Se va. Se fue. Se ha ido. Y yo volví.

Marzo. Valencia. 

Se va. Se fue. Se ha ido. Y yo volví.

Al llegar me tomé dos cafés. Uno al salir de la estación y otro antes de cruzar la avenida que me lleva a casa. Alargué todo lo posible llegar. Abrí la puerta y respiré jodidamente. No me paré en la entrada, recorrí el pasillo con prisa. Ni siquiera quise mirar de reojo. Él siempre estaba allí. Dejé la maleta en mi habitación y me senté en la cama. Era todo muy raro.  Mi corcho lleno de fotos con él. Una caricatura de los dos y mucho silencio. Faltaba algo. Alguien.

Mi madre me llamó desde el salón. «Ahí está», me dijo. Me quedé mirando aquello en silencio. Estaba cerca de su rincón del sofá. Había una foto que le hice yo un amanecer en la playa y un perro de latón gris precioso. Era divertido, no tenía los ojos pintados tristes. Por fin había vuelto a casa para quedarse. Ahora sé que está ahí. Que se ha ido pero quedándose.

Yo salí igualmente a dar un paseo por el parque. Supongo que algún día me acostumbraré a volver y a tener que buscarle en el salón. Allí, en la estantería blanca. Supongo que algún día me acostumbraré a tener que buscarte yo, mientras tú esperas allí, en tu rincón.

Han tenido que pasar dos semanas para admitir que él se fue y yo volví.

sultan

Se va. Se fue. Se ha ido.

Se va. Se fue, aunque con puntos suspensivos. Se ha ido.

Mañana vuelvo a casa. Después de dos meses.

Me imagino llegando a casa, recordando lo que escribí sobre si él ya no me esperaría en la puerta. Y me imagino que no está. Que no me espera. Que lo que escribí está ahí. Está sin estar. Curioso.

Me imagino llegando a casa y cumpliendo mi rutina. Abrimos la puerta de la entrada y yo dejo la maleta en mitad del pasillo. Le busco en la cocina y allí está. Sorprendido. Se alegra de verme, lo sé. Me recuerda. Le digo cosas que posiblemente no entienda pero le gustan. Cojo la maleta y me sigue hasta la habitación. Jugamos en la cama. Nos dejamos querer. No hay prisa. Salimos a pasear como lo hacíamos antes de huir a Madrid. Respiro y noto la sal del mar en el aire. Miro la luz encendida de mi casa entre los arbustos.

Me imagino volver a casa después del paseo. Mi madre me cuenta alguna anécdota para justificar que él sabía que yo vendría. Que se pasó toda la tarde en mi cuarto. Que durmió la siesta sobre algún suéter mío. Que le decía mi nombre y se iba a la puerta. Mil cosas. Ya os lo dije. No mentí. Él me espera sin saber que llegaba. Me esperaba.

Pero sólo me lo imagino porque prefiero no pensarlo.

Me escuecen los ojos.

sultan

Se fue con puntos suspensivos

Pero algo quedó. Está en el aire. Sigue en el sofá. Pasea por el pasillo. No hablo de espíritus. Es esa sensación que dejan las idas recientes. Que el fin de la vida del otro no puede suponer el fin del otro en la vida de uno. Por eso, él sigue ahí. No sé dónde, pero sigue.

Que se haya ido era el punto que le faltaba a la historia de su vida pero a ese punto y final, yo le añado dos puntos más. Tres puntos suspensivos en total. Porque sigue ahí. Aquí.

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Es un perro, sí.  La vida junto a un perro no es fácil. Es de locos. A veces sientes que desvarías, que es una obligación sin sentido. A veces. Porque luego te das cuenta de que eres algo demasiado importante en su vida. Y te vuelves loco. Te vuelve loco. A veces te miran mal porque hablas con alguien que va a cuatro patas. Incluso a veces te sientes mal porque tienes que llevarlo atado con una correa como si fuese un animal. Maldita sea.. sí que te vuelves loco, sí.

Lloras, ríes, le riñes, se ríe, llora, lloras, te ríes.. y así una vida.

Sin buscarlo, sientes una extraña conexión con alguien que no es de tu especie, que no se expresa como tú, que no anda como tú y que por supuesto no finge como el resto. Sin saber cómo lo encontraste, sientes una extraña conexión con alguien que te mira como nadie, que te busca, que te espera, que sonríe a su manera. De repente, llega. Sin buscarlo. Sin saber cómo os encontrasteis. Pero llega. Afortunadamente.

En mi caso (y en el de mi familia), afortunadamente, Sultán llegó. Pero también se fue. Se fue con puntos suspensivos. Porque sigue ahí. Porque a su punto, nosotros le añadimos los dos restantes:

Uno por llegar sin buscarlo. Y dos, por encontrarnos. 

(Dibujo de @ptyniki)

Se va, se va. Se fue.

Abres la puerta de casa, dejas las bolsas en el suelo y esperas. Esperas mil segundos. Esperas más. No viene. No aparece. Las bolsas siguen tiradas en el suelo de la entrada, cierras la puerta y recorres todo el laberinto de tu casa. Nada. Miras en tu habitación, debajo de la mesa, entre los cojines, en su alfombra.

Nada.

Algunas veces me preguntaba qué pasaría cuando al llegar a casa y dejar las bolsas, él no estuviera. Qué diría, cómo lo contaría. Pero antes de terminar la pregunta, lo miraba y allí estaba.

Pero ya no está.

Algún día os lo contaré todo sobre él. Os hablaré de su pelo, de su mirada, de esa nariz que tanto me gustaba. De sus noches buscando un hueco en mi cama. De los reencuentros. De las despedidas. De cómo me esperaba en el pasillo al oír las llaves de casa.

Ahora no puedo.

Yo aún estoy esperando en la puerta con las bolsas en el suelo… porque era el único que me esperaba sin saber que llegaba.