Galerías Instagram

Jueves 20:47 – Una galería cualquiera de Doctor Fourquet

Abres la puerta y todos son desconocidos, algún famosillo y mucha gente idiota con una vida que parece sacada de Getty Images. Un señor te da unas pegatinas con forma de corazón al entrar. La luz es cálida y resalta tus mejillas sonrosadas a base de pellizcos. Una cadena de bombillitas de colores rodea el local para darle más encanto. Capuccinos gigantes como alcantarillas mulliditas con espuma de afeitar. Gente paseando por la sala con la cabeza ligeramente ladeada y un gesto de victoria en los dedos. Mujeres con morritos que no pueden sonreír y hombres con cara de asco que se alegran de verte. Gatos disecados perfectamente colocados encima de un trozo de sofá vintage con los muelles rotos. Y allí estás tú. Con el eyeliner mal puesto y una copa de vino en la mano que ni siquiera te apetece. Paseas, subes, bajas y observas a la gente. Posters de playas y gente en topless de espaldas mirando al infinito, que es la pared. Montones de basura perfectamente alineados en una mesa de madera preciosa. Una esquina con arena para poner los pies. Un bizcocho de cartón sobre una cartulina blanca puesta en el suelo. Dos cactus de plástico y tres manzanas de cera. Te apoyas en la pared y pones cara de no entender nada. Un chico muy serio te pega un corazón  en la frente y se va rápido. Otro se acerca y al tocarte la cara intentando ampliar para verte mejor, te pone una pegatina sin querer. Otro te pone otra pegatina sin dejar de caminar. Uno te grita: Guapa!! sin mirarte y te coloca una pegatina en la punta de la nariz. Otra pegatina de la prima de tu ex. Y otra de tu vecino. Y otra de la tienda de animales de tu barrio. ¡Cuántos corazones! Dios mío, me pregunto cómo puedo gustar tanto sin querer. Qué éxito.

Abrumada, sales por la puerta de Instagram, te abrochas la bata llena de pelotillas, te estiras los calcetines hasta remeter el pantalón del pijama, te sientas en el suelo porque tu perro está ocupando todo el sofá, abres un paquete de patatas fritas y piensas: pues se ha quedado buena noche.

CORAZON_copia

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¿Qué pasa con mi vida si me muero?

Me han entrado los nervios de pensarlo. He abierto las ventanas con ansiedad y me he puesto a fumar. En realidad, no. Pero bueno, ¿y qué?. ¿Si me muero, qué? ¿Quién se queda mi Facebook? ¿Qué pasará con mis tweets? ¿Qué mierda harán con mis fotos de Instagram?

No, en serio. ¿QUÉ PASA? ¿QUÉ PASA CON MI VIDA SI ME MUERO?

Esta semana he visto dos veces (no una, DOS) cómo en Facebook escribían un mensaje de despedida dedicado a una persona que había muerto. Hasta aquí, correcto. Lo extravagante viene cuando al final del texto se etiqueta a esa persona. Bueno, a ver. Mira, no. No hacía falta. Es un poco «MIRAD, Y ESTE ES EL MUERTO». Y claro, como la gente somos de personalidad inquieta y curiosa muy cotillas, pinchamos en el nombre. Como si nos importase o algo. En realidad, no. No nos importa nada. Pero accedemos al perfil. Y no contentos con eso, leemos con morbo sus últimas publicaciones mientras gritamos al cielo «¡Pero si ayer estaba vivo!». Normal. Tranquilidad, que lo peor está por llegar. En su página de Facebook hay gente que le ha escrito. A ver, sí. Te dicen que se ha muerto tu mejor amigo y le escribes en el muro de Facebook porque en el cielo no crees, pero en una fibra óptica que une la vida y la muerte, sí. Le escribes un comentario pero es como que necesitas más. Entras en sus últimas fotos y se las comentas. Que no le falte de nada. Que tenga notificaciones para rato. Total, tiene para aburrirse toda una eternidad.

No sé muy bien quién se hace cargo de todo esto ni cómo funciona. Por un lado, pienso que no está mal pasear por su vida una vez más, una última vez. Pero también pienso que no, que no hace falta. Que una vez ya no tienes vida que mostrar ni compartir, es inútil.

A veces pienso que si me muero un domingo y la gente entra en mi Facebook lo que verá es una publicación con fotos del sábado, borracha, con el eyeliner corridísimo o en el peor de los casos, con una pegatina de Jagger en el flequillo. Y esa no soy yo. Bueno sí, pero poco. Tampoco me gustaría que mi última actualización fuese algo triste porque daría indicios de suicidio. Tampoco me gustaría morirme el día de mi cumpleaños sin responder a todas las felicitaciones porque pensarían que era una rancia (que lo soy, pero joder, me acabo de morir, un poquito de buenos pensamientos, no?). Tampoco me gustaría que por casualidades de la vida un día antes de morirme hubiese subido a Facebook la canción de EL TAXI y la gente se quedase con esa imagen de mí.

También pienso que si me muero, cuál sería mi último tweet. Porque somos así de hijosdeputa morbosos. Seguro que si me muero retuiteáis lo peor de mí. Sin piedad y sin compasión. Seguro que me enviáis fotos de croquetas carbonizadas en señal de luto. Seguro que en las noticias salen pantallazos de mis tweets y no me gustaría que POR ERROR le llegase esa información a mi madre.

Tengo mil preguntas sobre la muerte pero tengo muchas más sobre la vida que se queda en el aire cuando nos morimos. ¿Nuestra vida se acaba cuando nos morimos o cuando nos cierran las redes sociales? ¿Pensáis que deberían habilitar un GHOSTBOOK para poder golismear la vida de los usuarios vitalmente inactivos de Facebook (me lo imagino como un cementerio 2.0 y en lugar de dejar flores dejas ‘Me gustaba’? ¿Creéis que en Quitter podríamos ubicar a los tuiteros muertos? ¿Al final va a tener razón la gente que se despide cada noche en las redes sociales como si nos importase o algo? ¿Al morirnos Google+ se autodestruye? ¿Al iniciar sesión deberíamos dejar escrito un borrador que Twitter lance en caso de desgracia? ¿Pensáis que en el cielo tienen Mac o PC? ¿Habrá wifi del bueno? ¿Y croquetas? ¿HABRÁ CROQUETAS SÍ O NO? MALDITA SEA, CONTESTAD.

En fin, que espero no morirme porque el Twitter no me lo voy a quitar. Y EL TAXI va a Facebook otra vez, eso seguro.

Mi Facebook huele a muerto

9:27 / Lunes. Enciendo el ordenador, caliento el café en el microondas, miro la agenda, leo el correo, saco el café del microondas y abro Facebook.

Scroll down. Subo y bajo. Bajo. Subo. Buceo. Pincho aquí y miro allá. No hay nada interesante, bueno, a ver, no es que no sea interesante vuestra vida, simplemente que no hay nada sorprendente. Está bien así, a mí me gusta. No hay grandes noticias. Ni buenas ni malas. Regalo varios ‘Me gusta’. Leo dos artículos. Veo tus fotos del sábado y me entero de cómo os ha ido el domingo. Los más nocturnos se juntan con los más madrugadores en las actualizaciones. Y de repente, me dan ganas de llorar.

Es una sensación que tengo desde hace tiempo. Una especie de nostalgia, rabia y desazón. Mezclada con una indiferencia (mal gestionada) por mi parte. Puede sonar muy triste pero para mí, Facebook es como un cementerio.

Vale que hago limpieza general cada cierto tiempo pero el olor a muerto y a rancio no se va. A ver, no es que tenga amigos muertos con cuentas de Facebook activas (¡no, por dios!) son otras movidas. Son amigas con las que no me hablo desde hace tiempo, son fotos de 2008 con esas amigas, son viajes con ahora casi desconocidos o amigovios sin señal ni cobertura. Tengo Facebook lleno de cosas inexplicables como quien guarda azucarillos de sus viajes (¿soy la única que cuando alguien le dice que colecciona azucarillos pregunta si vacíos o llenos? Me imagino que un sobre de azúcar es un objeto de bichismo fácil). También hay compañeros de clase con los que no tengo ninguna intención de tomarme una caña, gente de la universidad que dudo que vuelva a ver o gente que conocí un fin de semana en una ciudad random. No quiero decir que me sobre esa gente, ni siquiera me molesta. Pero pasear y verlos por mi Facebook es como estar paseando por el cementerio de mi vida. Están ahí, los puedo ver aunque en el fondo no están conmigo. Si apareciesen de nuevo me alegraría muchísimo pero también me daría susto y no sabría que hacer con ellos. A ver, no es que para mí estén muertos, es que estáis en otra vida que no es la mía. ¿Os estáis liando? Yo también.

Que sí, que menos mal que está Facebook para no perder el contacto y poder reencontrarse con gente pero, ¿contacto DE QUÉ? ¿Estar en contacto con alguien es recibir PASIVAMENTE fotos de su vida, de sus viajes, de sus perros? ¿Estar en contacto con alguien es darle ‘Me gusta’ a lo que dice sin ir más allá? Quizás el problema es que estar en contacto con alguien ahora es ‘tenerle de amigo’ en Facebook. Estar en contacto contigo ahora simplemente es tenerte de contacto. Y eso es muy triste.

Hay una teoría (el número de Dunbar) que dice que una persona puede prestar atención y dedicación como máximo a 150 personas. El resto es (eres, sois, somos) paja. Y en Facebook pasa lo mismo, coleccionamos cosas (gente) que nos cuenta cosas más o menos interesantes y que nos dan más o menos igual. Pero como cualquier álbum coleccionable, se puede perder. Yo perdí el mío de las Spice Girl sé lo que duele por experiencia. 

Ante esta triste e inútil sensación solo veo dos soluciones (igual de malas):

1. Actualizar anualmente Facebook. Borrar histórico. Eliminar fotos. Que Facebook caduque. Que me refresque la vida. QUE OS PETEN. 

2. No echarle la culpa a Facebook ni a la gente que tengo en Facebook (pobrecicos) y hacer cosas: Resucitar lo mediomuerto y matar lo que hace tiempo que no respira. QUE ME PETEN.

Aún así y a pesar de las frases lapidarias, las imágenes de amaneceres o los angelitos con purpurina, Facebook es y será mi cementerio favorito. Las cosas como son.

Mi primera foto en Facebook. Nochevieja 2008 en París. Con un ex-. 

Esto va a Twitter

Estaba tenso porque pensaba que luego hablaría de él. Que diría en Twitter lo que odio a los tíos a los que les sudan las manos, a los que se piden té rojo para merendar. Que me reiría de su camisa de cuadros y que le llamaría algo terminado en –er. Que le diría a todo el mundo lo tonta que es la gente que se quema la lengua por las prisas de no quedarse callado. Que me burlaría de los que pegan el chicle en el pañuelo de los mocos y piensan que nadie se ha dado cuenta.

Pensaba que escribiría en Facebook algo sobre qué hacer con los tíos te chocan la lengua en el primer beso y con los que te tocan el cuello aun sabiendo que tienen las manos congeladas. También pensaba que posiblemente hablaría de qué hacer cuando no sabes si lanzarte o quedarte esperando. Pensó que si después pasaría a limpio algunas de sus bromas que no pillé.

Pensaba que todo lo que estaba pasando en ese mismo instante era material explosivo entre mis manos. Estaba tenso porque pensaba que quizás debíamos comer croquetas y beber mistela para que todo saliese bien. Que yo estaría retuiteando mientras él me hablaba de sus cosas. Pensaba que yo estaría mirando a las teclas y no a sus manos. Que estaría hablando de Instagram y no de cómo me gustaba que me peinase mi abuela para ir al colegio cada lunes. No sé. Pensaba que yo diría más tacos, que hablaría más alto y más fuerte. Que no me escondería en la bufanda. Pensaba que le diría todo el rato: “Esto va a Twitter”. 

Y pensaba mal porque yo sólo quería estar con él. Con su té rojo, su chicle pegado al clínex y su camisa de loser hipster leñadorer canadienser moderner lover guaper.

Que se enteren todas las redes sociales porque esto va a blog. 

movil

El amor y otras redes sociales

Naces. Creces. Te sigue en Twitter. Le haces FAV. Te hace RT. Le sigues. Te manda un DM. Le contestas. Te manda otro. Le contestas. Os cruzáis en Tinder. Le da a ‘corazón’. Le das a ‘corazón’. Hacéis match. Os saludáis. Él jiji. Tú jaja. Te sigue en Instagram. Le sigues. Le da ‘like’ a todas tus fotos. Le mandas un DM. Te contesta. Os pasáis a Whatsapp. Te habla. Le hablas. Te habla más. Le hablas más. Os encontráis en Facebook. Te pide amistad. Os agregáis como amigos. Le gusta lo que pones. Te gusta lo que dice. Te comenta. Le das a ‘me gusta’. Te habla por el chat de Facebook. Le hablas por el chat de Facebook. Os encontráis en un bar. Te saluda. Le das dos besos. Con suerte os reproducís. Y ya no hay tiempo para más PORQUE TE MUERES.

(de vieja, del asco o de ganas)

Veneno de selfiente

Entro en la sala y las sillas ya están colocadas en círculo. Hay dos termos en un pupitre al lado de la puerta y una bandeja con dulces rancios. Me sirvo un café con leche en un vaso de plástico. Miro las pastas resecas (intento darles una oportunidad, no he merendado) pero no cojo ninguna. Aquí empieza la terapia.

El grupo lo formamos gente variopinta. Hay tres famosos, cinco adolescentes, una gogó de Pachá y una persona que parece normal que soy yo. Antes de sentarme en el círculo, dejo el móvil en la cesta de la entrada como ya nos indicaron que hiciéramos el primer día.

Hoy hace un día de primavera precioso pero han bajado las persianas. Luz de nevera. El sitio es deprimente. Las sillas son de plástico y los posters de las paredes de 1996. No hay nada fotografiable. Más terapia.

El maestro de ceremonia nos mira con compasión y nos agradece que no hayamos abandonado tras la primera sesión. Las cinco adolescentes están con las manos unidas y forman una trenza de espiga. La gogó me mira de reojo y me sonríe. Yo sólo veo boca. Mucha boca. Y tetas. Muchas tetas. Mogollón de tetas. Dos de los famosos siguen con las gafas de sol puestas. El otro mira el reloj como si el problema no fuera con él y perdona que revele tu identidad JUSTIN BIEBER, pero tú eres la más puta aquí.

El tipejo me mira y me invita a hablar la primera. Qué putada esto de parecer normal. Me hace una retahíla de preguntas muy intensas. Yo también me hago preguntas mientras le miro la bragueta abierta. ¿Qué hago aquí? ¿A qué coño he venido? ¿En serio tengo un problema? ¿Es usted poeta?

Me termino de un trago el café con leche, me pongo detrás del atril improvisado e imaginario y suelto un coñazo hablo para todos mis compañeros.

***

Queridos hermanos amigos desconocidos. Tenemos un problema. O eso dicen. Nos ponen etiquetas. Se ríen de nosotros. Nos juzgan por lo que hacemos. Y eso que tuiteamos menos que el resto. Ponemos muchas menos fotos en Facebook que el resto. Conseguimos menos alcaldías en Foursquare que el resto. Subimos menos pies en Instagram que el resto. ¿Por qué somos una lacra social, queridos amigos desconocidos? Yo no lo entiendo. No entiendo nada. ¿Realmente estamos tan mal de la cabeza? ¿Corremos el riesgo de sufrir problemas mentales en un futuro? ¿Los tenemos ya? ¡A tomar por culo la gente! Entiendo a los haters de los selfies. Pero, ¿qué es lo que les molesta? Los selfies son una extensión más de nuestros tweets, de los ‘Me gusta’ que regalamos a otros, de las canciones que escuchamos en Spotify en sesión no privada. Son las fotos más sinceras y transparentes que he visto nunca: estoy así, aquí y ahora. Con un poco de pose, sí, ¿y qué? Esa gente (señalo muy dramáticamente hacia la ventana) no sabe con qué meterse y lo hace con nosotros. Con los que muestran su careto y les da igual lo que la gente pueda decir de ellos. ¿ME OYE SEÑORA DOCTORA TAILANDESA?. No estamos locos hostiaya que sabemos lo que queremos. Vive la vida igual que si fuera un sueño pero que nunca terminPerdonad, se me ha ido. ¿Dónde estaba? Ah sí. QUE LA TAILANDESA ES FEA Y SU CARAPAN NO CABE EN LA PANTALLA DEL MÓVIL. ¿Pues no va y nos dice que los selfinianos podemos convertirnos en una generación “sin liderazgo”, de personas “simples” sin “capacidad creativa e innovadora”?. USTED SEÑORA, TIENE UNA HOSTIA EN ESA CARAPAN NO SABE. Hay algo que une a todos dignos de la fotografía y es defender que estas fotos son basura, que no aportan nada. Y yo me pregunto, ¿qué cojones aportan las fachadas de colores, las bicicletas apoyadas en una pared de ladrillo caravista, los platos con fruta de temporada y las dos latas de cerveza apoyadas en la arena? Digo yo. Y no es mucho peor (por no hacerse una selfie) pedir a alguien una foto mientras tú miras hacia otro lado? En plan ‘ay, que me han pillao’. Y oye, que para haberme pillao, mira que bien salgo. NAH. La gente cree que hacerse selfies es como autoinyectarse veneno con el que te vas muriendo socialmente. Pero el veneno de selfiente no mata.

***

La gogó me aplaude. O aplauden sus uñasgarra postizas, no sé. Dos adolescentes están casi llorando (pero creo que es porque Justin Bieber tiene un moco colgando y lo quieren chupar), la otra mira hacia abajo y retuerce con malestar su pulsera de gomitas de colores (quizás está embarazada). Justin Bieber asiente como diciendo ¡Amén hermana! (no descarto que vaya drogado) pero yo no me siento satisfecha.

Abandono compungida el atril imaginario, bordeo el círculo de sillas rozando con la punta de mis dedos la melenica planchada de Justin y rescato mi móvil de la cesta. Pero antes de largarme, me quito la banda de raso fucsia de Miss Selfie 2014 y se la lanzo a la gogó. ‘Por lo menos te tapará una teta en Ibiza’, pienso. Le guiño un ojo. Me lanza un beso. Le miro las tetas. Mogollón de tetas.

Abro la puerta, me giro y les digo: “FOTOOOOOOO”.

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¿Por qué lo tengo todo papi?

El cuento del exhibicionismo, el reconocimiento social ajeno y el compartir extremo ya me lo sé. Me lo sé muy bien. Matrícula de honor. Lo asumo pseudodignamente. Soy una exhibicionista neoliberal a tiempo completo, necesito que gente desconocida me aplauda en formato like, RT o corazón y comparto hasta las migas que me caen al escote cuando me como un bocadillo de calamares in the Plaza Mayor.

Pero la cosa viene de lejos.

Me hice Tuenti porque era un coñazo horrible esperar dos días (¡DOS DÍAS!) a que mis amigas me pasaran las fotos borrachas borrosas del sábado por la noche. Tuenti fue el primer álbum digital social que tuvimos. Molaba pero fue el principio del fin. Empezamos a salir para hacernos fotos y darle alimento al monstruo de Tuenti. El grupo de amigas se multiplicó porque cada una salía obligatoriamente con su cámara digital. Yo una vez estuve a punto de volverme a casa porque nadie se había llevado la cámara. Qué sensación más extraña. Salir pa’ti, como pa’dentro. Uf, qué escalofríos. Qué loco. Luego llegaron a Tuenti las nuevas generaciones. Cada domingo por la mañana me cruzaba por los pasillos de Tuenti con mis primos pequeños y mi hermano medio borrachos aún de Malibú con piña y nos dábamos vergüenza ajena mutua. Luego cuando nos veíamos el domingo en la comida familiar, en riguroso directo, yo con gafas de sol, con la boca más seca que un zapato y regándome continuamente con agua, ellos me preguntaban qué mezclas hacerse para que les subiera rápido y sin dolor. Y no. Ahí decidí parar. Irme lejos. Asumir otra realidad. Me hice Facebook. Llegué buscando la madurez social pero allí no había ni Cristo. Mientras tanto, subía fotos de viajes de forma organizada en carpetillas y algunos enlaces de Youtube. La gente no sabía cómo hablarse en Facebook ni qué contarse. Sólo añadías amigos por si algún día había un concurso de algo de eso que tiene que ver con la acumulación de gente. Amigos del colegio, del instituto, de la guardería, de inglés, de la universidad, empresas, marcas, chicles, tiendas, galletas, grupos, frases de los Simpsons, MIERDAS. La dignidad transformada en un “voy a hacer limpieza en Facebook” mientras una montaña de ropa en tu habitación no te dejaba salir. Hartita de que no me comprendieran, huí a Twitter. Y allí estábamos, mi amiga, Buenafuente y yo. Por una parte guay. No había profesores, ni familiares, ni compañeros de la E.S.O. pero… yo entraba cada día y ni Buenafuente ni mi amiga le daban ritmo al tema. Aquello era un coñazo. Yo sentía que hablaba sola y muy desencaminada no iba. Nadie me leía y yo rajaba como dios. Era como andar en bragas por tu casa. Luego otros que hablaban solos se dieron cuenta de la existencia de otros que también hablábamos solos y surgieron las conversaciones. Así, como concepto. De repente, tenías algo que contar a esa humanidad efervescente y sospechosa. Te guardabas cosas que sólo podían ser compartidas en la cueva tuiteriana. Encontré desconocidos fabulosos. Algunos incluso guapos. Hablaba de Twitter a mis amigas. Les hablaba de mis desconocidos. De mis seguidores. Empecé a tener menos amigas. Es coña. Hacía tiempo que ya tenía menos amigas. Un día vi que la gente subía fotos con un enlace sospechoso. Oh mierda. Era otra secta que me quería dar un abrazo. Fotos cuadradas y más bonitas de lo normal, cuidadosamente espontáneas. Qué coño. Yo también quería. Y llegué a Instagram. Me adapté muy pronto. Empecé a cocinar cosas por su apariencia. Incluso cocinaba cosas que luego no me comía, pero joder, quedaban preciosas a la vista. Cortaba fruta fresca en saludables y atractivos trozos. Adopté un perro para poder cubrir ese hueco que dejaban los gatos y cuando no tenía la playa cerca, picaba galletas y hundía mis pies en aquella mezcla. Empecé a beber vino por subir foto de la copa y… de ahí a los autorretratos.

Lo único que no tengo es Foursquare. Es inútil. Decir dónde estás, a quién se le diga. ¡ESTÁIS MUY LOCOS! ¡Ser alcalde de un puto bar de callos! Me parto con vosotros. Sois la leche. 

Pero por lo demás, lo tengo todo papi. Mal usado pero lo tengo.

NO ME MIRES ASÍ PAPI.

¿PAPI?

¡PAPI NO TE VAYAS!

VUELVE. 

 

Días raros

Esta Semana Santa he vivido como Dios. Sin móvil. A pelo. Y en consecuencia, sin reloj, sin despertador, sin gps ni cámara de fotos. Muy prehistóricamente. Ha sido todo muy raro. He quedado con gente por la mañana sin saber qué pasará, si llegará, si llegaré, si cambiamos la hora, el lugar o si no quedamos. He tenido que pedir la hora en la calle. He tenido que preguntar cómo llegar a una calle. No he podido hacer fotos a las gilipolleces diarias. Ni una selfie ni media. No he podido buscar la palabra que no me salía, tampoco la foto del tipo del que me estaban hablando. No he podido tuitear lo que decían las señoras en el autobús. No he podido compartir que comí una galette. Ni decir que me regalaron un libro que sólo son mensajes de texto. No sabéis dónde he estado ni a quién he conocido. No he sacado el móvil en las comidas ni en las cenas. No he podido disimular mirando el móvil mientras esperaba. He usado una libreta para apuntar cosas. He sobrevivido.

 

Igual los días raros eran los de antes.