Mr.Wonderful Presidente

Si hay algo que me hace empatizar con el resto de españoles es una cosa (solo una): no nos gusta nunca nada. Me declaro seguidora fiel de la queja diaria y si puede ser, de la sonora. Que si no se entera nadie, no luce igual.

Últimamente nos noto tristes. La gente llega a su trabajo con los ojos hinchados y sin ganas de soltar un chiste. Todo el café nos está malo y ya no hacemos hueco para irnos a tomar unas croquetas. El verano está al caer pero la vida es una mierda. No sentimos ni frío ni calor (metafóricamente hablando). Nos molestan los que llevan chaquetas y los que van en tirantes; los que llevan chanclas y los que aún piensan que las botas militares siguen de moda.

Los plátanos pochos con las últimas fresas negruzcas en la nevera y los primeros gazpachos que saben demasiado a pepino. La operación bikini sin anestesia y una desesperación veraniega que no cabe en el bañador. Esa sensación de tener que fregar siempre los cacharros que no has ensuciado. Esa maldita sensación de que estarías mejor metido en un cajón.

¡Hey, un momento! De repente, coges una taza al azar y sonríes. JEJEJE. #BUENOSDÍASCONALEGRÍA ¿Qué cohoneh está pasando? ¿Qué tiene esa taza de especial? ¿Por qué te hace sentir mejor?

Hemos inundado nuestras vidas con cachivaches random llenos de positivismo, buenrollismo, amorcismo y  repelentismo. La felicidad no estaba en el dinero hasta que una taza de doce euros te hace más feliz.

Compramos cosas que nos den un empujón, que sean algodón de azúcar para nuestros ojos y que encima te digan cosas bonicas justo cuando las necesitas escuchar. Necesitamos ser felices y nos esforzamos en serlo. Sin embargo esta moda se nos ha ido de las manos. ¡Mensajes bonitos hasta en los preservativos! ¿Por qué? ¿En qué momento alguien decidió que era buena idea diseñar una caja de condones que llamase la atención de mi prima de 6 años?

Con tanto bonitismo empiezo a tener escalofríos y pesadillas: ¿y si tuviésemos un presidente del gobierno llamado Mr. Wonderful? ¿Es eso lo que queréis?

Vota-Waldo-Black-Mirror

El drama no sería pequeño. Pensadlo bien. Un ente excesivamente amable de sonrisa forzada que caería bien a ancianos consumidores de la COPE, niños enganchados a la Play, señoras fieles a Bertín Osborne, adolescentes fans de Justin Bieber, buenorros marcapaquetes en la playa, a tu madre, a tu novio e incluso a ti. Llamaría a su partido político “Fábrica de ideas” y andaría todo el rato con el buen rollo de ese que da rabia y es de unfollow vitalicio. Sus intervenciones siempre empezarían con un «Vamos a hablar de cosas molonas», calificaría las ideas de Trump como «ideas originales para cuando menos te lo esperas», en las manifestaciones gritarían compulsivamente «¡no somos aburridos!» y nuestro ejército estaría formado por dependientas de El Corte Inglés (guerras no harían, caso tampoco).

Piénsalo. La gente pagaría (algunos ya nos llevan ventaja) por llevar merchandising del partido. Las ciudades se llenarían de banderolas color pastel y de alimentos que hablan y que te dan ganas de estampar contra la pared. Habría un canal de televisión en el que darían las noticias haciendo pareados: ¡La última ley como mola se merece una ola! ¡Suben los impuestos pero sonríe, ya puestos! ¡Sin democracia: juntos hasta el fin del mundo! 

Alístate en la Mr.Wonderfulmarina.

La vida puede ser maravillosa, jeje.

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Lo de la coleta.

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Vengo a hablar de coletas. Tirantes o flojas. Secas o húmedas. Peinadas o por peinar. Altas o bajas. De gimnastas o de indignados. De ejecutivas o de presidentes del gobierno. No, espera. Eso no.

Vengo a hablar de lo de la coleta porque es horrible como la verdadera España supura por las rendijas de la supuesta modernidad. Vengo a hablar de la cola que trae lo de la coleta.

Este fin de semana estuve en el pueblo de mis abuelos y sin querer me vi en medio de un debate improvisado entre cuatro septuagenarios. Uno de ellos, con palillo en la boca, lanzó su piedra filosofal lapidando cualquier opinión de los allí presentes: «El guarro ese de la coleta, que debe lavarse como los gatos… qué sabrá él de política. Un señor hecho y derecho como Rajoy, que no nos dé sustos y que represente bien a España con lo que dice y lo que aparenta. España se merece un señor».

  1. El guarro de la coleta
  2. Se lava como los gatos
  3. Señor hecho y derecho como Rajoy
  4. Que no nos dé sustos
  5. Que represente bien a España
  6. Con lo que dice
  7. Con lo que aparenta
  8. Nos merecemos un señor

Siguió. Siguió. Siguió. Y siguió.

Lo peor (y lo que me asusta) de todo es que esto lo piensa gente que parece normal, pero no. Sé que no es un caso aislado diciendo una opinión personal. Me da un escalofrío cada vez que alguien empieza su discurso con «Es que el de la coleta», «el coletas», «el pelambreras ese». Guay si es de buen rollo pero intentar convencerme de cosas arrancando desde ahí, pues mira, no.

Yo me pregunto: ¿Y si Pablo Iglesias tuviese el careto de Pedro Sánchez y la planta de Albert Rivera? ¿Y si Pablo Iglesias tuviese el pelazo de Ashton Kutcher y la sonrisa de Brad Pitt? ¿Y si Pablo Iglesias te penetrase con la mirada como Miguel Bosé? ¿Y si Pablo Iglesias tuviera el nivel de atractivo Andrés Velencoso? En definitiva, ¿qué pasaría si Pablo Iglesias fuese otro? O mejor, ¿qué pasaría si no llevase coleta?

Pasaría que le sacarían otros cuatrillones de defectos y trapos sucios pero nadie le tiraría de la coleta. Y eso es lo que me jode. De todos en especial y de nadie en concreto. Somos una sociedad de mierda en la que sin ser noruegos con una follabilidad apabullante exigimos una estética, no sólo aceptable sino obligatoria. Una estética que huele a departamento de pequeños electrodomésticos de El Corte Inglés. Nos tenemos que disfrazar de una persona que no somos para las entrevistas de trabajo, nos tenemos que tapar tatuajes, nos compramos ropa gris para ir a la oficina, zapatos feos, camisas de rayas y bragas color carneNos tenemos que cortar la coleta. 

Porque los que van en traje son más serios, más profesionales, más de todo. Porque los clones azulesoscuroscasinegros que cruzan por la Castellana son mucho mejor que cualquiera de la otras posibles opciones. España es así. Juzganta por parte de madre y gilipollas por parte de padre.

Mientras tanto, seguiré preguntándome qué pasaría si Pablo Iglesias se cortase la coleta. Qué pasaría si no viésemos el aspecto de los candidatos y solo escuchásemos lo que dicen. Qué pasaría si solo juzgásemos el fondo y no la forma. ¿Qué pasaría si tuviésemos un Presidente del Gobierno con coleta y camisas del Lefties? ¿Qué pasaría si fuésemos menos idiotas en general y más sensatos en particular?

Me da igual que votéis a Podemos, PP, PSOE o Vox. Yo solo venía a hablar de lo de la coleta. Y de qué pasaría si pasasen cosas…

¡Suéltate el pelo!

 

 

 

Mis cuatro candidatos

Estos son mis 4 candidatos al amor. El 20D les digo algo.

(Adjunto foto de las medidas que proponen)

 

marMariano

Un gallego risueño y entrañable. Todo lo que le gusta, le gusta hacerlo flojito: correr, ir en bici, pensar… Normalmente habla sin saber y yo me río muchísimo. Al principio juntos, luego yo de él. Nunca sabes si va en serio. Y eso, lejos de ponerme cachonda, me pone bastante nerviosa. Prefiere verme por Skype, dice que se siente más cómodo detrás de la pantalla. No tiene whatsapp y me envía mensajes de texto. Su sueño en la vida es ser como Gandhi o como Paulo Coelho, según él, porque son grandes autores de frases que dan la vuelta al mundo sobre imágenes del Getty. En su perfil de Tinder tiene tres fotos: en el fútbol gritando como un orangután, otra foto en la que sale comiéndose un plato de lentejas con una servilleta atada al cuello y una foto suya en traje fumándose un puro mientras le asoma una banderita de España en la muñeca.

En la nevera tiene gazpacho marca Bertín Osborne y un bote de aceitunas La Española.

No le cae bien a nadie pero a su lado me siento muy lista y mejor persona. Comparativamente hablando.

Me quiere como soy pero ojalá fuese otra.

 

ab

Albert

Chulito catalán. «Soy el cambio que necesitas», me dijo mientras meaba asomándose por la puerta dejándolo todo perdido de pis. Es de los que mea, no se lava las manos y luego te acaricia la cara. Suele ir a Zara y pedirle a la dependienta que le meta los bajos del pantalón porque se mira al espejo con una tipa arrodillada ante él y se siente triunfador. La verdad es que nos queremos un montón, cada uno a sí mismo, yo a mí mucho y él a él demasiado. Gusta a todo el sector femenino de mi familia. Siempre oliendo tan bien, siempre sonriendo… Nunca sabe decir que no a ese octavo chupito de mistela que le ofrece mi abuela. Pobre, el alcohol le sienta fatal. Siempre que salimos a tomar una copa va corriendo al baño. Menos mal que al volver del baño es un Albert nuevo, renovado. Un Albert muy loco. Un Albert sin límites. Un Albert adicto a la vida.

En la nevera solo tiene Redbull.

Cuando paseamos por Chueca me repite mucho lo normal que parece toda esa gente. Es un hijo de la gran puta. Pero tiene cojones. Y pollón.

Me quiere como soy pero ojalá me cambiase completamente.

 

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Pedro

Amigo de mi primo segundo de Ciudad Real. Vamos a todos los sitios en su coche y siempre se asegura de que esté sonando Vetusta Morla. Quiere molar y por eso quiere que yo esté con él. Se compra una mochila y me pregunta «¿así molo más?», se la cuelga solo de un hombro y me vuelve a preguntar «¿y así más?», la lleva en la mano «¿y qué tal así?». Mira Pedro, no lo sé. Cállate un poquito que tengo tu voz de ultratumba en la sien. Siempre cenamos lo mismo, vino, queso y uvas porque desde que lo vio en una película francesa no puede parar de hacerlo. Prefiere follar los sábados por la noche porque el sábado por la mañana juega a baloncesto. Cree tenerlo todo controlado pero lo único que tiene es una hostia.

Tiene la nevera llena de fruta de plástico.

Todas las semanas me envía un ramo prediseñado de flores y una caja de bombones de las que están en las cajas del supermercado con una nota que pone “Lo siento”. No porque haya hecho nada malo sino porque sabe que lo hará mal.

Me quiere como soy pero ojalá él me pudiese cambiar.

 

pab

Pablo

Nos conocimos en el 15M haciendo cola para que el departamento de comida vegana nos diese un chusco de pan. Nunca sabe qué ponerse. Echa de menos los polares Quechua. Le gusta debatir en el sofá y susurra los insultos. Lleva agujeros en los calcetines y a veces come directamente de la sartén. Nos desenredamos el pelo juntos. Compartimos secretos y acondicionador. Prefiere llamarme que escribir cien whatsapp. Pablo huele a la colonia de Bustamante que le regaló mi abuela. La pizza de plástico típica cubana le parece la hostia.

Es un intensito en el cuerpo de un camarero de la Sureña. Le da cien vueltas a las cosas. Piensa demasiado y se deja llevar para mal. Para él todo es mejorable menos aquel viaje que hicimos en Blablacar, haciendo couchsurfing y comiendo pan con fiambre que comprábamos en el supermercado.

En la nevera tiene medio limón reseco y dos tuppers de su madre.

Piensa que todo es mejorable y con razón le cuesta tanto dormir.

Me quiere como soy pero ojalá cambiemos cosas juntos.

Diez cosas por las que me haríais dimitir.

#KuluskaDimisión

Entre mis sueños más húmedos no está el de ser concejala. Nunca hice una redacción en Primaria explicando que de mayor quería ser concejala. Además, concejal me suena a unicejo frondoso y por ahí sí que no.

Aunque bueno, bien es cierto que de excepciones vive el hombre y me sería imposible no aceptar un alto mando en la concejalía de croquetas y bravas-no-demasiado-picantes de cualquier población. Imaginaos. Acepto y antes de jurar mi cargo besando una croqueta ante mis compañeros y la prensa, la derecha más rastrera y cruel odianta tiene algo que deciros sobre mí. Por eso, y para evitar prisas de última hora, aquí dejo para el futuro una lista con diez acusaciones de mierda. Aquí tenéis todo el material para trending topiquearme dentro de unos años pidiendo #KuluskaDimisión:

1. La tortilla con cebolla, el agua nunca en la nevera, el chocolate blanco, los yogures de coco, los pepinos para tu prima, las aceitunas con orden a alejamiento, el vino blanco, la carne sangrienta, el café con leche sin azúcar, la sal gorda, del huevo solo la yema y los tomates en zumo.

2. He ido varias veces a trabajar en pijama.

3. Los indios me parecen que están sucios y siempre he pensado que si lames a un chino, sabe a vinagre.

4. Formo parte de la elegante audiencia de Divinity.

5. Estuve en Tinder y fui para algunos (cito textualmente): «la cita más extraña que he tenido en mucho tiempo».

6. Cuando adelanto a un ciego por la calle siempre pienso que me va a pillar con el bastón.

7. Tengo la buenacostumbre de ducharme escuchando Cadena Dial.

8. No me siento cómoda dejando propinas de más de veinte céntimos.

9. Finjo orgasmos para terminar antes.

10. Cuando volcó el helicóptero con Aguirre y Rajoy me reí un poquito.

 

Tengo más y peores, pero también tengo ganas de seguir viviendo con dignidad.

Ea, con dios.

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Zanahoria, huevo o café

Domingo en La Latina. Hace sol. No espero nada.

“¿Y tú qué eres: zanahoria, huevo o café?” No entendí nada. Pensé en el truco y no en la respuesta. Siempre lo hago. Y me pierdo cosas. Pero sobre todo, me pierdo yo. No sé. Me gustan las tres cosas. Sospeché que la pregunta tenía que ver con ser vegetariana, comedora de huevos o cafeinómana. O con qué cosa me quedaría si sólo pudiese comer de una. Y yo qué sé.  Y efectivamente, no sabía nada.

Agua hirviendo. Un contexto líquido que parece que no puede ir a más pero lo hace. Parece que siempre está rozando el límite pero lo supera. Y en el fondo no nos sorprende. Eso es lo peor. Vemos el agua hirviendo y nos da igual. Si pasas de lejos sólo te llegará el vapor, algo de calor. Como te toque de cerca, te quemas. Ardes. Te duele. Como ahora. Como pasa ahora. El agua hirviendo es nuestro presente. Nuestro terrero de juego. Nuestro ring. Nuestra olla a presión.

Y ahora es cuando tienes que elegir.

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La zanahoria llega fuerte, rígida, dura pero al ponerse en contacto con el agua hirviendo se ablanda. No se hace pequeña pero sí débil. Se ablanda. La tocas y se rompe. La recuerdas mucho mejor antes. En parte te decepciona. Y en parte, se veía venir.

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El huevo llega aparentemente protegido pero su interior está nervioso. Tiembla. Sin embargo, cuando cae en el agua hirviendo, se va moldeando dentro de su fino caparazón. Se hace robusto. Podría estar en esa agua hirviendo toda la vida. Sabe que puede. No pasará nada.

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El café llega irreconocible. No se puede hacer nada con esos granos de café. No parecen ser muy útiles. Podrían ser piedrecitas marrones en mitad de un camino. Y lo son. Son las piedras del camino. Las que hacen el camino. De hecho, los granos de café son los que cambian el agua al mezclarse. No se someten. Mejoran el sabor y el olor del agua. Cambian. Y hacen que algo cambie. Lo hacen.

 

El agua hirviendo lo puede transformar todo. Y así lo hará.

El agua hirviendo está aquí. Y la ebullición acaba de empezar.

¿Y tú qué eres? O mejor, ¿en qué te quieres convertir?

 

Domingo en La Latina. Hacía sol. No esperaba nada. Pero llegó.