Nebulosa internauta

nlyCuando lo más cerca que estoy de ti es cuando escribes un tweet que aparece detrás del mío, cuando te asomas quince milésimas de segundo por el chat de Facebook o cuando conviertes un corazón vacío de Instagram en uno muy rojo con solo pasar cerca tu huella. Cuando me conecto a Whatsapp y tú sólo hace un segundo que pasabas por allí. Cuando nos esquivamos por la nebulosa internauta. Cuando paseamos solos mirándonos en una pantalla. Cuando nos alejamos porque tenernos en cada ventana sin vistas parece suficiente. Estar tan cerca todo el rato nos aleja. Nos separa. Nos llena los huecos de algodones que no son de azúcar. Nos hace sentir que ya hemos estado juntos, que me has contado que tal tu día, que me has rozado queriendo.

Cuando nuestra frontera es una puta pantalla.

Cuando los abrazos se escriben y los besos se mandan.

Cuando nos vemos en lugar de vernos.

¿Qué pasa con mi vida si me muero?

Me han entrado los nervios de pensarlo. He abierto las ventanas con ansiedad y me he puesto a fumar. En realidad, no. Pero bueno, ¿y qué?. ¿Si me muero, qué? ¿Quién se queda mi Facebook? ¿Qué pasará con mis tweets? ¿Qué mierda harán con mis fotos de Instagram?

No, en serio. ¿QUÉ PASA? ¿QUÉ PASA CON MI VIDA SI ME MUERO?

Esta semana he visto dos veces (no una, DOS) cómo en Facebook escribían un mensaje de despedida dedicado a una persona que había muerto. Hasta aquí, correcto. Lo extravagante viene cuando al final del texto se etiqueta a esa persona. Bueno, a ver. Mira, no. No hacía falta. Es un poco «MIRAD, Y ESTE ES EL MUERTO». Y claro, como la gente somos de personalidad inquieta y curiosa muy cotillas, pinchamos en el nombre. Como si nos importase o algo. En realidad, no. No nos importa nada. Pero accedemos al perfil. Y no contentos con eso, leemos con morbo sus últimas publicaciones mientras gritamos al cielo «¡Pero si ayer estaba vivo!». Normal. Tranquilidad, que lo peor está por llegar. En su página de Facebook hay gente que le ha escrito. A ver, sí. Te dicen que se ha muerto tu mejor amigo y le escribes en el muro de Facebook porque en el cielo no crees, pero en una fibra óptica que une la vida y la muerte, sí. Le escribes un comentario pero es como que necesitas más. Entras en sus últimas fotos y se las comentas. Que no le falte de nada. Que tenga notificaciones para rato. Total, tiene para aburrirse toda una eternidad.

No sé muy bien quién se hace cargo de todo esto ni cómo funciona. Por un lado, pienso que no está mal pasear por su vida una vez más, una última vez. Pero también pienso que no, que no hace falta. Que una vez ya no tienes vida que mostrar ni compartir, es inútil.

A veces pienso que si me muero un domingo y la gente entra en mi Facebook lo que verá es una publicación con fotos del sábado, borracha, con el eyeliner corridísimo o en el peor de los casos, con una pegatina de Jagger en el flequillo. Y esa no soy yo. Bueno sí, pero poco. Tampoco me gustaría que mi última actualización fuese algo triste porque daría indicios de suicidio. Tampoco me gustaría morirme el día de mi cumpleaños sin responder a todas las felicitaciones porque pensarían que era una rancia (que lo soy, pero joder, me acabo de morir, un poquito de buenos pensamientos, no?). Tampoco me gustaría que por casualidades de la vida un día antes de morirme hubiese subido a Facebook la canción de EL TAXI y la gente se quedase con esa imagen de mí.

También pienso que si me muero, cuál sería mi último tweet. Porque somos así de hijosdeputa morbosos. Seguro que si me muero retuiteáis lo peor de mí. Sin piedad y sin compasión. Seguro que me enviáis fotos de croquetas carbonizadas en señal de luto. Seguro que en las noticias salen pantallazos de mis tweets y no me gustaría que POR ERROR le llegase esa información a mi madre.

Tengo mil preguntas sobre la muerte pero tengo muchas más sobre la vida que se queda en el aire cuando nos morimos. ¿Nuestra vida se acaba cuando nos morimos o cuando nos cierran las redes sociales? ¿Pensáis que deberían habilitar un GHOSTBOOK para poder golismear la vida de los usuarios vitalmente inactivos de Facebook (me lo imagino como un cementerio 2.0 y en lugar de dejar flores dejas ‘Me gustaba’? ¿Creéis que en Quitter podríamos ubicar a los tuiteros muertos? ¿Al final va a tener razón la gente que se despide cada noche en las redes sociales como si nos importase o algo? ¿Al morirnos Google+ se autodestruye? ¿Al iniciar sesión deberíamos dejar escrito un borrador que Twitter lance en caso de desgracia? ¿Pensáis que en el cielo tienen Mac o PC? ¿Habrá wifi del bueno? ¿Y croquetas? ¿HABRÁ CROQUETAS SÍ O NO? MALDITA SEA, CONTESTAD.

En fin, que espero no morirme porque el Twitter no me lo voy a quitar. Y EL TAXI va a Facebook otra vez, eso seguro.

Esto va a Twitter

Estaba tenso porque pensaba que luego hablaría de él. Que diría en Twitter lo que odio a los tíos a los que les sudan las manos, a los que se piden té rojo para merendar. Que me reiría de su camisa de cuadros y que le llamaría algo terminado en –er. Que le diría a todo el mundo lo tonta que es la gente que se quema la lengua por las prisas de no quedarse callado. Que me burlaría de los que pegan el chicle en el pañuelo de los mocos y piensan que nadie se ha dado cuenta.

Pensaba que escribiría en Facebook algo sobre qué hacer con los tíos te chocan la lengua en el primer beso y con los que te tocan el cuello aun sabiendo que tienen las manos congeladas. También pensaba que posiblemente hablaría de qué hacer cuando no sabes si lanzarte o quedarte esperando. Pensó que si después pasaría a limpio algunas de sus bromas que no pillé.

Pensaba que todo lo que estaba pasando en ese mismo instante era material explosivo entre mis manos. Estaba tenso porque pensaba que quizás debíamos comer croquetas y beber mistela para que todo saliese bien. Que yo estaría retuiteando mientras él me hablaba de sus cosas. Pensaba que yo estaría mirando a las teclas y no a sus manos. Que estaría hablando de Instagram y no de cómo me gustaba que me peinase mi abuela para ir al colegio cada lunes. No sé. Pensaba que yo diría más tacos, que hablaría más alto y más fuerte. Que no me escondería en la bufanda. Pensaba que le diría todo el rato: “Esto va a Twitter”. 

Y pensaba mal porque yo sólo quería estar con él. Con su té rojo, su chicle pegado al clínex y su camisa de loser hipster leñadorer canadienser moderner lover guaper.

Que se enteren todas las redes sociales porque esto va a blog. 

movil

El amor y otras redes sociales

Naces. Creces. Te sigue en Twitter. Le haces FAV. Te hace RT. Le sigues. Te manda un DM. Le contestas. Te manda otro. Le contestas. Os cruzáis en Tinder. Le da a ‘corazón’. Le das a ‘corazón’. Hacéis match. Os saludáis. Él jiji. Tú jaja. Te sigue en Instagram. Le sigues. Le da ‘like’ a todas tus fotos. Le mandas un DM. Te contesta. Os pasáis a Whatsapp. Te habla. Le hablas. Te habla más. Le hablas más. Os encontráis en Facebook. Te pide amistad. Os agregáis como amigos. Le gusta lo que pones. Te gusta lo que dice. Te comenta. Le das a ‘me gusta’. Te habla por el chat de Facebook. Le hablas por el chat de Facebook. Os encontráis en un bar. Te saluda. Le das dos besos. Con suerte os reproducís. Y ya no hay tiempo para más PORQUE TE MUERES.

(de vieja, del asco o de ganas)

Los nuevos baños

Dicen que las redes sociales son los nuevos bares. Que no os mientan. Las redes sociales son los nuevos baños de los bares. Al fondo a la derecha, siempre. Y a la izquierda casi siempre.

Las redes sociales, como los baños de los bares, son sitios sospechosos, con una luz que nos hace parecer alguien diferente. Cuando bajas a los baños todo es distinto. Vas de interesante. Miras a la gente achinando los ojos en plan “no me suenas pero ya me vas sonando”. El tiempo en los baños de los bares pasa rápido. Parece que has estado 5 minutos y han pasado 35 minutos. Te haces la simpática pero lo que ves en el espejo no eres tú. Ese alguien se parece a ti pero no. Ese alguien tiene verborrea. Hablas como si estuvieras salida. Y todo te pasa MUY FUERTE. Cada puerta individual de los baños es un mensaje privado caliente, una indirecta en el muro de tu Facebook, un calentón absurder, una cagada sin importancia, un polvo cibernético o una meada fuera de contexto.

En los baños siempre tienes tiempo para desconocidos y te gusta. Normalmente hay gente esperando para pasar que hace de timeline en Twitter: se cuentan cosas, critican otras, otros se meten la lengua y tú… de repente, conectas con alguien. Alguien que ya ha meado y que posiblemente no se ha lavado las manos. Y no te importa. Como desconocidos que sois, habláis de cosas absurdas, os abrazáis, os reís muy fuerte y encontráis cosas aleatorias en común. Fuera de los baños esas risas no tienen sentido. Y lo sabes. Fuera, en el bar, os miráis de reojo, como mucho. No le contarás nada a nadie. Volverás a rodearte de desconocidos de verdad. Las redes sociales son los nuevos baños porque la verdadera realidad es el bar.

No os pretendo convencer de nada pero comparto con vosotros unos argumentos irrefutables:

  1. En los baños y en las redes sociales todo se magnifica. Como en Gran Hermano. Lo mejor parece pasar en lo oscuro. Y mejor si mira todo el mundo. 
  2. A veces sólo encuentras mierda. Pero es algo con lo que contabas. 
  3. Te sueles bajar las bragas sin haber pestillo. A lo loco. ¿Qué más da? Y tan dignamente.  
  4. Las redes sociales no pueden ser los nuevos bares porque NO HAY VINO. Ni tapas.
  5. Y al final, vengas de donde vengas, de las redes sociales o del baño, todo acaba en el bar. En el bar de verdad. Con su merchandising de Trina y todo.

En fin. Que yo ya me he cansado de escuchar que las redes sociales son los nuevos bares. Es mentira. Bueno, a excepción del bar TUENTY que hay en mi pueblo, pero eso es otro tema sobre el que profundizar con calma. Las redes sociales son los nuevos baños de los bares. Que molan más. Aunque huelan raro. 

 

Benditos baños, papi. 

RT pis. 

¿Por qué lo tengo todo papi?

El cuento del exhibicionismo, el reconocimiento social ajeno y el compartir extremo ya me lo sé. Me lo sé muy bien. Matrícula de honor. Lo asumo pseudodignamente. Soy una exhibicionista neoliberal a tiempo completo, necesito que gente desconocida me aplauda en formato like, RT o corazón y comparto hasta las migas que me caen al escote cuando me como un bocadillo de calamares in the Plaza Mayor.

Pero la cosa viene de lejos.

Me hice Tuenti porque era un coñazo horrible esperar dos días (¡DOS DÍAS!) a que mis amigas me pasaran las fotos borrachas borrosas del sábado por la noche. Tuenti fue el primer álbum digital social que tuvimos. Molaba pero fue el principio del fin. Empezamos a salir para hacernos fotos y darle alimento al monstruo de Tuenti. El grupo de amigas se multiplicó porque cada una salía obligatoriamente con su cámara digital. Yo una vez estuve a punto de volverme a casa porque nadie se había llevado la cámara. Qué sensación más extraña. Salir pa’ti, como pa’dentro. Uf, qué escalofríos. Qué loco. Luego llegaron a Tuenti las nuevas generaciones. Cada domingo por la mañana me cruzaba por los pasillos de Tuenti con mis primos pequeños y mi hermano medio borrachos aún de Malibú con piña y nos dábamos vergüenza ajena mutua. Luego cuando nos veíamos el domingo en la comida familiar, en riguroso directo, yo con gafas de sol, con la boca más seca que un zapato y regándome continuamente con agua, ellos me preguntaban qué mezclas hacerse para que les subiera rápido y sin dolor. Y no. Ahí decidí parar. Irme lejos. Asumir otra realidad. Me hice Facebook. Llegué buscando la madurez social pero allí no había ni Cristo. Mientras tanto, subía fotos de viajes de forma organizada en carpetillas y algunos enlaces de Youtube. La gente no sabía cómo hablarse en Facebook ni qué contarse. Sólo añadías amigos por si algún día había un concurso de algo de eso que tiene que ver con la acumulación de gente. Amigos del colegio, del instituto, de la guardería, de inglés, de la universidad, empresas, marcas, chicles, tiendas, galletas, grupos, frases de los Simpsons, MIERDAS. La dignidad transformada en un “voy a hacer limpieza en Facebook” mientras una montaña de ropa en tu habitación no te dejaba salir. Hartita de que no me comprendieran, huí a Twitter. Y allí estábamos, mi amiga, Buenafuente y yo. Por una parte guay. No había profesores, ni familiares, ni compañeros de la E.S.O. pero… yo entraba cada día y ni Buenafuente ni mi amiga le daban ritmo al tema. Aquello era un coñazo. Yo sentía que hablaba sola y muy desencaminada no iba. Nadie me leía y yo rajaba como dios. Era como andar en bragas por tu casa. Luego otros que hablaban solos se dieron cuenta de la existencia de otros que también hablábamos solos y surgieron las conversaciones. Así, como concepto. De repente, tenías algo que contar a esa humanidad efervescente y sospechosa. Te guardabas cosas que sólo podían ser compartidas en la cueva tuiteriana. Encontré desconocidos fabulosos. Algunos incluso guapos. Hablaba de Twitter a mis amigas. Les hablaba de mis desconocidos. De mis seguidores. Empecé a tener menos amigas. Es coña. Hacía tiempo que ya tenía menos amigas. Un día vi que la gente subía fotos con un enlace sospechoso. Oh mierda. Era otra secta que me quería dar un abrazo. Fotos cuadradas y más bonitas de lo normal, cuidadosamente espontáneas. Qué coño. Yo también quería. Y llegué a Instagram. Me adapté muy pronto. Empecé a cocinar cosas por su apariencia. Incluso cocinaba cosas que luego no me comía, pero joder, quedaban preciosas a la vista. Cortaba fruta fresca en saludables y atractivos trozos. Adopté un perro para poder cubrir ese hueco que dejaban los gatos y cuando no tenía la playa cerca, picaba galletas y hundía mis pies en aquella mezcla. Empecé a beber vino por subir foto de la copa y… de ahí a los autorretratos.

Lo único que no tengo es Foursquare. Es inútil. Decir dónde estás, a quién se le diga. ¡ESTÁIS MUY LOCOS! ¡Ser alcalde de un puto bar de callos! Me parto con vosotros. Sois la leche. 

Pero por lo demás, lo tengo todo papi. Mal usado pero lo tengo.

NO ME MIRES ASÍ PAPI.

¿PAPI?

¡PAPI NO TE VAYAS!

VUELVE. 

 

A mi doctor

Yo quiero escribir un libro. De acuerdo. Hasta aquí todo se comprende. Todos me entienden. Pero, ¿qué pasa cuando quieres hacer algo por el fin y no por el medio? Verá doctor… yo es que sólo quiero escribir un libro para firmarlo. Siempre me he visto en una caseta, con varios bolígrafos azules Bic y sentada de forma incómoda firmando ejemplares de un libro. Ya no le digo el mío. Cualquiera me vale. De hecho, no hace falta que sea un libro. Podría firmar instrucciones de lavadoras, menús chinos, servilletas (con el previo “gracias puta” ya hecho, que se tarda mucho y habrá cola). Enciclopedias. Biblias. Cartulinas de manifestaciones pasadas. Sábanas de bienvenida. Felicitaciones de cumpleaños ajenas. Billetes de metro. Bragas acartonadas. Yo qué sé. ¿Por qué no? Y usted se preguntará: ¿Y por qué sí?

Pero yo pago. Y usted escucha. No me preguntes cosas. Yo sólo quiero firmar. ¿Te puedo tutear no? Ya. Ya lo sé. Tuitear no. Que le doy vergüenza. ¿Le importa si le firmo este diván? ¡Risto lo hace!

Yo quiero firmar cosas. Cosas que no me comprometan. Por las que no tenga que pagar ni aguantar. Cosas que la gente se plastifique o admire. O cosas que luego se tiren. ¡Qué importa! Yo sólo quiero firmar. Quiero poner dedicatorias profundas aunque las lleve aprendidas de casa. Quiero ser como esos que me firman los libros haciéndose los agradecidos y ponen frases sin sentido que yo personalmente me tomo la molestia y libertad de aplicarlas a la realidad. Son como horóscopos literarios. De esos que dan a las 2 de la madrugada pero sin trasnochar ni avergonzarte. Esperanza Gracia esto no va por ti, tú eres colega.

Doctor, ya he superado lo de no tener que firmar al pagar con tarjeta. Superé lo de firmar en las puertas del baño. Superé lo de ir a clase en la universidad para firmar en la hoja de asistencia. Con o sin dignidad, lo superé. Pero con esto no puedo. Tendré que escribir un libro. Me temo que sí, doctor. No veo otra opción que no implique la muerte y suplantación de identidad de algún autor. Seamos pacíficos. Y realistas. Un libro que sólo sirva para ser firmado no debe ser la hostia. Solo necesito tener amigos (SÍ, TÚ) y contactos (SÍ, VOSOTROS). Y que haya buen vino en la presentación. Qué digo buen vino. Que haya mucho vino. 

Ay. Sí. Me lo estoy imaginando. Lo veo. El libro empezará con la típica hoja semidesnuda, con esa letra pequeña y cursiva diciendo: A TI, MI DOCTOR. Y sólo lo entenderé yo para hacerme la interesante como hacéis todos los putos escritores de segunda, primera y tercera. “A mi Susanita, que sin ella este libro no tendría sentido”. TE LA HAS FOLLADO, SE SABE. ¡Malditos!

Hoy es el día del Libro y estoy especialmente sensible con este tema. Estoy en esos días en los que haría cola para que me firmen un libro y al llegar le pediría al firmante si me permite sentarme en la mesa y firmármelo yo, que ya me conozco y sé lo que me gusta.

Ay. Disculpadme queridos lectores. Vengo aquí a hablar de mi libro… que no tengo y me olvido de vuestras cosas ABSURDAS DE MIERDA.

Que os firmen bonito, ellos que pueden.

Pero no olvidéis que firmar libros es un poco como masturbarse

y que el orgasmo siempre es fingido.

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