Dale una vuelta

Cosas que me imagino cuando alguien dice semejante barbaridad:

  • Me imagino con las ideas escritas en un folio. “Dale una vuelta”. Y yo le doy la vuelta al folio. Lo que estaba abajo se pone arriba. Se ve regular. Pero si lo intentas, el texto parece estar en otros idiomas. Es muy loco, le cuentas sin dejar de mover en círculos el folio. No sirve para nada pero has acatado órdenes muy rápido. El ordenante de vueltas se queda perplejo. Por la rapidez, supongo. 
  • Si lo tengo escrito en el ordenador, le doy la vuelta a la pantalla. De repente ese curro pasa a ser de mi compañera de enfrente y asunto zanjado por hoy. Nos vemos mañana.
  • Si me hago la sorda, me doy una vuelta. Vuelvo en un par de horas. Reenvío la misma cosa. ¿Pero no habías dicho que…? Le explico que estoy sorda. Me entiende. Pero no me comprende. Me escribe un mail que dice “Dale una vuelta. ¿Cómo lo ves?”. Mal. Y ya es tarde para hacerme la ciega.
  • Si me dice “Dale una vuelta” mientras mira a otra persona (previamente has tenido que quedar con alguien para que llame su atención mientras hablamos), vas hacia esa persona y le das un par de vueltas sobre la silla. Se mareará y quizás vomite. Si el pedidor de vueltas intenta retomar la conversación puedes gritar ES USTED VOMITIVO. No se lo puede tomar a mal porque en el fondo es culpa suya. Quería una vuelta y tú se la has dado. Y si se lo toma mal, pues oye, mala suerte. O buena. Porque no le tendrás que dar una vuelta a nada. Nunca.
  • Me imagino que un alguien le dice a otro alguien que tengo al lado “Dale una vuelta” y esa persona me coge de la mano, me levanta de la silla y me da una vuelta típica de baile de salón. No te rías porque el cliente lo ha dicho muy en serio. Dale una vuelta. Agito los pechos. Brazos semi paralelos al cuerpo. Cuello estirado. Baila, hostia, hay un cliente mirando. Me dice el otro alguien. Casi lloro. Luego los dos nos quedamos mirando nerviosos al cliente para ver qué puntuación nos da. Por lo visto quiere comentar esa puntuación con tu jefe. No os alarméis. En el fondo son tiburones inseguros. 
  • Si tengo una licuadora cerca, es muy fácil darle una vuelta a la idea. De hecho, una vuelta nunca es suficiente. Voy a darle muchas vueltas. Imprimo las ideas, las comparto con la licuadora, le doy al ON y ¡oh cielos! Milagrito del niño Jesús. Muchas vueltas. Vueltas infinitas. El resultado es una idea de mierda. Literalmente.
  • Si tengo el programa abierto y me dice por teléfono “Dale una vuelta”, cambio de orden las palabras. Y lo hago sin reírme. Muy seriamente. Soy toda una profesional. Sentido tiene no. Pero la vuelta dada está.
  • Si te pillan cocinando ¿? y llaman para pedirme que le dé una vuelta, se lo agradeces y le das la vuelta al pescado con total normalidad. ¿Para qué están los compañeros de curro? ¡Casi se me quema! Joder, da gusto trabajar con gente como tú… oye te tengo que colgar. Enciendes el horno y metes la pizza. Mañana será otro día.
  • “Dale una vuelta” dice el jefe. Me repatea que me pida la cosas así, sin más explicaciones. Voy a su casa, cojo al perro y le doy una vuelta por el Retiro. Al volver me pregunta por las nuevas conclusiones y le digo que las recogí con una bolsa verde y están en la papelera. Aparentemente sanas. Sin grumitos raros. Color caca. Lo normal, vaya. Nunca hubiese llamado conclusiones a la mierda de perro. En fin. Cosas de tiburones inseguros. 
  • Suena el teléfono y te piden que le des una vuelta. Sacas la cinta de la minicadena, le das la vuelta y pulsas Play. Acercas el teléfono a la música, dices “ya está”. Cuelgas. Qué gente más rara.
  • ¿Qué le dé una vuelta? ¡Este tanga aún está limpio! Me cuelgan. Normal. Pero mentira no es. 

 

También puedes enviar tu trabajo diciendo “vuelta incluida” al final. No añadas guiños. Hablas en serio. Y si no lo pilla, agita los pechos. O hazle un giro de baile de salón. Invítale a comer pescado. Gira el folio en bucle espiral hasta que vomite. Dedícale una canción de Don Omar. Pregúntale por la caca de su perro. 

O cuéntale amablemente que a la expresión “DALE UNA VUELTA” también habría que darle una vuelta. Por ejemplo:

Piensa otra cosa. Rima mejor. Elige nuevas palabras. Cambia los colores. Añade más. Quita menos. Rima otra cosa. Cambia más. Piensa los colores. Elige mejor. Añade otra cosa. Quita los colores. Elige más. Añade los colores. Quita otra cosa. Cambia menos. Rima nuevas palabras. Piensa mejor. 

 

Date una vuelta, anda. 

 

 

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Imaginad que soy Miley Cyrus

Haced un esfuerzo, joder.

Estoy en casa jugando con las Barbies con mi pantalón de lentejuelas y unas mechas californianas. También hay un Ken vestido de surfero. Esta gente se piensa que soy una feliz ignorante creyéndome que en la realidad Kenes y Barbies tenemos la misma entrepierna plana. Que no hay donde rascar. Ni meter. Ni sacar. Ni pollas. Sí, eso. Ni pollas.

La cuestión es que estas cosas a mí personalmente me ofenden mazo. Que piensen que una adolescente como yo se va a tragar eso (no hablo de semen) me mosquea. ¡Ya no soy una niña! ¡Que tengo catorce años! ¡Que nos cuenten la verdad!

Total. A esto que bajo a la cocina, me hago un sándwich sin corteza con cuatro cosas: lechuga, mayonesa, bacon, lacasitos, crema de cacahuete, surimi y dos tonterías más que pillo a ciegas por la nevera y le comento a mi padre (gran músico y mejor persona) que hay cosicas que tienen que cambiar. Que yo ya quiero que me tomen en serio. Que tengo el pelo quemado de tanta mecha rubia y que la ropa que compramos en Disney World ya me va quedando estrecha. Que yo lo que quiero es marcar pero a mi manera. ¿El qué? Aún no lo sé. No tengo tetas ni culo. No importa. Soy feliz. Aunque sin tetas. Ni culo.

Total. A lo que iba. Lo primero es un buen corte de pelo. En este caso, un mal corte de pelo. Y me lo hago yo misma, como los sándwiches. Un poco de maquinilla por aquí, un poco de cuchilla por allí, un poco de tijera de pescado por el flequillOH MIERDA. Me acabo de hacer un corte en la corteza. Me voy a echar un poco de agua oxigenadEH TÚ mira que tinte más guapo me ha quedado. ¿Ves? Si es que las cosas no hay que pensarlas. Me empiezo a marear.

Hablando de no pensar. Me han invitado a los premios MTV y yo como paso de pensar y al mismo tiempo quiero marcar figurín… he decidido que hoy no me visto. Es más. En honor a mis Barbies voy a ponerme un conjuntillo color visón. ¡Ahora sí! ¡Soy la Barbie cantante! Total que mi madre me mira como raro y mi padre me mira con otros ojos. Y qué otros ojos, pirata. Nos subimos al monovolumen y nos vamos en familia a los MTV. Mi madre me mira por el retrovisor y me pregunta que si pienso salir con ese pelo. Acabo haciéndome unos moñetes para que la mujer se quede tranquila.

Me toca salir. Me miro por primera vez al espejo y me pongo cachonda perdida. ¿He dicho cachonda? Quería decir que me pongo perdida porque me caen lagrimones como cachorros. Estoy fea de cojones. Seguro que en algún momento no muy lejano me arrepiento. Ya ha llegado ese momento. El del arrepentimiento y el de salir a dar el cante.

Coño. ¿Y ese maromo que hay en el escenario? ¿Por qué va vestido así? Tiene toda la pinta de ser de Gandía. No, no creo. Me sonaría de cuando Hannah fue a Cocoloco en un capítulo de la serie. Qué tiempos. Bueno. Al tema. Y nunca mejor dicho. No me acuerdo muy bien de la canción. No importa. Yo he venido aquí a defender Barbies con agujerito y Kenes con cimbrel. MIRA MATTEL. MIRA LO QUE HACE LA BARBIE CON EL KEN. Roza que te roza. Pim pam. Por delante y por detrás. Este tío es tonto. Ahora se piensa que me gusta. Miley, no lo pienses. Piensa en las Barbies. Piensa que ellas se merecen un polvo en la mansión, en la clínica veterinaria o en el coche descapotable rosa. Se lo merecen. Vale. Se me va el santo al cielo y saco la lengua muchas veces para disimular. ÑIÑIÑI. No he cantado nada pero a la gente le gusta. Y al tipo de Gandía también. El estribillo. Esto me lo sé. Nonainona. Fuck Yeah. If you wanna be my lover o algo así. Aplausos. Lo estoy petando. Creo que han pillado el concepto reivindicativo. Me voy satisfecha del escenario. Me río un poco de las pintas que llevo. Por no llorar. Pero no importa. Ya pasó. Me cambio de bragas. Mierda. La he cagado. Joder qué fino hilo últimamente. Se me ha olvidado traerme una bolsa con una muda y ya le he dado las otras bragas a un fan. Esta gente está muy loca, verdad Hannah? Sí, Miley.

Le digo a mi padre que deje de masturbarse mirándose al espejo del camerino mientras se contempla su melena de country mierder. Que nos vamos. Me subo al coche, me quito los moñetes y le digo a mi padre que quiero cenar pizza. Me dice que no. Pues te vas a enterar. Ahora soy una nueva Miley. Que me ha gustado a mí esto del restriegue y el enseñe.

Y así fue como empezó todo. Por casualidad. Y por gilipollas. Mi padre. No yo.

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DEP.RIP.mente

En días como hoy, elijo ‘muerte’. Y por lo visto, él también.

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De nuevo, la sociedad me obliga a reflexionar sobre las muertes ajenas sentidas como propias. Sobre cuando el respeto y la admiración llegan tarde y a veces mal. Cuando todo llega a trompicones, con flato. Cuando se nota que llega en un intento de algo y resulta deprimente. Quizás la equivocada soy yo.

Quizás soy yo porque la muerte me da pavor. Porque no quiero saber nada. Porque en mi vida no quedará un hueco. Porque por las noches no soñaré que aún estamos cerca. Y porque ya cada uno tiene bastante con lo suyo. Supongo.

Quizás soy yo porque no valoro lo suficiente a esa gente que se “nos” va (como si alguna vez hubiese formado parte de nosotros). Pienso que sí, que se van, que es una pena, una desgracia, ¡una putada! Pero para su suerte, la nuestra o la vuestra, queda todo lo demás. Queda esa música, esas películas, esos cuadros, las fotos, los programas grabados, su voz, queda su casa.

Queda él o ella, pero en otro formato. Y no nos engañemos, en ese formato es como nos gustaban.

Quizás soy yo que soy una rancia, que no siento los “DEP” que escribo, que en el fondo no les echaré de menos. Quizás soy yo que no admiré a nadie. O porque nunca dije o pensé “te admiraré hasta la muerte” (supongo que hasta “mi muerte” -eso sí que será una putada- porque esa gente hace como que se va pero se queda).

No sé, quizás soy yo… Pero lo dudo.

Tampoco soporto vuestros “se ha ido un grande”, “las guitarras lloran”, “el arcoíris hoy sale en escala de grises”, “la música se queda muda”, “el reloj se para” y todas esas frases manoseadas de libro de homenajes. Porque el grande no se va, sólo se muere. Las guitarras (creedme) no lloran. El egoísta arcoíris sale con su peculiar bandera de colores. La música sigue sonando y el reloj lo que necesita es otra pila.

Pero mira que os gusta. Mira que os gusta lamentar, lloriquear, moquear. Lo que disfrutáis poniendo sus canciones al día siguiente como si también se fuesen a ir con ellos. Supongo que es para sentir a esa persona cerca, aunque es absurdo, porque siempre la tuviste lejos. Mira que os gusta sentir las pérdidas ajenas. Y mira que os gusta el toquecito consolador en la espalda.

Me gustaría saber por qué lo hacéis pero no me interesa demasiado.

Se van muchos grandes (por no decir “monstruos” que es aterrador y que si fuese cierto, debería alegrarnos. Los monstruos dan miedo) y nosotros nos quedamos sintiéndonos muy pequeños. Se van y nos quedamos. Drama. Yo también me iré. Dramón. Y tú, ojo. Pero antes, me quedaré muchas veces.

 

Cualquier día puedo elegir ‘muerte’, así que…

A mí que me quieran mientras tanto, que luego ya será después.

Antonio, tenemos que hablar.

No ha pasado nada, tranquilo. Simplemente me apetecía hablar contigo, Antonio.

Resulta que esta mañana entre la selección variada de contenidos que Spotify ha pensado que me podrían gustar, estabas tú. Y así.

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Sí, con esa cara que no era necesaria. Esa foto frente al espejo sin espejo. Esos morritos a medio poner. No, Antonio. Así no funcionan las cosas. Te diría incluso que sales hasta bien en el resto de fotos, pero no, en la tercera te has pasado tres poblados gitanos. Así no. Y si esta es tu cara de gracioso, tienes un problema querido Toni.

Esa cara de romper el hielo me hace quemaduras de segundo grado en los ojos. Las mariposas que tenía en el estómago vuelven patrás y se hacen gusanitos. El día se nubla y me quedo sin tomate frito para los macarrones.

Esa cara no, Antonio. Un buen hombre como tú no debería gestualizar así. Ni siquiera intentarlo. Esa cara de cagar no, Antonio. ¿Es que nadie dijo nada en la sala? Por el amor de dios, ¿nadie? He leído que tienes mujer… ¿ella tampoco? ¿Y la sinceridad en la pareja? Plantéate tu relación, Toni. Y no es que yo me quiera meter en tu vida.

Estas palabras simplemente son para hacer un breve recorrido por tus poses, para que aprendas de los errores y mejores día a día. Yo no saco nada a cambio, unas doscientas mil visitas como mucho. Algunos aplausos quizás. Este post va por ti y para ti. Siéntete afortunado, el puto calvo y Montserrat Caballé tuvieron menos suerte.

Aprendizaje #1: Siéntete cómodo no es lo mismo que siéntate cómodo.

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Aprendizaje #2: Poner fin a principios malos es todo un acierto. Sigue así.

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Aprendizaje #3: No llevar nunca el concepto “paisano” al extremo.

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Aprendizaje #4: Nunca muestres tan directamente la falta de cariño, se nota.

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Y podría seguir, pero tengo unos macarrones sin tomate esperándome. Un placer. Hasta la próxima.

Este anuncio es como… Montserrat Caballé haciendo un calvo

Estaba escribiendo un post sobre ‘la felicidad’ cuando han estrenado el nuevo anuncio de Lotería de Navidad (https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Iwk8-wDcaEc). He tenido que cambiar la posición de entrecejo fruncido a una de estupefacción cosquilleante.  

Poco me importa vuestra opinión sobre el anuncio porque qué leches sabréis vosotros –la mayoría. Compis del sector: guiño y givemefive– de publicidad y de lo que la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado (SELAEtraefloja) (¡y qué Estado!) quería como anuncio estelar.

Poca broma con el elenco. Los cantantes escogidos han tenido que pasar por un arduo proceso –realizado por Renfe- llamado “selección variada y aleatoria basada en el ‘a ver qué tenemos por aquí’ de contenidos” (igual os suena). En serio, bravo por la selección. Han conseguido representar musicalmente a  toda la población española (la no silenciosa, se entiende). Aunque llamarlos “las mejores voces de España”, igual es una exageración innecesaria. 

A mí me parece bien el anuncio, tiene fuerza, es potente, es sorprendente, es … una castaña, ¡pero sorprendente! Y no hay nada mejor que una castaña potente y sorprendente para dedicarle tiempo y hablar sobre esto. 

Yo no echo de menos al calvo, ¿tú sí? Pues él a ti no. Supongo que si este año hubieran metido al calvo, vuestros comentarios irían más por la línea editorial de “otra vez el puto calvo”. En fin. No hay quien os entienda. Parecéis mujeres.

He notado (aunque no me importe) cierta desilusión por vuestra parte al ver el anuncio, ¿qué esperabais? ¿Un anuncio de la pandi que pasó el verano en Formentera haciendo paellas con pimiento y contagiándose la enfermedad del beso volviendo a casa en un vuelo no lowcost? Por el amor de dios, es Navidad: luces, árbol, nieve, canciones suavecitas, Raphael, bufandas de lana, un abuelo sonriendo, un pueblo a oscuras, purpurina… y una señora con postizo abriendo la boca como si se le hubiese quemado el cordero en el horno. ¡Pobre Montse! Y es que, ahora en serio, así no se hacen las cosas. No podéis tener a una señora a la que le duelen las rodillas tanto rato de pie. Y con el postizo tirante. 

Esto con el calvo no pasaba.

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Lo que Dios une que no lo separe Cadena Dial

Un cantautor es..

  1. m. y f. Persona que canta las canciones que ha compuesto, en las que, sobre la música, suele prevalecer un mensaje de intención crítica o poética.

Pero mi cantautor no es como los demás. No es de los cantautores que escriben y cantan sus canciones como Merche o Antonio Orozco. Tampoco hablo de hombres con pantalón desgastado y chaqueta de pana con rodilleras en las coderas. Mi cantautor es mucho más que eso. Tiene pelazo.

Hace unos años que le encontré y hace unos años que él me encontró a mí. Pero no soy su grupie. Soy mucho más que eso. Soy la fan perfecta. Siempre en primera fila pero en segundo plano. Solía esperarle mojada en la puerta de los bares. Yo bebía de su copa y él comía de mi tarta. Creía que la mitad de las canciones iban por mí.

Bueno, eso era antes.

Antes estaba siempre en primera fila porque el bar no tenía más de cincuenta sillas. Me quedaba en segundo plano porque podía hacerme la estrecha. Le esperaba mojada en la puerta del bar porque sabía que él saldría. Compartíamos copa y tarta porque las noches eran más largas que ahora. Y sólo creía que la mitad de las canciones iban por mí porque la otra mitad hablaba de follar.

Pero ahora no.

Ahora nunca estoy en primera fila. Estoy en un decimoquinto plano y ya no le espero en la puerta porque la puerta está llena de gente. Tampoco bebo de sus copas porque esperando a que me ofrezca me podría quedar más seca que la mojama y él no come de mi tarta porque ni yo llevo tarta ni él tiene hambre. La mitad de las canciones siguen yendo por mí pero ahora otras 3.000 niñatas personas piensan lo mismo que yo.

Ahora llena teatros, salas enteras, las entradas se agotan, la gente chilla, le gritan ‘guapo’. ¡GUAPO! A él. A mi cantautor. Al pelazo. ¿Guapo? Ni que fuera El Juli. Ya no le espero al salir ni hago cola para hacerme una foto con él. Ya no nos proponemos cosas. Su disco está en la Fnac. Ahora tiene web. Ya no vende camisetas, vende Colecciones Otoño-Invierno. Tiene videoclips. Ya no me llega el sudor ni puedo fijarme en lo bien que tiene cortadas las uñas de las manos. No puedo hacer inventario de las pulseras de su muñeca. Ahora no tengo sitio reservado. Ya no nos miramos. Ya no me ve.

Pero sigue siendo mi cantautor. Aunque suene en Cadena Dial entre Merche y Antonio Orozco.

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