Capítulo 37: El olor a gamba y la muerte

K. siempre pensó que con las manos oliéndote a gamba no se puede hablar en serio. Esa noche, lejos de pretenderlo, S. le hizo ver lo equivocada que estaba. Juntos comprobaron que los crustáceos congelados sí entienden de dramas.

No se había ido aún del salón el humo que deja el mar a la plancha cuando S. puso sobre la mesa que un día quiso dejarlo todo.

S. era demasiado joven para una enfermedad de viejo y demasiado mayor para uno de esos sustos de jóvenes. Pero le llegó. Por primera vez en la historia, un avión se estrellaba contra alguien a los pocos días de regresar de Nueva York. Porque así fue. Un golpe compacto en el pecho, un susto que no se queda solo es eso, un choque de trenes en la garganta, una sensación de desmayo estando totalmente inmóvil, un impacto brutal sin opción de rebobinar.

Inmediatamente K. se acordó de su amiga, que poco antes de marcharse definitivamente le pidió por favor que le dejará ir, que solo quería descansar. Pero esto era diferente, él era distinto a eso. Él no era de abandonar pero tenía que hacerlo porque no se reconocía frente al espejo, frente a la gente, frente a la almohada. Estaba cansado sí, K. sabía que durante mucho tiempo a S. le pesó todo cuerpo, los huesos, las ojeras. La pequeña cuchara de café medio llena de leche templada también le pesaba en los dedos. La bufanda y el gorro de lana, todo le pesaba. Le pesaban las ganas de llorar, el no poder gritar. Las horas de camino al hospital mientras en Madrid tímidamente nevaba pesaban. Le pesaban los abrazos que esperaba y no llegaban. Las llamadas vacías, los emails frustrados, las miradas huecas.

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K. desvió la mirada a la servilleta mugrienta y acarició los bordes con sus aromáticas yemas. No lloró, como tampoco lloró las otras treinta y seis veces que habían hablado del tema. Esta era la trigésima séptima vez que charlaban sobre lo mismo pero no de las mismas cosas. En realidad, S. era el que siempre hablaba y ella la que siempre preguntaba. Ya eran treinta y siete las veces que él narraba la peor historia de su vida y treinta y siete las veces que ella escuchaba la historia con el mejor final del mundo.

Ella, como las otras treinta y seis veces, después de escuchar a S. solo quería abrazarle, agarrarse a su cuello, recorrer su espalda, acariciarle los brazos, besarle las manos. Pero sobre todo, está vez, solo quería darle las gracias por seguir ese maldito camino de baldosas hijoputescas que al final, pues oye, le llevaron hasta ella.

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