era muy guapa y que no sabía que vivía aquí y que si necesitaba cualquier cosa, ella vivía en el segundo.

Lo que para mí ha sido un dejavú, para ella ha sido una primera vez, ha conocido a alguien nuevo y ahora sabe quién vive en el séptimo.

Por una parte, es un alivio pensar que por muchas veces que me conozca siempre pensará que estoy guapa y no dudará en ofrecerme su casa y un café. Y por otra parte…

Por otra parte es muy triste.

Nos conocimos en Internet

Y por primera vez, lo digo y no me avergüenzo.

Recuerdo que tenía tres fotos en su perfil: la primera (y la que más me gustó) estaba él de pie mirando a cámara con una mirada limpia, transparente, juguetona; en la segunda foto estaba con unos amigos y en la tercera salía asomado en una puerta. Me sobraron las dos últimas fotos. En la primera ya me había enamorado.

Necesitaba saber más. Busqué su edad casi con ansia, «demasiado joven para mí», pensé. De repente, vi una dirección de correo. ¿Esto es en serio? ¿Y si le escribo? ¿Querrá algo? ¿Ya se habrá olvidado de este perfil? ¿Seguirá disponible? ¿Me querrá? ¿Le querré? Para, para, para. Despacio. Vayamos por partes.

Abrí Gmail y le pregunté directamente si quería que nos viésemos. Juro que yo nunca he hecho algo así. Y no sé si volvería hacerlo. Pasé la mañana refrescando la página del correo. Y por fin, llegó. Casi no me contaba nada, pero acabamos quedando en la estación de Chamartín en el andén del tren que llegaba de París a las 9:00 del sábado. Llovía muchísimo y de camino al metro se me estropeó el pelo, pasé mucho frío y tenía sueño (¿por qué tuvimos que madrugar tanto?). Estaba realmente nerviosa. Subí las escaleras mecánicas mirando hacia atrás por si reconocía alguna cara y tropecé.

No hizo falta bajar hasta el andén porque lo vi esperando en la entrada. Inmediatamente supe que acabaríamos en mi casa. Me dio un beso en la nariz, yo le abracé, nos miramos como si ya nos conociésemos de toda la vida. No sabía cómo tocarle, ni por dónde empezar.

Me fui a casa sin él pero volvimos a vernos el lunes. Él y su equipaje cabían perfectamente en mi mochila. Subimos al metro y la gente no paraba de mirarnos, bueno… le miraban a él. La primera noche casi no pude dormir, solo quería mirar como dormía, tocarle la barriga para que se sintiera seguro en casa. Él si pudo dormir y me pareció verle sonreír mientras dormía apoyado en la almohada.

El resto ya es historia. Se juntaron sus ganas de tener casa y mis ganas sentirme en casa. Yo cuidando de él y él tirando de mí. Entendí por fin que cuando adoptas un perro, sin querer… el perro es el que te adopta a ti.

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