Lo normal

Los viernes siempre hay sorpresas.  Si no es por una cosa es por otra. Si no es porque al salir de la oficina te enganchan de vinos y a las siete de la tarde ya tienes una modorra del copón, es porque un viernes sales sin ganas y sin peinar y acabas volviendo a casa el sábado con babas secas ajenas en el cuello.

Pero ese viernes sabía que era de clausura y, qué coño, decidí darme una sorpresa.

Iba cargada con un par de bolsas de Mercadona y llevaba dos cocos helados (sí, fue un viernes lleno de autosorpresas) por lo que intuí que la cosa iba a ser rápida. Entre, dejé las bolsas en la entrada y caminé hasta el final de la tienda como conociendo el interior. Me detuve frente a una estantería y una chica se acercó.

– ¿Te ayudo?

– Vengo a por uno de éstos.

– ¿De qué tamaño?

–  No sé. Lo normal.

Antes de terminar la frase me di cuenta de que estaba frente a los de un tamaño muy conservador y me entraron prisas por rectificar porque para mí eso no era lo normal, de medidas, digo. Obviamente, antes de que me diese tiempo a balbucear la chica casi me pega me preguntó:

–       ¿Y esto es lo normal para ti?

–       NOOOOOO. Qué va. (qué tontería, qué locura) Pero quería algo “discreto”.

DISCRETO. Dije discreto. Un vibrador no puede ser discreto. Nunca. No sé. No sabía cómo salir de aquel bucle vicioso en el que me había metido.  Ya no me podía concentrar. Ella había entendido que ese vibrador tamaño mini napolitana de chocolate era mi medida estándar. Con lo que yo me conformaba. Lo normal para mí. Y NO. En ese momento, no sólo me vi en la obligación de defender mi honor sino también el de mis presas. Mis presas no se merecían tal humillación. No, eso no. Ese pendrive sexual no nos representaba. Que no.

Caminé unos pasos de lado acercándome al podium de la descomunalidad en términos vibratoriales, y no. Volví al punto de antes. A lo discreto. A lo normal. Que ya sé que no es lo normal pero para un vibrador sí es lo normal. Digo. Una minipimer así no cabe en la mesita de noche. Ni en el bolso. Ese cañonazo es un arma en el control de Renfe. He visto botellas de litro y medio de agua más compactas que eso. ¡Que con esas vibraciones se pueden originar terremotos!

Volví a mi estante de la normalidad, casi decidida. Y más dudas. Me preguntó si lo prefería sueco, alemán o chino.  Hija, no sé. Alemán, supongo. Pensé en Merkel testando estas exportaciones y me dio un escalofrío. También me imaginé a un chino con bigotillo y con olor a pollo con almendras manoseando esos micro penes de silicona. Quería coger uno al azar y llevármelo a mi casa. ¡Por el amor de dios, tenía dos cocos deshelándose en la entrada! Pero no. Había más preguntas y yo mientras con un vibrador de prueba galopando entre mis manos. «A pilas o con batería», me dijo. Pensé en el precio de la pilas. Luego pensé en el precio de la luz. Me decidí por la batería. Yo qué sé. La luz es una fuente inagotable de placer, supongo.

Por fin. Ya lo tenía. Un vibrador “normal” alemán y con batería – y cable usb¿?-.

Me cansó tanto aquella experiencia que le cogí manía al alemán. Llegamos enfadados a casa y ni lo saqué de la caja para enseñarle su nuevo hogar. Me miraba desde aquella caja haciendo BRRRR… BRRRR… como un animalico pidiendo cariñitos mientras yo me comía el helado de coco.

 

El aquí te pillo aquí te mato no funciona con las tiendas eróticas. Porque son más tiendas que eróticas. Y yo me enfrío. Y entonces me intentan vender lubricantes. Y yo digo que no. Y se enfada. Y le abrazo por detrás. Y se gira. Y notas que está palote. Y no. Eso no es lo normal. Lo sé.

 

 

Este anuncio es como… Montserrat Caballé haciendo un calvo

Estaba escribiendo un post sobre ‘la felicidad’ cuando han estrenado el nuevo anuncio de Lotería de Navidad (https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Iwk8-wDcaEc). He tenido que cambiar la posición de entrecejo fruncido a una de estupefacción cosquilleante.  

Poco me importa vuestra opinión sobre el anuncio porque qué leches sabréis vosotros –la mayoría. Compis del sector: guiño y givemefive– de publicidad y de lo que la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado (SELAEtraefloja) (¡y qué Estado!) quería como anuncio estelar.

Poca broma con el elenco. Los cantantes escogidos han tenido que pasar por un arduo proceso –realizado por Renfe- llamado “selección variada y aleatoria basada en el ‘a ver qué tenemos por aquí’ de contenidos” (igual os suena). En serio, bravo por la selección. Han conseguido representar musicalmente a  toda la población española (la no silenciosa, se entiende). Aunque llamarlos «las mejores voces de España», igual es una exageración innecesaria. 

A mí me parece bien el anuncio, tiene fuerza, es potente, es sorprendente, es … una castaña, ¡pero sorprendente! Y no hay nada mejor que una castaña potente y sorprendente para dedicarle tiempo y hablar sobre esto. 

Yo no echo de menos al calvo, ¿tú sí? Pues él a ti no. Supongo que si este año hubieran metido al calvo, vuestros comentarios irían más por la línea editorial de “otra vez el puto calvo”. En fin. No hay quien os entienda. Parecéis mujeres.

He notado (aunque no me importe) cierta desilusión por vuestra parte al ver el anuncio, ¿qué esperabais? ¿Un anuncio de la pandi que pasó el verano en Formentera haciendo paellas con pimiento y contagiándose la enfermedad del beso volviendo a casa en un vuelo no lowcost? Por el amor de dios, es Navidad: luces, árbol, nieve, canciones suavecitas, Raphael, bufandas de lana, un abuelo sonriendo, un pueblo a oscuras, purpurina… y una señora con postizo abriendo la boca como si se le hubiese quemado el cordero en el horno. ¡Pobre Montse! Y es que, ahora en serio, así no se hacen las cosas. No podéis tener a una señora a la que le duelen las rodillas tanto rato de pie. Y con el postizo tirante. 

Esto con el calvo no pasaba.

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Nos conocimos en Internet

Y por primera vez, lo digo y no me avergüenzo.

Recuerdo que tenía tres fotos en su perfil: la primera (y la que más me gustó) estaba él de pie mirando a cámara con una mirada limpia, transparente, juguetona; en la segunda foto estaba con unos amigos y en la tercera salía asomado en una puerta. Me sobraron las dos últimas fotos. En la primera ya me había enamorado.

Necesitaba saber más. Busqué su edad casi con ansia, «demasiado joven para mí», pensé. De repente, vi una dirección de correo. ¿Esto es en serio? ¿Y si le escribo? ¿Querrá algo? ¿Ya se habrá olvidado de este perfil? ¿Seguirá disponible? ¿Me querrá? ¿Le querré? Para, para, para. Despacio. Vayamos por partes.

Abrí Gmail y le pregunté directamente si quería que nos viésemos. Juro que yo nunca he hecho algo así. Y no sé si volvería hacerlo. Pasé la mañana refrescando la página del correo. Y por fin, llegó. Casi no me contaba nada, pero acabamos quedando en la estación de Chamartín en el andén del tren que llegaba de París a las 9:00 del sábado. Llovía muchísimo y de camino al metro se me estropeó el pelo, pasé mucho frío y tenía sueño (¿por qué tuvimos que madrugar tanto?). Estaba realmente nerviosa. Subí las escaleras mecánicas mirando hacia atrás por si reconocía alguna cara y tropecé.

No hizo falta bajar hasta el andén porque lo vi esperando en la entrada. Inmediatamente supe que acabaríamos en mi casa. Me dio un beso en la nariz, yo le abracé, nos miramos como si ya nos conociésemos de toda la vida. No sabía cómo tocarle, ni por dónde empezar.

Me fui a casa sin él pero volvimos a vernos el lunes. Él y su equipaje cabían perfectamente en mi mochila. Subimos al metro y la gente no paraba de mirarnos, bueno… le miraban a él. La primera noche casi no pude dormir, solo quería mirar como dormía, tocarle la barriga para que se sintiera seguro en casa. Él si pudo dormir y me pareció verle sonreír mientras dormía apoyado en la almohada.

El resto ya es historia. Se juntaron sus ganas de tener casa y mis ganas sentirme en casa. Yo cuidando de él y él tirando de mí. Entendí por fin que cuando adoptas un perro, sin querer… el perro es el que te adopta a ti.

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